Las fichas de este dossier están pensadas para acompañarte en el seguimiento de Jesucristo con la ayuda del Evangelio.
Son sólo una ayuda a la lectura del Evangelio, que debe de ser, siempre, el texto fundamental.
El explorador había regresado junto a los suyos, que estaban ansiosos por saberlo todo acerca de Amazonas.
Pero, ¿cómo podría expresar con palabras la sensación que había inundado su corazón cuando contempló aquellas flores de excepcional belleza y escuchó los sonidos nocturnos de la selva?
¿Cómo comunicar lo que sintió en su corazón cuando se dio cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía su canoa por las inciertas aguas del río?
Y, les dijo: "Id y descubrirlo vosotros mismos. Ya que, nada puede sustituir al riesgo y a la experiencia personales".
Pero para orientales les hizo un mapa de Amazonas.
Ellos tomaron el mapa y lo colocaron en el Ayuntamiento e hicieron copias de él para cada uno.
Y todo aquel que tenía una copia, se consideraba un experto de Amazonas. Pues, ¿no conocía acaso cada vuelta y cada recodo del río, y cuán ancho y profundo era, y dónde había rápidos y dónde se hallaban las cascadas?
El explorador se lamentó toda su vida de haber hecho aquel mapa. Hubiera sido preferible no haberlo hecho.
Nadie puede hacer el camino de otro. Le podrá ayudar, orientar, indicarle las pistas, los peligros... pero nunca podrá sustituirlo. Cada cual ha de hacer su propio camino.
Seguir a Jesús significa incomodarse, alzarse y ponerse a caminar con Él. Seguir a Jesús no es quedarse a la orilla del camino, como quien ve pasar a alguien que suscita entusiasmo, polémica o disputa...
Estas páginas quieren ser orientación e impulso para todo aquel que quiere seguir a Jesús a través de su Palabra. Pero, sólo eso y nada más.
El resto, ha de ponerlo el propio caminante. Si no fuera así, tendríamos que lamentar de haberlas escrito, como el explorador que lamentó de haber hecho aquel mapa de Amazonas.
Y no se trata de caminar solo, sino con Jesús. Y, unido a Jesús, caminar con todos los que están haciendo camino con Él: caminar con la Iglesia, con la comunidad cristiana.
Al comienzo de este camino te pueden surgir algunas dudas de cómo iniciar el recorrido. Para facilitar este paso te propongo un método muy sencillo de lectura-oración del Evangelio para que lo puedas seguir personalmente, o bien con tu grupo.
1.- Invocación al Espíritu Santo. Jesús nos ha dicho que el Espíritu de la verdad nos irá guiando y nos ayudará a interpretar lo que vaya viniendo. Con esta confianza se trata de pedir al Espíritu que nos ilumine, nos guíe y nos haga comprender el texto que tenemos delante.
2.- Leemos el texto evangélico. Consiste en leer y releer el texto, subrayando, si es con lápiz mejor, las palabras o acciones que más me impactan o llaman mi atención. Nos fijamos en las personas que aparecen, la manera de mirar, qué dicen, cómo reaccionan, qué sentimientos muestran...
3.- Meditamos el texto. Una vez que me he detenido en la escena bíblica y he comprendido un poco mejor el texto, ahora se trata de implicarme a mí mismo. El texto, ¿qué me dice a mí?
La Palabra de Dios es viva y eficaz, si estoy disponible, ilumina y da sentido a mi vida, aquí y ahora.
4.- Dejamos que Dios nos hable en el silencio: la contemplación. Tras leer y reflexionar el texto, viene el paso de la contemplación. Se trata de detenerse en silencio durante unos minutos, fijándose en Aquel que hay detrás de cada página de la Biblia: Jesucristo. Como cuando dos personas que se quieren, no necesitan ya de las palabras, basta con una mirada amorosa y penetrante. A través de la mirada entro en el interior del otro y le descubro, y el otro entra en mí y me descubre.
5.- Si la reflexión-oración se hace en grupo: COMPARTIR.
Cuando la oración se está haciendo en grupo, se comparte lo que hemos escuchado en nuestro corazón intentando decir el por qué.
También se puede tomar un compromiso de grupo, que puede unificarlo, fortalecerlo y darle identidad.
6.- La acción. La Palabra de Dios ilumina, guía, modela mi vida cotidiana. Se trata de llevar esa Palabra a mi vida concreta de cada día. De este modo, mi vida irá reflejando, poco a poco, el camino que estoy haciendo con Jesús.
Una nota muy importante: no leemos la Biblia para conseguir la fuerza que nos permita realizar lo que ya hemos decidido. La leemos y meditamos para que de ella broten las debidas decisiones y para que la fuerza del Espíritu nos ayude a ponerlas en práctica.
Se trata, por consiguiente, no de orar más para obrar mejor, sino de orar más para comprender lo que debemos hacer y poder hacerlo a partir de una opción interior.
Cuando decidimos ir de viaje a un lugar determinado, antes de iniciarlo procuramos tomar las informaciones precisas: dónde se encuentra, por dónde se va... Si no es así, arriesgamos de no llegar a dicho lugar.
Para seguir a Jesús ocurre algo parecido. No todos los caminos nos conducirán a Él, por muy buenas que sean nuestras intenciones. Hay que seguir a Jesús a través de su Palabra.
El primer texto que te propongo para comenzar a caminar con Jesús es del Evangelio según san Juan 1, 35-43. Abre el Evangelio, búscalo y léelo.
Para la reflexión vamos a dividirlo en cuatro partes en cada una de ellas intentaré ofrecerte algunos elementos que te ayuden en la reflexión.
Nos encontramos con Juan el Bautista y dos discípulos. Juan fija la vista en Jesús y les dice: "Este es el cordero de Dios".
Por una parte subrayamos el hecho de que Juan fije la vista en Jesús que estaba pasando delante de ellos. El primer elemento necesario para caminar con Jesús es tener los ojos fijos en Él.
Por otra parte, Juan, que ya conoce a Jesús, se lo presenta a los dos discípulos: conocer a Jesús y anunciarlo a otros son dos elementos que van unidos. Juan ha hecho posible el encuentro de los dos discípulos con Jesús. Su misión era hacer posible ese encuentro.
"Los dos discípulos siguieron a Jesús". Esta es la respuesta inmediata al anuncio de Juan: seguir a Jesús, caminar con Él. En este caso, seguir a Jesús, indica el deseo de los discípulos de vivir con Él y como Él, haciendo suyos sus objetivos y colaborando en su misión.
Jesús se da cuenta que le siguen y les pregunta: "¿Qué buscáis?".
Tras esta pregunta está la intención de Jesús de conocer qué objetivo persiguen, por qué motivos lo siguen, qué es lo que buscan, qué es lo que esperan de Él y qué es lo que ellos creen que Él les podrá dar.
En realidad esta pregunta es válida para ti y para mí, para cada uno de nosotros: ¿Qué buscas en la vida?, ¿qué buscas cuando dices que quieres seguir a Jesús?
"Maestro, ¿dónde vives?". Ellos han percibido en Jesús algo que no encuentran en otros. De ahí el deseo de adentrarse con Él y no quedarse en la orilla. No se conforman con oir y aprender una doctrina, sino que quieren aprender el modo de vivir de Jesús, su estilo de vida: cómo vive y dónde vive Jesús.
"Venid y lo veréis". Jesús les responde con una invitación: que ellos mismos vean y experimenten conviviendo con Él. Para ser su discípulo es necesario entrar en su ámbito, hacer experiencia personal de Él.
"Lo acompañaron, vieron donde vivía y se quedaron aquel día con Él". Ambos discípulos aceptan la invitación, experimentan el nuevo modo de vivir y se quedan con Jesús.
Es permaneciendo con Él como aprendo quién es Jesús, dónde y cómo vive.
"Serían las cuatro de la tarde". Para los discípulos, éste tuvo que ser un momento muy señalado, pues incluso recuerdan la hora del encuentro. Pero hay algo más.
Para los judíos el nuevo día comenzaba con la puesta de sol, a eso de las seis de la tarde. Un significado más profundo nos está indicando que con estos dos discípulos, que siguen a Jesús y se quedan con Él, se está iniciando algo más que una relación entre personas: está naciendo algo nuevo: la comunidad cristiana.
Juan el Bautista, que conocía a Jesús, se lo presenta a sus discípulos. Pero ahora es Andrés quien lo comunica al primero que encuentra, a su hermano Simón Pedro.
Esta es una de las principales características del que se encuentra con Jesús: sentir la necesidad de darlo a conocer.
Hay que subrayar también el plural: "hemos encontrado"... Es la nueva comunidad cristiana en boca de Andrés, quien anuncia lo que acaba de descubrir.
"Jesús decidió salir para Galilea. Allí se encontró con Felipe y le dijo: Sígueme". Jesús sale más allá de las fronteras. Deja el centro, Judea, y va a otras regiones donde no se siente la influencia de Jerusalén.
Es en Galilea donde Jesús invita a Felipe y donde va a manifestar en qué consiste el Reino de Dios.
Es interesante ver como Jesús no se encierra en una tierra, con un grupo de gente, sino que es capaz de salir y hacer presente el mensaje de Dios entre los más alejados.
1.Lo más importante es que te detengas con el texto del Evangelio en la mano, lo reflexiones, lo medites y lo hagas oración. Detente de manera particular en la pregunta de Jesús: ¿Qué buscas?, y en la respuesta de los discípulos: Maestro, ¿dónde vives? Deja luego entrar en tu interior la invitación de Jesús: Ven y verás.
2.Haz reflexión-meditación con el deseo de conocer a Jesús y de hacer camino con Él
3.Quien conoce a Jesús siente el deseo de comunicarlo a otros. Hoy hay millones de personas que no pueden acoger el Evangelio de Cristo porque no hay quien se lo de a conocer, y ésta es una fuerte interpelación para todos los que creemos en Él. ¿Siento el deseo y la alegría de comunicar a Jesús a otros? ¿Qué hago en este sentido?
