DOSSIER 11

EXPERIENCIAS: ESPIRITUALIDAD JAVERIANA


EL AMOR DE CRISTO NOS APREMIA

En nuestro proyecto de vida, aprobado por la Iglesia, los Misioneros Javerianos decimos: "El Espíritu del Señor, que anima a la Iglesia y renueva continuamente en ella la conciencia de su misión en el mundo, inspiró al obispo Guido María Conforti a dedicarse a la evangelización de los no cristianos y a reunir en una comunidad misionera a hombres llamados a consagrar a Dios su vida por el mismo ideal. Siguiendo a nuestro Fundador y reviviendo el mismo carisma, los Misioneros Javerianos respondemos al mandato del Señor: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura".

Somos, pues, herederos y depositarios de un don que el Espíritu del Señor ha hecho a su Iglesia a través del Beato Guido Conforti. Queremos vivir este don en plenitud a pesar de nuestras limitaciones personales y comunitarias. Queremos que nuestras comunidades sean el lugar donde crecemos en la vivencia de este don al servicio de la Iglesia y del mundo. Somos conscientes que "el Señor da continuidad a nuestra familia enviándonos nuevos hermanos. Nosotros los recibimos con gozo y gratitud y nos esforzamos en comunicarles con el testimonio y la palabra, la experiencia del Espíritu que nos ha transmitido nuestro Fundador y que nosotros mismos hemos recibido en la Familia Javeriana".

Nuestro proyecto de vida está encabezado con una cita de San Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor. 5,14). Esta frase es el lema de nuestra familia misionera, expresa el fundamento de nuestra vocación e indica la experiencia que Conforti, contemplando el Crucifijo, tuvo del amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. Nuestra vida misionera se basa en la repetición de esta experiencia gozosa de sentirnos amados por Cristo, que "tanto amó al mundo hasta entregarse a sí mismo". Sin esta experiencia de amor no hay vocación misionera posible en la Iglesia.

Sabiéndonos amados, conociendo que El se ha entregado, por amor, para salvarnos, nace en nosotros la decisión de hacer de nuestras vidas un don para que otros descubran y vivan este mismo amor. Y concretamente, los Misioneros Javerianos, contemplando el amor de Cristo, decidimos anunciarlo a quienes aún no lo conocen y amarle en sus preferidos: los más pobres y los débiles. Es a causa de este amor que somos misioneros.

De aquí nace la primera y más importante característica de la Espiritualidad Javeriana: "la unión con la persona de Cristo, misionero del Padre, centro de nuestro vivir, fuente e inspiración de nuestro pensar, amar y obrar". Y expresión de esta unión con Cristo es "el espíritu de fe viva que nos lleva a ver a Dios, amar a Dios y buscar a Dios en todo, avivando en nosotros el deseo de propagar su Reino por todas partes".

La vocación misionera de los javerianos es esencialmente una llamada a vivir con Cristo Misionero. Es sentirse amado por Cristo y decidir responder a este amor. Es intentar seguirle en su caminar entre los hombres y descubrirle presente entre los pobres. Es entregar la vida por amor para que otros lo conozcan y para que se haga posible su Reino haciendo del mundo una familia. Son estos los componentes de nuestra vocación que manifiestan que "el amor de Cristo nos apremia".

Esta unión con Cristo hace que "vivamos la fe como amistad con Cristo y como capacidad de lectura evangélica de los acontecimientos". De esta fe nace la esperanza, siempre optimista a pesar de lo que sucede a nuestro alrededor, y el amor, que nos lleva a la entrega total de nosotros mismos para la salvación de los hermanos.

A veces se nos pregunta el por qué de nuestra vida aislada, incómoda en los países del mundo empobrecido. ¿Por qué entregar la vida para ayudar a quienes nada tienen que ver con nosotros? ¿Por qué sufrir en Bangladesh o morir en Burundi? ¿Por qué jugarse la vida para defender a los indios de Amazonas o a los marginados de Bogotá? No es por filantropía ni por ganas de aventura. El único motivo es el amor de Cristo. Conforti decía que "nos mueve a actuar el amor que Cristo tiene por la humanidad y que lo llevó a morir por nosotros". Nos enseñaba que el misionero debe "estar siempre vivificado por el amor de Cristo para poder, como El, acoger a todos entre sus brazos". Para él, el misionero es quien "ha contemplado a Cristo, señalando a los apóstoles el mundo entero donde anunciar el Evangelio, y ha quedado seducido por El".

Nuestro proyecto, pues, es "tener siempre delante de nuestros ojos a Cristo, uniformando nuestra vida a la de El para que nuestras obras sean manifestación de su amor a todos". El sentirnos amados por Cristo y el querer amarle en los hermanos a los que somos mandados es lo que nos hace ser misioneros de Jesús, el Misionero del amor del Padre.

 


COMO EL PADRE ME HA ENVIADO, YO OS ENVÍO

Los Misioneros Javerianos dedicamos toda nuestra vida a anunciar el Evangelio del Amor allí donde aún no es conocido. "Como el Padre me ha enviado, también yo os envío" (Juan 20, 21). Estas palabras de Jesús resumen lo que en nuestro interior sentimos más profundamente: Como Javier, somos misioneros porque Cristo, en su amor, nos envía al mundo. Somos Misioneros por un don del Espíritu. Es Él quien nos hace sentir el amor de Cristo y nos apremia a la misión. El reconocimiento de este don por la Iglesia nos hace continuadores de la misión que Cristo confió a sus apóstoles.

En nuestras comunidades intentamos ser fieles a Cristo viviendo la misión como Él la vivió. Así, "fieles a las preferencias de Cristo nos dirigimos en particular, entre los no cristianos, a los destinatarios privilegiados del Reino de Dios: los pobres, los débiles, los marginados por la sociedad, las víctimas de la opresión y de la injusticia". "El Instituto de los Misioneros Javerianos se pone al total servicio del Reino de Dios en la Iglesia. Nuestra misión nos exige proclamar el Reino allí donde aún no está reconocido, denunciar cuanto se opone al mismo, mostrarlo ya presente en los signos y colaborar a su venida entre nosotros".

