ECUADOR :
"PADRECITO,
¿USTED ES RICO?"

 

Hay recuerdos que a uno le acompañan, por ejemplo en el aprendizaje de las cosas de Dios. Sin duda alguna, el paso por las Misiones Diocesanas en Ecuador, que es la experiencia de la que puedo hablar, ofrece oportunidades a montones. Y si algún matiz especial pueden tener las experiencias vividas en ese entrañable pueblo es, sin duda alguna, la del Dios de los pobres, que irrumpe en las vidas de todos los que allá quieren compartir su fe con tantas personas sencillas con las que te encuentras. Alguien dijo que son los pobres los que nos evangelizan. En mi opinión, acertó. Y alguien quiso poner límite a esa evangelización, exigiéndoles pasar por la comunidad. Y en mi opinión, se equivocó.

La catequesis en mi parroquia se iniciaba a las tres de la tarde. Desde media hora antes iban llegando los niños y niñas que llenarían los grupos. Era media hora de algarabía y de auténtica invasión, donde la hamaca, las sillas, las mesas, eran acaparados por los primeros en llegar. La única norma que hacía respetar era evitar las peleas, y no siempre lo conseguía… Cuando no alcanzaban a ocupar la hamaca, porque otros habían llegado antes, o las sillas estaban ya con un 200% de ocupación, a veces eran mis brazos, mis manos, el objeto de su acaparamiento. Mis esfuerzos por soltarme solían ser infructuosos a no ser que el intento fuera acompañado de una “supuesta necesidad”: que tengo que coger ese libro…, que voy a poner esto en el cajón…, etc. Uno de esos días, uno de mis brazos fue acaparado por una chiquita de 8 ó 9 años. Lo había conseguido para ella sola, y apretaba para no perderlo… Y en esto me dice:

-     Padrecito, ¿usted es rico?

No supe acertar si era pregunta o afirmación. Opté por entenderlo como pregunta, aunque aquello sonaba a pregunta de examen…

-     Nooo… Cómo va a pensar… Qué voy a ser rico…

Y empezaron mis argumentos

-     Vea. Esta casa no es mía. Es para que vivan los padrecitos, sea el que sea, y cuando yo me vaya, aquí se quedará. Lo mismo pasa con el carro. Ese carrito que está a la puerta tampoco es mío. Es para que el padrecito que esté aquí pueda ir hasta todos los lugares donde hay otros niños. Cuando yo me vaya, también se quedará aquí. Y no digamos nada, la iglesia no es mía. Es de todas las personas del pueblo para poder rezarle a Dios. Yo estoy encargado de cuidarla, pero no es mía… Tampoco tengo plata. Las limosnas de la gente no son para mí. Son para comprar las cosas que hacen falta en la iglesia… Ya ve, no tengo tantas cosas…

Me entendió o no, quien sabe, porque ella insistió:

-     Pero usted es rico…

Ya no sonaba tanto a pregunta. Ya era decisión tomada. Yo era rico, sin derecho de apelación. Pero bueno era yo para resignarme en aquella pelea, sin saber que la tenía desde el comienzo perdida.

-     Que no… que yo no soy rico… que todas estas cosas no son mías… que aunque parezca lo contrario, todo esto no es mío…

-     Sí, pero usted es rico… porque tiene dos camisas. Ayer cargaba una verdecita y hoy tiene una cremita…

Y apretando un poco más mi brazo, añadió:

-     Y es mi amigo, ¿verdad?

(Tomado de José Luis Casla, en la revista Los Ríos, nº 224, pp. 29-30)

 

Misioneros Javerianos - España