Todo empezó en Galilea. Allí Jesús eligió a sus primeros discípulos, y es allí dónde va a manifestar quien es Dios, en qué consiste el Reino de Dios y qué es lo que pide a los que llama a seguirle.
Un modo de revelar este Reino va a ser a través de las parábolas. Mediante una imagen, un hecho de la vida, de la historia o de la naturaleza, Jesús nos va a conducir a un significado más profundo de la realidad.
Vamos a entrar en la parábola del sembrador, Marcos 4, 1-20, y vamos a ir comentándola poco a poco, de manera que podamos acogerla en toda su riqueza. Empieza leyendo el texto del Evangelio.
En los versículos 1 y 2 encontramos varias veces la palabra "enseñanza". Cuando en la Biblia se repite la misma palabra no es casualmente, sino porque quiere resaltar algo. ¿Qué es ese algo?
Jesús quiere comunicarnos, enseñarnos el camino que conduce hacia el Padre, y esta enseñanza la hace como Maestro.
Un Maestro que quiere conducirnos al conocimiento de los secretos del reino. "Yo soy el Maestro y vosotros sois mis discípulos". No todo el mundo, por consiguiente, podrá acceder a los secretos de ese Reino. Se requiere estar con Jesús, como hacía la muchedumbre, y estar dispuestos a aprender de Él.
De aquí puede brotar nuestra primera petición al Señor: "Dame, Señor el don de acoger lo que Tú quieres comunicarme".
Hay una segunda palabra que resalta: la del "lago". Marcos utiliza muchas veces el mar como contexto de la actuación de Jesús. Aquí, el mar tiene una enorme fuerza simbólica.
Mientras que la montaña es el símbolo del encuentro con Dios: a ella se retira Jesús a orar con el Pare; ahí elige a los discípulos...
El mar indica el lugar donde se vive con toda su complejidad, donde la persona humana se hace los grande interrogantes; es el lugar de los miedos, de la desconfianza, de la confusión.
Y es ahí, donde se juega la vida, que Jesús va a enseñarnos el secreto del Reino de Dios.
Como Maestro, con su sola presencia, en medio de interrogantes e incertidumbres, nos va a dar la paz, la serenidad y el gozo de encontrar el camino que lleva a la Vida.
Y de nuevo surge nuestra oración: "Dame, Señor, el don de acogerte como Señor de los mares borrascosos. En las encrucijadas de la vida, quiero abandonarme en Ti y escuchar tu Palabra, que es luz que ilumina y hace ver claro en la oscuridad".
En los versículos 3 y 9 encontramos de nuevo una palabra repetida: "escuchad" y "quien tenga oídos para oir que oiga".
Jesús ante un gentío que busca palabras de vida que den sentido y orientación a su vivir, va a decir algo muy importante.
Nos invita a no quedarnos sólo con las palabras, sino a escuchar en profundidad y preguntarnos lo que hay tras esas palabras: ¿Qué quieren decir?, ¿qué me dicen a mí?
De esta manera y sólo de esta manera entraremos dentro del secreto, y no nos pasará como a los de fuera, "que por mas que miran, no ven..."
Jesús es quien siembra, es quien pone su confianza en que la semilla de su palabra sea acogida por un corazón sincero y pueda dar fruto abundante.
Desde el inicio, Jesús confía en el ser humano, en cada uno de nosotros. Y, por eso, nos deja su palabra. ¿Cómo la recibe el hombre? Hay diversas maneras:
a) Algo cayo en la vereda; vinieron los pájaros y se la comieron.
¿Quienes son los de la vereda? "Son esos en quienes se siembra el mensaje pero cuando lo escuchan, viene Satanás y se lleva el mensaje sembrado en ellos".
La vereda puede representar a aquellos que, a pesar de escuchar el Evangelio, se muestran insensibles a todos los valores que propone Jesús. Siempre justifican su modo de vivir y se amparan en las críticas a los demás y a las instituciones, autojustificándose de este modo. Les falta la sinceridad de corazón y el deseo de conocer a Jesús y de caminar con Él.
b) "Otra parte cayó en terreno rocoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida, pero en cuanto salió el sol se abrasó y, por falta de raíz, se seco".
¿Quiénes son los del terreno rocoso? "Son los que acogen el mensaje de Jesús con alegría, pero no tienen raíces".
El terreno rocoso representaría a las personas entusiastas y, a la vez, inconstantes; interesadas a la hora de escuchar, pero con gran facilidad para olvidar. Son los que al escuchar a una persona, un testimonio... les entran en seguida grandes deseos de hacer muchas cosas, de "comerse el mundo"; pero pasados unos días, ese deseo se desvanece y termina por olvidarse.
c) "Otra parte cayó entre zarzas: crecieron las zarzas, la ahogaron y no granó".
¿Quiénes son estos? "Son los que escuchan el mensaje, pero los agobios de esta vida...".
Las personas representadas en las zarzas acogen bien y con gran sinceridad el mensaje de Jesús, pero las zarzas o espinas son los obstáculos que no dejan que esa palabra llegue a madurar y que dé fruto.
Estos obstáculos pueden provenir del ambiente que invita al tener, a vivir bien despreocupándose de los demás...; en definitiva, un ambiente que invita al egoísmo.
Pueden provenir también del juicio que los amigos y compañeros se hacen de mí, porque tengo interés por Dios, por Jesús, porque voy a la Iglesia o estoy en algún grupo cristiano...
En estos tres terrenos, la semilla, por muy buena que sea, no podrá dar fruto porque no es acogida o no es cuidada.
d) "Otros granos cayeron en tierra buena: fueron brotando, creciendo y granando, y dieron uno treinta, otro sesenta, uno ciento".
"Son los que escuchan el mensaje, lo aceptan y dan su cosecha...". La tierra buena representa a todas las personas que quieren caminar con Jesús y ponen los medios para el camino, que están dispuestos a acoger la palabra de Jesús como palabra viva y verdadera.
Una vez en el camino, no ponen condiciones a Dios, sino que están disponibles a que el Señor, mediante su Espíritu, vaya guiando y modelando su vida.
1.Lee varias veces el texto propuesto, Marcos 4, 1-20, y pide al Espíritu Santo el don de comprender lo que te dice Jesús. Después, reflexiona sobre ti mismo a la luz de esa Palabra.
2.Jesús insiste en ESCUCHAR. Si no hay escucha diaria no puedo seguirle sinceramente. ¿Qué tiempo dedico cada día a escuchar la Palabra de Dios?
3.Recordando la simbología del mar, ¿cuáles son mis miedos, desconfianzas, deseos y aspiraciones?
4.¿En qué terreno de los mostrados en el Evangelio me encuentro yo? Puede que haya en mí elementos de varios terrenos. Lo importante, ahora, es que me dé cuenta de cómo acojo la Palabra y los obstáculos que encuentro.
Detrás de cada uno de los textos que te voy proponiendo está Cristo, Palabra viva que quiere entrar en relación contigo para llevarte a la plenitud y a la felicidad.
El texto que ahora te propongo para tu estudio, meditación y oración es: Marcos 8, 27-38.
Jesús recorriendo aldeas y pueblos, proclama la llegada del Reino de Dios. Habla abiertamente de un Dios que da vida a quien no la tiene, y muestra una clara preferencia por los marginados y alejados.
Esto provoca reacciones contrarias, empieza a ser signo de contradicción y comienza la persecución. El Dios que está revelando cuestiona la religiosidad y el sistema social organizado por los dirigentes de Israel.
Jesús contesta una religiosidad hecha por el hombre, basada en los privilegios de una clase y que margina a un buen grupo de personas.
Por otro lado y fruto de su anuncio, se van adhiriendo a Jesús otro buen grupo de personas, son los pobres, los marginados, los alejados...
Es en este contexto polémico de aceptación y rechazo que Jesús interpela a sus primeros discípulos. Quiere saber qué es lo que piensan de Él. Comienza preguntando: "Quién dice la gente que soy yo", a lo que responden por lo que han oído. Luego les cuestiona directamente: "Vosotros, ¿quién decís que soy yo?".
Podemos imaginar que éste fue un momento delicado y embarazoso. A Jesús le interesa lo que ellos piensan, y Pedro, como portavoz del grupo, responde: "Tú eres el Mesías".
Jesús también nos pregunta a cada uno de los que caminamos con Él. No nos quiere como meros espectadores. Quiere que bajemos al fondo de nuestro ser y que respondamos sinceramente. Y tú, ¿quien dices que soy yo? ¿Quién soy yo para ti? ¿Cuál es tu respuesta?
Jesús lo dice claramente para evitar interpretaciones erróneas: "Este Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser rechazado...".
El camino del Mesías lleva a la cruz. Un camino en el que vivirá en propia carne el rechazo de los poderes organizados: político, religioso, intelectual.
Un rechazo que proviene del hecho de que Jesús esté viviendo el "proyecto de Dios" que tiene como principal interés el que todos los seres humanos vivamos como hermanos.
Este proyecto de Jesús está en clara contradicción con los intereses socio - políticos, económicos, y religiosos de la época, ya que son excluyentes y crean privilegios.
Pedro, por su parte, no entiende del mismo modo el ser Mesías. Piensa más bien en un Dios triunfante, del éxito, del que pasa por la vida arrasando, un "rambo" podríamos decir. Un dios que crea privilegios y elimina las dificultades de la vida...
Pedro no acepta el que la semilla tenga que morir para dar fruto, el ser fermento en la masa, el camino de la autenticidad en el anonimato.
La respuesta de Jesús no se hace esperar y es durísima: "¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
La tentación es la de decir a Jesús cómo tiene que ser Dios. En cambio, el camino que Jesús propone a su discípulo es el de acoger con humildad, sencillez y desde lo profundo del corazón el Dios que Él nos va revelando.
