DOSSIER 7

¿QUÉ ES LA MISIÓN?

Un misionero de Amazonas cuenta su experiencia


EL DIOS DE NUESTROS PADRES

Un buen día, mi padre se sentó a mi lado y tuvimos la primera conversación seria que yo recuerde. Yo debía tener unos diez años.

Descansábamos del trabajo y nos habíamos cobijado a la sombra de una encina, ya que, aquel día, el calor del sol pegaba fuerte.

Nuestras azadas, que nos habían servido para ir modificando el curso del agua que regaba aquellos campos sedientos, descansaban apoyadas en el tronco del gran árbol. La mía era una azada pequeña, con un mango especial, adaptado a mis manos, hecho por mi padre. La suya era grande y fuerte.

Aquellas dos azadas me parecían nuestra imagen, mi padre y yo sentados uno al lado del otro.

"Pronto acabarás la escuela elemental -dijo mi padre-. Aquí en el campo no hay otras escuelas y yo no tengo dinero para que puedas estudiar.

Pero, si tú quisieras ir al seminario... Podrías estudiar, y luego, de mayor, con un diploma en tus manos, decidir si ser cura o hacer otro trabajo".

Mi padre sabía muy bien que la idea de ir al seminario no me disgustaba; sin embargo, las palabras que me decía me parecían llenas de misterio.

Estuvimos un rato en silencio y luego, como si la idea le hubiese venido de repente, papá añadió con severidad:

"Pero, !cuidado¡ Si un día llegas a ser cura, no debes ser nunca como Don ... que se pone siempre de parte de los ricos.

Si eres cura deberás ser un cura para los pobres.

Y si un día, para ayudar a un pobre, tienes que darle tu sotana, te juro que yo venderé mi chaqueta para comprate otra".

 

LAS MATEMÁTICAS FUNCIONAN

Nacido y crecido en el campo, lejos de la ciudad, encontré en el seminario un mundo mágico que abrió mi inteligencia a nuevos intereses, nuevos panoramas y nuevos estímulos. Aquellos años, estudiando, pasaron rápidos como un rayo.

La hipótesis de dejar el seminario y de abrazar otro tipo de vida, que, tal vez, había pasado por la cabeza de mi padre, para mí no existía, deseaba ser sacerdote.

Los años del Bachillerato y de la Filosofía fueron, para mí, un camino lleno de interés por lo que estudiábamos, y sobre todo, fueron unos años llenos de amistad con los compañeros. Un elemento importante en nuestra formación en aquel seminario era el contacto con el mundo misionero.

El "Grupo Misionero", del que yo formaba parte, promovía continuas actividades, todas ellas estimulantes para nosotros.

Pero, era sobre todo la visita frecuente de misioneros, que nos hablaban de su misión, y el contacto con ellos por carta lo que nos tenía en constante tensión. Las charlas de los misioneros y la lectura apasionada de revistas misioneras, empezaron a hacer mella en el sector matemático de mi cerebro.

Así, empecé a echar cuentas: ¿Cuántos habitantes en Asia? ¿Y en Africa? ¿Cuántos curas en mi diócesis? ¿Cuántos en Suramérica?

Los números tienen una lógica tremenda y las conclusiones, que me ofrecían, eran despiadadas:

"Si allí hay tanta gente y tan pocos sacerdotes, ¿por qué tengo que quedarme de cura aquí, donde la Iglesia está mucho mejor organizada?

Si otros se han comprometido a traer el anuncio de Cristo desde Palestina hasta mi casa, ¿no tengo yo el deber de llevar ese mensaje a quien aún no lo conoce?"

 

NO ERES HONESTO CONTIGO MISMO

Las matemáticas son una ciencia exacta, pero el miedo es capaz de hacer dudar incluso de los números y de los teoremas.

Yo había llegado a la conclusión de que mi sitio no estaba en Italia, país que me vio nacer, sino en alguno de los continentes en el Sur del Mundo.

Pero, en el seminario me encontraba bien, mis compañeros me apreciaban, la vida que tenía por delante era toda previsible... ¿Para qué complicarme la vida?

Así, empecé en mi cabeza a inventar pretextos para evitar el tener que tomar decisiones.

Un día mi director espiritual quiso saber hacia dónde me orientaba. Yo le contesté:

"Me parece que el Señor desea que yo sea misionero, pero no estoy seguro. Espero que, si ese es su deseo, me mande un signo que aclare mis dudas"

El me dijo:

"Tú no eres honesto contigo mismo. ¿No te das cuenta que lo que buscas son sólo pretextos para no tomar ninguna decisión?"

 

DIFICULTADES PARA TOMAR UNA DECISIÓN

Antes de llegar a la decisión definitiva, decidí que debía mantener en secreto mis propósitos mientras continuasen mis dudas.

Había conocido a otros que, antes que yo habían tomado el mismo camino que yo iba a tomar. Estaba al corriente de las dificultades que habían tenido a causa de la oposición del obispo y de las familias.

Todo ello me había hecho comprender que ciertas cosas deben decidirse bien, a nivel personal, antes de darlas a conocer.

Hay que ir a los demás con una decisión tomada. Si te ven seguro en tu opción, aceptan tu decisión más fácilmente. Si, en cambio, te ven titubeante, la oposición puede ser insoportable.

No me fue fácil obtener el permiso de mi obispo. Me encontraba ya en los últimos años de Teología y, seguramente, él había hecho sus planes contando conmigo. Su obsesión eran los pocos curas que tenía en la diócesis. Pero, al final, me concedió el permiso para entrar en los Misioneros Javerianos.

No fue fácil separarme de mis compañeros del seminario, con ellos me unía una estrecha amistad tejida a lo largo de muchos años de convivencia.

