TRAS
EL
ACCIDENTE

 

Testimonio de uno de los dos misioneros javerianos supervivientes de un accidente de avión ocurrido en Goma (Congo) el 15 de abril de 2008.

Pietro y yo estábamos en Goma y habíamos reservado plaza para viajar a Kinshasa, donde vivimos, en el avión de la compañía CAA, pero precisamente aquel día este vuelo se había suspendido por problemas en el avión, así que fuimos deprisa a la ciudad en busca de billetes de otra compañía para viajar a Kinshasa. Conseguimos plazas y volvimos al aeropuerto, contentos por haber encontrado la forma de volver a casa. No podíamos imaginar lo que iba a ocurrir. Nuestra alegría era mayor por haber encontrado billetes de la compañía HEWA BORA, que en Congo es considerada la compañía más segura. Desconocíamos que, precisamente pocos días antes, la compañía había sido incluida en la “lista negra” y que por tanto ya no podía volar a Europa.

Todo pasó muy deprisa. El avión, en el momento de despegar, poco antes de separarse del suelo, tuvo problemas. Nosotros pensamos entonces que en una rueda, pero posiblemente uno de los dos motores explotó y se incendió. Pietro me miró y en mi interior me resigné a lo peor. El piloto intentó frenar, pero ya no tenía pista y el avión terminó cayendo por una pendiente hacia uno de los barrios más poblados de Goma. Los golpes del avión que resbalaba por los 400 metros de pendiente fueron tan violentos que la carlinga se partió en tres pedazos. Todo fue cuestión de segundos, y cuando el avión se paró, enseguida me levanté con la idea de abrir las puertas de emergencia que estaban delante de nosotros. Caminé dos pasos, miré las puertas y me di cuenta de que estábamos rodeados por el fuego. En ese momento pensé que sólo me esperaba la muerte, y ya me imaginaba el dolor de las personas más queridas. Después, el pánico, el terror, la gente que seguía gritando: “¡Jesús, Jesús, Jesús!” Y el fuego, el humo negro, densísimo.

Alguien me pasó por encima, y sólo recuerdo haberme lanzado más allá de una barrera, como un vacío delante nuestro, donde todo estaba roto y retorcido; probablemente el punto donde el avión se partió. Los pasajeros estaban debajo, aplastados por el fuselaje. Yo me inclinaba con la cara lo más cerca posible del suelo para respirar, y entre el humo vi a una persona que se introducía por una abertura delante de mí. Seguí a esa persona y me encontré en la parte delantera del avión. Al fondo, un miembro de la tripulación llamaba e indicaba la salida cercana a la cabina del piloto.

Fuera, una niña americana que, llorando, buscaba a sus padres, se agarró a mí. Hablamos en kiswahili, y juntos nos pusimos a buscar a sus padres y a Pietro. La gente nos decía haberlos visto salir por la carretera, pero esto no calmaba nuestro miedo y nuestras dudas. Encontramos por fin a sus padres en el hospital, y justo después encontré a otro javeriano que me buscaba y me dijo que Pietro estaba ya en casa.

Después, todos nos han manifestado su cercanía: los javerianos, las mamás de los jóvenes javerianos de Goma que han venido a ayudarnos y a mimarnos como si fuéramos sus propios hijos. Con ellos dimos gracias al Señor. En silencio escuché su oración y dejé que dijeran por mí lo que yo aún no era capaz de expresar.

Ahora, después de algunos días, me doy cuenta de que son muchas las cosas que contar, que denunciar, que cambiar ¡Cuánto sufrimiento, si no hay una verdadera reflexión, puede desaparecer entre las llamas y el humo del DC9!: los pasajeros que se han quedado en el vientre del avión, muchos de los cuales ni siquiera estaban registrados (incluso mi nombre y el de Pietro no figuraban en la lista “oficial” de la compañía), las personas del barrio, muertas a causa de la irresponsabilidad y el ansia de dinero de algunos especuladores… Sólo se conocerá con algo de precisión el número de heridos.

La impresión es la de estar en un país donde el valor de la vida de sus habitantes no cuenta ¿Cómo es posible que se dejen circular auténticas chatarras, y se simule hacer marcha atrás sólo cuando sucede un accidente? ¿Cómo se puede dejar durante años la pista de un aeropuerto internacional casi reducida a la mitad por una colada de lava, con la hierba que va creciendo entre los bloques de cemento?

¿Cómo es posible aceptar que la respuesta de quienes tienen el poder sea una delegación que pasa entre la gente con algunas cajas de medicinas y la “fabulosa” cantidad de 3.000 dólares para afrontar esta urgencia? ¡Con un barrio destruido, centenares de heridos y casi seguramente más de un centenar de muertos! Pobres congoleños, traicionados, cegados por un sistema que sólo busca el máximo beneficio.

Lo que es seguro es que al día siguiente los aviones han vuelto a volar, con los misterios transportados en sus panzas, misterios que seguramente tienen más peso que la vida de la gente, misterios que perpetúan las guerras, el odio étnico y la pobreza.

En medio de todo esto nos hemos encontrado también nosotros, misioneros. Creo que al menos en parte hemos compartido los sufrimientos de este pueblo, y ahora deseo con más fuerza que haya un futuro distinto y que las cosas cambien.

Muchos han hablado de milagro. Alguien nos ha dicho que nuestros dos papás, ambos muertos hace poco, han querido ayudarnos a salir de aquel infierno. Hace bien el pensarlo, y quizá sea verdad. De lo que no tengo dudas es que, si estamos aún vivos, es porque el Señor lo ha querido y nos ha reservado todavía algo bueno por hacer.

El día después del accidente salí para comprar algo de ropa, y mientras volvía a la parroquia de los javerianos en Goma el sol ha salido de entre las nubes y todo ha cambiado: los rostros de las personas, el verde intenso, el aire fresquísimo… Tuve la impresión de acabar de nacer, de saborear la novedad y la belleza de estar vivo.

Cada día la vida es un milagro y muy a menudo lo olvidamos o nos acordamos sólo cuando la muerte nos roza. En mí he pensado sólo que Dios encuentra la forma de despertarnos, de relanzarnos a la vida. Este año ha sido duro: primero la muerte de mi papá, después la muerte de otras personas amigas y ahora este terrible accidente. Creo que ha llegado el momento de dar la vuelta a la página, y después de haber leído la muerte, el miedo y un poco de desánimo, ahora se trata de escribir la vida. No faltan las páginas blancas: la parroquia nos espera con nuestra gente, los muchos proyectos, las escuelas, los sueños… Hasta ahora el Señor nos ha acompañado y no dejará de hacerlo.

 Pierfrancesco Agostinis, misionero javeriano.

 

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