Jesús se ha disgustado con Pedro, pues, aunque está caminando con Él, no ha entendido lo que significa seguirle. Se ve obligado a clarificar en qué consiste ser discípulo suyo.
Jesús no pide al discípulo que renuncie a la vida, que muera, esto sería inhumano y estaría en contradicción con el proyecto de Dios que quiere que el hombre viva y tenga vida abundante.
Lo que sí le va a pedir es que cambie su concepción de la vida, y por tanto su proyecto de vida, para que pueda vivir plenamente entrando ya aquí en la vida eterna, la vida de Dios.
En esta parte del evangelio encontramos dos modos de vivir: uno centrado en sí mismo, pensando sólo en los propios intereses, necesidades...
Y otro, por el contrario, basado en la relativización de sí mismo, en la solidaridad, en el interesarse antes por las necesidades de los demás que por las propias, en no tener miedo a gastar la propia vida para que otros puedan tenerla...
El que vive según el proyecto de Jesús encuentra a Dios, que es donación, gratuidad, entrega sin limites.
1.Mira a tu alrededor e intenta observar que es lo que los demás, amigos, compañeros, familiares... piensan de Jesús. ¿Quién es Jesús para ellos?
2.Ahora mira en tu interior. Dejate interpelar por Jesús: "¿Quién soy yo para ti?"
3.¿Qué quiere decir que Jesús es el Mesías? Reflexiona sobre cómo lo entienden Pedro y Jesús.
4.Lee Marcos 8, 38 y preguntate: ¿Me avergüenza o atemoriza mostrar a otros que soy cristiano? ¿Por qué?
Tras haber sido enviados a anunciar el Reino de Dios los apóstoles regresan, se reúnen con Jesús y le cuentan lo que han hecho. Lee Marcos 6, 30-46.
Encontrarse como grupo a solas con Jesús para compartir lo vivido y descansar en su presencia es una de las características importantes del grupo de los apóstoles.
Pero la multitud que ve en Jesús a aquel que puede ser respuesta a sus necesidades y deseos, acude inmediatamente a su encuentro.
Jesús siente compasión porque percibe en ellos la desorientación: "andaban como ovejas sin pastor". Y con calma, sin prisas, se sienta y empieza a enseñarles. La presencia de Jesús, su palabra y gestos dan seguridad y confianza.
Los discípulos están inquietos. Jesús ha enseñado a la multitud, pero la noche se acerca y, ¿quién dará de comer a tanta gente?
Ellos lo tienen claro: que Jesús termine y que cada cual se apañe como pueda.
Pero no es esa la solución. Jesús, que ha visto como han acudido a Él y le han estado escuchando, cree que ha llegado el momento de compartir también la mesa.
La multitud anónima pasa así a ser comunidad, de la individualidad se pasa a la comunión de vida que se expresa en la comunión de mesa.
Jesús anima a sus discípulos a compartir. Pero, "¿cómo vamos nosotros a darles de comer? Necesitaríamos el salario de medio año", responden los discípulos que no han comprendido por donde va Jesús.
Tienen poco, es verdad, "cinco panes y dos peces", pero Jesús quiere ese poco de cada uno para que todos puedan comer y saciarse. En una comunidad cristiana, lo peor que puede suceder es que falten las ganas de compartir.
La comunidad cristiana está formada por lo poco que somos cada uno de nosotros. Pero es justamente "ese poco" puesto en común lo que hace posible que exista la comunidad.
Cuando Jesús, ante la incredulidad de sus discípulos, comienza a repartir el alimento, despierta en la gente allí presente el deseo de poner en común lo poco que llevaban.
Y, en eso consiste el milagro: Cuando los discípulos, dejan de ser posesivos en relación a la poca comida que tienen y empiezan a compartir, descubren que hay comida más que suficiente: sobraron doce cestos.
Es así de claro: En el momento en que se comparte lo que se tiene, eso se multiplica.
El drama de la injusticia y de la desigualdad en nuestro mundo no nos puede dejar indiferentes. Ante quien cree que no se puede hacer nada para eliminar dicha injusticia, la Palabra de Dios viene a ser luz y guía en el camino: sólo cuando compartimos nuestros bienes, lo que somos y tenemos, con los demás, y especialmente con los que más lo necesitan, no reservándonos nada para nosotros de forma egoísta, es cuando estamos realizando el proyecto del Reino de Dios. Entonces habrá y sobrará en abundancia.
Fábula del místico árabe Sa'di:
Un hombre que paseaba por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas, por lo que el hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir. Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en la boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro.
Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por el mismo tigre.
El hombre viendo lo sucedido, comenzó a maravillarse de la bondad de Dios y se dijo a sí mismo: "Voy yo también a quedarme en un rincón confiando plenamente en el Señor, y éste me dará cuanto necesito".
Así lo hizo durante muchos días, pero no sucedía nada y el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una Voz que le decía: "¡Oh tú, que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la verdad! Sigue el ejemplo del tigre y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado".
Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío dentro de su ligero vestidito y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: "¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?".
Dios guardó silencio. Pero aquella noche, de improviso, me respondió: "Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti".
1.Mira a tu interior y detente a contemplar los maravillosos dones -los panes y los peces- que Dios ha puesto en ti. Alábale y dale gracias por ello.
2.Cuando compartimos lo que somos y tenemos se repite aquel milagro... ¿Qué comparto yo con los demás? ¿Tengo dificultades en compartir, como les ocurría a los discípulos? Si es así, ¿dónde está la dificultad?
3.¿Me interpela sinceramente la situación de injusticia y desigualdad de nuestro mundo? ¿Qué reacción produce en mí?
Se conoce a Jesús caminando con Él y dejándose contagiar por el estilo de vida que vive y propone. No se consigue ser discípulo de la noche a la mañana. Es todo un proceso que se realiza junto a Él, por lo que, una vez más lo importante es caminar, no quedarse parado, ya que solo el que camina, encuentra.
Busca en tu Biblia el texto del Evangelio según san Marcos, capítulo 9, 33-37.
Los discípulos con Jesús llegan a Cafarnaún, en pleno corazón de Galilea. Durante el camino Jesús ha ido revelando las actitudes y los valores que han de asumir y vivir quienes quieren acompañarlo en el camino.
El camino ha sido largo. Jesús ha venido dialogando con sus discípulos, anunciándoles, por segunda vez en poco tiempo, que este camino a Jerusalén es un camino que conduce a la cruz y a la resurrección.
Pero los discípulos no entendían aún esta manera de hablar. Es más, sentían miedo de preguntarle para que les aclarara el significado de dichas palabras. No estaba lejos la aclaración tajante que Jesús había hecho a la confesión de Pedro y ya habían olvidado.
En casa, lugar donde se reúne la comunidad, con un jarro de agua fresca sobre la mesa y descansando de la fatiga y del polvo del camino, Jesús, que ha intuido que no han comprendido lo que les ha dicho, se atreve a preguntarles de qué discutían por el camino.
Pedro, Juan, Santiago... todos guardan silencio. Sienten en el latido del corazón que de nuevo, sus pensamientos no son los pensamientos de Jesús. Y efectivamente, por el camino habían discutido simplemente quien era el más grande, claro, después de Jesús.
Por eso no habían entendido nada de lo que Jesús les había estado hablando. Porque su preocupación no es el servir, no es tampoco el dar la vida por los demás, sino quién puede ser el principal del grupo para dominar sobre los demás.
En el camino estaban sumidos en la ambición personal, egoísta, que mira al propio yo, a los propios intereses, la que crea un grupo de influencia entorno a él, la que es capaz de derribar y derribar con tal de mantenerse en lo más alto.
Es la ambición que es capaz de justificar incluso los medios para alcanzar el fin deseado.
Esta ambición personal, tan peligrosa y destructora, está muy presente en el ser humano y, sin que se de cuenta, se va apoderando de él y llega a dominarlo.
Igual sucede en este caso con los apóstoles. Jesús, que ve el peligro de dicha actitud, ataca desde la raíz: si quieres ser el primero, debes ser el último de todos y el servidor de todos.
La verdadera grandeza no está en dominar sobre los demás, sino en servirles y entregar la propia vida por los otros, sin más interés que el del amor a los hermanos.
Los niños en tiempo de Jesús ocupaban un puesto social muy bajo. El niño era el recadero, el siervo, el criadito. En aquella sociedad el que no es aún adulto apenas se le tiene en consideración.
Entonces Jesús abraza un niño. Abraza al que es pequeño, a quien menos es considerado en la sociedad. Abraza así al que es despreciado y marginado.
Es un abrazo que expresa acogida, cariño, reconocimiento, valoración de su pequeñez e incluso identificación con él.
Es curioso observar que siempre los marginados tienen su origen en una sociedad donde el poder es ejercido desde la ambición, personal o colectiva, que crea privilegios para unos y, al mismo tiempo, excluye a otros por motivos económicos, sociales, étnicos, culturales...
¿Cuál deberá ser la actitud del discípulo de Jesús? La misma que la del Maestro: es grande quien sirve desde abajo, desde el último puesto, y preferentemente a los que son víctima de los privilegios originados por la ambición, personal o colectiva, que reina en la sociedad.
Dedica un tiempo determinado a encontrate a solas con Jesús, el Maestro de nuestro camino. Para facilitarte este encuentro te sugiero dos interrogantes:
1.¿Qué siento en mí cuando oigo decir a Jesús: "Si quieres ser el primero, se el último y el servidor de todos"?
2.¿Cómo realizo en mi vida la actitud de servicio? ¿En qué casos y situaciones concretas me siento servidor de los demás?
Siguiendo a Jesús lo vamos conociendo y, al mismo tiempo descubrimos los rasgos que caracterizan a quien quiera seguirle.
Nos vamos a detener en el pasaje del Evangelio conocido como el del "joven rico". Toma tu biblia y lee Marcos 10, 17-31.
El evangelista nos presenta a uno que está preocupado por el tema de la salvación. "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".