Sin saberlo, ellos, mis mejores amigos, fueron el mayor obstáculo que encontré al momento de tomar la decisión de ser misionero.

 

MI PADRE, LA GRAN SORPRESA

Y, ¿la familia? Os acordaréis de la historia de la sotana y de la chaqueta, o sea, de la charla de mi padre en lo referente a ciertos curas, a los que no ahorraba ninguna crítica.

Yo recordaba que cuando hablaba de los Misioneros Javerianos, que tenían una casa cerca de mi pueblo, su rostro se iluminaba. "¡Aquellos sí que son curas!", repetía con entusiasmo. Así, yo creía tener seguro su permiso.

¿Mi madre? Bueno, seguramente ella no estaría muy satisfecha con mi decisión. Ya lo sabemos, la madre es la madre. Pero, ya la convenceríamos.

Y cuál no fue, pues, mi sorpresa cuando recibí de mi padre el mayor de los rechazos. Se negó rotundamente a darme su consentimiento. Y, esta postura la conservó hasta el fin de su vida.

Cuando en 1973 regresé de la misión porque mi padre estaba hospitalizado con un cáncer que lo iba a llevar a la tumba, él mandó a mi hermano a esperarme al aeropuerto con este ultimátum: "Si has vuelto para quedarte, puedes venir a visitarme. Pero, si tu intención es regresar a Brasil, no quiero verte".

Y sin embargo, veinte años después de su muerte, recordando su figura, siento que le debo a él, que me negó su bendición cuando decidí ser misionero, la parte más sana de mi espiritualidad y la base humana de mi vocación misionera.

Recuerdo que una vez, desde Brasil, se lo escribí, diciéndole: "A pesar de que con tus palabras has intentado desviarme de mi vocación misionera, el ejemplo de tu vida, toda ella gastada por la familia y siempre preocupado por los demás, ha sido la auténtica palabra tuya que me ha dicho: ¡Vete!".

"Tú, padre, con el ejemplo de tu vida, eres el auténtico "culpable" de que yo hoy sea misionero".

 

¡QUÉ JOVEN TE CONSERVAS!

Hace algunos meses, el boletín "Misioneros Javerianos", publicó una foto mía. Como el director no tenía otra, usó una de hace veintitantos años. Un amigo al verla me escribió:

"He visto tu fotografía en Misioneros Javerianos. ¡Dios mío, qué joven te conservas!

Aquel joven seminarista que a sus 22 años decidió ser misionero javeriano, es el mismo que ahora está escribiendo su experiencia de vida. Pero, ¡han pasado tantas cosas!...

La idea de la misión, que entonces tenía, ha sufrido en mí una enorme evolución. Sin traumas, sin rupturas, pero sin pausas he ido descubriendo el sentido de una vida que siempre he querido que fuese auténticamente misionera.

Esta evolución es lo que quisiera ahora contaros. ¿De qué manera, si no, puedo deciros lo que es ser misionero?

 

MI ENTUSIASMO POR SALVAR

Recién ordenado sacerdote, en el año 1962, me mandaron a España, para un trabajo de animación misionera que duró seis años.

Aquella fue la primera salida de mi tierra natal. Me encontré con otro pueblo, diferente al mío en sus características.

Pero, no me costó mucho encontrarme a gusto en España, a pesar de su estilo de vida, de su cultura y de sus horarios tan diferentes de los de mi tierra.

Llegué a conocer España mejor que Italia. La recorrí de Norte a Sur, de Galicia a Andalucía, de Cataluña a Extremadura, siempre atravesando la inmensa meseta de Castilla.

En España, a la sombra de Javier, perfeccioné mi formación misionera.

Incluso ahora, después de 25 años, al hablar, piensan los que me escuchan que soy español. Es, sin duda alguna, un signo de lo profunda que fue mi experiencia española, que me preparó a la misión.

En 1968 abandoné España y llegué a Brasil. Desde entonces, salvo algunos breves paréntesis, mi vida ha tenido como escenario el río Amazonas.

Una parábola que escribí, en mis primeros años de misión, revela la visión de la misión que tenía en aquel tiempo. Estaba convencido de que mi vocación me llevaba a ser algo así como un socorrista mandado a gente perdida.

Si queréis daros cuenta de lo que pensaba entonces, leed lo publicado en el documento nº 1 bajo el título de "VE Y CUIDA A TU HERMANO". Se trata de un artículo que entonces escribí para el boletín "Misioneros Javerianos".

 

¿SER CURA O SER CARPINTERO?

Poco a poco me fui dando cuenta de cuánto yo estaba "perdido", lejos de una comprensión seria y profunda de lo que Cristo significaba, de su misión en el mundo y de mi vocación.

Bueno, la verdad es que esto es algo que continúo aprendiendo día a día, y siento que me queda todavía mucho por aprender.

Me explico: En Amazonas encontré un pueblo extremadamente religioso, sin duda alguna, mucho más religioso de la gente que había conocido en Italia y en España.

Es verdad que su práctica religiosa producía sobresaltos en quien había sido educado en la ortodoxia de la liturgia romana. Pero, no se trataba de ningún pueblo "pagano", alejado de Dios.

Lo que me chocó de aquel pueblo fue el aspecto económico y social, su pobreza.

Recuerdo aún cómo, visitando a los enfermos en sus casas, quedé impresionado por la situación de miseria en que vivían aquellos hijos de Dios, amontonados en aquellas chabolas en la periferia de Abaetetuba.

Un día, poniendo de relieve el carácter heredado de mi padre, le dije a mi obispo:

"Aquí no es necesario que yo haga de cura, lo que tengo que hacer es de carpintero".

