DOSSIER 13

JAPÓN

MISIÓN Y DIÁLOGO

UNA NUEVA TAREA AL ENCUENTRO DEL HOMBRE

En este final de siglo, cuando nos disponemos a entrar en el tercer milenio de la era cristiana, mirando hacia atrás, contemplamos un siglo ensangrentado y ensombrecido por horrores que a todos nos humillan y entristecen.

En este siglo han estallado los mayores conflictos bélicos que la historia recuerde: la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

En Europa, se han producido terribles masacres, genocidios y holocaustos encubiertos bajo el pretexto de "limpiezas étnicas".

Ha sido en este siglo XX, que Asia ha conocido el exterminio de diez millones de chinos, ejecutados por el ejercito imperial japonés.

Pertenecen a este siglo una infinidad de guerras que, aún ahora, están destrozando pueblos y enfrentando razas. Son de nuestros días los conflictos étnicos de Rwanda, el genocidio de Burundi y de Liberia, el drama de Bosnia, el terrorismo de Argelia, la guerrilla en Camboya, la guerra de Afganistán...

Nuestro siglo está lleno de tensiones y contrastes, de injusticias y opresiones, de odios y venganzas. Si quisiéramos hacer una lista de los males, que hoy están destruyendo y deshumanizando nuestro mundo, no tendríamos suficientes páginas en este dossier.

 

SIGNOS DE ESPERANZA

Y sin embargo, si tenemos una mirada capaz de escudriñar, en toda su complejidad, la situación de nuestro mundo, y, sobre todo, si tenemos una mirada de fe, nos daremos cuenta que existen en nuestro tiempo fuerzas del bien, fuertes y profundas, fermentos de paz y de amor que están inundando la humanidad en todos los continentes y en cada uno de los pueblos.

El optimismo es posible; la esperanza puede triunfar. El compromiso activo de muchos, fundado sobre este optimismo y esta esperanza, encuentra motivos mucho más fuertes y mucho más claros que los que pueda encontrar el pesimismo o el desánimo paralizante.

Hay que reconocer que, nunca como en el siglo veinte, la humanidad ha sido consciente de la urgencia y del deber de construir la paz.

Pertenecen a nuestro siglo las primeras organizaciones mundiales de la historia humana, dedicadas a garantizar la paz entre los pueblos. La primera fue la Sociedad de las Naciones, fundada al finalizar la Primera Guerra Mundial. Luego fue la ONU, nacida después de la Segunda Guerra Mundial.

Estas organizaciones, a pesar de sus carencias, muestran que los pueblos de la tierra están tomando conciencia de que las guerras se pueden y se deben evitar.

Una gran voluntad justicia y de paz y un creciente rechazo de la guerra se están abriendo camino en la conciencia y en la historia de la humanidad.

Está surgiendo una nueva sensibilidad hacia las auténticas exigencias de la justicia internacional. Esta sensibilidad, que se está difundiendo en la humanidad, hace surgir numerosas y eficaces Organizaciones Humanitarias No Gubernamentales y está obligando, incluso, a los gobiernos de las naciones a actuar.

La Cumbre de Copenhague, celebrada en marzo de 1995, para resolver la pobreza del mundo, y que ha reunido a gobernantes de todos los países, es un signo, más allá de los resultados concretos, de algo nuevo que está naciendo.

 

UN NUEVO AMANECER

Y lo que es más importante: la humanidad se está dando cuenta que el compromiso para construir un mundo mejor debe ser de todos y no sólo de los gobiernos.

Así pues, los organismos de base, el voluntariado, la participación de todos en la búsqueda y en la construcción de una sociedad más justa, están siendo fenómenos comunes en todos los países, aunque sus frutos no sean visibles en todos los lugares de la misma manera.

Otro síntoma esperanzador del surgir de una nueva conciencia mundial es la sensibilidad hacia la naturaleza. El interés hacia la ecología, fomentado por grupos privadas, está presionando a los mismos gobernantes que han empezado a actuar para proteger la creación.

Esta nueva sensibilidad ha tenido su máxima expresión, a nivel mundial, en el encuentro promovido por el Consejo Ecuménico de las Iglesias en Seúl en el año 1990 bajo el lema "Paz, justicia y defensa del creado" y, en clave más política, en el encuentro internacional de Rio de Janeiro en 1992.