La misión de Cristo fue anunciar el Reino de Dios, hacerlo presente entre los hombres e indicar los signos de su presencia. Este Reino, que es gracia y salvación para todos los hombres, constituye el motivo de nuestra misión. Como Cristo, los Javerianos anunciamos el Reino de Dios a los grupos humanos que aún no lo conocen. Ser misioneros, para nosotros, significa también denunciar todas aquellas situaciones de nuestro mundo que se oponen al proyecto de Dios: la pobreza, la injusticia, la marginación... Con nuestras vidas queremos ser testigos de este Reino ya presente entre los pueblos. Con nuestro amor intentamos ser signos vivos del Reino. Y con nuestra acción deseamos colaborar a su instauración en nuestro mundo. "Para el advenimiento de este Reino en la historia humana, nos ponemos a su lado, en marcha para convertirnos juntos en hombres libres, operadores de justicia y de paz, en la expectativa operante de que Dios sea todo en todos".

"En la Iglesia y por el Reino de Dios, recibimos del Espíritu el don de asumir, como tarea propia y exclusiva, el cometido de la evangelización de los no cristianos". La vocación misionera, que Cristo confió a toda su Iglesia y que debe ser común a todos los bautizados, nosotros, los Misioneros Javerianos, queremos vivirla en modo exclusivo, la subrayamos, para que todos los miembros de la Iglesia mantengan siempre la tensión de anunciar el Evangelio a los que aún no lo conocen.

Nuestra dedicación a la misión es, por tanto, exclusiva y se manifiesta cuando, "`por nuestro carisma específico, somos enviados a poblaciones y grupos humanos no cristianos, fuera de nuestro ambiente, cultura e iglesia de origen". Por ello, "nos comprometemos a dedicar toda nuestra vida a la actividad apostólica..., a ir efectivamente a la misión y a trabajar con total dedicación por la evangelización de los no cristianos". Nuestro fundador, Guido María Conforti, así lo expresaba: "hacia las misiones entre los no cristianos, los Javerianos hacen converger toda su obra y excluyen cualquier otra finalidad por noble y santa que sea".

Es por esto que los Misioneros Javerianos, en nuestros países de origen, no poseemos ni parroquias, ni colegios, ni más estructuras que las estrictamente necesarias para el servicio a la misión. Todas nuestras fuerzas convergen hacia las misiones, allí se encuentran la mayoría de los Misioneros Javerianos.

Para nosotros el ir a los países no cristianos para anunciarles el Evangelio, no es "una actividad más", sino que es nuestra "actividad única y exclusiva". A las misiones nos dedicamos de por vida. Entregamos a la misión todo nuestro ser y toda nuestra actividad. El hecho de marchar a las misiones lo vivimos "como acontecimiento pascual de una vida que se abandona y de una nueva vida que empieza, es por sí mismo parte del misterio de salvación para el mundo" y es continuación de la Pascua.

El marcharse a misiones es lanzarse hacia algo nuevo, dejar lo conocido y abrazar lo desconocido, es ponerse en la dinámica de Abrahán que, fiándose de Dios, abandona su pueblo para encontrar otra tierra, otra familia. Es continuar el gesto de Pablo y de Bernabé que se alejan de su comunidad, de cultura judía, para anunciar el Evangelio a otros pueblos y ser así signos de fraternidad universal.

 


AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS

En nuestro proyecto de vida decimos: "El Señor nos ha reunido en una familia religiosa, para hacer presente entre los no cristianos a la Iglesia, que es comunión y fraternidad nueva en Cristo". Reconocemos, así, que el desear y el poder vivir juntos como hermanos en nuestras comunidades es un don de Dios. Es Él quien nos ha reunido y a nosotros nos corresponde acoger su proyecto fielmente, creciendo siempre más en esta fraternidad nueva que Él nos ofrece.

La misión, para los javerianos, no es un hecho individual, ni un proyecto personal, sino que es una realidad de la comunidad: somos comunidades misioneras y somos misioneros en la medida en que logramos vivir y testimoniar la fraternidad en nuestras comunidades.

Para que podamos ser un signo eficaz y visible de la comunión a la que Cristo nos llama, los Misioneros Javerianos "como una familia compartimos todo: fe, compromiso apostólico, esperanzas, alegrías, preocupaciones, bienes espirituales y materiales". Así, entre los no cristianos, somos testigos del Evangelio y hacemos presente a la Iglesia que es "familia".

Nuestra vocación nace de la experiencia de sentirnos amados por Cristo y del deseo de hacer que quienes aún no lo conocen puedan conocerlo y, conociéndolo, experimenten este mismo amor. Este sentirnos objeto del amor de Cristo nos conduce a sentirnos profundamente unidos a todos aquellos que participan de la misma experiencia. Los Javerianos somos miembros, no de un "organismo" para ir a misiones, sino de una familia de hermanos. E intentamos que, en nuestras comunidades, este ser hermanos se convierta en atención concreta al otro, a su crecimiento y realización como persona y como misionero. Por esto a nuestro Instituto solemos llamarlo Familia Javeriana, indicando así la experiencia que en él vivimos y que deseamos comunicar a quienes nos rodean.

Vivir en espíritu de familia es la herencia más preciosa que nuestro fundador, Guido Conforti, nos ha legado y que los primeros javerianos nos han transmitido. Por espíritu de familia entendemos aquella manera de vivir el Evangelio que hace que entre nosotros nos sintamos y vivamos en nuestras comunidades como en una auténtica familia. Esta característica que el fundador y nuestra tradición histórica nos han transmitido continúa viviéndose e incrementándose en nuestra pequeña congregación. "Hacemos visible nuestra fraternidad viviendo en una comunidad local en la que todo lo compartimos, haciendo que sea lugar de conversión, de perdón y fiesta".

"Las actitudes fundamentales en nuestras comunidades son: la aceptación del otro con sus valores y límites, la lealtad en las relaciones mutuas, la capacidad de corrección y de perdón, la amistad y la gratuidad".

Nuestro ideal es vivir en nuestras comunidades lo que los Hechos de los Apóstoles proponen a toda la Iglesia: "En el grupo de los creyentes, todos tenían un solo corazón y una sola alma". (Hech. 4,32). Sin lugar a duda este ideal es muy alto, también es cierto que no siempre logramos lo que nos proponemos ser. Nuestras comunidades tienen sus límites como todo lo humano. Pero a pesar de ello nunca renunciamos a él. Sabemos que Dios nos lo ofrece como don, creemos, pues, que es posible vivirlo y nos entusiasmamos en el intento de hacerlo, día a día, realidad.

