Goma es una ciudad de Kivu, región oriental de Zaire. En el año 1977 contaba con 67.000 habitantes, ayer con 200.000, hoy... más de un millón.
Me encuentro viviendo en Goma como un emigrante del Evangelio, con el espíritu del Evangelio, para compartir con los pobres la esperanza del mensaje de Jesús, la experiencia de la fraternidad y el amor hacia los más olvidados.
La gente de Goma me ha enseñado a comprender algo de la cultura africana, de su gusto por la vida, de su sensibilidad hacia la comunidad, del valor del presente y de la seguridad de que el río de la vida no se detiene a las puertas de la muerte.
He visto también las sombras de aquella cultura de las que deben liberarse y los límites que tiene y que son debidos a un aislamiento milenario de aquellos pueblos.
Con mucha gente de Goma he creado lazos intensos de amistad y de fraternidad.
Soy parapléjico, disminuido físico, atado para siempre a una silla de ruedas, he podido vivir el don de la misión porque estoy unido a una comunidad misionera con mis hermanos los misioneros javerianos y con los seglares. A nuestra comunidad la hemos bautizado con el nombre de Muungano que en la lengua swahili significa Solidaridad.
Mis años en Goma me han enseñado que en "el vagón africano, aparcado por las grandes potencias" está sucediendo algo nuevo. "Changement" (cambio) es la palabra clave para tantos africanos. Esta palabra manifiesta una aspiración y un compromiso que en Zaire ha desembocado en la Conferencia Soberana Nacional, en la búsqueda de una prensa libre, en los sindicatos y, sobre todo, en las aspiraciones de los hombres y mujeres de este país.
Las fuerzas mejores del continente africano creo que han escogido estos últimos años el difícil camino de la democracia, por desgracia estas fuerzas no están siendo apoyadas seriamente por el llamado "mundo libre".
Un sistema democrático de gobierno supone grandes problemas de organización en un país. Estos problemas se agravan aquí por una situación que ha visto cómo la pobreza se convertía en miseria y la independencia se transformaba en una dependencia de la deuda externa, del comercio de las armas, de la ley del más fuerte en el mercado internacional y del apoyo interesado de los grandes países a los dictadores.
Claro que hay que reconocer que también hay un "problema interno" en los países africanos, nacidos de una división territorial trazada por los países europeos. Este problema interno es la búsqueda nada fácil del equilibrio entre las varias tribus y etnias que componen los estados actuales; equilibrio que debe asegurar el respeto a las minorías y a su identidad cultural, sin el cual es imposible que haya paz. El criterio de que la mayoría gobierne, aquí no sirve para asegurar la paz y la buena administración en el país.
En Zaire, como en casi todos los países africanos, a la independencia le ha seguido una dictadura de tintes nacionalistas, manipulada desde el exterior por las grandes potencias políticas y económicas de nuestro mundo. Dictadura que ha corrompido a la nación.
La situación de destrucción del país y el océano de sufrimiento que estamos viviendo, empuja a buscar soluciones nuevas, diferentes, pero constituye también un motivo de desconfianza y de división en el seno de los movimientos opositores al régimen dictatorial.
Estas son mis reflexiones. Ahora os entrego algunas páginas de mi diario de misión. Son las páginas que se refieren a las últimas semanas que he vivido en Goma, las semanas a las que a la tragedia de Zaire se le ha añadido la tragedia de Rwanda. Espero que estas páginas os ayuden a leer esta tragedia desde dentro, a partir del sufrimiento de los pobres y a amar, como yo amo, este continente de dolor y de esperanza.
12 de Junio. En estos días me estoy despidiendo de los grupos que durante años han sido para mí un signo de fraternidad amasada con lágrimas y con alegrías: el Centro de Nutrición, el Centro de Salud, el Taller de Carpintería, el de confección, el de artesanía, la Escuela de Alfabetización, la Cooperativa de venta, los grupos de Animación a la Paz y a la Justicia. Mi cuerpo no resiste más, necesito curas urgentes y pronto deberé regresar a Europa.
El compromiso por la paz, que nos ha empujado a trabajar con las personas más sensibles de la ciudad para juntos buscar el bien común, ha sido, durante años, la manera que hemos tenido de vivir el amor concreto hacia la comunidad y hacia la ciudad.
20 de Junio. Seguimos con aprensión los sucesos de Rwanda. La intervención del ejército francés produce entre nosotros esperanza y perplejidad. Los soldados franceses liberan a miles de personas de los campos de muerte, desarman a las milicias hutu, detienen las masacres en la zona controlada por el ejército gubernamental.
Pero, ninguna intervención se produce en la zona controlada por el Frente Patriótico Rwandés que continúa recibiendo armas a través de Uganda. Está claro que la resolución 918 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el embargo de armas se aplica de manera unilateral y se está dejando el campo libre al FPR.
26 de Junio. Escucho los testimonios narrados por personas pertenecientes a las dos etnias. Hay en todos un inmenso dolor. Familias enteras han sido destruidas, masacres horrendos. No es difícil darse cuenta de que los horrores han sido cometidos por las dos partes, la violencia de los grupos extremistas se ha impuesto. La opinión publica internacional está conociendo el drama sólo de una parte: parece que muchos periodistas están siendo inteligentemente "orientados".
Sin embargo, en el lago se mezclan los cadáveres de las dos etnias. Son conocidas las matanzas realizadas por las milicias "hutu". Pero, las excavadoras del FPR, así lo cuentan los supervivientes, han trabajado durantes semanas cubriendo con el silencio a miles y miles de víctimas que nunca podrán ser identificadas. Muchas familias han sido eliminadas para "limpiar" sus tierras en vista a futuras ocupaciones.
10 de Julio. Clausura del curso para la comunidad. Celebro la misa en la Catedral. Preveo que es el último encuentro con la comunidad cristiana ya que el regreso a Italia está previsto para el 20 de Julio.
Agradezco a todos por lo que aquí he recibido y por lo que, sobre todo los pobres, me han enseñado. Recuerdo a Tomás, el ciego que murió cantando "Ven Señor". Recuerdo a las mujeres que han acogido en sus casas a los huérfanos de guerra de Masisi. También recuerdo a Masumbuko, el sindicalista que continúa su tarea a pesar de las amenazas que continuamente recibe.