Tiene la idea de que para salvarse ha de realizar cosas. Se percibe en él una insatisfacción: hay algo en su vida que no cuadra entre lo que pretende conseguir, la salvación, y su forma concreta de vivir.
Jesús le responde de una forma clara y sencilla: basta con ser honrado, y para ello hay que cumplir los Mandamientos.
Esto es lo que él está haciendo desde joven: cumplir, cumplir y cumplir.
En este momento, Jesús debió percibir en él el deseo de ir más allá del simple cumplimiento, lo mira con cariño y le invita a ser discípulo suyo presentándole la condición fundamental: "Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza".
Para ser discípulo de Jesús no basta con cumplir los Mandamientos, es necesario hacer una opción. Y ésta no es otra que la primera Bienaventuranza: "Dichosos lo que eligen ser pobres, porque tienen a Dios por Rey" (Mateo 5, 3). Esta es la opción y la condición fundamental para seguir a Jesús.
El "cumplimiento de los mandamientos" se enmarca en las relaciones amo-siervo, en los contratos de comprador-vendedor.
Por el contrario, hacer algo desde una opción, y por lo tanto, libre, voluntaria y gratuitamente, tiene como marco las relaciones de amigo con amigo. "Ya no os llamo siervos, os llamo amigos", dirá Jesús.
Entonces el hombre se entristeció. Lo que le ofrecía Jesús era demasiado para él, pues tenía muchas posesiones que dominaban su corazón.
Su verdadero dios, a quien realmente sirve, son las riquezas, de las que no puede despegarse. Entiende la salvación, como una compra-venta.
¡La salvación no se puede comprar!, es algo gratuito que, a quien la acoge, le lleva a vivir en gratuidad.
Por eso continúa diciendo Jesús: "¡Qué difícil es que los ricos entren en el Reino de Dios!", pues quienes viven apegados a las riquezas, dificilmente entienden el lenguaje de la gratuidad, del dar la propia vida sin esperar nada a cambio.
Ante lo ocurrido, los discípulos quedan desorientados, no salen de su asombro, porque, también ellos, confían más en el dinero que ven, que en Dios a quien no ven.
Jesús mantiene la exigencia de la primera Bienaventuranza: para entrar en el Reino de Dios, la esperanza, la confianza, la seguridad han de estar totalmente puestas en Dios. Esto es lo que significa tener a Dios por Rey, ser libres, no ser esclavos de ninguna realidad creada. Aún más, es tener la seguridad de que "lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios".
La recompensa para el que apuesta vivir según Jesús se experimenta desde el momento en que se elige tener sólo a Dios por rey.
Es una recompensa gratuita, ya que quien abre el corazón a Dios se lo abre también a los demás. Y quien se enriquece con Dios, se enriquece con los demás.
De pronto, sin esperarlo, nos vemos gratamente sorprendidos por el hecho de que nuestra familia se agranda: "¿Quienes son mi madre y mis hermanos? El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi madre" (Marcos 3, 33-35).
Nos enriquecemos y, al mismo tiempo, vemos que la familia de Dios abarca el mundo entero.
Es una familia que no conoce la desigualdad en función de posesiones, méritos o rangos. Sólo conoce el servicio y el amor que no puede ser vendido ni pagado.
Todo esto, ¿no es gustar ya aquí la Vida Eterna? Lo es, aunque de un modo aún no perfecto y total, e, incluso, con persecuciones, ya que siempre habrá esclavos de las riquezas a los que no interese que se propague el mensaje de Jesús.
Así se entiende la palabra de Jesús: "Dichosos vosotros cuando os insulten, os calumnien y os persigan por mi causa. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa" (Mateo 5, 11-12).
Para comprender mejor lo dicho hasta aquí, te sugiero que leas también el texto de Lucas 1,22-34. Después podemos preguntarnos:
1.¿Qué significa para mi, como seguidor de Jesús, tener a Dios por rey?
2.¿Al servicio de quién o de qué está mi corazón?
3.Tener algunas seguridades es normal, pero ¿qué seguridades percibo en mí que me impiden seguir a Jesús?
Un letrado ha observado el debate de Jesús con unos saduceos en torno a la "resurrección". Admirado por la respuesta de Jesús, se le acerca, con actitud sincera, intentando encontrar respuesta a su principal preocupación. Lee Marcos 12, 28-34.
Al letrado le preocupa cuál es el principal mandamiento. El pueblo de Israel ha tenido siempre la preocupación de conocer y hacer la voluntad de Dios para que su conducta le fuese agradable. Pero, ¿dónde encontrar la voluntad de Dios?
Con el correr del tiempo, la Ley de Moisés se había ido desglosando en más de 600 preceptos y normas, por lo que llega un momento en el que no se distingue bien entre lo importante y lo secundario.
La pregunta del letrado es la preocupación de todo buen judío que también reflejaba la pregunta del joven rico: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".
Jesús responde uniendo dos pasajes del Antiguo Testamento:
1) Deuteronomio 6, 4-5: "Escucha, Israel, El Señor nuestro es el único Señor...".
2) Levítico 19, 18: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Ambos, amar a Dios y al prójimo, son una cosa y es la más importante.
"El Señor nuestro es el único Señor". No hay otros señores al lado del único Señor. Jesús nos dirá en otro momento que no se puede servir a dos señores a un tiempo: o se sirve a Dios o al dinero.
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo" Hay una sana y necesaria actitud para con nosotros mismos: la de aceptarnos, querernos y valorarnos en los que somos, pensamos, sentimos o hacemos... es el primer paso para poder crecer equilibradamente y vivir realizándonos. Sólo si se da este paso previo, podremos abrirnos auténticamente a la otra persona para aceptarla, valorarla y amarla como si fuese carne de nuestra carne.
No se trata de constituirme en el "centro del universo", pero sí de amar quien soy y lo que Dios me ha dado. Al amarlo, instintivamente me abro a la presencia amorosa de Dios en los demás.
Siempre ha existido y sigue existiendo la tentación de creer que el mejor culto que se puede dar a Dios es el exterior, aquel que no necesita la conversión del corazón, el que se conforma con ofrecer a Dios unas oraciones, unos sacrificios, unas velas, un dinero... aquel que se mide cuantitativamente.
Ahora bien, el auténtico culto y adoración a Dios es nuestra propia vida y la relación con el prójimo.
En la primera carta de San Juan 4, 19-21, se nos dice que: "el que diga yo amo a Dios, mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, ¿como puede decir que ama a Dios, a quien no ve?. Y este es precisamente el mandamiento que recibimos de Él: quien ama a Dios, ame también a su hermano".
La verdadera oración es la que está al servicio del amor. Si no hay amor, justicia, solidaridad, servicio, entrega... no hay oración.
El peligro del legalismo es que se pierde en mil observancias, perdiendo de vista lo más importante y fundamental: el amor a Dios y al prójimo. Este es el mandamiento más grande porque es el que da sentido y orientación a todo lo demás.
Es al pregunta que surge en el corazón del letrado y que encontramos en el Evangelio de Lucas 10, 25ss. El prójimo es toda persona, en la cual percibimos la huella de Dios.
El prójimo es aquel que vive despojado de su dignidad humana, a quien se le está robando la posibilidad de ser persona con todos los derechos que conlleva.
El prójimo es quien no tiene suficiente alimentación para desarrollar sus capacidades; quien no tiene la posibilidad de la educación; quien no tiene un médico o un hospital que le atienda cuando lo necesita; quien no tiene la posibilidad de un abogado que defienda sus justos intereses; quien nace ya con el peso de la "deuda externa" a sus espaldas; quien se ve privado de la vida familiar desde el nacimiento...
El prójimo es el inmigrante que llama a nuestras puertas buscando una vida más digna. El prójimo es...
Este letrado estaba cerca del Reino de Dios por su sinceridad y deseo de autenticidad. Dios vive en el corazón de las personas que lo buscan sinceramente y que están abiertas a encontrarse con Él allí donde Él está: en el prójimo.
1.Deja entrar en tu corazón la respuesta de Jesús al letrado. Ahora te habla a ti: "El Señor nuestro es el único Señor..., amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y al prójimo como a ti mismo". Recuerda esta frase a menudo y repítela con tus labios.
2.¿Qué experimento dentro de mí al afirmar que Dios es el único Señor de mi vida?
3.En la vida diaria, ¿quién es mi prójimo?, ¿dónde se encuentra?, ¿cómo me relaciono con él?
Cuando Jesús es asesinado en la cruz, está prácticamente solo. Los discípulos han huido abandonándole. Unos y otros volvieron a sus lugares de procedencia para reiniciar de nuevo sus vidas...
Nos preguntamos, ¿cómo pudieron los discípulos reconocer al Señor Resucitado?
Lee Juan 20, 1-29. En este texto se nos describe cómo la comunidad de Juan ha llegado a experimentar que Jesús verdaderamente ha resucitado.
Juan nos dice que era "el primer día de la semana, al amanecer, cuando estaba aún oscuro". La oscuridad, la noche, las tinieblas son imágenes muy utilizadas por Juan para describir la situación de quienes viven sin Dios.
Aquella comunidad cristiana, representada por María Magdalena, Pedro y el discípulo preferido de Jesús, vive sin darse cuenta de que Cristo ha resucitado.
Sin embargo, no se conforman con la situación y quieren salir de ella.
Es María Magdalena, la mujer que tanto amaba a Jesús por lo que Él había hecho por ella, la primera en quien se despierta el deseo de encontrarse con el Señor. Va a ver el sepulcro "al amanecer", mostrando así la clara voluntad de abandonar la noche, el sin sentido, para encontrar el día, la luz, el sentido...
María encuentra el sepulcro vacío y va a decírselo a Pedro y al discípulo preferido. Ambos se ponen en camino, y es Juan el primero que cree.
El amor de María, la lentitud y constancia de Pedro, la intuición de Juan... diferentes caracteres y modos de buscar el Señor, ayudándose mutuamente a encontrarlo.