Guido M. Conforti nos decía: "Junto con el amor a Dios debemos alimentar en nuestros corazones el amor hacia aquellos que con nosotros forman una misma familia religiosa y tienen en común, con nosotros, la vida, los ideales, las fatigas, los méritos, todo. Acerca de este deber esencial no debe quedarnos ningún género de duda. Este mandamiento hemos recibido de Dios, que aquel que ama a Dios ame también a sus hermanos".

La novedad de que en nuestras comunidades entren nuevos miembros, provenientes de países y culturas diferentes, enriquece nuestra vida de familia y permite que seamos testigos en el mundo de la hermandad universal que Cristo propone a la humanidad. Además, la presencia de muchos jóvenes entre nosotros hace que nuestra Familia Javeriana sea joven y esté abierta a las nuevas sensibilidades de la cultura actual. "La comunidad javeriana, formada por hermanos de diversas edades, origen y formación, que viven a ejemplo de las primeras comunidades cristianas, testimonia la presencia de Cristo, hace creíble el Evangelio e inspira el nacimiento y desarrollo de nuevas comunidades cristianas".

 


YO OS HE ELEGIDO A VOSOTROS

El proyecto misionero de Guido María Conforti conlleva desde sus orígenes la característica de la vida religiosa. Es decir, los Misioneros Javerianos nos consagramos totalmente a la Misión, dejándolo todo, para, con la profesión de los consejos evangélicos, seguir a Cristo por los caminos del mundo, anunciando el Evangelio entre quienes aún no lo conocen. "En la Iglesia y a servicio del Reino de Dios, los Misioneros Javerianos recibimos del Espíritu Santo el don de asumir, como tarea propia y exclusiva, la evangelización de los no cristianos". "Para vivir y expresar más radicalmente nuestra consagración total a la Misión, seguimos a Cristo con los votos de castidad, pobreza y obediencia".

Para nosotros, los Misioneros Javerianos, el seguimiento de Cristo con la profesión de los consejos evangélicos, acogido como un don del Espíritu, es una característica congénita, nacida de lo hondo del corazón de Conforti, desde el momento en que empezó a concebir su obra al servicio de la misión.

Conforti, llamado a formar misioneros, los quiso entregados en alma y cuerpo al apostolado misionero, sin ataduras, sin reservas, es decir, consagrados de por vida como apóstoles y religiosos. Aconsejaba a los formadores: "Procurad hacer concebir a los alumnos un concepto grande de la vida apostólica, haciéndoles comprender que la profesión de los consejos evangélicos unida al voto de consagrarse a la dilatación del Reino de Dios entre los no cristianos, es cuanto más digno y más sublime pueda desearse".

La profesión de los consejos evangélicos, o sea, la vida religiosa, es seguir a Cristo, recorriendo su mismo camino, eligiendo su talante como estilo de vida, reviviendo su vida y manifestándola a los demás en el esfuerzo constante de llegar a ser una copia fiel de su amor. Conforti así lo decía: "Cada uno de nosotros debe estar íntimamente convencido de que la vocación a la que ha sido llamado no podía ser más noble ni más grande, porque nos hace semejantes a Cristo y a los Apóstoles, quienes después de abandonarlo todo, se entregaron sin reservas al seguimiento del Señor":

La profesión de los votos, en la espiritualidad javeriana, es la respuesta personal y libre a la llamada de Jesús para estar con Él por los caminos del mundo, para ser testigos del Evangelio colaborando en la venida del Reino de Dios. Intentamos así reproducir en nosotros el gesto de Cristo de dar su vida por los hermanos, gesto de extremo amor y libertad para ser hermano entre hermanos.

Así lo expresemos en nuestro proyecto de vida: "En el trabajo apostólico seguiremos el camino recorrido por Cristo en su encarnación. Esto nos pide constante atención a la complejidad de las situaciones en que trabajamos y, al mismo tiempo, total disponibilidad de mente y de corazón, para adecuar nuestra acción a las diversas exigencias de tiempos y lugares. En particular nos pide comunión de vida y de destino con los hermanos a los que somos enviados hasta compartir sus problemas y su camino de liberación".

"La vocación misionera exige de nosotros una disponibilidad total al servicio del Evangelio. Abrazado por el Reino de Dios, el celibato, con la castidad que le es consubstancial, es don y signo del poder del Espíritu Santo y expresa el amor con que Cristo amó al mundo y se entregó a sí mismo para salvarlo". El celibato por el Reino de Dios, que los Misioneros Javerianos profesamos y acogemos como un don del Espíritu, dispone nuestro corazón a ensanchar su amor, teniendo como medida y criterio el amor de Dios manifestado en Cristo.

"Con el celibato nos entregamos a Dios con un amor indiviso, nos volvemos más dispuestos para aceptar su invitación que nos llama a dejar nuestra tierra y nuestra familia, para llevar el Evangelio a los no cristianos, y nos disponemos a abrir el corazón a todos con un sentimiento de viva fraternidad y de paternidad pastoral".

Ciertamente el celibato, como entrega total y don para el amor universal, puede significar también un cierto grado de soledad. Sin embargo, nuestra experiencia de cada día nos dice que el misionero no se queda solo, recibe como un don a toda la familia de Cristo. El seguimiento del Señor en el celibato hace del misionero un "hermano universal" de todos aquellos que encuentra en su caminar con el Evangelio y es así una nueva manera de amar.

 


VENDE LO QUE TIENES, DÁSELO A LOS POBRES

El apóstol San Pablo escribía a la comunidad cristiana de Corinto: "Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesús, el Mesías: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza".Así diciendo, Pablo les exhortaba a ser solidarios con los pobres. Esta exhortación de Pablo, los Misioneros Javerianos, día a día, intentamos hacerla nuestra, ya que "nuestra vocación nos pide comunión de vida y de destino con los hermanos más pobres a los que somos enviados hasta el punto de compartir sus problemas y su camino de liberación".