Había allí una serrería que exportaba maderas a Estados Unidos. Sus dueños nos permitían recoger los tablones de desecho que no podían ser vendidos.

Aquellos tablones de madera, hicieron que la construcción de casas para los habitantes de la periferia fuese una de nuestras mayores preocupaciones.

¡Cuántos tablones han cargado mi espalda! Casi tantos como sacos de harina y de maíz, ayuda para los pobres, en el almacén de Caritas.

 

LA MIES ES MUCHA

Siempre hemos sentido urgente, en nosotros, la preocupación de estar presentes entre este pueblo disperso en un territorio inmenso, como es la región de Amazonas. Pero hemos sido siempre pocos y con escasos y rudimentarios medios de transporte.

Yo estaba satisfecho trabajando con la gente de aquella periferia, pero, ¿y los demás?

Sabíamos que había cientos de aldeas esparcidas en el interior ¿qué hacer por ellos?

Se nos presentaba un doble reto que nos empujaba a movernos: la palabra de Jesús "Id hasta los extremos de la tierra", y la acción de quienes eran capaces de ir más lejos que nosotros, con más valor que nosotros, para enriquecerse y para explotar a los pobres.

Para que puedas darte cuenta de lo que significaba este reto, puedes leer el documento nº 2 que lleva como título: "LA PESADILLA DE LOS TRES CAJONES". Es lo que escribí durante uno de esos inumerables viajes para llegar a la gente que vivía en las aldeas del interior.

 

LA VACA LECHERA

La precariedad de nuestra acción, frente a los enormes problemas que en la misión debíamos afrontar, nos ha obligado siempre a una continua reflexión.

Cuando se quiere ayudar al pobre hay que evitar, a toda costa, hacer de él un mendigo, falto de dignidad y de iniciativa.

El Evangelio nos empuja a ayudar al pobre a levantarse, a no tener más necesidad de mendigar, a recobrar su dignidad, a ser Hombre.

Durante esta reflexión que hacíamos los misioneros nos iluminó un acontecimiento que sucedió y que yo narré como la "PARABOLA DE LA VACA LECHERA". Os invito a leerlo en el documento nº 3.

La Parábola de la Vaca Lechera no sólo nos ayudó a reflexionar sobre el desarrollo social de nuestro pueblo, sino que nos dio estímulos para enriquecer nuestra acción pastoral de evangelizadores.

El asistencialismo, el paternalismo... son los defectos de una cierta acción social en favor de los pobres; son también defectos de la acción pastoral de la Iglesia y el misionero debe evitarlos.

 

EN MEDIO DE LA VIOLENCIA

En aquellos años, la Iglesia de Brasil vivía el florecimiento de las Comunidades Eclesiales de Base.

Crecía el número de seglares que, en estas comunidades, con la fuerza del Evangelio, luchaban por una sociedad más justa.

Pero era el tiempo de la dictadura militar. En nombre de la "Seguridad Nacional", se encarcelaba, se torturaba, se asesinaba...

La situación de opresión en que vivía la gente, desafiaba nuestra fe, nos obligaba a tomar partido en favor de los pobres.

Algunos de mis compañeros sacerdotes fueron encarcelados, varios de ellos dieron la vida en defensa de los oprimidos.

A este lado del Atlántico, según lo que hacíamos, nos decían: ¡Sois unos curas comunistas!

Del otro del Atlántico nos llegaban los avisos: "¡Cuidado con las acciones violentas!".

Se presentaba con todo ello un nuevo desafío a mi idea de misión y, una vez más, tuve que crecer.

Fue en esos años que escribí el artículo: "¿Y SI EL BUEN SAMARITANO HUBIESE LLEGADO ANTES?" que te invito a leer en el documento nº 4.

 

CUANDO CAE EL ÁRBOL

La preocupación por "anunciar el Evangelio" poco a poco se convierte en conciencia de que uno es misionero sólo cuando "se convierte en Evangelio". Y Evangelio significa solidaridad.

Un campesino decía al técnico que el gobierno había mandado a aquella región para "orientar" los trabajos:

"Si usted piensa que ha venido aquí a enseñarnos a cortar árboles, se equivoca, no le necesitamos, somos capaces de hacerlo nosotros solos. Lo que queremos saber es si usted se quedará aquí cuando el árbol caiga".

Los campesinos saben cómo cortar árboles y saben que es un trabajo peligroso.

En esta selva, los ramos de los árboles están entrelazados, de tal modo que no se sabe nunca hacia donde caerá el árbol que se está cortando. De aquí la importancia y la peligrosidad del momento de la caída del árbol. Muchos han perdido la vida aplastados o han quedado inválidos para siempre.

Los cristianos podemos decir que Jesús no ha venido a enseñarnos cosas nuevas. Él ha venido a estar con nosotros en "el momento de la caída del árbol". Así lo hizo en Belén, en Palestina y, sobre todo, en el Calvario.

Jesús nos ha mostrado que su solidaridad no era una ficción. Se ha quedado con nosotros incluso cuando el árbol caía, ¡sobre Él!

 

LA MISIÓN ES COMPROMETERSE

Fue así cómo descubrí que ser misionero es, sobre todo, comprometerme y quedarme al lado de mis hermanos... especialmente cuando el árbol está cayendo sobre ellos.

Creo que ser misionero es, sencillamente, estar al lado de esta pobre gente adoptando el mismo estilo de vida que tuvo Cristo.

La solidaridad en nuestro mundo es cada vez más urgente, sobre todo cuando los perversos modelos de "desarrollo" van creando multitud de marginados que no tienen acceso ni a las más mínimas condiciones de vida.