Rezamos juntos para que podamos reconocernos como hermanos y descubrir la riqueza de nuestras diferencias, los hutu, los tutzi, los nande, los rega... todos frutos diferentes de un mismo árbol de vida.
11 de Julio. Leo la carta que Felicitas Niyitegeka escribió a su hermano, coronel del ejército rwandés, antes de que los militares la asesinasen: "Querido hermano, te agradezco que hayas intentado salvarme, pero antes que vivir dejando morir a estos 43 hijos míos, prefiero morir con ellos. Reza por todos nosotros para que podamos llegar a Dios. Saluda a nuestra anciana madre y a todos los hermanos. Rezaré por ti cuando haya llegado. Animo, gracias por haberte preocupado por mí. Tu hermana Felicitas".
Estoy conmovido. Felicitas era una mujer hutu, sencilla, inteligente, valiente. Era la responsable de la comunidad de las "Auxiliares del Apostolado". Junto con ella han sido asesinadas otras 12 compañeras suyas que, con ella, habían decidido salvar a los perseguidos. Su delito: haber salvado a decenas de tutzi.
Fue el 21 de abril cuando llegó la milicia a su casa para conducirlas al cementerio. Felicitas dijo a sus compañeras: "Es el momento de dar testimonio". Subieron al camión cantando y rezando.
Después de haber asesinado a sus compañeras, los milicianos ofrecieron a Felicitas la última oportunidad de salvarse, pero ella respondió: "No, no tengo ninguna razón más para vivir, después de que habéis asesinado a mis hermanas".
Gracias, Señor, por el testimonio de valor y de hermandad que nos ofrecen estas personas sencillas, hutu y tutzi sin distinción. Los escritos de estos sucesos los leo como el Martirologio de la Iglesia de Rwanda, son un signo claro de esperanza y de condena de la violencia cometida por los grupos extremistas.
14 de Julio. Continúa en Goma la tragedia de Rwanda. Una marea interminable de refugiados se extiende por la ciudad. Caminan con sus pobres enseres sobre la cabeza. Es una marcha desmesurada, silenciosa. Hombres, mujeres, niños... Parece un torbellino sin fin, horas y horas, de noche y de día.
15 de Julio. Como la hierba después de las lluvias, cientos de miles de personas se han instalado por todos los rincones de la ciudad. En todos los lugares. Silenciosamente todo lo han invadido. Se han abierto las puertas de las iglesias, de las escuelas, de las casas...
La Televisión muestra imágenes de algunos miles de personas del grupo vencedor (tutzi) que desde Uganda se dirigen a Kigali. Mientras tanto, más de un millón de personas del grupo perdedor (hutu) se aleja e invade las calles de Goma. Una vez más el hermano fuerte ha echado fuera de casa a los otros hermanos.
Asistimos al fracaso de la violencia, de la guerra. El fracaso de las milicias hutu y de la Radio Mil Colinas que incitaba a las matanzas. El fracaso del FPR (tutzi) que avanza, sembrando el terror, a golpe de granadas sobre el gentío. Es el fracaso de quienes han utilizado a las masas aterrorizadas y hambrientas para lograr el poder. Es el fracaso de los países de Europa que, después de haber sostenido durante años al dictador, ahora se quedan mirando.
16 de Julio. La situación se hace cada vez más difícil. A este gentío inmenso le empiezan a faltar los víveres, se notan las señales del desaliento. Los rostros se ven duros y tensos. La posibilidad de que aquí se reproduzcan los choques entre los refugiados, hutu y tutzi, hace que decidamos aplazar mi regreso a Europa para que, en la comunidad, podamos estar todos presentes.
Escribo a nuestro superior en Roma:
"Se está produciendo un drama indescriptible. Todo un pueblo está abandonando su país. Aquí se prevé aún la llegada de millares de personas. Estamos asistiendo a una guerra social que obliga a dos tercios de la población de un país a dejar sus tierras. Las Organizaciones Humanitarias que actúan aquí no están aún preparados para controlar la situación".
17 de Julio. Es domingo. Vamos a celebrar la misa a Kanyarukinya, a unos siete kilómetros de distancia. Nos encontramos inmersos en la inmensa cruz humana de gente que camina lentamente hacia el norte. Algunos no pueden más y, extenuados, están tendidos en la cuneta. Llegamos. Toda la zona está invadida de gente.
Veo a los amigos de aquella comunidad. Celebramos con todos la Misa: Cristo está con nosotros, nuestra cruz es la continuación de su calvario. Es el mensaje que llevamos.
El regreso es muy difícil. Por la tarde algunas granadas de mortero caen sobre la ciudad. Nos dicen que el FPR se está preparando para conquistar Gisenyi al otro lado de la frontera.
A media tarde voy hacia las escuelas donde están refugiados los niños sin padres. Quiero saludarlos y rezar con ellos.
Por el camino encuentro a Buhuru, nuestro enfermero, mientras lo saludo se oye una explosión y me encuentro envuelto en el humo y entre los cascotes. Oigo gritos de dolor, Buhuru está tendido en el suelo y cubierto de sangre. No lejos de él un joven, un sacerdote rwandés y un niño yacen gravemente heridos, morirán poco después. Los disparos se intensifican. Tememos por nuestro centro que se encuentra cerca del aeropuerto.
La noche, por si acaso, decidimos dormir todos juntos en una sala cuyas paredes son algo más sólidas aunque el tejado sea de latón. Juntos nos ayudamos a rezar y, si es necesario, a afrontar lo peor: un bombardeo o un saqueo de la misión.
18 de Julio. Vuelve la luz, aunque continúan los disparos. Poco a poco la vida vuelve a su cauce. Escuchamos las noticias de la ciudad. El río humano de prófugos que llegan de Rwanda continúa a fluir.
Dicen que es peligroso viajar con el coche. La plaza de la catedral está llena de refugiados como lo está toda la ciudad.
19 de Julio. Visito el centro para los disminuidos físicos. Repleto de refugiados. Hay calma a pesar de que a lo lejos se oyen disparos.
En el corto trayecto que, con mi silla de ruedas, recorro noto miradas inquietantes. Me siento extranjero, comprendo que los refugiados hutu han llegado con sus problemas, con sus tensiones. Se notan las suspicacias contra los franceses, la comunidad internacional, la ONU, que ellos consideran responsables de haberlos desarmado y de esta manera haber abierto el camino a sus enemigos.