En nuestro proyecto de vida reconocemos que "por un don del Espíritu, los Javerianos somos llamados y nos comprometemos a hacernos pobres para testimoniar entre los hombres el valor del Reino de Dios y la dignidad de la persona humana".

El Señor nos llama, y nos lo concede, a vivir pobremente con los pobres, como El mismo vivió pobre, para, como El hizo, servirles y anunciarles la Buena Noticia del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, deseamos, desde la pobreza, ser solidarios con aquellos a los que la Iglesia nos ha enviado.

En nuestro mundo esclavo de consumismo, queremos ser testigos, libres y gozosos, del valor del Reino de Dios y afirmar, con nuestras vidas, que la dignidad de la persona humana no depende de los bienes que posee, sino de su ser persona amada por Dios. En la medida en que somos pobres, confiamos en el Señor que nos envía. "Por el espíritu de pobreza, ponemos nuestra confianza no en los poderosos, ni en los medios de este mundo, ni en sus obras o actividades, sino en la fuerza y riqueza del Evangelio".

El saber confiar en la Providencia de Dios, ha sido una característica de nuestro fundador Guido Mª Conforti, quien nos ha enseñado que la evangelización se realiza "sin la fuerza de las armas, sin el poder de las riquezas, sin la ayuda de los poderosos: únicamente con aquella confianza en Dios capaz de mover montes y de obrar maravillas".

Ser pobres, para nosotros, significa que todo lo que la Providencia pone en nuestras manos no está a nuestro servicio sino al de aquellos a quienes intentamos servir. Somos sencillamente, como a veces se ha dicho, canales de transmisión a través de los cuales se realiza la solidaridad universal, fruto del amor de los miembros de la Iglesia. Ser pobres significa, para nosotros, usar medios pobres, sencillos y humildes, para no desvirtuar el Evangelio. Así pues, en la elección y en el uso de los bienes y de los medios materiales intentamos tener siempre presentes las exigencias del Evangelio y el estilo de vida que Cristo asumió cuando se "hizo pobre por nosotros".

Evitamos en nuestra misión todos aquellos medios, que, incluso siendo buenos en sí, podrían alejarnos de la gente con la que vivimos o que nos conferirían aquel poder económico que Cristo no quiso para sus apóstoles.

Optamos por la pobreza como estilo de vida, también para ser libres y poder desde esta libertad entregarnos a la Misión. Conforti nos enseñaba: "El espíritu de pobreza es liberación de toda esclavitud y es la conquista de aquella libertad interior sin la cual no existe la verdadera felicidad para el hombre".

No depender de ningún bien material, no codiciarlo, saber ser felices con lo que la generosidad de los demás pone en nuestras manos, compartirlo con los pobres, con todos aquellos que son condenados a la miseria por los sistemas de nuestro mundo, son estas las características principales de la pobreza que los Misioneros Javerianos profesamos e intentamos vivir. Y, cuando padecemos por la pobreza, damos gracias a Dios que nos concede el don de saber confiar sólo en Él, que nos permite imitar algo a su Hijo y compartir las condiciones de vida de los últimos de nuestro mundo.

 


HEME AQUÍ, PARA HACER TU VOLUNTAD

Los Misioneros Javerianos entregamos nuestras vidas a la misión para la realización del proyecto de salvación de la humanidad. Somos conscientes que este proyecto no es nuestro sino de Dios. Así pues, una de las características fundamentales de nuestra espiritualidad es la disponibilidad total a los designios de Dios, la obediencia a su voluntad, ya que la misión es, ante todo, suya.

Sin esta obediencia correríamos el peligro de gastar inútilmente nuestras vidas o, como dice San Pablo, de "correr en vano". En nuestro proyecto de vida decimos: "Cristo vino al mundo no para hacer su voluntad sino para cumplir el querer de Aquel que le había enviado. Cristo nos invita a ponernos con Él al servicio de la voluntad del Padre. Los Misioneros Javerianos, escogidos para proclamar el Evangelio, nos hacemos dóciles a la acción del Espíritu que nos concede el don de poder asumir la obediencia al Padre como norma de nuestra vida y de nuestro servicio misionero".

El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Cristo estas palabras: "Aquí estoy yo para realizar tu designio, Dios mío". Esto es lo que Cristo hizo en su vida y lo que, por el bautismo, estamos llamados a hacer los cristianos, mandados a anunciar al mundo su Evangelio.La disponibilidad-obediencia al Padre nos concede una gran libertad de espíritu. El proyecto del Padre es que toda persona se realice plenamente en comunión con Él y con los hermanos; los demás proyectos pasan a un segundo plano, son "realidades humanas", y de ellos, origen de tantas esclavitudes, somos liberados.

El no buscar un designio personal, sino la voluntad de Dios, hace de nosotros hombres libres para la misión. Esta libertad, este "estar siempre disponibles", es un don del Espíritu, que hemos recibido. Difícilmente el hombre puede liberarse de la búsqueda de sus intereses personales, sin que Dios se lo conceda.

Los Misioneros Javerianos queremos que toda nuestra vida sea una constante fidelidad a este don y, al mismo tiempo, acción de gracias a Dios que nos concede poder hacer de su proyecto de salvación la norma de nuestra vida, entregándonos totalmente al servicio de la misión. Acoger este don significa concretamente para nosotros estar en "constante atención a la complejidad de las situaciones en que trabajamos y, al mismo tiempo, nos pide total disponibilidad de mente y de corazón para adecuar nuestra acción a las diversas exigencias de tiempos y lugares".

Pero, ¿dónde y cómo encontrar la voluntad de Dios? Creemos que, sobre todo, es en la comunidad reunida en el nombre del Señor. Así lo reconocemos en nuestro proyecto de vida: "El lugar privilegiado de la búsqueda de la voluntad de Dios es la comunidad reunida en la escucha de su Palabra, en la lectura de los acontecimientos y en la oración". Los sucesos de cada día son indicaciones de la voluntad de Dios cuando se leen a la luz de su Palabra. Y en este trabajo de lectura y discernimiento asume, para nosotros, un papel muy importante la comunidad.