Lo más grave, para nosotros, es que para imponer estos "modelos de desarrollo", los poderosos no dudan en usar incluso la religión para hacerse aceptar.

Cristo, que no soportaba esta instrumentalización, llegó incluso a usar el látigo en el templo.

Tampoco nosotros, los misioneros, lo podemos tolerar, debemos denunciarlo cueste lo que cueste.

Y es que en un pueblo tan religioso como el pueblo brasileño es muy fácil usar la religión para esconder la opresión. Acusando de violentos a quienes se oponen a ella.

Así, he descubierto que la vocación misionera me pide también, desenmascarar con mi vida, a tanto manipulador.

 

PORTAVOZ DE LOS POBRES

Dicen que un día, San Agustín, obispo de Hipona, dijo durante una homilía:

"Hoy, mientras venía a esta iglesia, me han parado algunos pobres. Me han suplicado que os dijese una palabra en favor de ellos que en estos últimos tiempos no han recibido nada de vosotros.

Evidentemente, ellos esperan que nosotros, gente de Iglesia, les demos algo. Yo hago lo que puedo, pero, como los medios de nuestra comunidad son limitados, he pensado que debo hacerme su portavoz entre vosotros".

Estas palabras, pronunciadas hace 1.500 años, resumen muy bien el espíritu con el que intentamos vivir nuestro servicio misionero.

Vivimos en países empobrecidos a causa de la injusta organización económica mundial.

Tal organización favorece descaradamente a unos, para ser más exactos, favorece a nuestros países occidentales, y esto dañando a los pueblos en los que nos encontramos los misioneros.

Por este motivo se nos ha caído encima la tarea de "evangelizar" también los pueblos en los que hemos nacido y crecido, a fin de que no participen en el cínico juego de un imperialismo cuya voracidad parece no tener límites.

Con el mismo compromiso con el que nos hacemos portavoces de los pobres frente a los gobernantes y a los responsables de la economía de Brasil o de otros pueblos del Tercer Mundo, los misioneros gritamos el "¡ay de vosotros los ricos!" a las comunidades del Primer Mundo, para que puedan salvarse, abriendo los ojos y alejando la injusticia que pesa sobre la humanidad.

Con esta finalidad denunciamos la injusticia de nuestro mundo, como hice cuando escribí el artículo "UN PRECIO DEMASIADO CARO" que puedes leer en el documento nº 5.

 

500 AÑOS DESPUÉS

La celebración "penitencial" de los últimos 500 años de historia de América, "invadida" por los europeos, fue un momento fecundo de reflexión sobre el sentido de nuestra misión.

Revisando la acción de nuestros predecesores, nos dimos cuenta de la necesidad de una evangelización atenta, sobre todo, a la persona del que recibe el Evangelio.

Algunos "celebraron" el aniversario. Pero, ¿cómo pueden "celebrar" los indios que han sido diezmados y reducidos a grupos marginales sin derechos y sin dignidad? ¿Cómo pueden "celebrar" los negros que fueron traídos aquí como esclavos y tratados peor que los animales?

Los misioneros, leyendo la historia de la iglesia americana en estos 500 años, hemos descubierto una enorme fuerza de generosidad, de entrega, y de sacrificio presentes en la comunidad cristiana.

Ha habido misioneros que han pasado toda su vida entre los indígenas, olvidando su patria, adaptándose a las costumbres y a los modos de vida de los nativos, aprendiendo y cuidando sus lenguas y su cultura.

Algunos han arriesgado su vida defendiendo a indios y a negros. Se han enfrentado a los poderosos para estar al lado de los débiles.

Todo esto, lo han vivido para ser fieles al Evangelio que anunciaban. Es, para toda la Iglesia, un capital enorme de heroísmo y de amor que no puede olvidarse.

Sin embargo, tampoco podemos olvidar que, aquellos que exterminaban a los indios, se llamaban cristianos, participaban en los actos de la Iglesia, se acercaban a los sacramentos. Los misioneros que bautizaban a los esclavos, bautizaban también a los hijos de los esclavistas.

Quiero decir que no cuenta el trabajo que yo, misionero, pueda realizar. Es necesario que continuamente me pregunte si lo que hago puede legitimar las inhumanas condiciones en que hoy se encuentran estas poblaciones.

Si no se lee la historia del lado de los vencidos, difícilmente la Iglesia puede estar en comunión con ellos.

Ser misionero, empezamos a descubrir, es, sobre todo, estar en comunión con los vencidos y empobrecidos de nuestro mundo.

 

LA VOCACIÓN QUE DESCONOCÍA TENER

Cuando salió de su casa para ir al encuentro de su padre, aquel fatídico 2 de agosto de 1989, José Sidney, un niño de 8 años, no sabía lo que poco después iba a sucederle. Y mucho menos, imaginaba que aquel día empezaba una trágica serie de violencias en las que se verían involucrados otros 18 niños, entre los 8 y los 13 años, del poblado donde se encontraba mi misión.

Aquel día José Sydney se encaminó hacia la orilla del río esperando encontrar a su padre de vuelta de la pesca. Su padre no estaba aún allí y él se puso a jugar con otros niños en un campo cerca del río.

Poco después se le acercó un hombre, con una bicicleta roja, que lo invitó a ir con él a cazar pájaros en el bosque cercano. José, soñando con los pájaros que podría traer a su madre para preparar la comida, le acompañó.

En el momento menos pensado, el hombre se quitó la camisa, se echó sobre José y le arrancó sus vestidos. El niño no supo contar lo que sucedió, lo encontraron desnudo y malherido, cubierto de sangre.

El médico que lo examinó habló de abusos sexuales y de una mutilación que por suerte había sido sólo parcial.