Así debe ser toda comunidad cristiana: diversidad que enriquece y ayuda a caminar en la continua búsqueda y vivencia del Resucitado.
Magdalena llora porque ama profundamente al Señor. En esta situación de dolor, Jesús se le acerca y se interesa por lo que está viviendo: "¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?".
Es la misma pregunta que hizo a aquellos dos discípulos que se fueron tras de Él: "¿Qué buscáis?" (Juan 1, 38).
Y, en el momento en que Jesús llama a María por su nombre, ella lo reconoce como "Señor mío".
Jesús se hace presente en la realidad que está viviendo María como también se hace presente en la que nosotros vivimos día a día. Es ahí donde Jesús se nos acerca y nos pregunta: "¿Qué buscáis?".
A veces quisiéramos encontrarlo allí donde Él no está, infravalorando nuestra situación concreta de cada día.
El único milagro que deberíamos pedir es el de saberlo reconocer en la vida cotidiana y gozar alegrándonos inmensamente de su presencia. Así podríamos comunicar a los demás que también nosotros "hemos visto al Señor y nos ha dicho esto y esto".
Los discípulos, a su vez, se han encerrado en una casa. Es verdad que han oído que algunos han visto al Señor, entre ellos María, pero el miedo les atenaza y les impide reconocerlo.
Es en esta situación de angustia, miedo e incertidumbre que Jesús se presenta en medio de ellos.
El efecto inmediato de esta presencia es la paz y la alegría, dos de los rasgos fundamentales que caracterizan al discípulo que vive según el Espíritu del Resucitado. El miedo da paso a la confianza; la tristeza a la alegría; la turbación a la paz; el desánimo a la esperanza.
Experimentar al Resucitado conlleva vivir según su Espíritu, desde donde Cristo envía a sus discípulos a anunciar su palabra de vida a toda la humanidad.
En esta misión el discípulo no está solo. Es el enviado de Cristo, y para que pueda realizarlo con autenticidad le entrega lo más intimo de sí mismo: "Recibid el Espíritu Santo".
Tomás representa a la persona escéptica e incrédula que no se fía de lo que le dicen los demás... es el que necesita ver para creer.
En nuestro caminar con Jesús, la tentación también nos viene a menudo: necesitamos ver para poder creer. Sobre todo en ciertas situaciones desconcertantes; o cuando nos encontramos ante un interrogante de difícil solución; o cuando las cosas no salen como las preveíamos... entonces queremos tener pruebas ciertas para seguir adelante.
A partir de Tomas, la confianza en Aquel que nos guía e ilumina se convierte en bienaventuranza: "Dichosos los que tienen fe sin haber visto". Es la fe de Abrahán que no exige pruebas. La fe que se vive en el riesgo de caminar día a día con quien nos ama profundamente.
1.El encuentro con el resucitado implica búsqueda, ¿deseo encontrarme con Él? ¿Cómo y dónde lo busco? ¿Ayudo a otros a encontrarlo?
2.Intenta describir cual está siendo tu camino de fe con Jesús.
3.En el texto se habla de los signos que acompañan a los que se encuentran con el Resucitado, ¿cómo los vivo personalmente?
Caminando con Jesús, descubrimos que Él ha sido un hombre verdadero, que ha vivido hasta el fondo las consecuencias de su humanidad. Por esto, Él es el camino que nos descubre la profundidad y el sentido de nuestro vivir.
Uno de los pasajes que con más fuerza nos muestra la humanidad de Jesús, es el de las tentaciones que encontramos en Lucas 4, 1-13.
El evangelista coloca el hecho de las tentaciones como continuación de la narración del Bautismo donde se manifiesta claramente la opción que Jesús hace de vivir al servicio del reinado de Dios.
En el desierto, o sea, en su vida concreta de cada día, Jesús es tentado a abandonar esta opción de siervo.
La tentación en el desierto no es un episodio aislado de la vida de Jesús. Los cuarenta días del desierto, recuerdan los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en el desierto y simbolizan, en la cultura judía, la vida entera del hombre. Cuando el evangelista habla de los cuarenta días indica algo que abarca toda la vida de Jesús.
"Todo aquel tiempo estuvo sin comer y al final sintió hambre". El ayuno de Jesús no tiene tanto un sentido ascético, de mortificación, cuanto de vigilancia y de espera para poder percibir el susurro de Dios.
Y en esta situación, donde a menudo la única respuesta de Dios es el silencio, el tentador le invita a utilizar la autoridad de Hijo para sus propios fines, a que se preocupe de sus necesidades aprovechando la situación privilegiada que tiene con el Padre.
Es fácil aprovecharse de las situaciones privilegiadas para fines propios, dejarse convencer por lo inmediato que entra por los ojos y que no tarda en apoderarse del ser humano. Es en esos momentos, cuando más necesaria es la fuerza del Espíritu para recordar que la aspiración del hombre sobrepasa lo puramente material.
¿Cuál es la actitud de Jesús? "No de solo pan vive el hombre".
"Te daré todo ese poder y esa gloria... si me rindes homenaje". El tentador quiere apartar a Jesús de su opción de vivir como siervo, y le propone algo que puede resultar incluso razonable y lógico: utilizar el poder para realizar su misión.
Jesús tiene delante de sí esta opción: integrarse en el sistema, utilizar el poder para instaurar el reinado de Dios entre los hombres: sería más eficaz, contaría con más medios. Pero, perdería su independencia y su credibilidad. Porque el poder margina, crea clases. Meterse por ese camino significaría comulgar con la situación establecida, situación de injusticia y de opresión.
Por eso la respuesta de Jesús no podía ser otra: "Rendirás homenaje al Señor tu Dios y a Él sólo prestarás servicio". Aceptar el poder, la fuerza, como medio para realizar su misión sería servir a otros dioses, eso es lo que el tentador ofrece a Jesús, y El lo rechaza.
"Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo...". El tentador no ceja en su empeño de desviar a Jesús de la orientación que Él ha decidido y asumido desde su Bautismo.
Aquí lo que le propone es que, ya que es el Hijo de Dios, utilice el camino del prestigio, que escoja el camino fácil, del éxito, par salir siempre a hombros, triunfante.
"No tentarás al Señor, tu Dios". Esta tentación está tocando la propia identidad de Jesús: su humanidad, que se traduce en solidaridad radical con el ser humano, con el pobre, con el marginado, solidaridad que le llevará a la pasión y a la muerte (ver Marcos 8, 31-38).
El tentador es el espíritu de poder y de dominio presente en la sociedad que intenta romper continuamente el plan de Dios.
Cuando Jesús, en estrecha relación con el Padre y con la sociedad de su tiempo, descubre la vocación a la que es invitado por parte de Dios, o lo que es lo mismo, su propia identidad, pone toda su vida al servicio de ella: que el hombre viva para que se manifieste el rostro de Dios.
Esta opción fundamental va a ser cuestionada y sometida a crisis a lo largo de su vida histórica. El recibirá continuamente invitaciones, insinuaciones para abandonarla, suavizarla... esto es la tentación.
Las tentaciones de Jesús son también las de la Iglesia, que debe continuamente vigilar para no caer en ellas. No debería nunca actuar en beneficio propio, ni valerse del poder terreno, ni del prestigio mundano para realizar su misión.
Y, lo que se dice de la Iglesia, debe decirse de cada uno de nosotros que somos sus miembros.
1.¿He hecho, como Jesús, una opción fundamental en mi vida? ¿En qué consiste?
2.Para vivir en su totalidad la opción fundamental que he tomado, ¿cuáles son las dificultades que encuentro, las invitaciones que recibo para abandonarla?
Cuando Jesús deja su pueblo, Nazaret, y se pone a recorrer toda la Palestina, comienza diciendo de forma solemne y con gran convicción que "el Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros".
Su corta vida va a ser una manifestación continua de lo que es este Reino.
Las Bienaventuranzas, que vamos a meditar y que se encuentran en Mateo 5, 1-10, describen la reacción de todos aquellos que viven ya el reinado de Dios. (Por reinado de Dios se ha de entender la acción de Dios).
Jesús tiene delante a un buen grupo de personas, entre ellos a sus discípulos más cercanos.
La tentación de todo predicador en el tiempo de Jesús, y quizás también en el nuestro, sería más o menos la siguiente: si queréis alcanzar la salvación tenéis que hacer esto y esto. Indicar lo que hay que cumplir para agradar a Dios.
Jesús, por el contrario, cambia la dirección y dice: Dichosos sois vosotros porque habéis acogido a Dios en vuestras vidas. Y al acogerlo, a Dios y a su Reino, estáis ya viviendo la salvación de Dios. Por ello, ¡saltad de gozo y regocijaos!
Es la alegría de María al darse cuenta de que Dios se había fijado en ella. Es el gozo del leproso que salta lleno de júbilo cuando percibe que Dios ha actuado en él.
El camino de Jesús es, por lo tanto, el camino del gozo, de la alegría.
Felices son, en primer lugar, los pobres, los desheredados, los que van de un lugar para otro en busca del sustento diario, los que no cuentan ante las decisiones que ellos han de sufrir en sus propias carnes, los que se les cierran las puertas por no haber podido acceder a un título, los que se les mete en las comisarías por poseer una nacionalidad diferente, los que a los cuarenta y cinco o cincuenta años se les arrebata la esperanza de vida al dejarlos sin trabajo, los que se les mira de reojo por ser seropositivos...
Ellos son dichosos porque Dios se ha puesto de su lado. Él no permanece indiferente ante el sufrimiento y marginación de lo más sagrado que ha salido de sus manos.
¡Dios no es imparcial! Toma parte por los que más lo necesitan.
Pero, ¿cómo llamar feliz a quien se encuentra en la miseria, hundido, pisoteado...? ¿No es una tomadura de pelo?