La noche vuelve a ser incierta: se oyen disparos, tal vez se trata de saqueos en la ciudad.
Me despierto a las tres de la madrugada, oigo gritos, me pongo a rezar. Me parece que el Señor me está diciendo: "Ama este pueblo, no tengas miedo. En ellos, hoy, yo estoy repitiendo: tenía hambre, tenía sed, estaba enfermo, era extranjero y vosotros me habéis ayudado".
Me pongo a escribir, con el alma en paz, las notas de lo que pienso decir en la reunión del comité de ayuda a los refugiados.
20 de Julio. Por la mañana, en la reunión de comunidad que solemos tener antes de empezar el trabajo, me doy cuenta que una fuerza nueva nos une a todos.
Decidimos abrir todas las puertas posibles a los enfermos y de acoger a todos los niños dispersos.
El padre Pedro, encargado de los refugiados instalados en la plaza de la catedral, abre la procesión de los enfermos de cólera que en pocas horas llenan los locales de reunión y la escuela.
Los niños "dispersos", que han perdido a sus padres, pasan a ocupar los locales del centro de salud. Verlos es algo que te afecta profundamente. Niños tristes, con sus miradas perdidas, que siguen llamando y buscando a sus madres.
Para comprender la tragedia de este pueblo pienso que sería necesario poder conocer el nombre de cada uno de estos niños.
21 de Julio. El número de los enfermos aumenta y no estamos preparados para cuidar a tantas personas. Los muertos son tantos, tantos...
Toda la ciudad vive en la misma situación. La muerte se ha instalado en nuestras calles. Se están buscando diez camiones para recoger los cadáveres. ¡Es terrible!
Los refugiados, débiles y cansados, van a buscar agua al lago y el lago está contaminado. Es así cómo la epidemia se extiende a la velocidad del fuego.
Parece que estamos viviendo una guerra silenciosa, a causa de la epidemia, en los campos de refugiados. Que alguien ha empezado a llamarles "campos de la muerte". Incluso los militares franceses, presentes en la ciudad, están conmovidos, se están ocupando de transportar agua potable a los depósitos instalados en los campos por UNICEF.
Están llegando varias Organizaciones Internacionales, la coordinación entre todos no resulta fácil.
Al anochecer nos reunimos para rezar. Nos ayudamos a vivir en la fe lo que está sucediendo. En la oración se hacen presentes las imágenes de aquellos cuerpos deshidratados: hombres, mujeres, niños... personas como nosotros. ¿Por qué, Señor?
En nuestro corazón surge el escándalo y la rabia. Estamos frente al rostro de la muerte producida por el pecado: Caín continúa asesinando a su hermano Abel.
Leo las palabras de Jesús: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Sé que Dios es fiel a su palabra. Aquellos pobres cuerpos arropados en unas esteras no son la última palabra. Sólo en la oración logro encontrar, en medio de este drama, la luz de Dios.
23 de Julio. Son días largos y difíciles... Con dificultad logro llegar hasta la puerta de la sala donde se encuentran los enfermos. Son tantos... Poco podemos hacer, pero me parece importante que a nadie le falte un gesto de simpatía en su dolor. Quisiera que nadie se sintiese solo frente a su cruz.
Fuera depositan uno al lado del otro los cuerpos sin vida de niños, de mujeres, de hombres... Veo la cola de gente exhausta que espera para entrar. Mientras llega un camión y un grupo de jóvenes recoge los cadáveres... ¡Otros nueve camiones están haciendo el mismo trabajo por la ciudad!
Me parece una pesadilla, algo alucinante. La paz vuelve a mi interior cuando veo el cielo y la tierra unidos, entonces, aquellos cuerpos me parecen el recuerdo de alguien que ya ha llegado.
Por la noche bautizo los hijos de Valentín y de Buhuru: la vida continúa, es un momento de esperanza.
24 de Julio. Junto con Pablo y Bernardo viajamos hacia la zona sur de Goma. La gente en la carretera hace que el viaje no sea nada fácil. A lo largo del viaje el mismo espectáculo: cadáveres alineados al borde de la carretera.
Llegamos al campo de Mugunga: Grupos de familias alojadas entre piedras y matorrales, un gentío que se pierde en el infinito del horizonte.
A un lado hay algunas tiendas de campaña de soldados rwandeses, junto con sus familias son unos veinte o treinta mil. Muchos conservan sus armas. Es, sin duda alguna, un potencial de violencia, un problema importante que habrá que resolver. Algunos militares desean que se dialogue con los vencedores, otros, en cambio, esperan el momento de reabrir las hostilidades.
Pienso que es enorme la responsabilidad de quienes han usado a la pobre gente para sus fines políticos, para apagar su sed de poder.
25 de Julio. Empieza una nueva semana. Como en una noche interminable, parece que se ha parado el tiempo. Veo pasar un camión cargado de cadáveres, bien colocados para ahorrar espacio... es horroroso y, sin embargo, ya no logro llorar, es algo que ya se ha convertido en costumbre.
"Tómame a mí también, Señor, no soy mejor que mis hermanos".
Continúo mi peregrinar visitando a los enfermos, a los niños. ¿Qué más puedo hacer? Me parece raro no ser ya del grupo de los que han dejado este mundo. Tengo ganas de cielo: "a quien me ama, me manifestaré". Entiendo que aquí como allí la vida vale en la medida del amor que se vive, de la gratuidad simple y abierta a todos. Pido al Señor, como un don, de saber amar intentando escuchar, comprender y consolar como hacen tantas personas sencillas.
En la reunión de la mañana he escuchado episodios que suscitan compasión: el recién nacido recogido de monseñor Charles en el regazo de la madre muerta, o los dos hermanos que agonizantes se mantienen cogidos de la mano como si esperasen juntos la muerte. También cuentan del enfermero que, frente a la imposibilidad de encontrar un sitio en el improvisado hospital para una madre que suplica una medicina para su hijo, decide curar en plena calle repartiendo a los niños un preparado de agua, azúcar y sal.
Hoy se han hecho públicas las cifras "oficiales" que ha dado "Médicos sin Fronteras": hablan de cuarenta mil víctimas de cólera. Es el fruto de la guerra. Este éxodo en masa, estos miles y miles de muertos son el fracaso de una violencia que aleja, cada vez más, a los hermanos de la casa común.