No se habló del caso en la ciudad. Los padres de José prefirieron callar por vergüenza.

Pero, poco tiempo después sucedió lo mismo a otros tres niños que salvaron sus vidas, pero, fueron mutilados para siempre.

En Enero de 1992 se encontró el cuerpo de otro niño, Jurdilei, presentaba signos de abusos sexuales, había sido mutilado y había muerto desangrado en el bosque.

Esta vez la ciudad reaccionó. Hubo manifestaciones, se presionó a las autoridades, hubo discursos... pero no se encontraron a los criminales (algunos signos indicaban que no se trataba de una sola persona sino de un grupo).

La tragedia de los niños de Altamira, víctimas de abusos, castrados y asesinados, obligó a la comunidad cristiana a moverse.

 

DEJARSE LLAMAR

Así descubrí otro aspecto de mi vocación: defender la vida de los niños amenazados por los "castradores", por la miseria de su familia, por la violencia de las calles, por, en definitiva, un sistema que no deja lugar a los débiles.

Entonces descubrí que "vocación" es esto: dejarse interpelar por las circunstancias de la vida.

Es "vocación" la mamá de Liba que viene a llamarme a las 10 de la noche para que intente liberar a su hijo, encarcelado por haber robado un par de zapatos.

Es "vocación" la participación al cursillo para estudiar las nuevas leyes de protección al ciudadano.

Es "vocación" el curso bíblico para los animadores de las comunidades que piden una mayor preparación...

 

LA VIDA CONTINÚA

El día en el que decides "dejarte interpelar por las circunstancias de la vida" termina tu tranquilidad.

El Tercer Mundo es una fábrica de "imágenes profanadas de Cristo" y nos pide un continuo esfuerzo para no dejar ninguna lágrima sin consuelo, ninguna gota de sangre sin cuidados.

Otro misionero, el P. Benjamín González Vuelta, escribe:

"Cada domingo en la comunidad levantamos el pan para que se convierta en presencia de Cristo entre su pueblo. Pero, este pan, que cogemos en nuestras manos, no ha caído del cielo. Llega hasta mis manos a través de la injusticia de la que son víctimas los campesinos que trabajan esta tierra. Este pan está amasado por las manos de obreros mal pagados, por las vidas quemadas en el horno del señorito. Llega a mí en un cesto llevado por un niño que no puede ir a la escuela, que camina descalzo por las calles del barrio. Este pan está amasado en la injusticia de nuestra sociedad".

Creo que cada sacerdote, que celebra misa en este continente empobrecido, sabe que el pan, que se transforma en el cuerpo de Cristo, es un pan "síntesis de las injusticias de la sociedad".

Yo me pregunto: "¿Debo decirle a la gente, que me rodea durante la misa, que este es un pan lleno de "impurezas" a causa de tanta injusticia?".

Pero, si yo denuncio las injusticias, los responsables de las mismas, que, a veces, están sentados en el primer banco de la iglesia, se enfadarán, creerán que los odio, dirán que estoy olvidando la religión para hacer política.

Mientras tanto, por lo menos aquí, en Suramérica, nadie creerá a quien predique una doctrina religiosa sin comprometerse, al mismo tiempo, en una eficaz acción de defensa de la dignidad de los Hijos de Dios.

Ser misionero, hoy y aquí, creo que quiere decir reproducir en nosotros la solidaridad que Dios tiene con su pueblo.

 


Documento nº 1

¿Qué es la misión?

"Ve, cuida de tu hermano"

"Un hombre vivía a orillas de un río de limpias aguas y abundantes peces. Poseía una casa, un campo bien cultivado y praderas pobladas de ganado.

Desde siempre había vivido allí con su familia, disfrutando de auténtica paz.

En la otra orilla del río, se extendía la selva, espesa, salvaje, misteriosa y peligrosa, poblada de bestias feroces e insectos temibles.

Acaeció una noche... La familia se encontraba reunida en el cuarto de estar, protegida del frío y de la oscuridad. En el exterior diluviaba; los relámpagos acompañados por el fragor del trueno, interrumpían las tinieblas...

En un intervalo de silencio, entre trueno y trueno, a lo lejos, casi sumergida por el ruido de la lluvia, se oyó una voz, una llamada, como un lamento.

No cabía duda: alguien, una criatura humana, se encontraba en dificultad al otro lado del río, en medio de la selva.

- "¡Alguien se ha perdido en la selva!" -dijo el joven hijo de la familia, Emanuel. "Voy a ver".

- "Ve, hijo" -dijo el Padre. "Ve a ver qué hay, y ayuda a ese pobre hombre que, tal vez, se encuentra en peligro".

Emanuel se levantó rápidamente cogiendo la linterna y el machete, cruzó el riachuelo y penetró en la selva, guiado por aquellos gemidos misteriosos que ahora le llegaban cada vez más claros.

Buen conocedor del lugar, no le costó mucho tiempo encontrar a un hombre extraviado, hambriento y enfermo.

Con rápidos y acertados machetazos, Emanuel preparó un refugio de troncos y ramas para el pobre infeliz; encendió una hoguera; limpió y curó las heridas del hombre y le preparó algo de comida...

La tormenta continuaba en la noche, pero la presencia de Emanuel infundía esperanza en el corazón de aquel hombre perdido.

En la noche oscura y profunda, Emanuel le iba explicando uno tras otro los secretos de la selva: cómo hay que defenderse de los animales, cómo utilizar las distintas especies de frutos y plantas, los senderos para salir...

Con las primeras luces del alba, Emanuel se despidió diciendo:

"Vuelvo a mi casa. Mi padre me está esperando. Pero tú no tengas miedo: con todo lo que te he explicado podrás organizarte una vida mucho mejor aquí dentro; y por el sendero que he abierto podrás llegar en cualquier momento a la casa de mi padre. Allí estarás como en tu casa.