Ya los primeros cristianos, lo leemos en los Hechos de los Apóstoles, se reunían para conocer lo que debían hacer. Así lo ha hecho la Iglesia en todos los tiempos y lugares, y así queremos que sea en nuestras comunidades, pequeñas iglesias de enviados al mundo para anunciar el Evangelio. Este reunirnos en comunidad para buscar y discernir la voluntad de Dios exige, además de la disponibilidad, la estima recíproca, el diálogo fraterno y la colaboración activa, gozosa y generosa de todos. Son valores en los que los Misioneros Javerianos intentamos, día a día, crecer juntos.

Creemos que es la comunidad javeriana, en comunión con toda la Iglesia, la que está mandada a anunciar el Amor de Dios y a colaborar a que su Reino crezca entre los hombres y mujeres de nuestro mundo. El misionero javeriano, como miembro de esta comunidad, está unido a la Iglesia, depositaria de la Misión de Jesús, y realiza su vocación misionera dispuesto a asumir las tareas y las líneas de acción que se han discernido en la Iglesia, comunidad guiada por el Espíritu.

Los Misioneros Javerianos, con el voto de obediencia, ofreciendo voluntariamente a Dios el derecho de disponer libremente del curso de nuestra vida, aceptamos el don del Espíritu de Dios que nos hace libres para la misión.

 


PROCLAMAD EL REINO DE DIOS

Hasta ahora os hemos comentado el ideal al que los Misioneros Javerianos estamos llamados y cómo intentamos hacerlo realidad en nuestras vidas. Pero, ¿cuál es nuestro estilo de misión? ¿Cómo realizamos concretamente la tarea que, a través de la Iglesia, el Señor nos confía?

En nuestro proyecto de vida decimos que nuestra misión es anuncio, es testimonio, es diálogo y es solidaridad. En esta página te comentamos lo que entendemos por ANUNCIO.

Cuando Jesús reunió en torno a sí a un grupo de discípulos, lo hizo con una clara finalidad: para que anunciasen el Evangelio del Reino de Dios a todos los hombres. En este "llamar a los discípulos para mandarlos" está el origen de la Iglesia. Esta existe para anunciar al mundo la Buena Noticia de que Dios está actuando entre los hombres. La última recomendación que el Evangelio pone en boca de Jesús es: "Id por todo el mundo, anunciando la Buena Noticia a toda la humanidad". La primera comunidad de discípulos lo entendió muy bien. Tanto es así que todos, y no sólo los apóstoles, "anunciaban por doquier el nombre de Jesús".

En esta línea se coloca nuestra vocación misionera: "nuestro primer servicio al Reino de Dios es el anuncio de Cristo y su mensaje, con la palabra y con la vida, y, en particular, con el testimonio de nuestra consagración religiosa". Los Misioneros Javerianos realizamos nuestra vocación de bautizados anunciando, a quienes aún no la conocen, la Buena Noticia del Amor que Dios ofrece a la humanidad en su Hijo Jesús. En la Iglesia, somos continuadores de la misión de los apóstoles que anunciaron, hasta los confines del mundo entonces conocido, que en la Resurrección de Jesús había empezado la salvación de la humanidad.

No somos predicadores de una doctrina, sino que somos "discípulos" enviados a anunciar una realidad que es buena noticia para todos, y esta realidad es que Dios, en Jesús, ha entrado ya en nuestra historia para salvarnos. Creemos que este anuncio debe realizarse sobre todo con la vida. Nuestro vivir en comunidad como hermanos, nuestro ponernos al lado de los pobres, nuestro acercarnos a los débiles, a los enfermos y a los marginados, nuestro dejar el país de origen para compartir el destino de otros pueblos, es el modo en que realizamos el anuncio.

Cuando es posible, enseñamos y predicamos, pero, deseamos que nuestra palabra sea sencillamente un explicar el mensaje contenido en nuestra vida. Queremos que nuestra predicación sea un decir: "lo que vivimos es posible para todos, porque Cristo Resucitado nos lo concede día a día por su Espíritu, que ha sido derramado en nuestros corazones". Así lo hizo Jesús y así estamos llamados a hacerlo nosotros.

Sabemos que "nuestra actividad es colaboración con el Espíritu para que la propuesta de comunión con Dios y con los hermanos sea acogida y provoque la conversión de las personas y de las estructuras". Todo lo que vivimos y todo lo que anunciamos queremos que sea colaboración con el Espíritu. Y así, la finalidad de nuestra misión es aquella que nos repetía Guido María Conforti: "Colaborar a que el mundo sea una familia", ya que la misión de la Iglesia es proponer al mundo la posibilidad de comunión con Dios y con los hermanos, y esta comunión, realizada por el Espíritu, es el nuevo horizonte, ofrecido al mundo, de formar una sola familia.

Como respuesta a este anuncio nacen nuevas comunidades cristianas, llamadas a ser signo del Reino de Dios. La formación de estas comunidades es también tarea nuestra, por ello al narrar nuestra acción misionera decimos que "acogemos con alegría en las comunidades cristianas a cuantos, convocados por la Palabra y regenerados por el Espíritu, desean seguir a Cristo abrazando su persona y su programa de vida".

Es así como los Javerianos somos iglesia y, en ella, participamos de la misma misión de Cristo.

 


DAR LA VIDA POR LOS DEMÁS

Un aspecto fundamental de la espiritualidad javeriana consiste en vivir la misión como TESTIMONIO, como vida entregada hasta aceptar, si es necesario, el martirio.

El Superior General así comentó la situación de las misioneras javerianas secuestradas en Sierra Leona:

El 25 de enero, durante un ataque de los rebeldes al poblado de Kambia, fueron secuestradas las siete hermanas javerianas presentes en aquella misión. Los secuestradores las pasearon por el poblado, como si de un botín de guerra se tratase. Luego fueron conducidas hacia un destino desconocido después de una larga marcha a través de la selva.

Este hecho, junto con la situación de peligro en la que estamos viviendo los Misioneros Javerianos en otras partes del mundo, está incidiendo de un modo inesperado en la celebración de los cien años de la fundación de nuestra familia. Es un suceso que nos recuerda que la vocación misionera comporta, aunque no siempre la exige, la entrega de la propia vida. Entrega que está inscrita en nuestra vocación como una posibilidad siempre presente. La realización concreta de nuestra vocación no puede nunca contradecir su característica de olvido de sí mismo, que es el único modo de afirmar, ante el mundo, la prioridad del Evangelio y de Cristo.