Pienso en la responsabilidad de los grupos políticos extremistas que han escogido el camino del terror.
Pienso en la responsabilidad de las grandes potencias que están envolviendo en el silencio este continente, continuando así, con métodos nuevos, la explotación que empezó hace cinco siglos.
Me avergüenzo al pensar al apoyo que los gobiernos europeos han dado a estos dictadores a cambio de mercados, de comercio de armas, de deudas que han servido sólo a colmar la ambición de unos pocos y han reducido al pueblo a la miseria.
26 de Julio. Recibo a algunos periodistas. Es una ocasión para reflexionar sobre los sucesos de Rwanda y sobre la situación que estamos viviendo. Agradezco la información que puede pasar a través de ellos. Sueño confiarles un mensaje, pero no sé cuánto lograré transmitirles. Una idea nace en mí: ¿Por qué no transformar los ejércitos en fuerzas de paz, para servicios humanitarios más allá de las propias fronteras?
Hay muchos organismos internacionales presentes aquí. Nosotros estamos reclutando personal zaireño y rwandés, enfermeros, auxiliares, animadores. Pero hay que encontrar para ellos un sueldo decente que les permita vivir. La providencia de Dios no nos fallará.
En medio de los sucesos trágicos que estamos viviendo, la acogida que las familias zaireñas hacen a los refugiados es maravillosa, una acogida silenciosa que no se divulga en las televisiones. No hay una sola familia que no haya abierto sus puertas y que no comparta lo poco que tiene. Para nosotros es una lección de humanidad. No sé cuántos en Europa estarían dispuestos a aceptar semejante invasión y a compartirlo todo, incluso la epidemia de cólera. Esto, que no es noticia, es una de aquellas perlas preciosas que quedan escondidas.
27 de Julio. "No hay amor más grande que dar la propia vida". He escuchado la experiencia de una mujer que está dando la propia vida para servir a los refugiados enfermos de cólera.
El Señor nos habla y nos da fuerza a través de estas situaciones. En su luz se ve el cielo más allá de la tierra. Incluso aquellos pobres cuerpos deshidratados, alineados a los bordes de los caminos, me parecen un signo de aquellos que, después de la tribulación, han llegado a la casa del Padre.
Sí, puede encontrarse la paz del cielo incluso en los horrores de esta ciudad. Lo veo en quienes han abierto las puertas de sus casas, en quienes sirven a los más pobres, en quienes se ofrecen a ser padres o madres de los niños abandonados.
28 de Julio. Por la mañana he ido a la sede del Alto Comisario para los Refugiados. En el camino he encontrado grupos de refugiados que caminaban cansados hacia la frontera: son campesinos que han preferido un retorno incierto a sus tierras antes que permanecer expuestos al cólera. He visto otro grupo, sus rostros mostraban satisfacción, esperaban a los autobuses que los conducirán hasta Kigali, la capital del país, este segundo grupo estaba compuesto por tutzi, los vencedores. Es una muestra de cómo esta guerra ha aumentado la sima que separa a las dos etnias.
Son las cinco de la tarde. Voy a visitar a los enfermos. Me quedo sorprendido porque muchos de ellos empiezan a sonreír y el número ha empezado a disminuir. Por primera vez puedo atravesar los pasillos sin dificultad. Rezo con ellos la oración del Padre Nuestro. Doy gracias a Dios por todos aquellos que han amado sirviendo a los más débiles.
Parece que la epidemia empieza a remitir. Tengo la sensación de salir de una pesadilla. Pero, no puedo olvidar aquellos cuerpos alineados uno junto al otro, envueltos en pobres esteras de paja.
Señor que yo también pueda morir con fe y humildad, con la seguridad de un mañana mejor en tu casa.
29 de Julio. Voy al aeropuerto a saludar algunos voluntarios que regresan a Italia. Veo la zona reservada a los medios de información, la sala de prensa, los equipos de televisión de tantos países. La Tierra es verdaderamente un pequeño poblado. Si la información estuviese al servicio del bien común, podría ser un instrumento importantísimo para la realización del proyecto de Dios que es paz y fraternidad.
Creo en el valor de la información, pero constato cómo suele estar al servicio de los poderosos.
En la tragedia que estamos viviendo vemos, con dolor, cómo los "mass media" no han denunciado a tiempo los juegos y las alianzas de opresión. No han querido ver ni denunciar la miseria creciente de estos pueblos, ni las tensiones que han conducido a la guerra civil. No han sabido apoyar a quienes estaban comprometidos en buscar la paz.
Pienso en Rwanda, en Burundi, en Kenia, en Zaire y en tantos países que están intentando superar la dictadura y que se encuentran abandonados como balsas en pleno mar. Países que muchas veces son sólo objeto de análisis de las organizaciones bancarias internacionales para estudiar la explotación aún posible a través de la deuda extranjera y de los trueques comerciales.
Y sin embargo, los pueblos africanos son pueblos que pertenecen a la única familia humana. Si el comercio internacional tuviese un espíritu más humano podría servir al crecimiento común.
Desgraciadamente ha sido necesario el desastre (un millón de muertos, algunos millones de refugiados, una epidemia de cólera) para despertar la conciencia del mundo.
31 de Julio. ¿No hay lugar para la paz? Mientras estamos esperando los efectos benéficos de la intervención humanitaria, vemos difundirse la violencia sutil de los chacales.
Los militares zaireños están requisando los coches de los prófugos rwandeses. En algunos dispensarios se están vendiendo por diez dólares los medicamentos contra el cólera. Han empezado a venderse en el mercado negro los víveres mandados por los organismos de ayuda. Dificilmente las ayudas llegan a los más débiles y necesitados.
El P. Pedro acaba de regresar de Gisenyi: está horrorizado. Aquella ciudad rwandesa es ahora un desierto invadido sólo por el hedor que desprenden los cadáveres, sin sepultar. También allí ha visto algunas familias del grupo vencedor que, bien vestidas, se preparan para viajar hacia la capital.