Jesús nos enseña en primer lugar el verdadero rostro de Dios y, en segundo lugar, que quién camina con Ël, si quiere encontrarse con Él, ha de estar con los pobres.
Seremos felices si compartimos la suerte de los desheredados de nuestra sociedad. Sólo entonces podremos decir con coherencia que somos seguidores de Jesús.
Esta segunda bienaventuranza va unida a la anterior. Podemos decir que es un desdoblamiento.
Hay sufrimientos producidos por causas que desconocemos. como un terremoto, una enfermedad irreversible..., y hay otros que son producidos por causas bien precisas y determinadas: el pago injusto de la deuda externa de los países empobrecidos a los enriquecidos repercute negativamente en las capas más desprotegidas de la población, subalimentación, poca educación, pésima infraestructura sanitaria, las guerras salvajes entre países o entre razas diferentes, el no respeto a los derechos humanos, el olvido y la indiferencia a que se ven sometidos muchos ancianos en los últimos días de sus vidas...
Seremos felices si no permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. Cuando el sufrimiento de los demás lo asumimos como nuestro, cuando denunciamos las causas que lo producen, cuando estamos dispuestos a jugarnos nuestra propia situación por desenmascarar la realidad..., es entonces cuando gozaremos de la felicidad que nos viene de Dios.
En una sociedad que está cimentada sobre la injusticia, la violencia, el desprecio a la vida, el no violento surge como servidor de la vida y de la verdad, como desenmascarador de la injusticia y de todo lo que aliena al ser humano.
Por ello, está dispuesto a correr la misma suerte de los débiles y desprotegidos. Pero él nunca callará. Su única arma es la verdad y al servicio de ella pondrá toda su energía. Irá hasta las últimas consecuencias, pero no callará hasta que se haga justicia al pobre y oprimido.
El no violento es extraordinariamente activo. la denuncia evangélica, la desobediencia civil ante la leyes injustas, la lucha constante, la coherencia de vida... son rasgos que definirán su personalidad.
El anhelo de justicia nos viene de Dios; es su plan de salvación; es su Reinado; es tener hambre y sed de realizar continuamente el proyecto de Dios; es ansiar, día y noche, vivir según el Evangelio.
Hasta que no deseemos realizar el proyecto de Dios, su justicia, no seremos dichosos.
No podremos ser dichosos si no nos muerde la injusticia que hay en el mundo. Un Dios que permaneciese pasivo ante tantos gritos de inocentes no sería el Dios del Evangelio.
El Dios de Jesús desciende al fango, malvive con el hambriento, suda con el que trabaja de sol a sol para poder llevar un trozo de pan a sus hijos, grita con las víctimas de la injusticia. Felices seremos si no conciliamos el sueño ante tanta injusticia que se labra en nuestro mundo.
Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron por qué sus discípulos no respetaban la tradición de sus mayores de purificarse las manos antes de comer. Jesús los llamó hipócritas y les citó a Isaías 29,13: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí...".
El corazón es el centro de la persona. Es ahí donde se forjan las buenas o malas ideas que después se traducen en comportamientos concretos. "Del corazón salen las malas ideas: homicidios, robos, testimonios falsos, inmoralidades..." (Mateo 15, 1-20). La limpieza de corazón alude a la transparencia de intenciones, que nace de un corazón que transpira honradez.
Seremos felices si nuestro corazón desborda honradez, transparencia, claridad de intenciones; si en él no hay doble lenguaje; si los sentimientos que emanan de él son portadores de compasión, de deseo que se haga justicia al pobre y oprimido... porque es entonces que estaremos participando ya de la visión de Dios.
Con motivo del V Centenario de la Evangelización en América, se publicó un grabado en el que aparece Jesús con una serie de seguidores suyos que han sido asesinados, como Él, por querer la justicia.
Uno de ellos es Santo Dias da Silva, colaborador laico de las Comunidades Eclesiales de Base. Participó muy activamente en el movimiento del pueblo para conseguir una vida más justa y poder vivir dignamente.
El 30 de Octubre de 1979 fue víctima de la represión policial, cuando, junto con sus compañeros de trabajo se manifestaba delante de la fábrica para conseguir unas mejores condiciones de trabajo. Convencido de su fe cristiana, había rechazado la idea de abandonar la manifestación. Para él, seguir a Jesús y luchar por un mundo más justo iban íntimamente unidos.
1.El Reino de Dios está entre nosotros, ¿cómo lo estoy viviendo?
2.Leyendo las bienaventuranzas, ¿me siento también yo feliz, dichoso?
3.¿Qué me sugiere la Palabra de Jesús que estoy meditando?
Nos encontramos con un texto que nos es muy familiar. Se trata del pasaje de Marta y María.
Búscalo y léelo en Lucas 10, 38-42.
Intentemos, ahora, ahondar en la enseñanza que nos quiere transmitir el evangelista, para que sea esta enseñanza la que nos acompañe en nuestro caminar.
Comenzamos situando el texto. Jesús ha empezado su camino hacia Jerusalén, el lugar donde entregará su vida. Entra en una aldea y es recibido en una casa por dos hermanas.
El texto está situado entre la parábola del buen samaritano y la oración del Padre nuestro. Esto nos indica que ambas cosas han de ir unidas: el "hacer" ha de surgir del "ser" y del "estar" con Jesús.
¿Qué hacen? Marta estaba muy atareada haciendo cosas para servir bien al huésped. Pero este hacer y hacer no la dejaba tranquila, la distrae.
María, en cambio, sentada a los pies del Señor (ésta es la actitud propia del discípulo con respecto al Maestro) escuchaba sus palabras.
Marta, cuya única preocupación es que las cosas salgan bien, se dirige a Jesús y le echa en cara el que su hermana la deje sola con tanto que hacer. Le pide que influya sobre ella para que le eche una mano.
Jesús ve a Marta metida en todo el trajín y le dice la verdad: está muy nerviosa porque lo único que ella busca es la apariencia, lo externo, el que dirán, cuando sólo hay que preocuparse de una sola cosa. Y esa, que es la parte mejor, es la que ha elegido Maria.
Hasta aquí el relato.
¿Qué quiere decirnos el evangelista a través de Marta y de María?
Lucas está recordando a su comunidad que hay dos actitudes en la manera de vivir como discípulos de Jesús.
Una, la que representa Marta, que, atareada con tanto que hacer, olvida lo importante. Ella mira a sí misma, a quedar bien y esto le produce nerviosismo y desorientación. Y cuando se está desorientado, se experimenta la intranquilidad.
Pero, no sólo está nerviosa ella, sino que intenta poner nerviosa a su hermana, conducirla a la desorientación en la que ella se encuentra.
¿No nos pasa algo parecido a nosotros cuando estamos en esa situación que ni hacemos ni dejamos hacer a los demás?
Otra manera de vivir es la que representa María. Ella se ha dado cuenta de lo que es importante en la vida: la Palabra del Señor. Y se sienta a sus pies, con grandes deseos de escuchar esa palabra.
María ha comprendido perfectamente que seguir a Jesús consiste en estar con Él, escucharle y vivir de las palabras que salen de su boca.
¿No conocéis a personas que en medio de su quehacer diario respiran paz, transparencia, alegría, bondad...?
"No el mucho hacer llena la persona, sino el sentir y gustar lo que se hace", así enseñaba S. Ignacio.
El dilema no está entre acción y contemplación como a menudo se ha interpretado, sino que está entre buscar a Dios, su reino, su plan de salvación e intentar realizarlo, o, por el contrario, buscarse a sí mismo.
Jesús quiere alertarnos sobre la facilidad de olvidar lo que es importante para quienes queremos seguirle, en nombre de un hacer cosas que no brota de la unión que tenemos con Él. Y es ese activismo desmedido el que puede desorientarnos, quemarnos y terminar apartándonos del verdadero Señor.
1.¿Qué es lo más importante para ti en tu vida? María ha escogido la parte mejor. Y tú, ¿qué parte has escogido o estás escogiendo?
2.Marta hace muchas cosas, pero de una forma desordenada y con un gran nerviosismo, que lo transmite a los demás. En tu vida, ¿se dan momentos de nerviosismo, de malhumor, de caras largas, de tristeza? ¿Por qué?
Los medios de comunicación nos recuerdan, de vez en cuando, la terrible tragedia que están viviendo millones de seres humanos abocados al sufrimiento y a la muerte por falta de alimentos.
En nuestro caminar con Jesús, queremos preguntarle por qué sucede esto. ¿Es éste el mundo que Dios quiere para nosotros? ¿Habrá que resignarse y decir que no se puede hacer nada?
Para encontrar la respuesta he escogido un texto muy significativo del Evangelio, Lucas 16, 19-31, conocido como la parábola de Lázaro y el rico.
Comenzamos situando el texto del Evangelio que estamos meditando. Poco antes Jesús había dicho tajantemente que no se puede servir a Dios y al dinero. Ante esta afirmación, los fariseos, que son amigos del dinero, se burlan de Él.
La reacción de Jesús es inmediata: "vosotros sois los que os la dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse ante los hombres le repugna a Dios".
Los destinatarios de esta parábola son los que hacen del dinero el motor de su vida sin importarles nada lo que pasa a su alrededor. Unos capítulos antes, Lucas nos había recordado la advertencia de Jesús: "¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo".
Se trata de dos personas que llevan dos ritmos de vida opuestos.
El rico, que se vestía de púrpura y lino, banqueteaba todos los días espléndidamente. El mendigo, que echado en el portal, cubierto de llagas, esperaba que cayesen las migajas de la mesa del rico.
¿Qué es lo que caracteriza al rico? Su ceguera. Está centrado en sí mismo, preocupado por sí, y no es capaz de ver al que está a su lado.
¡Atención!, la riqueza, el afán de poseer y tener nos cierra los ojos. Por eso el dinero es rival de Dios.