Pero, no olvides: hay otros hombres perdidos como tú en la selva. Ve y enseñales todo lo que yo te he enseñado a ti, de modo que ellos también encuentren el sendero para llegar a la casa de mi padre. Yo voy a esperaros a todos. ¿De acuerdo? Hasta pronto".

 

* * *


Habíamos querido que en todas las comunidades se leyese este cuento como introducción a la celebración del primer domingo de octubre, mes de las misiones.

Pero, en la comunidad de Guajará, decidieron que la escenificación de la historieta sería más interesante. Así lo hicieron, de forma sencilla, pero, con una participación extraordinaria.

Este fue el comentario de Odanil, el catequista, al final del "espectáculo":

"La escena que hemos contemplado es la historia de nuestra vida.

Dios-Padre envía a su Hijo, Jesús, "Emanuel", o sea Dios-con-nosotros, a los hombres extraviados en este mundo, más peligroso aún que la misma selva virgen en una noche de tormenta.

Jesús viene en medio de nosotros para cumplir la misión del Padre: cura nuestras heridas, nos enseña la verdad, nos abre el camino.

A la hora de volver al cielo encarece a los que han oído sus voz: ID AL MUNDO ENTERO, ANUNCIAD LA BUENA NUEVA QUE YO OS HE ENSEÑADO, HACIENDO A LOS DEMAS LO QUE YO HE HECHO POR VOSOTROS".

¡Esta es nuestra misión!

 


Documento nº 2

La pesadilla en tres cajones

Altamira, 21 de febrero de 1990.

Llego a casa que ya es de noche. Vengo de Belém. Han sido 720 kilómetros de viaje por una carretera que nada tiene que envidiar a las pistas de rallyes.

Tenía previsto llegar por la mañana. Pero, a causa de un puente caído por las lluvias me he retrasado. Un autobús se había hundido en el fango allí y hasta que, entre todos, hemos liberado la carretera, no hemos podido continuar.

Ahora ya estoy en casa, nadie me esperaba. Me he lavado y he comido algo, luego he preparado mi hamaca para dormir.

En la habitación donde he colgado mi hamaca, veo amontonados en un rincón tres grandes cajones. Los miro y veo que están llenos de fichas y en cada ficha hay los datos de una familia.

Son las fichas que P. Angel, mi predecesor, rellenó hace tres años durante un viaje por los ríos Iriri, Curuá y Fresco.

 

¿Una tierra abandonada?

Esta región que va desde la carretera Transamazónica hasta Sao Félix do Xingú, Tucuma y Ourilandia se extiende varios cientos de kilómetros. No hay carreteras, se viaja por el río.

Y, sin embargo, la gente ha ido invadiendo todos los rincones de esta selva, estableciéndose en las orillas de los ríos y riachuelos que aquí sustituyen a las carreteras.

Los misioneros hemos tenido siempre dificultad para llegar hasta esta pobre gente: enormes distancias, aislamiento durante el tiempo seco, falta de personal...

Hace unos años los padres José y Angel visitaron repetidamente toda la zona.

Fueron acogidos como una bendición del cielo. Y ellos nos hicieron conocer las grandes dificultades de estas familias que viven perdidas en la selva, abandonadas de todos.

Poco después aparecieron por aquí los buscadores de oro, los comerciantes de maderas y los buscadores de nuevas tierras.

Y la vida de esta gente se convirtió en un infierno. Invasión de las tierras, degradación del ambiente, saqueo de las riquezas forestales y tanta, tantísima violencia.

Cuando la vida se hace dura y pesada y el hombre es mayormente ofendido, es entonces cuando se hace más urgente y necesaria la presencia del misionero...

 

¿Quién podrá ir?

Los tres cajones llenos de fichas con los nombres de tantas familias no me dejan dormir: ¿Quién podrá ir entre ellos para vivir, con ellos, el Evangelio?

¿Cómo hacerles llegar la noticia que Dios les ama y que su Hijo Jesús es la prueba definitiva de este amor?

Los buscadores de oro han llegado hasta ellos. Los comerciantes de maderas no se han echado atrás por las distancias ni por los peligros.

Sólo los misioneros no podemos llegar hasta ellos. ¿El amor al dinero es más fuerte que el amor a las personas y la fidelidad a la voluntad de Dios?

 

Decirles el amor de Dios

Por la carretera, hoy, he visto a hombres, mujeres, niños y viejos maltratados por la vida, reducidos a esqueletos. He oído el gemido de un pueblo abandonado en la miseria. Por todos lados he visto miseria y abandono.

Me he acordado del proverbio árabe: "En una noche negra, sobre una piedra negra, una hormiga negra, Dios la ve".

Es ésta la seguridad que los cristianos tenemos, que yo tengo. Y es esta la seguridad que debemos llevar a estas "hormigas negras" perdidas en esta selva negra, en la noche negra de una injusticia deshumana.

Ya que no basta que Dios las vea, es necesario que alguien vaya a decírselo a ellas, vaya a hacerles sentir que Dios está cercano y que las ama apasionadamente.

¿No habrá nadie que esté dispuesto a hacer de su vida un anuncio del amor de Dios? ¿Nadie querrá vivir la solidaridad? ¿Deberemos decir que solamente el dinero, el oro, los negocios son el motor del mundo?

 


Documento nº 3

La parábola de la vaca lechera

¿Es posible hablar seriamente de la misión hablando de una vaca lechera?

Lo intentaré.