La lista de los fermentos de vida y de libertad, de los movimientos en favor de la paz y de la justicia, también superaría los límites permitidos por nuestro breve dossier.

 

EL CONCILIO VATICANO II

Sin ninguna duda, y deseo afirmarlo con sinceridad, entre los sucesos de gracia que más han influido positivamente en este siglo, especial y directamente a la Iglesia Católica, pero también a toda la humanidad, se encuentra la celebración del Concilio Vaticano II.

Creo que aún no somos capaces de apreciar la gran transformación realizada en la conciencia y en la vida de la Iglesia por este Concilio Ecuménico, que se tuvo en Roma en los años 1962-1965 y que fue la gran obra de los papas Juan XXIII y Pablo VI.

Describir el significado y el impacto que tuvo este Concilio, y no sólo en el ámbito de la Iglesia Católica, sería una tarea ingente.

Una de las novedades positivas de este Concilio que deseo destacar es la Declaración sobre la Relación entre la Iglesia Católica y las demás Religiones.

Roshi Tairyu Furukawa, fundador y responsable del templo budista japonés dedicado a la memoria del doctor Albert Schweitzer y de quien hablaré más adelante, no duda en repetir continuamente que esta declaración inauguró una nueva época mundial de relación entre las diferentes religiones.

La novedad es que la Iglesia, desde entonces, se compromete a basar en el diálogo toda relación y todo encuentro con los demás.

Este nuevo estilo de relación entre las religiones, basado en el diálogo, es la premisa necesaria para que las religiones puedan influir positivamente en la paz y en la armonía de los pueblos de la tierra.

 

LA IGLESIA Y EL DIALOGO

El compromiso y la actitud profunda de diálogo de la Iglesia hacia las demás comunidades cristianas, hacia las otras religiones y hacia el mundo entero, es uno de los rasgos más importantes y característicos del Concilio Vaticano II.

El diálogo fue el tema central de la primera encíclica de Pablo VI, publicada el 6 de agosto de 1964, durante el Concilio y sobre el que influyó positivamente.

El diálogo fue el programa de la declaración conciliar "Nostra Aetate", aprobada el 28 de octubre de 1965, que propuso una nueva manera de relacionarse la Iglesia con las otras religiones y con el mundo.

Anteriormente, el 19 de mayo de 1964, Pablo VI había creado en Roma un "Secretariado para los No-Cristianos", o sea un organismo especial para coordinar y promover el diálogo entre la Iglesia Católica y las demás religiones.

Todo esto manifestó la importancia que la Iglesia daba al diálogo interreligioso, y cómo deseaba que el diálogo fuese una tarea fundamental y ordinaria en su servicio al Evangelio y al Reino de Dios en el mundo.

 

EN BUSCA DE CAMINOS

Fruto de la reflexión del Secretariado para los No-Cristianos fue la publicación de un documento titulado: "La actitud de la Iglesia frente a los creyentes de otras religiones" (10 de mayo de 1984). En él, además de darse las orientaciones fundamentales y de valor permanente para el diálogo interreligioso, se afirma el lugar central que el diálogo ocupa en el interior de la Misión de la Iglesia.

En 1989, este Secretariado se convirtió en "Consejo Pontificio para el Diálogo entre las Religiones". Aumentó así su autoridad para conducir a toda la Iglesia por el nuevo camino del diálogo.

Este Consejo, después de haber recogido las experiencias de los primeros decenios de actividad en el campo del diálogo, y en colaboración con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en 1991, publicó un documento muy importante titulado: "Reflexiones y Orientaciones sobre el Diálogo Interreligioso y el Anuncio del Evangelio de Jesucristo".

No hay que pensar que este organismo de la Santa Sede se limita a dar directivas, sino que está comprometido directamente en numerosas iniciativas para promover el diálogo entre las diversas religiones. Su presidente actual es el cardenal Arinze, un nigeriano, y su secretario el obispo Fitzgerald, un inglés.

Las actividades y los documentos que convergen en este organismo se publican en la revista "Pro Dialogo".

 

IGLESIA EN DIALOGO

¿Por qué os he contado todo esto? Por dos motivos.

Para que nos demos cuenta de la importancia de la elección del camino del diálogo interreligioso que ha hecho la Iglesia, un camino en el que ya no se puede volver atrás.

Y para indicar de manera resumida dónde se puede encontrar la motivación, la inspiración y la guía en esta tarea, no siempre fácil, del diálogo con las otras religiones.