Estas hermanas, secuestradas y con un futuro incierto, están viviendo ahora la misión sin el apoyo de realidades humanas. La están viviendo en la fe, desnuda de toda seguridad, y en la entrega de sí mismas.

La lección que nos viene de este suceso, nos la han dictado las mismas hermanas, quienes pocos días antes y conscientes del agravarse de la situación, escribieron: "En este momento de inestabilidad política y de guerrilla asumimos, una vez más, la misión que se nos ha confiado. Sentimos la inseguridad y la duda. Reconocemos que el SI dicho a Dios y a nuestros hermanos de Sierra Leona, en estos momentos es un sí pronunciado en la fe, como lo fue el sí de Abrahán que marchó sin saber adonde le conducía Dios".

Hoy, nuestras hermanas son un testimonio profético para todos nosotros. Nos recuerdan que lo esencial de nuestra espiritualidad es la entrega de nuestras vidas confiando en el Señor.

Pocos meses despúes de este secuestro, el 30 de Septiembre, tres misioneros, dos javerianos y una misionera seglar, fueron asesinados en Burundi. El mismo Superior General nos escribió:

Nuestro fundador, Guido M. Conforti, nos había advertido de la posibilidad, que él llamaba "gracia", de que el misionero concluya su vida con la entrega total de sí mismo en el martirio. Nos había hecho comprender que hay un lazo muy estrecho entre nuestra consagración total a la misión y la posible conclusión violenta de nuestras vidas.

Recordemos que fue en el encuentro con Cristo Crucificado donde nació la vocación y el espíritu misionero de Conforti. Así, en la contemplación del Crucifijo nació nuestra familia misionera. Este encuentro con Cristo, asesinado en la Cruz, se nos propone, cien años después, como el motivo fundamental de nuestra vocación y lo hace en la muerte violenta de estos hermanos.

Nuestros hermanos habían logrado, con su presencia y su trabajo, que en aquel lugar conviviesen, en paz, hutu y tutzi sin dificultades. Los asesinos no deseaban los lazos de convivencia que allí se habían tejido. Asesinando a nuestros misioneros han querido matar la paz que ellos habían construido. Los han asesinado no porque fuesen enemigos de alguien, sino porque eran amigos de la paz.

Su muerte es una amenaza a todos los misioneros javerianos presentes en aquel país por su solidaridad con los perseguidos. Pero no se puede anunciar el Evangelio sin esta solidaridad. Ellos han sido solidarios hasta el punto de mezclar su sangre con la tierra de Burundi y de estar ahora, como semillas, plantados en el corazón de aquel país. Sabían el riesgo que corrían permaneciendo en sus puestos. Conscientemente decidieron permanecer fieles a su misión.

El amor hacia Cristo y hacia los hermanos fue el motivo de su decisión, y esta decisión hace de ellos unos mártires, sea cual fuere la intención de sus asesinos. Recordemos que el martirio no podemos descartarlo del horizonte de nuestra vocación misionera. Es una eventualidad siempre presente, una "desgracia" que exalta la cualidad de la vocación y que expresa la fuerza del Evangelio y la vitalidad de los misioneros que lo anuncian.

 


LA VERDAD OS HARÁ LIBRES

En estas páginas os estamos presentando nuestra manera de ser misioneros en la Iglesia. Lo hacemos porque creemos que la forma en que los Misioneros Javerianos intentamos vivir el Evangelio puede ayudar al despertar misionero de nuestras comunidades cristianas. Si algo hemos recibido, lo hemos recibido por el bien de todos, de toda la Iglesia.

Os hemos hablado de nuestra tarea de ser anunciadores de la Buena Noticia del Amor de Dios hacia los hombres, en especial hacia los más olvidados. También os hemos comentado cómo este anuncio queremos hacerlo, sobre todo, con el testimonio de nuestras vidas entregadas al Señor. Pero la misión, además de ser ANUNCIO y TESTIMONIO es también DIALOGO con los creyentes de otras religiones.

Los Misioneros Javerianos nos encontramos, por nuestra vocación particular, viviendo con hombres y mujeres, hermanos nuestros, que no conocen a Cristo, que profesan otras religiones. La Iglesia nos pide que acojamos a estos hermanos con sus valores y con su religión que es ya una manifestación de la presencia de Dios entre ellos. Dice en efecto Juan Pablo II en su última encíclica sobre las misiones: "Dios no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones".

Debemos reconocer la acción de Dios en los seguidores de otras religiones y manifestar un profundo respeto hacia todo lo que en el hombre obra el Espíritu de Dios que sopla donde quiere. ¡Cuánto se necesita esta actitud de respeto en el mundo de hoy dividido por tantos fanatismos religiosos!

En algunos países en los que estamos presentes los Misioneros Javerianos, es muy difícil anunciar explícitamente a Cristo Señor y Salvador de la humanidad. Por ello, lo que intentamos hacer es, con un fraterno diálogo de vida y de fe con ellos, promover los valores del Reino de Dios presentes en su cultura y en su religión y, con nuestras vidas, ser testigos de la fe que profesamos. Además, el diálogo nos permite descubrir el camino espiritual del otro, crecer con el otro compartiendo con él la plenitud y la verdad a la que todos estamos llamados por Dios.

Ciertamente el diálogo, como tarea misionera, como colaboración al Reino de Dios, recibió un gran impulso en nuestra época a raíz del Concilio Vaticano II. En la historia de la Iglesia, el diálogo es un camino nuevo de búsqueda común, con todos los hombres, de la verdad. Es un camino de experiencia religiosa compartida, de testimonio recíproco de la propia adhesión a Dios. El diálogo auténtico exige la superación de los prejuicios, intolerancias y malentendidos que a lo largo de los siglos han pesado sobre la humanidad.

Hace algunos años, Juan Pablo II hizo suyo el camino del diálogo en el encuentro interreligioso de oración por la paz en Asís. Hoy, el Santo Padre continúa alentándonos a todos los cristianos en la tarea del diálogo como camino hacia la verdad y como compromiso de todos los creyentes, de cualquier credo y religión, hacia la paz.