R. es un cura en una aldea del Estado de Rio de Janeiro. Hace tiempo que un grave problema lo atormenta, cuando, de repente, un buen día, encuentra la solución.

Escribe una carta y la manda a Holanda, su tierra natal. La carta va dirigida a un organismo de ayuda al Tercer Mundo.

 

El cuento de la lechera

Cuando la carta llegó a su destino, el funcionario que la leyó pegó un salto en la silla. La carta pasó de mano en mano suscitando hilaridad y sorpresa.

¿Se trataba de una broma?

La carta de R. pedía dinero para comprar una vaca lechera y decía:

"Con esta vaca podría asegurarme una cierta cantidad diaria de leche.

Vendiendo la leche pagaría el mantenimiento de la vaca y me quedaría aún para comprar gasolina para, con mi coche, viajar con los enfermos a la ciudad donde se encuentra el hospital.

Aseguraría así a la gente un medio de transporte gratuito en una zona donde no hay otros medios de comunicación..."

 

Asistencia social

R. es un misionero holandés. Ante el problema que significaba el gasto de gasolina para transportar a los enfermos al hospital, se acordó de las vacas de su tierra. Y así nació aquella extraña petición.

Puede extrañarnos la idea salida de este misionero holandés que había vivido su infancia y su juventud criando vacas.

Pero, muchas de las iniciativas para ayudar al Tercer Mundo, me parece a mi, tienen la misma filosofía de la "vaca lechera": creemos que lo que hay que hacer es "asistencia social" a los pobres.

El proyecto de la vaca parece sencillo.

Si se deja en las manos de un holandés, dará fruto, será eficiente, se lograrán resultados y la gente tendrá transporte gratuito para los enfermos.

 

¿Y la persona humana?

Pero, ¿dónde dejamos a la gente? Esta es la pregunta que nos hacemos los misioneros.

La solución de un problema no es lo más importante, lo que cuenta es que la gente se levante, que los pobres se unan para ser capaces de resolver por sí mismos los problemas que tienen.

Ciertos proyectos de desarrollo, parece que están hechos para conservar al pueblo en un estado de mendicidad permanente, incapaz de levantarse, de decidir, de resolver sus problemas.

Alguien me preguntará: "¿Qué es lo que pretendes? Mucho hablar pero pocos resultados, por lo menos R. encontró la manera de poder transportar gratuitamente los enfermos".

 

Volvamos a la vaca lechera.

Imaginemos que la cosa funciona y que los beneficios de aquella leche vendida sean suficientes para comprar gasolina.

Pero, ¿y el día que la vaca muera? ¿Habrá que mendigar otra vaca a los señores ricos de Holanda?

¿No se podía sensibilizar a la gente del lugar para que cada uno diese una pequeña contribución y así, entre todos, garantizar el transporte del enfermo?

Claro que esto es complicado. Hay que reunir a la gente, hablarles, convencerles de que se trata de una cosa buena y necesaria.

Los que tenemos experiencia de esto sabemos que se necesitan meses para convencerles, y que, luego, las cosas no siempre funcionan bien.

Pero la pobreza del pueblo de R. no es la falta de gasolina, sino la incapacidad de organizarse para resolver el problema que tienen.

La falta de gasolina podría producir una reunión entre todos. Nacerían discusiones; algunos se alejarían, otros aceptarían, colaborarían, se darían cuenta de que se puede vivir mejor. Tendrían menos conciencia de mendigos y más conciencia de personas capaces de decidir y resolver.

Claro que esta manera de proceder es lenta y difícil, no se ven resultados inmediatos. Pero es más duradera.

Hoy, gracias a la vaca lechera, me he dado cuenta de lo difícil y complicado que es colaborar al desarrollo de un pueblo.

No se resuelve nada con una acción que deje pasivo al pobre. Y es mala toda acción que haga de las personas unos mendigos dependientes de los países ricos.

Claro que con ello no quiero excusar a los ricos. Ellos, para salvarse, deben compartir las riquezas con los más pobres.

 


Documento nº 4

¿Y si el buen samaritano hubiese llegado antes?

Un día, me encontraba al borde de la carretera que de Mojú lleva a Acará. Allí estaba sentado sobre un tronco de un árbol caído escuchando a un viejo campesino.

Su abuelo cultivaba ya aquellas tierras, luego las cultivó su padre, luego él y ahora las cultiva su hijo.

Pero, últimamente, los tractores de una empresa multinacional amenazan su campo de mandioca, su cacao, su pimienta y su maíz.

"Yo no quiero abandonar mi tierra. -Me decía el viejo-. Si nos vamos de aquí, ¿a dónde iremos? ¿A la ciudad? Si ni siquiera los que allí viven desde hace años logran encontrar trabajo".

El viejo me cuenta las amenazas que le han hecho, la violencia que están usando aquellos señores para obligarle a dejar su tierra. Me dice que muchos otros ya se han ido abandonándolo todo.

 

Defender al pobre

En nuestra comunidad cristiana tenemos una comisión que se encarga de estos casos. Intentamos defender el derecho que esta gente tiene de permanecer en su tierra, incluso ayudándoles a que juntos hagan presión a las autoridades.

Claro que esto molesta a algunos que nos dicen:

"¡Un cura no es un sindicalista! Su trabajo debe ser la religión. El evangelio enseña la paz, no la lucha. Estáis promoviendo la violencia y esto no es cristiano".

Escuchando al viejo me pregunto si tienen razón, a la luz del Evangelio, ¿qué tenemos que hacer?

 

El Buen Samaritano

Por la mañana había encontrado a una familia en la calle buscando un lugar donde poder instalarse ya que habían sido expropiados de sus terrenos. Pasé cerca de ellos pero, en aquel momento, me pareció que nada podía hacer por ellos.

