CHAD
:En la misión de los Misioneros Javerianos en Gunu Gaya (Chad) teníamos la suerte de estar bien abastecidos de leche porque regularmente los nómadas con sus rebaños se aproximaban, y cuando estaban en las inmediaciones del pueblo enviaban a las mujeres para vender la leche de sus vacas. Antes de ir al mercado pasaban por nuestra casa y podíamos comprarla para el desayuno y para hacer yogurt. No eran siempre las mismas mujeres las que venían porque, como buenos nómadas, unos grupos se iban y llegaban otros. Durante una semana una misma señora, de edad imprecisa aunque aparentemente mayor, se encargó de venir a vendérnosla. Cuando llegaba se notaba que estaba inquieta, con la vista buscaba algo en nuestra misión. Yo pensaba que estaría deslumbrada ante una vida tan distinta a la suya, mucho más cómoda y con más medios, y que quizá miraba nuestro coche, uno de los pocos coches de la zona, o los paneles solares con los que conseguíamos tener luz… pero sus ojos no se detenían en esas cosas sino que seguía haciendo rodar su mirada por toda la misión. Daba la impresión de que buscaba algo que no encontraba. Yo no me atrevía a preguntar porque entre otras cosas no conocía su idioma, comerciábamos en la lengua local de la que ellas saben las palabras justas: las cifras para contar las tazas de leche que les piden y el dinero.
Un día todos los misioneros nos fuimos a una reunión y dejamos encargada la compra de la leche a nuestro cocinero. A nuestra vuelta, él tenía la respuesta al interrogante. Se ve que la señora, viendo a alguien de su mismo color de piel y que entendía un poco su idioma, se había encontrado en confianza para preguntar:
- Pero, ¿en esta casa no viven mujeres?
Ante la respuesta negativa de nuestro cocinero, ella había intentado una nueva pregunta para intentar entender:
- Y entonces, ¿tampoco hay niños?
Nueva negativa de nuestro cocinero, a lo que la nómada, manos en la cabeza como signo de desgracia, había exclamado:
- ¡Qué pobreza más grande!
¡Y yo que pensaba que la estábamos maravillando con nuestras cosas! Para ella éramos los más pobres que había conocido, nos faltaba la riqueza más grande: los hijos. Y con ellos la posibilidad de perpetuar nuestro clan, de seguir viviendo a pesar de la muerte. Quizá porque se desplazó con los rebaños o quizá porque se asustó, al día siguiente vino otra mujer distinta a vendernos la leche. A ella no la vimos más.
(Antonio Serrano)
Misioneros Javerianos - España