A los Misioneros Javerianos, el diálogo con los creyentes de otras religiones, nos exige el conocimiento de las culturas y de las religiones de otros pueblos, el servicio generoso y desinteresado al otro, la coherencia de nuestras vidas con el Evangelio que profesamos y una actitud abierta hacia el otro a quien debemos acoger con lealtad y humildad, sabiendo que los caminos de Dios a veces son distintos de los nuestros.

Todo esto lo expresamos en nuestro proyecto de vida diciendo: "Nos comprometemos a entender y aceptar a nuestros hermanos no cristianos con sus valores y su religión. Con un fraternal y cualificado diálogo de vida y de fe, tratamos de promover los valores comunes del Reino de Dios. Esto nos exige el conocimiento y el respeto de las culturas de los pueblos en los que actuamos, para acoger su herencia espiritual y encarnar en ellas el mensaje cristiano".

 


DÉBIL CON LOS DÉBILES

Los Misioneros Javerianos, en nuestra tarea apostólica, nos esforzamos por seguir el camino de Cristo que "se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos". San Pablo, hablando de su acción misionera, dice: "Soy libre y, sin embargo, me he puesto al servicio de todos. Con los judíos me he hecho judío, con los que no tienen ley me he considerado como uno sin ley, con los débiles me he hecho débil. Y todo lo hago por el Evangelio".

Hemos comentado hasta ahora cómo la Misión es Anuncio de la Buena Noticia, es Testimonio con la propia vida del Amor de Dios y es también Diálogo con los creyentes de otras religiones. Pero todo esto no es posible si la Misión no es también SOLIDARIDAD con los hombres y mujeres a los que somos enviados. Esta solidaridad nos exige asumir las mismas condiciones de vida de aquellos a quienes anunciamos el Evangelio, como Cristo que hizo suyas las condiciones concretas de los hombres con los que convivió.

El Concilio Vaticano II pide al misionero "renunciar a sí mismo y a todo lo que tiene para hacerse todo para todos". Juan Pablo II dice que el misionero debe vivir "en la pobreza, que lo deja libre para el Evangelio, en el desapego de personas y bienes del propio ambiente, para hacerse así hermano de aquellos a quienes ha sido enviado".

Nuestra vocación lleva implícita una exigencia de renuncia que, nacida del amor e impregnada de amor, es manifestación del Amor de Cristo hacia los más pobres. Los Misioneros Javerianos, en nuestro proyecto de vida, expresamos esta exigencia diciendo: "La misión nos pide comunión de vida y de destino con los hermanos a los que somos enviados hasta compartir sus problemas y su camino de liberación". Desde este punto de vista, nuestra vocación misionera se puede resumir como "un vivir el amor que nos empuja a caminar por el mundo, al lado de los pobres, haciendo que ningún sufrimiento humano nos sea indiferente".

Es esta búsqueda de solidaridad la que hace que estemos presentes allí donde es más dramática la situación de los hombres. Compartimos con "los últimos" sus problemas, y Dios nos concede poder permanecer fieles incluso cuando nuestra vida se ve amenazada.

Una consecuencia de nuestra solidaridad con los pobres es trabajar por una mayor justicia en el mundo. "Actuar a favor de la justicia y participar en la transformación del mundo son para nosotros, los Javerianos, dimensión integrante de la predicación del Evangelio". Y así, "ante las graves violaciones de los derechos humanos que se producen, vengan de donde vengan, debemos saberlas denunciar con firmeza". Esto significa, en concreto, unirnos a la condición de los pobres y afligidos, consagrarnos a ellos, compartir sus gozos y dolores, sufrir con ellos y hacernos sus portavoces.

El misionero, como toda la Iglesia, debe participar en los esfuerzos de aquellos que, luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades, pretenden crear mejores condiciones de vida y, así, fortalecer la paz en el mundo. Y esto debe hacerlo como Cristo: sin reivindicar para sí mismo ningún reconocimiento, ningún protagonismo, ninguna autoridad que no sea la de servir, con la ayuda de Dios, a los hombres.

Una solidaridad tan radical, ¿es posible? Sí, lo es en la medida en que el Espíritu de Dios nos hace capaces de ello. Es Él quien nos hace el don de poder seguir el camino de Cristo. A nosotros se nos pide sólo "constante atención a la complejidad de las situaciones en las que trabajamos y disponibilidad de mente y de corazón, para adecuar nuestra acción a las diversas exigencias de tiempos y lugares".

 


CRISTO LO ES TODO PARA TODOS

En el proyecto de vida de los Misioneros Javerianos hay una frase que a alguno le parece fuera de lugar. Decimos: "La oración es la primera actividad del misionero". No es extraño que en el proyecto de vida de una comunidad cristiana se hable de la oración, lo que puede parecer fuera de lugar es que se afirme que la oración, para un misionero, sea la primera actividad.

Si se hiciese una encuesta entre la gente muchos dirían, seguramente, que la primera actividad del misionero es el anuncio del Evangelio, o el trabajo para ayudar a los demás, o el estar con los pobres. De hecho, se piensa mucho en el misionero como aquel que va corriendo de un lado a otro, haciendo cosas, organizando... Y se piensa poco en su estar solo, cara a cara, con Dios.

Quien nos ha seguido con la lectura de estas páginas, habrá notado que hemos hablado de la misión como de un don recibido de Dios y obra del Espíritu Santo. Siendo así, no es difícil pensar que sólo en la unión con Dios el misionero javeriano puede ser fiel a la tarea que el Señor le ha confiado. "Nuestro fundador, Guido María Conforti, ha descrito al misionero javeriano como aquel que, en la acción, se mantiene en constante unión con Cristo, en el cual se inspira continuamente".

Ciertamente nuestra vocación nos lleva por los caminos del mundo, hace de nosotros constantes anunciadores del Amor de Dios a los hombres, nos pone en contacto con la gente y con sus problemas. No somos, por tanto, monjes dedicados exclusivamente a la oración. Sin embargo, el fundamento de nuestra vocación es la contemplación de Cristo, que lo es "todo para todos". La experiencia de su amor, realizada en la oración, nos empuja hacia los hermanos.