Luego, me acordé de la parábola del "Buen Samaritano": ¡el cura pasa de largo!

Ahora, escuchando al viejo, me vuelve a la cabeza el Buen Samaritano y me pregunto:

"Si el samaritano hubiese llegado antes al lugar del asalto, si hubiese llegado justo cuando los ladrones estaban pegando y robando al pobre hombre, ¿qué hubiese hecho?".

Sé que algunos me diréis que el trabajo del misionero es curar las heridas, repartir el dinero de las limosnas, socorrer a los que han sido asaltados.

Pero, también sé que algunos aconsejarían al buen samaritano de liarse a garrotazos con los malhechores para ahuyentarlos y salvar a la víctima.

¿Quién tiene razón?

 

¿Qué debo hacer?

Ciertamente frente a aquella familia que ya ha sido expoliada de todo, el Evangelio me enseña que debo ayudarla, que tengo que cargarla sobre mis espaldas gastando por ellos todas mis energías y mis pocos dineros.

Pero, ¿frente a aquellos que aún no han sido expropiados? ¿Frente al viejo que me está contando las presiones y las violencias que le hacen para que abandone sus tierras?

¿Debo esperar a socorrerles cuando ya no haya nada que hacer? ¿No es mejor intentar ayudarles a defenderse?

Un día, el director de una de estas empresas, que están expropiando las tierras de los campesinos, me propuso darme el dinero necesario para poder construir en la parroquia un centro de asistencia para los pobres.

Evidentemente, para aquel señor, ayudar a los que han perdido sus tierras es tarea nuestra, de los misioneros.

Pero el mismo señor se escandalizó cuando me vio al frente de un grupo de campesinos que, pacíficamente pero con energía, defendía sus tierras denunciando a los políticos corruptos.

Hay misioneros que están siendo perseguidos por haberse puesto al lado de los campesinos.

¿Cuál es el delito que han cometido? Sencillamente, son el Buen Samaritano que ha llegado "un poco antes" y están ayudando al pobre para que los malhechores no le roben ni le maltraten.

 

Aviso a los europeos:

Las compañías que roban las tierras de los campesinos son las mismas que exportan aceite, cacao, pimienta, frutas exóticas a vuestros mercados.

 


Documento nº 5

Un precio demasiado caro

Un día, durante mis vacaciones en Europa, vi, entre un montón de basura, una olla de aluminio y un bote de "palmito".

 

Aluminio.

Aquí, en Pará (Brasil), al otro lado del río hay una gran fábrica de aluminio.

Llegan a ella grandes cantidades de bauxita que, tras pasar por un complicado proceso, se transforma en alúmina.

Otra fábrica engulle la alúmina y la transforma en lingotes de aluminio, como el que sirvió para fabricar la olla que tú acabas de tirar porque está algo deteriorada.

Tú has tirado mi aluminio, aquel aluminio precioso que hombres, reducidos a esclavitud, extraen de las minas y que otros transforman en lingotes antes de enviártelo a Europa.

Este aluminio, por si no lo sabes, tiene una elaboración altamente contaminante. El veneno nos lo quedamos aquí, nosotros, y tú te quedas con el aluminio limpio y bonito que puedes tirar cuando ya no te gusta.

 

¿Y el palmito?

Lo has tirado porque te parecía insípido, pero, ¿conoces su historia?

Aquí en Amazonas existe un tipo de palmera llamada açaí que produce una especie de racimo de uvas. Estas uvas, prensadas, dan un líquido parecido al mosto llamado, por eso, vino de açaí.

Hasta hace poco tiempo el açaí costaba poquísimo. Con harina de mandioca y açaí la gente del lugar hacía su plato habitual de comida. No era muy nutritivo, pero, por lo menos, con él uno se llenaba el estómago.

Después, alguien descubrió que la médula de esta palmera, oportunamente tratada, se convertía en un exquisito y exótico ingrediente para las opulentas mesas europeas.

Así, se organizó el comercio y empezó la exportación. Se diezmaron las plantas para extraer el palmito. Alguien se habrá enriquecido. Mi gente, ya no tiene açaí para comer.

Así pues, el palmito que tú has tirado era una planta que, de haberla dejado vivir, habría alimentado a mucha gente de nuestra misión.

 

¿Comprar la miseria?

Me estoy imaginando tu defensa: "¡Pero, yo lo he pagado!"

Un reciente documento de la UNICEF sobre la situación mundial de la infancia dice muy claro que:

Los países ricos envían anualmente a los países pobres, de media, un billón cuatrocientos mil millones de pesetas en préstamos, evidentemente.

De los países pobres a los ricos se transfieren anualmente unos cuatro billones cien mil millones de pesetas como intereses de esta deuda.

Dicho con otras palabras: si sabes restar te darás cuenta que además del palmito, el aluminio y un montón de cosas buenas y bonitas, los países pobres dan a los países ricos cada año unos dos billones setecientos mil millones de pesetas netas.

Entonces está claro por qué tú puedes comprar tantas cosas y luego tirarlas fácilmente cuando ya no te apetecen más, al fin y al cabo no te han costado tan caras, ni por ello vas a pasar hambre.

 

¿Quién paga?

Pero tiene que haber alguien que paga tu bienestar.

La UNICEF dice que lo paga la mortalidad infantil.

Los grupos ecologistas dicen que lo paga la deforestación de las selvas y el saqueo de los recursos naturales.

Los políticos y los economistas hablan de la deuda externa...

De una cosa sí que puedes estar seguro: que tu bienestar y confort cuestan demasiado caro a alguien, y este alguien no es ni tú ni yo, ¡son los pobres del Tercer Mundo!