PARÁBOLASiendo estudiante pasé unos días de vacaciones en las tierras de Galicia, finalizando el viaje en Santiago de Compostela el 25 de julio, festividad del Apóstol. Allí, me llamó la atención el gran número de peregrinos que, con una mochila más pequeña que la mía, venían de hacer un camino mucho más largo. Sin saber por qué, prometí que yo también lo haría. Pero pasó mucho tiempo antes de que emprendiese el camino prometido: finalicé la universidad, realicé el servicio militar en la Marina... Justo, durante el servicio militar, navegué por el mar y conocí otros países y personas. Fue el inicio de una aventura espiritual en la que los protagonistas fueron el mar, el camino, el hombre y sus hermanos. Os la voy a contar ahora como se cuenta una parábola.
El hombre dejó su país y su familia, la comunidad donde aprendió a caminar junto con otros hermanos. Se hizo a la mar esperando aventuras, pero sin imaginar que Dios guiaría la nave abriéndole un camino nuevo. El hombre navegaba embelesado sobre aguas tranquilas, acariciado por el viento y la suave brisa, abrazado en la noche por el manto estrellado de la bóveda celeste. Su corazón buscaba y preguntaba casi queriendo hallar al artífice de las cosas tan bellas que contemplaba.
Sucedió que, sin darse cuenta y bajo la mirada del cielo, arribó a esta tierra que llaman el Sur. Esto suele festejarse. Y en la nave se celebró una fiesta con gente importante de aquel país. Fuera había unos niños, vestidos con harapos, que deseaban saciar su hambre con las sobras del banquete. Pero en la nave no había sitio para ellos. Los dioses habían reunido en las calles de aquel país a otras gentes de la tierra del Norte, seres desdichados que ponen su esperanza en cosas sin vida. Con la llegada de la noche se dirigían al templo esperando, con bailes y danzas, la llegada de las víctimas para ser ofrecidas en holocausto al dios-placer. Pasó como suelen pasar estas cosas. Pero aquella noche, aquella fiesta y los rostros de aquellos niños, quedaron gravados en el corazón del hombre que se había hecho a la mar.
De regreso a la tierra de la que había partido, se originó una borrasca tan violenta que parecía que el barco se partiese. Las olas de la muerte arrojaron al hombre en lo más profundo del mar, en el país donde son eternos los cerrojos. Pero en la profundidad oyó una voz que decía: "El Señor te ha hecho ver todo esto para que sepas que Él es Dios y que no hay otro fuera de Él". Entonces el hombre dijo: "Cumpliré la promesa que te hice, abandonaré caminos tortuosos y seguiré tu camino". Camino de Santiago el hombre iba pensando y haciéndose preguntas de todo lo sucedido en su vida.
El hombre, ahora peregrino, bajó a una aldea hambriento y fatigado por las heridas de los pies. Un hermano lo vio y lo invitó a entrar en su casa. Eran las diez de la mañana. El hermano compartió con él los tomates de su pequeño huerto. Luego, al ver las heridas, sintió lástima, se levantó de la mesa, echó agua en una palangana y comenzó a lavarle y a curarle los pies. Pero el hombre peregrino se resistió, no sabía ni entendía lo que el hermano estaba haciendo. Al día siguiente el hermano hubo de partir y dijo a su mujer: "Cuida de él hasta mi vuelta a la tarde".
Días después el hombre dejó el camino y regresó a su aldea donde guardó reposo meditando todo lo sucedido en el camino. Al llegar, cuando su padre se arrodilló delante de él y le vendó los pies, al hombre se le abrieron los ojos y reconoció el sentido de la Eucaristía. Y pensaba: "¿No ardía mi corazón mientras recorría el camino y recordaba mi vida?" Desde aquel momento el hombre se puso en camino y regresó a sus actividades y contó a otros hermanos lo que le había ocurrido y cómo había reconocido a Jesús mientras le lavaban los pies. Estaba aún hablando de ello cuando vio al mismo Jesús que pasaba, se acercó y cayendo de rodillas le dijo: "Señor, Tú me conoces. Has seguido todos mis pasos, todos mis caminos te son conocidos. ¿Adónde escapar de tu presencia? Tus ojos contemplaban mis acciones todos los días. Tú que conoces mis pensamientos guíame por el camino eterno". Entonces Jesús miró al hombre con cariño y le dijo: "Si quieres, deja todo lo que estás haciendo y acompáñame por el mundo a lavar pies". Aquel día, Dios preparó una gran fiesta, vistió a su hijo con el mejor de los trajes y le puso unas sandalias nuevas en los pies.
Misioneros Javerianos - España