Deseo que quede claro que el diálogo interreligioso no es una iniciativa privada de algunos misioneros, ni una opción personal. Es un compromiso tomado conscientemente por la Iglesia y es un compromiso que está modificando radicalmente la visión que ella tiene de sí misma e incidiendo profundamente en su Misión.

 

UN GRAN GESTO

Este nuevo compromiso de la Iglesia se puso de relieve en un gesto de gran valor simbólico, realizado por el Papa Juan Pablo II, en Asís el 27 de octubre de 1986.

En este día, y contestando a una invitación del Papa, representantes de las principales religiones, de todos los continentes del mundo, se reunieron en Asís, cuna de San Francisco, para celebrar juntos un día de oración y ayuno por la paz.

El Papa había pedido que, en señal de buena voluntad, aquel día cesasen los combates en los diversos frentes de guerra, abiertos como heridas en varias partes del mundo. Los periódicos nos contaron que, de hecho, en casi todos los conflictos bélicos se observó un día de armisticio en respuesta a la petición de Juan Pablo II.

El encuentro de Asís puso de relieve que el servicio a la paz y a la armonía es un aspecto importante del diálogo entre los creyentes.

 

BÚSQUEDA DEL INFINITO

Hay que decir sin embargo que el servicio a la paz, siendo un aspecto importante, no es el único en el diálogo interreligioso. El servicio a la humanidad en la búsqueda de la paz es parte esencial de la tarea de las religiones en el mundo, pero no la agota.

Las religiones, por su naturaleza, tienden hacia el Infinito, son búsqueda del Absoluto. Las religiones dan sentido a la existencia humana, la renuevan, la transforman, la orientan hacia su sentido más profundo, hacia aquello que da respuesta a las ansias más profundas del corazón humano.

Además, para el cristiano, es Dios quien suscita en el hombre las ansias de lo absoluto y es Él quien, en la historia humana, da a todos los pueblos y en todas las épocas signos de su presencia y de su amor. A Él están encaminadas todas las manifestaciones religiosas de las culturas humanas.

 

REINO DE DIOS

Los cristianos sabemos que Dios, en Cristo, se ha hecho hombre y ha revelado su proyecto de salvación para toda la humanidad.

Esta salvación, que Cristo ha anunciado como Reino de Dios, ya presente entre nosotros, implica ciertamente que se alcance la justicia, la paz y la fraternidad en la tierra, pero no se agota en estas realidades, las supera infinitamente. Cristo conduce a la humanidad hacia el encuentro y la total comunión de vida con Dios mismo.

Esto nos dice que entre la plena comunión con Dios, fin supremo de la existencia humana, y la anticipación terrena del Reino de Dios, del que la paz, la justicia y la fraternidad son elementos esenciales y a los que no se puede renunciar, no existe ninguna oposición, sino que se integran y se completan, forman parte de un mismo proyecto divino.

Así pues, el compromiso por la paz en el mundo, manifestado solemnemente en el encuentro de Asís, es una de las tareas fundamentales, aunque no la más importante, del diálogo interreligioso.

 

CONTINUADORES DE LA TAREA

Este aspecto característico del encuentro de Asís, fue asumido por una comunidad cristiana de Roma, la comunidad de San Egidio.

Esta comunidad, nacida en los años sesenta como compromiso de un grupo de jóvenes estudiantes para conjugar la escucha de la Palabra de Dios y la vida de cada día, está actualmente presente en varios países. Ha dado pruebas de una gran capacidad de organización ya sea en el campo social, entre los ancianos, los emigrantes, los marginados..., ya sea en el campo político, logrando, por ejemplo, sentar en una misma mesa el gobierno y la oposición armada de Mozambique, iniciando así el proceso de paz en aquel país.

La comunidad de S. Egidio cada año organiza, en ciudades diversas, un encuentro de los representantes de las más importantes religiones en el que se reflexiona y se reza por la paz en el Mundo. En 1989 este encuentro fue en Varsovia, al año siguiente en Malta, luego en Bruselas y en Milán, en 1994 se volvió a Asís para renovar el "gesto simbólico" y el compromiso iniciado por Juan Pablo II.

 

TAREA URGENTE

El compromiso de las religiones por la paz, es una tarea fundamental y urgente.