¿No pasa algo parecido en nuestro mundo cuando pensamos que el 20% de la población acaparamos más del 80% de la riqueza mundial? Tan ensimismados en nosotros mismos, ¿no estamos dando la espalda a otros seres humanos que piden sólo vivir?
La imagen de los perros me recuerda la experiencia que tuve cuando volví de Chad. Un país, donde la malnutrición es generalizada, e incluso, durante unos meses al año, escasea la alimentación. Pues bien, recuerdo que entrando en los supermercados y viendo partes dedicadas a alimentos de perros y gatos, me dije: ¿qué mundo es éste donde los animales del primer mundo comen mucho mejor que las personas del tercer mundo?
Lo que iguala en esta vida al rico y a Lázaro es la muerte. Una vez muerto, el rico levanto los ojos y ve a Abrahán y a Lázaro. Había vivido como un ciego. Ahora sus ojos empiezan a ver y reconocer cuál es su verdadera situación. Ahí no hay falsedad posible.
Se encuentra lejos de Dios, porque estuvo lejos del hermano. Y dicha lejanía de Dios no es física, como dos personas que se encuentran distantes. La sima inmensa que los separa simboliza la forma de vida tan diversa que les ha caracterizado.
¿Qué es el infierno?, le preguntaron un día a un santón. Y él respondió: "El infierno es no amar". El infierno, por tanto, es la situación de aquellas personas que viven dando la espalda a los demás.
El rico reconoce su situación y siente compasión por sus cinco hermanos que han quedado en la casa. No resulta difícil imaginar que el estilo y la forma de vida de ellos sería como la del rico. Éste le pide a Abrahán que envíe a Lázaro. A lo que él se niega porque ya tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!
Si un día cualquiera, se presentase entre nosotros alguien, venido de otra parte, diciéndonos: "O empezáis a compartir o el mundo se va al garete", ¿creéis que le haríamos caso? Como mínimo le tacharíamos de iluminado, visionario... y la gran mayoría ni le haría caso.
Además, esta no es la manera de actuar de Dios. El no se manifiesta a través de apariciones. ¡El ya ha hablado! Lo ha hecho a través de los profetas y del mismo Jesús.
La conversión no depende, por tanto, de eventuales milagros, sino de escuchar la Palabra de Dios.
Y conviene recordar que Dios sigue hablando hoy día a través de las voces de muchas personas. Pero no se les presta atención. Vivimos tan de prisa que no escuchamos lo que es importante y fundamental.
1.La ceguera es la que impide al rico ver la situación en la que se encuentra Lázaro. ¿Participo yo también de esta ceguera? ¿Qué es lo que me hace ser ciego?
2.Escuchar, prestar atención, es importante para no vivir de espaldas al prójimo. ¿Escucho la situación de tantos hermanos que viven en la miseria, en la pobreza, en el olvido y la indiferencia? ¿Qué eco o resonancia producen esas situaciones en mi corazón, en mi vida? ¿A qué me llevan?
Hay momentos en la vida en los que necesitamos que alguien nos diga una palabra o nos haga un gesto que nos incite a avanzar.
Algo de eso es lo que el evangelista Mateo pretende al recordar a su comunidad cristiana la parábola de los talentos, que encontramos en Mateo 25, 14-30.
Después de haberla leído situamos esta parábola en su contexto.
La encontramos al final del Evangelio narrado por Mateo. En esta parte final el evangelista recoge la llamada que Jesús hace a sus discípulos para que permanezcan siempre vigilantes.
En el vivir de cada día se corre el riesgo de dejarse llevar por lo que va viniendo, por lo inmediato que se presenta ante nosotros, olvidando el sentido que mueve toda nuestra vida.
La vigilancia, a la que nos exhorta el Evangelio, es una llamada de atención a vivir despiertos y a tomar en serio la misión que Jesús nos ha confiado. ¡Hay cosas con las que no se puede bromear!
El autor, para que podamos comprender el alcance de lo que significa la vigilancia en el discípulo de Jesús, utiliza la imagen, muy extendida en el Próximo Oriente Antiguo, del amo poderoso y rico que confía los bienes propios a sus criados.
El se marcha y deja sus bienes en manos de los suyos. Estos no son esclavos. Son de casa. El amo tiene tanta confianza en ellos que es capaz de dejar en sus manos todos sus bienes. Quiere que también ellos puedan participar de su fortuna. Y por eso la comparte.
En el momento en que lo aceptan, adquieren una responsabilidad. De ahora en adelante, la gestionarán juntos.
Los talentos o millones de los que habla Jesús, no se refieren a nada económico, son los bienes del Reino: es el amor gratuito y desinteresado que el discípulo debe tener a todos los seres humanos, de una manera particular a los más desheredados.
El señor conoce perfectamente a sus criados. Sabe quiénes son, cuáles son sus capacidades y limitaciones. Y los respeta. Cada cual va a recibir una parte, en función de sus posibilidades. A nadie se le va a exigir más de lo que él pueda dar, ni tampoco menos. A cada uno lo suyo. Ahí reside la atención, el amor y el cariño que les tiene.
Cada uno pone sus capacidades, dones y actitudes, que son de Dios, al servicio del Reino, del amor a los semejantes.
Lo que han recibido, poco o mucho, no se lo han guardado. En ellos se ha despertado la inquietud y la ilusión de que pueden hacer algo por los demás.
Han descubierto la riqueza que hay en su interior. Y ésta no la pueden ni quieren enterrar.
En cambio, el tercero no fue capaz de asumir el riesgo de ponerse en camino. Le entró miedo, se asustó y esto le paralizó completamente.
El que es fiel, vigilante, tendrá como compañero de camino al Espíritu. Y se verá sorprendido por la riqueza inmensa que surgirá de su corazón: "De su interior surgirá un manantial de agua viva".
Compartirá con alegría, perdonará de corazón, de su boca saldrán continuamente palabras de ánimo, de comprensión, se sentirá fortalecido aún en la dificultad, irá adquiriendo una sensibilidad muy especial por los más pobres de nuestro mundo.
El que no confía en el Espíritu, se irá recluyendo en sí mismo, para entrar en otra dinámica: pensar más en sí que en los otros. En él todo será precaución, temor, miedo, reparos, reservas...
En cambio, el que confía en el Espíritu puede abandonarlo todo y arriesgar porque tiene la confianza de que Dios le precede en su caminar.
Un anciano peregrino recorría su camino hacia las montañas del Himalaya, en lo más crudo del invierno.
De pronto se puso a llover.
Un posadero le preguntó:
- ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí con este tiempo de perros, buen hombre?
Y el anciano respondió alegremente:
- Mi corazón llegó primero, y, al resto de mí, le ha sido fácil seguirle.
(Anthony de Mello)
1.Hace unos días recibía la carta de un amigo que me decía: "Cuanto más te metes en la sociedad, en el trabajo o en el estudio, menos tiempo te queda para pensar e intentar ser tú mismo. Parece como si dependieses de alguien que controla tus pasos y te va llevando de la mano adonde quizás tú no quieres". ¿Qué sentido tendrá aquí la llamada a la vigilancia que hace Jesús?
2."A cada uno según sus capacidades". ¿Qué eco produce en mí esta frase de la parábola?
El Jueves Santo proclamamos, como Evangelio, no la institución del la Eucaristía, sino el lavatorio de los pies.
Este gesto de Jesús tiene un gran simbolismo: lavar los pies es servir a los demás hasta sus últimas consecuencias, hasta entregar la propia vida.
Para poder adentrarnos mejor en su sentido y significado vamos a fijarnos en otro texto muy conocido por todos. Se trata del llamado juicio de las naciones: "Tuve hambre..., tuve sed..., fui extranjero..., estuve desnudo, enfermo, en la cárcel..." (leer Mateo 25, 31-46).
Si el seguidor de Jesús es aquel que se va empapando de los mismos sentimientos del Maestro, entonces será necesario pedirle que me haga comprender y sentir mejor cómo este texto puede cambiar mi vida.
La escena se sitúa al final de los tiempos, cuando la verdad se nos manifestará con todo su esplendor. Será como un espejo, nos veremos tal como hemos sido y vivido, sin posibilidad de engaño ni de truco.
Jesús se sirve de la imagen del pastor que, al llegar la noche, separa a las ovejas de las cabras para protegerlas de éstas. Y como el pastor que las conoce bien, así también el Señor separa a la humanidad.
¿En qué criterio se basa? En la cercanía o lejanía que hayan tenido hacia los hermanos, y, de entre ellos, hacia los más insignificantes.
La relación del hombre con Dios se verifica en la relación que tiene el hombre con sus semejantes. Así, se da, por una parte, una desacralización de Dios mismo: a Él no podemos encerrarlo en lugares, espacios o tiempos. Y, por otra parte, se da una sacralización del ser humano: a Dios lo encontramos, de una manera privilegiada, en el ser humano.
Hay una identificación de Jesús con los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los harapientos, los enfermos y los encarcelados.
Si miramos a nuestra sociedad, es fácil distinguir ciudadanos de primera y segunda categoría. Se valora a las personas por su poder adquisitivo: es más quien más tiene. Se crean así los "insignificantes".
¿Quiénes son estos hermanos insignificantes hoy día? Todos aquellos que quedan al margen de la vida y de la sociedad, todos aquellos que han perdido el tren del progreso y del bienestar, que son excluidos de la sociedad, que, en términos de producción, son nulos o casi nulos. Los que se "limpian" de las calles para mejorar el aspecto de la ciudad, que se les encierra para que la sociedad esté segura. Aquellos que nos indigestan la comida cuando salen en las imágenes televisivas... Aquellos a quienes nos hemos acostumbrado tanto a verlos que provocan en nosotros la indiferencia más completa y total.
Esto, es evidente, choca con el proyecto de Dios. Para Él cada ser humano es un tesoro único e irrepetible. Así, por amor, Él se identifica con la "escoria" de la sociedad y en ellos le encontramos.
En la escena encontramos dos actitudes: la del que hace el bien y practica la justicia con los hermanos, y la del que no lo hace. No hay posiciones intermedias.