Conforti nos exhortaba a "tener siempre delante de nuestros ojos a Cristo, configurando nuestra vida a la de El para que nuestras obras fueran manifestación de su amor a todos". Este "continuo contemplar a Cristo" y gustar de su amor surge de la oración. "Por eso los javerianos pedimos a Dios el don del espíritu de oración, que es capacidad de transformar nuestro trabajo en oración continua". Sin el espíritu de oración que nos mantiene en constante unión con el Espíritu de Dios, autor verdadero de la misión, nuestro correr sería inútil.

Es por ello que decimos: "La oración es la primera actividad del misionero, sostén de su fidelidad y de su tarea apostólica. A ejemplo del Señor, que con frecuencia se retiraba a orar al Padre, constatamos la necesidad de dar amplios espacios a la oración individual, a la reflexión y a la contemplación para evitar el riego de correr en vano". Es Cristo quien nos mueve en nuestra tarea. Nuestro ideal es llegar a poder decir como S. Pablo: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí".

En la oración tomamos conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas y en la vida de aquellos a quienes somos enviados a servir. En ella reavivamos la experiencia del Amor que Dios tiene a los hombres y que es la base de nuestra vocación. Contemplamos a Cristo que nos envía a anunciar el Evangelio al mundo entero. Orando imitamos a Jesús que, de su "estar con el Padre", sacaba la motivación de su Misión.

La oración del misionero, como toda oración cristiana, está fundada en la escucha de la Palabra de Aquel que nos llama y nos envía. "Conscientes de que la Palabra de Dios suscita la fe y convoca a la Iglesia, -decimos en nuestro proyecto de vida- sentimos la necesidad de escucharla, meditarla y acompañarla de la oración, tanto personal como comunitaria, para convertirnos a la manera de pensar y de actuar de Dios, para anunciar esta Palabra con franqueza y para leer con los hermanos, entre los cuales trabajamos, los designios de Dios en los acontecimientos de su historia".

La oración misionera es la búsqueda de la continua conversión a la manera de ser de Dios para identificarse con Él, descubrir su proyecto y colaborar en su realización.

 


TRAS LAS HUELLAS DE JAVIER

Los Misioneros Javerianos tomamos nuestro nombre de S. Francisco Javier, que es nuestro modelo y patrono. De este gran misionero navarro decimos en nuestro proyecto de vida: "En virtud de nuestra vocación misionera tenemos un vínculo especial con nuestro patrón S. Francisco Javier, que trabajó y sufrió por la difusión del Reino de Dios". De Javier admiramos y deseamos imitar su incansable celo por difundir el Evangelio, su unión constante con el Señor a quien contemplaba presente en todo y en todos, su entrega total en nombre del Evangelio a los pobres y a los pequeños.

Quien visita el Castillo de Javier, fortaleza militar en la que nació Francisco, queda impresionado por el gran Crucifijo que se encuentra en una capillita al lado de la puerta de entrada. Se trata del "Cristo Sonriente de Javier". Cada vez que el joven Francisco entraba o salía de su casa pasaba frente a la imagen del Señor en la Cruz. Al pie de aquel Crucifijo la familia de Javier se reunía para rezar. No es exagerado afirmar que toda la niñez y la adolescencia de Francisco se desarrollaron bajo la mirada dulce de aquella imagen del Cristo. Francisco Javier guardó el rostro sereno de aquel Crucifijo muy profundamente en su corazón. Si plantó la Cruz de Cristo en los países más alejados de Oriente, fue porque esta Cruz la llevaba él mismo plantada, desde su adolescencia, en su corazón de carne.

Los Misioneros Javerianos encontramos el origen de nuestra vocación misionera en la misma contemplación del Crucifijo, expresión máxima del amor de Dios. Los brazos abiertos de Cristo son los brazos de Dios que quiere abrazar a toda la humanidad. El rostro sereno de Cristo en la Cruz nos indica aquellos pueblos que esperan que alguien les anuncie el Amor de Dios. Como Javier, deseamos que la Cruz esté plantada en nuestro corazón de carne para poder plantarla en todos los pueblos.

Francisco Javier fue el hombre de los grandes sueños y de los grandes deseos. Joven estudiante en París soñaba y deseaba ardientemente devolver, con su inteligencia y sus estudios, la gloria a su familia. Deseaba, imitando a su padre, ser útil a su patria y a la Iglesia. Cuando descubrió el amor de Cristo y tomó conciencia de aquel Crucifijo que llevaba impreso en su corazón, toda su fogosidad, su ímpetu, sus sueños y sus deseos no tuvieron otra finalidad que la de servir a Dios. Javier se puso totalmente a disposición del Señor para anunciarle a quienes no lo conocían. Ningún peligro pudo frenar su ímpetu. Ningún obstáculo detuvo su continuo caminar y navegar para que el Evangelio llegase hasta los confines de la tierra.

Esta entrega total a la Misión es lo que los Misioneros Javerianos admiramos en Francisco Javier. Como él, deseamos poner todas nuestras energías, entusiasmo y fuerzas al servicio del Evangelio. Y así, con la intercesión de Javier, consagramos toda nuestra vida a anunciar la Cruz de Cristo a todos los pueblos.

Francisco Javier, el noble navarro, se humilló hasta hacerse siervo de los más pobres. En Italia se consagró a cuidar a los enfermos más abandonados. Durante su viaje a la India renunció a todos los privilegios que tenía como Nuncio del Papa, viajó entre los enfermos pobres a los que dedicaba todos los cuidados, por ellos mendigaba entre la tripulación y les repartía con gusto su misma comida. En la India, en las Molucas y en el Japón, fueron los pobres los destinatarios de sus cuidados y de sus preocupaciones. No dudó en enfrentarse a las autoridades para defender los derechos de los oprimidos. Porque "Cristo quiere ser servido en los pobres".

Así deseamos ser los Misioneros Javerianos. Nuestra misión quiere ser descubrir a Cristo en los pobres y servirle sirviéndoles a ellos. Viviendo con ellos, denunciamos la injusticia que crea tanta pobreza en nuestro mundo. Y, como Javier, en nuestra acción misionera "privilegiamos a los pobres ya que ellos son los destinatarios de la Buena Noticia del Evangelio".