El drama rwandés no ha terminado. Con la retirada del ejército francés seguramente se producirá un nuevo éxodo hacia Bukavu. Los campos de refugiados serán una llaga difícil de curar. Sigue oscuro el futuro de un pueblo donde la minoría ha conquistado con la violencia el poder, y donde la mayoría, actualmente en exilio, no tendrá ni derecho de voto ni la posibilidad de ejercer sus derechos más elementales.
El grupo político del dictador Habyarimana (hutu) cometió el error de no querer resolver el problema de los exiliados tutzi y de no haber escuchado a los hutu moderados que querían diálogo y democracia.
Ha sido un grupo extremista hutu, aterrorizado por el avanzar de la guerrilla del FPR, quien ha desencadenado la matanza.
Pero el Frente Patriótico Rwandés está recorriendo el mismo camino. Apoyado por la fuerza de las armas, está agrandando la separación y el odio entre las dos etnias en el intento de recuperar, para los tutzi, los privilegios perdidos.
La paz no vendrá si no se busca por otros caminos. Sólo la tolerancia y el reconocimiento jurídico y político de los derechos de cada etnia podrán garantizar la convivencia.
Hay necesidad de energías humanas y espirituales nuevas. Creo que el Evangelio es una fuerza de reconciliación y de unidad, una palabra que pone en crisis los comportamientos basados en criterios racistas.
Todos los que estamos unidos al nombre de Cristo, rwandeses o no, estamos llamados a examinarnos sobre cuánto influyen sus propuestas en nuestras vidas. El encuentro con Cristo o es una vida nueva orientada a la fraternidad universal o es una traición a su Palabra.
1 de Agosto. Nkunzumwami me ha ayudado a subir hasta nuestra casa. Me cuenta: "He hospedado en mi casa a una mujer hutu con sus hijos. Durante la noche ella estaba tan mal, que decidí cargarla sobre mis espaldas y llevarla al dispensario. Ella me preguntaba que por qué yo, que soy tutzi, quería salvarla. No le he contestado. Hoy ya está mejor. Tal vez la he salvado".
Sé que muchos refugiados han sido acogidos sin mirar su raza. Es el rostro humano de esta tragedia.
2 de Agosto. Un día como los demás: sol, polvo, cansancio y esperanza. Incluso las cosas de cada día pueden tener su color.
"Te he amado con un amor eterno" a pesar de todas las miserias. Ayer como hoy, el profeta Jeremías indica el motivo de la esperanza: Hay Alguien que nos ama desde siempre, con un amor verdadero, gratuito. Es ésta luz de la oración de la mañana la que me acompaña durante todo el día.
En la reunión de la mañana hemos saludado a Judit que regresa a Rwanda para unirse a su familia y hacerse cargo de los hijos de sus hermanos muertos en la guerra. Pide perdón si ha ofendido a alguien y da gracias a todos por lo que ha podido vivir en nuestra comunidad. Judit es tutzi, con ella se va algo de nosotros mismos, estaremos siempre unidos aunque distantes. En nuestra comunidad hay también hutu.
Luego, empieza el trabajo de cada día. Una mujer llega y encuentra en nuestro centro a sus tres hijos. Nos alegramos todos. En estos días han pasado tantas madres buscando a sus hijos. Si los encuentran, se alejan con sus hijos y con la ayuda de "Unicef": algo de leche en polvo y tres kilos de judías, durante unos días podrán comer. Se van con la alegría de haber encontrado a sus hijos vivos.
No faltan momentos de desesperación: gente que muere de hambre mientras sabemos que muchas de las ayudas, llegadas para ellos, se encuentran almacenadas en los depósitos de los comerciantes.
Los campos de refugiados son inmensos y la organización continúa siendo muy difícil. Hay muchos voluntarios extranjeros, pero, creo que debería usarse más personal local.
3 de Agosto. Natalia viene a visitarme. Ha vivido muchos años con Felicitas, la Auxiliar del Apostolado que escogió la muerte antes que abandonar a sus compañeras. Me cuenta cómo sucedieron las cosas.
Leo en sus ojos la fuerza que los pequeños del Evangelio saben conservar frente a los prepotentes.
Se habían preparado en la oración y en el servicio. Habían salvado a decenas de tutzi ayudándoles a atravesar la frontera. Pasaban las noches en vela en adoración. "No tengáis miedo de quedaros dormidas en la iglesia -les decía Felicitas-. El Señor es nuestro refugio".
Las habían avisado: "Vendrán a por vosotras". Pero, ellas no podían irse, en sus casas tenían escondidas a más de cien personas esperando cruzar la frontera.
Cuando vinieron a buscarlas, Natalia estaba fuera.
Los milicianos regresaron. Uno de ellos la encañonó con su fusil y le preguntó: "¿Estás de acuerdo con los que han asesinado a Habyarimana?". Ella contestó: "Los que han matado a Habyarimana y vosotros, que habéis matado a mis compañeras, sois igualmente asesinos. ¿Por qué os dejáis llevar por Satanás? Uno les llamó desde fuera y ellos se marcharon gritándole: "Volveremos".
Más tarde, Natalia fue a rezar al lugar donde habían enterrado a Felicitas y a sus compañeras.
Tantos y tantas son los que han dado la vida por los demás.
Pienso que me gustaría poder ir a rezar sobre la tumba de Felicitas que es signo de superación del odio tribal para todos nosotros.
4 de Agosto. Hay algo nuevo en el ambiente de nuestro patio. He visto a los niños sonreír; han limpiado la iglesia que, durante estas semanas, ha servido de casa a tantos refugiados. Hay agua en el depósito. Un grupo de jóvenes españoles se ha ofrecido para ayudarnos en la asistencia a los enfermos de cólera y a los niños del centro de salud.
Pero pronto volverán los problemas. Distribuimos las ayudas según el trabajo realizado y el diablo ha llegado una hora antes para sembrar la división en los corazones.
Más tarde, encuentro a algunos médicos. Me dicen que han empezado a detectarse casos de meningitis y de tifus. Luego llega la noticia de nuevos cadáveres encontrados en el lago, ¿se trata de los hutu que regresaron hace poco a Rwanda? La gente así lo cree y así lo comenta.
Por la tarde, regresando al centro, veo un grupo de gente rodeando a un hombre desvanecido. Lleva en su rostro las señales del fuego. Pienso que es un caso de epilepsia, me equivoco, está exhausto. Pido al enfermero del centro de acogerlo durante una noche y de alimentarlo. Es uno de los tantos "Lázaros" que vagan por las calles de esta ciudad y, como el "Lázaro" del Evangelio, no encuentran sitio sino en el cielo.