Pensemos en India donde se contraponen violentamente los radicales hindues y musulmanes. En Sri Lanka se enfrentan sangrientamente la etnia tamil con la singalés, unos budistas otros hindúes. En Bosnia la incapacidad de las religiones para contribuir a solucionar el conflicto bélico está a la vista de todos.

Pero, para que las religiones puedan comprometerse eficazmente al servicio de la justicia y de la paz es necesario recorrer un largo camino que lleve a los creyentes a conocerse mutuamente y a crear entre ellos lazos de unión y sentido de común responsabilidad.

Al conocimiento mutuo, al encuentro y a la colaboración es a lo que tiende el "diálogo de vida" entre personas de religiones diferentes que viven juntos en un mismo lugar y que juntos deben afrontar y resolver unos mismos problemas. La colaboración es inicio de diálogo.

 

¿INTOLERANCIA?

Durante siglos y siglos, los creyentes en religiones distintas se han ignorado entre ellos, e incluso, lo que es peor, se han enfrentado. La historia está llena de guerras en las que se ha usado la fe como excusa o arma arrojadiza.

El diálogo quiere superar esta situación de desconfianza mutua, intenta lograr que la religión sea un motivo de estima mutua y de compromiso común. Es un camino largo y lleno de obstáculos que superar, pero es un camino posible.

Los principales obstáculos que el diálogo, como estilo de relación entre las religiones, encuentra son: la intolerancia y la indiferencia.

La intolerancia es la actitud de quien no sabe aceptar lo diferente, de quien no sabe distinguir entre la persona y sus ideas, de quien tiene miedo del otro. Es el obstáculo más evidente que se opone al diálogo, al encuentro y a la colaboración entre las religiones. ¡Existe tanta intolerancia en nuestra sociedad!

Y, a veces, la intolerancia pretende ser consecuencia de la fe: "Dado que el otro profesa unas ideas religiosas distintas de mi fe, yo, en nombre de la verdad de mi fe, lo combato". Dicen, en su intransigencia, que "como el error no tiene derecho a existir, debo eliminar quien lo difunde". Es una postura muy frecuente, incluso fue defendida en el seno de la Iglesia en los siglos pasados, pero es una postura opuesta al Evangelio. El Concilio Vaticano II, en su declaración sobre la libertad religiosa, ha planteado el problema de una manera nueva, revolucionaria. No se pregunta si el error tiene derecho a existir, sino si el hombre tiene el derecho a buscar libremente la verdad sin tener que sufrir coacciones externas.

Planteado así el problema, el Concilio afirma el derecho y el deber que cada persona tiene de buscar libremente la verdad. Se admite y se acepta, pues, la posibilidad de que el hombre se equivoque en esta búsqueda.

 

RESPETO Y SIMPATÍA

Hoy la Iglesia reconoce el derecho de cada uno a ser respetado en su camino de búsqueda, incluso cuando este camino comporta, inevitablemente, errores. Y de este derecho nace el deber de respetar a quien busca la verdad, incluso cuando buscándola se equivoca. Los cristianos debemos, pues, excluir todo tipo de intolerancia hacia cuantos profesan ideas, incluso religiosas, diferentes a las nuestras.

Pero la enseñanza de la Iglesia va más allá de esta posición de respeto. Siguiendo la senda trazada por el Concilio, se indica la necesidad de tener un sentimiento de auténtica simpatía por las grandes tradiciones religiosas en las que se ha sedimentado la experiencia religiosa de la humanidad.

Enseña también a saber buscar y reconocer las "semillas de la Palabra" (signos de la presencia de Dios) que se encuentran en todas las religiones.

 

DIALOGO Y MISIÓN

Un texto importante de esta enseñanza lo encontramos en la encíclica de Juan Pablo II sobre la Misión de la Iglesia.

Dice el Papa:

El diálogo es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu que "sopla donde quiere".

Con él la Iglesia trata de descubrir las "semillas de la Palabra", el "destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres", semillas y destellos que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad.

El diálogo se funda en la esperanza y en la caridad, y dará frutos en el Espíritu.

Las otras religiones constituyen un desafío positivo para la Iglesia de hoy; en efecto, la estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la presencia de Cristo y de la acción del Espíritu como a profundizar la propia identidad y a testimoniar la integridad de la Revelación de la que es depositaria para el bien de todos. (Redemptoris Missio 56).