Miremos nuestro mundo, nuestra sociedad. ¿Dónde me encuentro yo? ¿Entre los que ponen su vida al servicio de los demás y luchan por una sociedad de iguales, o entre los que no comprenden, los que están tan ciegos como el sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano?
"Señor, ¿cuando no te he visto?"
¿Cuándo he sentido la presencia de Dios pobre, desnudo, encarcelado, inmigrante y me ha conmovido?
¿Y cuándo, en cambio, ante esta misma presencia, he dado la espalda, he justificado mi postura, he hecho valer mis derechos porque quizás era un riesgo excesivo para mí mismo y mi posición?
A veces, queremos ver a Dios donde nos resulta más cómodo y no donde verdaderamente está, porque, ponerse en el camino de los últimos , es cambiar de estilo de vida, de valores. Podemos decir, que hay un antes y un después.
Desde aquí, se puede comprender ahora de una manera diferente el sentido de lavar los pies a los últimos. Y felices seremos nosotros si lo hacemos así.
Esta vez no te ayudo con preguntas. Lee detenidamente, rumiando, saboreando los dos textos del Evangelio que te he comentado: Juan 13, 1-16 y Mateo 25, 31- 46.
Pide al Espíritu que te conceda el don de identificarte con Jesús que lava los pies. Y pídelo también para nuestra Iglesia.
Vamos a leer el capítulo 21 del Evangelio según Juan, en el que el evangelista describe la experiencia del Resucitado que tuvo la primera comunidad cristiana. A nosotros hoy nos puede ayudar para ver nuestra propia experiencia con Jesús Resucitado.
Veamos el contexto en el que se sitúa: Jesús ha sido abandonado, en el momento de la muerte, por el grupo de discípulos, que lo había seguido esperando conseguir algo de Él. Los discípulos han huido, el grupo se ha desintegrado.
En el relato de Emaús (Lucas 23, 13-35), Lucas nos describe la profunda decepción de dos de ellos. Esperaban que Jesús fuese el liberador de Israel, y ahora lo han matado. Todo ha acabado.
Habían caminado mucho con Jesús. Y, sin embargo, habían comprendido poca cosa de Él.
Al final, cada cual vuelve a su vida anterior: "Voy a pescar", dice Pedro, el pescador. "Vamos también nosotros", añadieron los demás.
El espacio de tiempo vivido con Jesús ha sido como un bonito sueño que desaparece de la noche a la mañana.
En ellos ha debido quedar un poso de amargura al darse cuenta que han dejado a Jesús, solo, en el momento más crucial. No han sido capaces de dar la cara por Él cuando las circunstancias lo requerían.
Es en este contexto que el evangelista nos presenta juntos a Simón Pedro, Tomás, Natanael, los Zebedeos y otros dos. Están en el lago de Tiberíades (Galilea), allí donde Jesús se encontró con ellos por primera vez. Con decepción y desilusión, han vuelto a su trabajo diario, reanudando así la vida de cada día.
¿Quiénes son? ¿Cómo son?
Simón Pedro. Es un pescador, un hombre de pueblo. Con mucha voluntad, siguió a Jesús inmediatamente, tal vez, con poca capacidad de razonar. Confiesa que Jesús es el Mesías, sin entender en profundidad lo que esto significa. Muestra su disposición de ir hasta la muerte con Jesús, y no es capaz de decir públicamente que es amigo de Él. Llora cuando reconoce su pecado.
Tomás. Cuando le comunican a Jesús la muerte de su amigo, Tomás que dice a sus compañeros: "Vayamos también nosotros a morir con Él". Parece un hombre valiente. Pero, después de la muerte de Jesús, cuando los otros le dicen que han visto al Señor, él contesta: "Hasta que no toque con el dedo la señal de los clavos y le palpe con la mano el costado, no lo creo". Es desconfiado, duro de mente, no se deja convencer por los demás, es incrédulo, necesita ver para creer.
Natanael. Es un hombre transparente. Cuando Felipe le dice que se ha encontrado con Jesús, él duda si puede salir algo bueno de Nazaret. Sin embargo, cuando se encuentra con el Maestro cree en Él y se pone a seguirlo. Natanael se abre sin condiciones a Dios. Está desprovisto de prejuicios y le es suficiente una intuición para abrir su corazón.
Los Zebedeos. Son aquellos que pidieron a Jesús de poder sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino. Intentan lograr un beneficio personal. Quieren el poder y una buena posición, utilizando los medios que sea. No tienen en cuenta a los demás. Sólo les importan sus intereses personales.
Los otros dos. No sabemos quiénes son. Desconocemos sus nombres, su forma de ser, carácter, actitudes... No podemos decir nada de ellos y, al mismo tiempo, decirlo todo. En estos dos puede estar representado el resto del grupo y los diferentes tipos de personalidad que conocemos. Ahí podemos estar representados todos nosotros.
Entre los discípulos de Jesús hay diversidad de caracteres, de formas de ser. Jesús no excluye a nadie por ser de una manera u otra. Acepta a gente normal, con sus defectos y sus cualidades.
Él cuenta con cada uno de nosotros. Y así, tal y como somos, nos invita a seguirlo, a confiar en Él.
Estos son los discípulos de Jesús y, ahora, en sus corazones anida la amargura de haberle abandonado.
Mascando aún la decepción, impulsados por Pedro se ponen a pescar. "Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no cogieron nada".
Es de noche. La noche es la tiniebla, el miedo, el no saber hacia donde se va... El día por el contrario, nos ilumina, nos hace ver claro, podemos caminar sin miedo a tropezar.
El evangelista, al decirnos que fueron a pescar de noche, nos indica el estado de desorientación en el que se encontraban.
Jesús no está en medio de ellos o, mejor, ellos no saben verlo en la oscuridad de aquella noche. Tienen buena voluntad de ir a pescar, pero no se dan cuenta que han perdido el punto de referencia. Han perdido el faro que en la noche los guiaba y los orientaba.
Después de esa larga noche, ¿cuál debió ser el ánimo de los discípulos? No es difícil imaginar su frustración: toda una noche intentando pescar, sin coger nada.
No es difícil vernos a nosotros mismos cuando en nuestra vida diaria perdemos de vista a Jesús y obramos como hijos de las tinieblas.
"Estaba amaneciendo". No se ve todavía con claridad, pero ya va desapareciendo el temor de la noche. Se intuye que algo va a pasar. Es la presencia de Jesús en la orilla del lago.
Pero, los discípulos no lo reconocen. Alguien se acerca a ellos, pero sus ojos no pueden distinguir. También en el Camino de Emaús, Jesús caminaba con sus discípulos y ellos no sabían reconocerle.
Jesús por su parte tampoco se presenta, ni les echa en cara su abandono. Llega de una forma anónima. Lo único que les pregunta es: "¿Tenéis algo que comer?".
Jesús no quiere echarles en cara su abandono ni su dispersión. En la pregunta que les hace, intuimos que quiere llevarlos a que se den cuenta de que no han pescado nada, que han fracasado.
Ha sido la pérdida de confianza en Él que les ha llevado a esta situación.
No han reconocido a Jesús, pero su presencia les vuelve a dar confianza. Todo es posible todavía: "Echad la red y encontraréis".
Detrás de estas palabras, intuimos la cercanía, el amor de Jesús hacia sus discípulos. Les está diciendo: "No perdáis la confianza; es verdad: ha sido duro para vosotros, pero volved a tener confianza en mí".
Pedro descubre su desnudez. Se da cuenta de su propia situación, de su miseria y sus ojos se abren a quien le ama incluso antes de que él haya dado una respuesta.
Por tres veces el Señor pregunta a Pedro si le ama.
Jesús, de nuevo, nos vuelve a sorprender en la manera de acercarse a Pedro: no le echa en cara su negación.
Debió de decirle algo así: "Oye, Pedro, a pesar de lo que has hecho, ¿te sientes con la confianza de continuar? Mira, para mí lo que importa es tu disponibilidad y tu confianza. Y tú, ¿sientes que yo confío en ti para una gran misión?.
Pedro comprende que su vida no le pertenece. Que Dios, a pesar de su poca cosa, ha confiado en él. Ahora, siente que su fuerza no está en él. Descubre que lo importante no es saber hacia dónde se camina, sino con quién se camina.
Y Pedro, y Tomás, y Natanael, y los Zebedeos... entregarán sus vidas anunciando y siendo testigos de Jesús, el Resucitado.
1.Los discípulos abandonan el proyecto de Jesús, porque esperaban algo diferente. Pregúntate: ¿cómo estás caminando con Jesús? ¿Lo que esperas de Él coincide con lo que Él espera de ti?
2.Cada uno de los discípulos de Jesús tiene una forma de ser propia que le da identidad y que le diferencia de los demás. Detente en ti mismo: mira tu carácter, tus sentimientos, tus pasiones, tus manías... Jesús cuenta también contigo. En tus momentos de oración, agradéceselo al Señor.
3.Intenta detectar las situaciones de tu vida en las que te encuentras desorientado. ¿Cuáles son las causas?
4.En tu vida de cada día, ¿eres capaz de percibir la presencia anónima de Jesús? ¿De qué manera? ¿Dónde?
5.¿Sientes que Dios también confía en ti para ser testigo del Evangelio? ¿Cómo respondes a esta confianza?
Hasta aquí he intentado acompañarte en tu caminar con Jesús, si en algo te he ayudado, demos gracias al Espíritu que ha guiado nuestros pasos.
Delante queda aún un largo camino, abre el Evangelio y continúa caminando, el Espíritu de Dios será tu guía y tu acompañante. Escribe tú ahora tus propias páginas de Caminar con Jesús.
¡Buen camino!
P. Fernando García
Misioneros Javerianos
C/. Ntra. Sra. de la Luz, 40 bis
28025 Madrid - Tel.: (91) 466 16 50