5 de Agosto. Muchos no logran llegar a los campos de refugiados. Son gente que se encuentran al límite de sus fuerzas, agotados, hambrientos, enfermos, madres con sus niños a cuestas, ancianos. Carecen de dinero para poder encontrar un sitio en los camiones que transportan a los refugiados hacia los campos.
P. Juan ha abierto otra vez la sala de S. Kizito para acoger a los más débiles que encuentra por las calles de la ciudad.
Hoy he tenido el privilegio de poder viajar con José que conducía a un grupo de refugiados hacia el campo de Rutchuru. Hemos pasado cerca del cementerio y hemos visto las terribles fosas comunes donde, diariamente, se entierra a miles de muertos.
A lo largo de la carretera nos paramos para cargar a la pobre gente que encontramos al borde del camino. Pero, pronto el camión está lleno y no hay sitio para otros.
De vez en cuando sentimos un fuerte hedor. Son los cuerpos sin enterrar que se encuentran amontonados en los campos cercanos.
Vemos a una madre que, con dificultad, avanza con su niño a cuestas, vemos a un anciano que camina lentamente... El camión está sobrecargado, no podemos recogerlos. Nos sentimos impotentes, sobre todo, pensando que tal vez el próximo viaje será demasiado tarde para ellos.
Decidimos hacer todos los viajes que podamos para recoger y salvar al mayor número posible. Para José ya no cuentan las horas de trabajo, le da fuerza su corazón.
Todos aquellos cuerpos sin vida al borde de la carretera, la marea de gente agotada que camina, esta inmensidad de sufrimiento impreso en el aire y en las piedras del camino, hablan de la estupidez de la guerra.
La contemplación de un árbol lleno de flores azules me recuerda que hay un proyecto de vida en la humanidad a pesar de que el odio intente destruirlo.
Cuando llegamos al campo de refugiados, aquel lugar que antes eran huertos bien cuidados, se me descubre como un valle de lágrimas. Chozas construidas con ramos entrelazados o con trozos de plástico, algunas tiendas de campaña, un mar infinito de pobreza, un gentío difícil de identificar, son el paisaje que contemplo.
"Gracias, Señor, por el que ha instalado la tienda hospital, por el que continuamente se preocupa por llenar los depósitos de agua, por quienes han intentado dar un rostro humano a este conglomerado de dolor..."
Luego contemplo los cuerpos sin vida envueltos en esteras de paja. "La estera hay que hacerla bien. Sirve para cubrirse, para dormir, para defenderse del frio, y es signo del viaje de la vida, del gran viaje más allá de la muerte".
Al atardecer volvemos a casa. Vemos a las familias reunidas alrededor del fuego, parece un momento de paz. Rezo el rosario con mi acompañante. Es fuerte el lazo que existe entre el calvario de Cristo y el calvario de tanta gente inocente, víctima de quienes buscan el poder.
6 de Agosto. Hoy ha sido una tarde de paz. Han tocado las campanas. He participado a la misa vespertina en la catedral. Las mujeres habían limpiado la iglesia que había servido de refugio a tanta gente. Siento cerca la presencia maternal de María. Estoy contento de que la iglesia haya abierto sus puertas para consolar a un pueblo que sufre. Vivimos en la liturgia del Viernes Santo que se repite a través de los siglos, preparando la resurrección de los hijos de Dios.
Continúan los trabajos en el aeropuerto. Pero, continúan también los saqueos, los asesinatos, los choques entre soldados. ¡Tanta gente está armada! No es difícil comprender que la paz necesita raíces profundas, necesita verdad y respeto por los derechos de la persona.
7 de Agosto. Tipper Gore, la mujer del vice-presidente de los Estados Unidos de América, visita nuestro centro. Va acompañada de un equipo de la televisión y de varias personalidades. Ha pedido de quedarse sola con algunos niños huérfanos, quiere vivir unos momentos de madre.
Me recuerda a la hija del Faraón cuando encontró aquella cesta de mimbres en el Nilo, viendo al niño que lloraba, tuvo compasión.
Si la política fuese más humana, los carros del Faraón se convertirían en instrumentos de paz.
Las potencias mundiales tienen una grave responsabilidad en esta lluvia de muerte caída sobre tantos inocentes. El apoyo dado a los grupos extremistas ha potenciado y generalizado la violencia en el país.
Creo que nunca podré olvidar el llanto de tantos niños que buscan un rostro amigo. Un lamento sin esperanza que continúa días y más días. Un lamento que es denuncia a tanta ambición de poder.
No puedo olvidar a aquella niña acurrucada al lado de su hermana muerta, víctima del cólera.
No podré olvidar a aquellos pequeños cuerpos con la sonda en el brazo y en la nariz. Tienen un nombre, son vidas humanas y, sin embargo, parece que para ellos no haya sitio en nuestro mundo.
Es domingo y hemos celebrado la Misa por la tarde. Ha sido un encuentro con Jesús, aquel que ha conocido el dolor y ha prometido estar siempre con nosotros. Nos hemos sentido una sola familia. Algunas niñas han acompañado con su danza y sus cantos nuestra oración, otros continuaban tosiendo sin parar.
11 de Agosto. Nuestro obispo nos ha reunido para reflexionar juntos sobre nuestra tarea ante el drama de Rwanda.
Como cristianos, llevamos con nosotros mismos aspiraciones y ambigüedades. La Iglesia es una realidad muy compleja. Su propuesta es el Evangelio, una propuesta de valores muy importantes para la sociedad, una llamada a la hermandad universal, a la superación de toda barrera racial o étnica. Pero, nosotros, sus miembros, estamos hechos de luz y de miseria. Así ha sido para algunas de nuestras comunidades destrozadas por los odios étnicos.
Para la iglesia de Rwanda las cosas no han sido fáciles. Cuando el poder estaba en manos de los tutzi debía defender a los hutu. Cuando estos tomaron el poder debía defender a los tutzi. Tarea difícil para hombres supeditados por la historia.
A la reunión han participado sacerdotes de Goma y de Rwanda, de todas las etnias. He pensado en los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que han perdido sus vidas. ¿Se sabrá algún día cuántos de ellos han dado la vida, como mártires, para salvar a los demás?