La Iglesia desea, pues, que sus miembros superen toda actitud de intolerancia hacia los seguidores de otras religiones. Los cristianos deben considerar estas religiones como lugar donde, como en una semilla, Cristo está presente y donde el Espíritu Santo está actuando.

El interés que la Iglesia tiene por el diálogo con las otras corrientes religiosas nace del reconocimiento de la presencia de Dios en ellas. En ellas hay signos de la revelación de Dios y de su presencia misteriosa en la historia del mundo, y esto a pesar de las deformaciones que la ignorancia o la pasión de los hombres puedan haber introducido.

Se puede afirmar, pues, que las grandes tradiciones religiosas de la humanidad son como una especie de Antiguo Testamento de los Pueblos, que Cristo vino no a destruir sino a perfeccionar.

 

¿INDIFERENCIA? ¿DESINTERÉS?

El otro gran obstáculo al diálogo es la indiferencia.

La indiferencia, muchas veces, se disfraza de "respeto" hacia las otras religiones. Es una manera de no comprometerse, afirmando que todas las religiones son iguales. En realidad lo que hace es negar a cada una de las religiones su identidad propia. No se reconoce que cada religión tiene su importancia en el camino de la humanidad.

"Son todas iguales" se dice y, luego, la conclusión, pretendidamente lógica, es que "ninguna de ellas es necesaria", que "se puede prescindir de ellas".

Esta actitud, además, excluye la posibilidad de que Dios mismo haya trazado para nosotros el camino en el cual podamos encontrarlo, y que, viniendo Él mismo hacia nosotros, nos pueda indicar el camino que conduce hacia Él.

La indiferencia es, de hecho, una actitud de desinterés hacia la religión como tal, de no compromiso. La indiferencia se convierte en insulto hacia las religiones, ya que niega lo especifico de cada una de ellas y su reivindicación de autenticidad única e irreductible.

De hecho la indiferencia hace inútil el diálogo mismo ya que lo convierte en una actividad sin finalidad y sin sentido.

Es así que la indiferencia, lo mismo que la intolerancia, aunque por caminos opuestos, destruyen el diálogo.

 

TESTIMONIO Y VIDA

Y es justamente porque a las religiones hay que tomarlas en serio, como profundas experiencias humanas de la respuesta a la acción de Dios en la humanidad, que es necesario salvar lo especifico de cada una de ellas y saber escuchar su testimonio.

Pero también es necesario saber dar a sus seguidores el testimonio sincero y convencido de la propia experiencia personal de fe.

Por ello, el respeto y la simpatía hacia la religión del otro deben ir acompañados siempre por el testimonio de la propia fe y por el anuncio, humilde pero convencido, de la Buena Noticia de Jesucristo. El diálogo y el anuncio del Evangelio no sólo no se excluyen sino que se exigen mutuamente.

Es lo que afirma, en la encíclica sobre la Misión, Juan Pablo II:

"(Del respeto hacia la acción del Espíritu Santo) deriva el espíritu que debe animar el diálogo en el ámbito de la misión.

Cada uno debe ser coherente con las propias tradiciones y convicciones religiosas y abierto para comprender las del otro, sin disimular o cerrarse, sino con una actitud de verdad, humildad y lealtad, sabiendo que el diálogo puede enriquecer a cada uno.

No debe darse ningún tipo de abdicación ni de irenismo, sino el testimonio recíproco para un progreso común en el camino de búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y malentendidos.

El diálogo tiende a la purificación y conversión interior de la persona, que, si se alcanza con docilidad al Espíritu, será espiritualmente fructífera". (Redemptoris Missio 56).

Así pues, el diálogo se coloca en la Misión de la Iglesia como el testimonio de la propia fe, como anuncio del Evangelio de Jesús a los hermanos de las otras religiones, pero, también, como escucha respetuosa de la experiencia y del testimonio del otro, como un continuo intercambio de dones.

En el diálogo cada uno ofrece al otro los tesoros de su propia herencia religiosa. En este intercambio de dones el cristiano ofrece al otro su alegría de haber encontrado a Cristo y de haber, en Cristo, conocido el proyecto de Dios hacia el mundo.

El diálogo forma parte, pues, de la gran tarea de la Iglesia, de su misión de anunciar el Evangelio.

La novedad actual es haber descubierto nuevas exigencias: hay que partir de la cultura de los hombres y de sus variadas experiencias religiosas, para injertar en ellas el Evangelio y para permitir así que, en la Iglesia, surjan nuevas experiencias de vida cristiana.

 

DIFICULTADES HISTÓRICAS

Por desgracia, no siempre ha sido así en la historia de la misión. Hay que reconocerlo.

Sin embargo, ya el Papa Gregorio Magno había sugerido el diálogo como camino de evangelización a Agustín y a sus monjes cuando fueron enviados a Inglaterra para anunciar allí el Evangelio.

Pero, la mentalidad de los tiempos ha impedido muchas veces este camino de evangelización.

Un infeliz caso de falta de diálogo con las culturas y con las religiones se produjo en el siglo XVII con la "controversia de los ritos".

Los misioneros jesuitas, culturalmente bien preparados, habían adoptado en las misiones de Asia una actitud de atención y de acogida de las tradiciones religiosas locales. Recordemos los nombres de algunos que en esta linea fueron grandes misioneros: el P. Matteo Ricci en China, el P. Valignano en Japón y el P. Roberto De Nobili en India.

Pero, algunos miembros de la Iglesia, tal vez menos preparados, sin duda alguna menos abiertos, los acusaron de amenazar la pureza de la fe cristiana introduciendo en ella elementos paganos.

La polémica llegó a Roma y, por desgracia, el juicio fue desfavorable para los misioneros jesuitas que tuvieron que interrumpir su experiencia de diálogo interreligioso.

 

EL DIÁLOGO EN ASIA

Tal vez ésta es una de las causas del fracaso, por lo menos aparente, en la evangelización de Asia.

En este enorme continente y a pesar de siglos de esfuerzo misionero, el cristianismo es todavía un pequeño fenómeno, minoritario y sentido como algo extranjero por la mayoría de la población. En cierta medida se puede decir que el cristianismo aún no ha llegado a Asia, ya que Asia aún no lo ha acogido como algo suyo.

Si pensamos que Asia es el mayor continente donde vive la mayor parte de la población mundial, con tradiciones religiosas y culturales muy antiguas, con un potencial político y económico enorme, fácilmente podemos prever que Asia será el centro de la vida del planeta en el futuro.

Los pocos resultados obtenidos en la evangelización de este continente hacen que Asia sea el mayor problema en la historia de la misión y una gran tarea pendiente para la Iglesia de nuestros días.

¿Por qué el cristianismo no ha logrado echar raíces en Asía? ¿Es que el Evangelio no esta hecho para Asía? ¿Es que los pueblos asiáticos no son capaces de acoger la Buena Noticia del Amor de Dios? O, ¿es que, tal vez, los misioneros han sido menos numerosos o menos generosos en Asia que en los otros continentes?

Creo que ninguna de estas preguntas es aceptable. Entonces, ¿hay una explicación?

Tal vez, la causa del fracaso de la Misión en Asia se deba a la falta de "inculturación" del Evangelio, o sea, a la falta de diálogo sincero y respetuoso con las profundas culturas y las ricas tradiciones religiosas de aquellos pueblos.

Dada la enorme riqueza de las tradiciones culturales y religiosas de este continente, la falta de diálogo con ellas ha hecho imposible que el Evangelio fuese acogido.

 

TAREA MISIONERA

Juan Pablo II ha propuesto Asia como el lugar prioritario para la tarea misionera de la Iglesia.

Actualmente, la Iglesia en Asia es consciente de la necesidad de diálogo con la tradición cultural de sus pueblos. Es evidente para todos que sólo en un clima de diálogo se puede, correctamente, presentar el mensaje del Evangelio y éste podrá ser acogido en Asia.

Ya en 1970 los obispos de Asia propusieron como prioridad de su programa misionero el diálogo en tres vertientes: diálogo con la cultura, con la religión y con los pobres.

Este programa ha guiado la acción de la Iglesia en estos últimos 25 años y ha sido ratificado en 1995 durante la visita del Papa a Manila.

Es un programa que compromete a toda la Iglesia de Asia y para llevarlo a termino necesita de la colaboración de todos, sea de los cristianos locales como de los misioneros que desean ayudar a la Iglesia local en la tarea de evangelizar a este gran continente.

Los misioneros que trabajan y que en el futuro trabajarán en Asia no podrán prescindir de esta opción fundamental que ha tomado la Iglesia en favor del diálogo entre las religiones.