Sé que algunos se han equivocado: los que han tomado partido por una de las facciones en lucha creyendo que así defendían al oprimido.
El único camino hacia la paz es decir no a toda violencia.
"Como en Alemania, para reconstruir la paz, fue necesario distinguir entre un alemán y un nazi, así hoy en Rwanda es necesario distinguir entre un hutu y los miembros de ciertas milicias de la muerte, y entre un tutzi y un miembro del FPR que quiere el poder apoyándose en la fuerza de las armas". Así ha escrito el obispo de Bukavu.
En la reunión se decide que debemos estar presentes en todos los campos de refugiados. Nos sentimos llamados a escuchar, de una manera nueva, la Palabra de Jesús sobre el perdón y la unidad.
14 de Agosto. Soñar la paz. Así me parecen las propuestas de los animadores cristianos de los varios barrios de la ciudad. En estos días nos hemos reunido varias veces. He podido notar en todos el rechazo y la condena por lo que está sucediendo. Ha crecido el deseo de una paz construida sobre la dignidad y el reconocimiento del derecho de todos a la vida y a las libertades fundamentales. Es la nueva sensibilidad que está surgiendo en Africa en estos últimos años, a pesar de lo que está sucediendo.
Creo que el regreso de los exiliados a Rwanda depende de varias condiciones:
*Que se denuncien los crímenes de guerra, las venganzas cometidas por grupos extremistas y, también, el apoyo que ciertos países extranjeros han dado a estos grupos.
*Que empiecen negociaciones entre las partes en conflicto para que se asegure la seguridad y el respeto para todos.
*Que se aclare por qué la ONU no ha hecho respetar el embargo total de armas a los contendientes. Ya que, mientras Francia cortaba el suministro de armas al ejército gubernamental, Uganda no ha hecho lo mismo con los guerrilleros del FPR. Se ha permitido así una solución de fuerza y se ha obligado a dos tercios de la población a buscar refugio en la huida.
*Es necesario que la ONU asuma su tarea de mediación, escuche al pueblo a través de un referéndum libre y condene, excluyéndolos de cualquier cargo oficial, a los responsables que han originado y causado tantos crímenes.
*Se debe reconocer al nuevo gobierno de Rwanda sólo después de que a todos los ciudadanos rwandeses les hayan sido garantizadas sus libertades fundamentales y haya sido reconocido el derecho a cada etnia a vivir y trabajar en paz en su tierra.
18 de Agosto. A las cinco de la mañana nos reunimos en el aeropuerto. Estamos allí todos los miembros de la comunidad, todos los misioneros javerianos y otros amigos. Saludo emocionado a los hermanos y a las hermanas que se quedan en esta ciudad para sembrar esperanza entre tanto dolor. Mi cuerpo no resiste más, ya no puedo retrasar más las curas que este cuerpo inválido necesita.
Empiezan las lluvias que quitarán el polvo de las carreteras. Mientras despega el avión, que me conducirá a Italia, pido al Señor que quite el polvo de nuestros corazones y que nunca olvidemos.
Al P. Silvio le hemos pedido que nos narre algo de su fe y de su vocación misionera. "La misión, la fe y la vocación son un continuo caminar -dice- se narra contando la historia".
De mi niñez, recuerdo a aquel viejo párroco, Don Ernesto, un hombre de auténtica fe que nos manifestaba a Cristo con la luz de sus ojos. Con su bondad me hizo pensar que un sacerdote era la historia viviente de Jesús a nuestro lado.
Del seminario recuerdo a aquellos profesores que nos hablaban de los problemas del mundo. También recuerdo el deseo que sentía de hacer a todos partícipes del don de la fe.
En 1964 fui ordenado sacerdote y empecé a prepararme para la misión. En aquellos años trabajé en la animación misionera, con los jóvenes, buscando juntos el Reino de Dios.
Luego vino el accidente. ¿Pensáis que fueron momentos tristes?, fueron momentos de gozo y de paz. ¡Sentí a Dios tan cercano!
En el hospital encontré a muchos obreros víctimas de accidentes de trabajo. De ellos comprendí el significado de lo sencillo. Ellos me enseñaron que ser sacerdote es comunicar a todos algo de Dios.
Luego, saliendo del hospital, en el barrio descubrí la pobreza, los problemas de los inmigrados, de los sin techo...
1975 fue el año de mi llegada a Africa. Un don del que siempre estaré agradecido al Señor.
¿Por qué, a pesar de mi silla de ruedas, pedí que me mandasen a un país del Tercer Mundo?
Deseaba ofrecer a los más pobres la experiencia de la búsqueda de Dios, que es Vida y que es cimiento para la fraternidad entre los hombres.
Y porque la esperanza que nace del Evangelio está destinada a todos los hijos de Dios.
En Zaire encontré un grupo de javerianos, hermanos míos, consagrados a la Misión, con sus debilidades y heroísmos. En todos ellos encontré el deseo de hacer visible el amor del Evangelio. Me acogieron con la delicadeza con la que se acoge a un hermano.
Después del primer tiempo de novedad para mí y para la gente del poblado, que nunca habían visto a un misionero en una silla de ruedas, empecé el esfuerzo de dejar un pasado y de acoger la nueva realidad.
El proyecto que yo, en mi particular situación, podía realizar era sencillamente de vivir en medio de la gente, hermano entre los hermanos, buscando con ellos el rostro del Padre, ayudándoles a resolver los problemas de cada día a la luz de las Bienaventuranzas.
Alrededor de este proyecto empezó a formarse una comunidad, un grupo de personas muy diferentes unas de otras, comprometidas a seguir a Cristo, a afrontar solidariamente los problemas de cada día y a asumir los compromisos que la opción por los pobres impone.
Allí descubrí que mi familia javeriana estaba fundada sobre la riqueza de la palabra de Jesús y que era continuadora del carisma de Conforti que quería ofrecer a Cristo al mundo. Mis hermanos javerianos fueron para mí un grupo de amigos que me urgían y me acompañaban en el camino de la Misión.
Nuestra comunidad se instaló en el centro para los disminuidos físicos de Goma. Queríamos vivir en fraternidad. Vivir con los pobres los dolores y los gozos de cada día.
En nuestra comunidad era natural la escucha recíproca, la amistad y la común experiencia de nuestro ser hijos de un mismo Padre.
El ir al mercado, preparar nuestra comida, recoger el agua de la lluvia, limpiar la lámpara de petroleo... vivido en la amistad, son cosas que te ayudan a "nacer" en aquel mundo nuevo, descubrir sus problemas y sus esperanzas.
Mi situación de parapléjico era una ayuda. Los huéspedes del centro sentían que teníamos algo en común: el sufrimiento que nos permitía el sentirnos muy cercanos.
Más tarde la Hermandad de los Enfermos me dio pie para visitar las misiones de aquella diócesis y los centros para disminuidos físicos de la región. Pude contactar con una increíble multitud de enfermos: poliomielíticos, epilépticos, ciegos... Siempre me ha sorprendido la miseria y el dolor, me han hecho sentirme siempre impotente.
Un día me invitaron a celebrar una misa en la cárcel de la ciudad. Un mundo nuevo apareció ante mis ojos: violencia, injusticia, hambre... Fue una nueva llamada, casi como oir de la voz del Señor que me decía: "Estaba en la cárcel y me visitaste".
Nuestra comunidad, naturalmente se iba abriendo a los problemas sociales de la ciudad. P. Francisco, animando las comunidades de base, las ayudaba a abrirse a un mayor compromiso de solidaridad y justicia y esto nos comprometía a todos.
Fue entonces cuando nacieron varias iniciativas de desarrollo: los centros sanitarios, las escuelas de alfabetización, la asistencia a los presos, la formación de animadores, el hogar-taller para chicas sin hogar, las cooperativas...
Ciertamente estas iniciativas no eran la solución a todos los problemas pero sí que eran un signo de esperanza que hacía nacer una mayor solidaridad entre la gente.
Fue el día de Pascua de 1985, cuando escribimos: "En la Misión, el sermón de las Bienaventuranzas nos resulta más claro al leerlo desde el 'magisterio' de los pobres".
Bienaventurados los pobres.
La pobreza evangélica nos lleva a reconocer los falsos ídolos (dinero, poder, consumismo...) y a descubrir aquello que cuenta verdaderamente en la vida del hombre: la fraternidad, la confianza en Dios, la entrega de sí mismo...
Los pobres, con sus situaciones de sufrimiento, cada día nos llaman y nos evangelizan haciéndonos descubrir los auténticos valores del Reino de Dios.
Bienaventurados los que sufren.
Viviendo con los diminuidos físicos hemos descubierto el sentido y la fuerza del consuelo que viene de la presencia de Cristo que los sostiene, los acompaña y los transforma en aquel "grano de trigo que muriendo lleva mucho fruto".
Bienaventurados los misericordiosos.
La misericordia la vemos, día a día, en quienes se dedican a visitar a los presos y a compartir con ellos su comida, a curar sus heridas y a reconstruir los lazos de unión con sus familias y sus poblados.
Bienaventurados los que luchan por la paz.
Paz y Justicia. Sentimos aquí toda la fuerza del mensaje que, desde los Profetas hasta Jesús, se encarna en sus discípulos. Un mensaje que nos pide capacidad de resistencia y calma firme frente a los abusos y las injusticias.
El buscar la paz significa organizarse para, en primer lugar, combatir la propia miseria; hacerse solidarios hasta convertirse en una fuerza de presión y en una alternativa a la sociedad, y descubrir en la comunidad lo que significa el amor mutuo.
Algunos valores me han acompañado en mis años de misión:
Jesucristo que me ha mirado y perdonado tantas veces. Se me ha acercado en los signos que lo contienen. Se me ha manifestado cuando le he permitido amar, sin cerrar mi corazón, a los hermanos.
El ha arriesgado haciendo de mí un "instrumento" suyo, sacerdote, para que yo participase en su misión de transmitir la vida, de consolar y de perdonar.
Creo que el encuentro con Cristo marca para siempre la personalidad de un individuo hasta el punto que el propio yo queda empobrecido cuando se separa de El.
Hay algo nuevo para cada uno de nosotros en aquella experiencia que Conforti expresaba diciendo: "Yo le miraba y el me miraba".
Encontrar a Cristo significa encontrar al Espíritu que da la Vida. Y es este Espíritu que hace nacer en nosotros la urgencia de anunciar el Evangelio hasta poder decir: "El amor de Cristo nos apremia".
Libertad, tantas veces pisoteada.
Recuerdo cuando asesinaron a Allende. Me inundó un sentimiento de amargura y de dolor. Sentía que la humanidad era más pobre. Por las calles de Roma, yo seguía las manifestaciones de protesta que se realizaron, iba con mi silla de ruedas rezando el Rosario. Sentía el peso de la tinieblas sobre la humanidad: sentía algo del Calvario.
Como misioneros estamos llamados a vivir la libertad que viene del Espíritu y que hace las cosas nuevas y al vivirla nos convertimos en profetas frente a un mundo de opresión.
Fraternidad, que experimenté como nunca en la cama de aquel hospital. Me ayudó a aceptar mi debilidad y la de los demás.
Ser hermanos significa encontrarse en casa propia en cualquier lugar y con cualquier persona. Sentir que todos somos un único pueblo de hermanos, todos hijos de Dios.
Recuerdo aquella vez que el director de la cárcel había prohibido la entrada a los sacerdotes blancos en el recinto de la cárcel. Yo le dije: "Señor director, mi sangre y la de los presos es del mismo color, ¿por qué no puedo visitarlos?" Me miró y dijo "Entra".
Paciencia que es fruto de la confianza en Dios. Nace de la conciencia de los propios límites y de la seguridad de formar parte de un proyecto de Dios que se desarrolla en la dinámica activa de la Cruz. .
En el hospital me preguntaron: "¿Por qué Dios te deja a ti, que eres cura, en esas condiciones?". Comprendieron cuando contesté: "Soy discípulo del Dios crucificado".
Misión que es una urgencia en nuestro mundo, más allá de todos los problemas, de los cansancios, de las desilusiones.
La misión que es anuncio del Evangelio, diálogo, entrega, solidaridad, comunión, búsqueda, conversión, servicio, disponibilidad...
Por estos senderos ha transcurrido mi camino, pero, el camino continúa...