 


La Montaña de la Vida

Un Centro de encuentro y de camino hacia Dios

"Seimeizan" es el nombre de una casa de oración y al mismo tiempo centro de diálogo interreligioso; es también la residencia de una comunidad de misioneros javerianos en Japón, allí se encuentra, viviendo su misión, el javeriano P. Francisco Sottocornola que nos presenta su experiencia en este dossier.

Seimeizan se fundó en 1987 en una colina de Heboura, pequeño poblado agrícola en la provincia de Kumamoto, en la isla de Kyushu al sur del archipiélago japonés.

Desde el principio de mi actividad misionera en Japón pensé que mi presencia en este país debía basarse en la creación de un centro de oración abierto a todos, cristianos y no cristianos.

En ello influyeron dos factores decisivos: las orientaciones de la Iglesia en Asia y el encuentro con un hombre excepcional, el bonzo Furukawa.

 

LAS ORIENTACIONES DE LA IGLESIA ASIÁTICA

En 1978, año en que llegué a Japón, se celebró en Barrackpore (India) la segunda asamblea de los obispos de Asia. El tema de dicha asamblea fue: "La oración, Vida de la Iglesia en Asia".

En la declaración final, junto con una apremiante llamada a la necesidad de inculturarar la espiritualidad cristiana en Asia y al compromiso en el diálogo interreligioso, los obispos decían:

"Reconociendo el rol vital que la oración tiene para el desarrollo integral de la persona humana y para la renovación de la vida cristiana del Pueblo de Dios, es necesario animar y promover la creación de comunidades contemplativas y de centros de oración y de espiritualidad insertados en el contexto cultural y espiritual de Asia".

En aquellos días, los Misioneros Javerianos preparábamos el Capitulo Regional de Japón y habíamos creado una comisión de estudio para la aplicación de las orientaciones dadas por los obispos asiáticos.

Nuestra búsqueda nos hizo ver la importancia que la Iglesia daba al diálogo interreligioso, a la inculturación del cristianismo y al descubrimiento de la dimensión espiritual en la vida de la Iglesia.

Esta situación me animó a crear, como nuevo camino de la misión, una casa de oración "interreligiosa", abierta a todos y fuese cual fuese su confesión religiosa.

 

UN ENCUENTRO PROVIDENCIAL

Hablé de mi proyecto, después de haberlo consultado con la comunidad javeriana, con el obispo de Osaka, Mons. Pablo Yasuda, en cuya diócesis me encontraba desarrollando mi actividad misionera.

El obispo me animó ofreciéndome un terreno en el que podía construir el centro. Creí llegad la hora de poner manos a la obra.

Providencialmente, en aquellos días conocí un bonzo budista llamado Tairyu Furukawa, hombre abierto al diálogo y de profundísima espiritualidad. Él había fundado un templo budista dedicado a un cristiano famoso: el doctor Albert Schweitzer, misionero entre los leprosos de Africa.

Decidimos así que era oportuno construir nuestro centro de oración cerca del templo budista del bonzo Furukawa, que se encontraba a unos 700 kilómetros al sur de Osaka.

Durante un año viví en su templo, participando a la vida cotidiana y al trabajo de su familia; quería poder conocer más de cerca el Budismo que hasta entonces sólo conocía a través de los libros.

 

MONTAÑA DE LA VIDA

Durante aquel año comenzamos a construir de la "Casa de oración y de encuentro interreligioso", que bautizamos "Seimeizan", que significa: "Montaña de la Vida", y es el nombre del vecino templo budista, dedicado a la memoria del doctor A. Schweitzer.

Fue así que, respetando mutuamente la fe de cada uno y poniendo en común nuestra experiencia religiosa, nació una nueva realidad formada por el Centro Cristiano y el Templo Budista, reconocidos como un único ente jurídico y religioso, dedicado a la oración y al diálogo interreligioso.

 

UNA CASA DE ORACIÓN

La inauguración de Seimeizan se efectuó solemnemente el 23 de Noviembre de 1987.

Seimeizan quiere ser una respuesta a las necesidades de la Iglesia en Asia y un camino para desarrollar en este continente la tarea misionera.

La Iglesia, en su magisterio, indica la urgencia de proceder al diálogo de la "experiencia religiosa", en el que personas radicadas en sus propias tradiciones y en su propia fe, comparten sus riquezas espirituales, su vida de oración y de contemplación, junto con los caminos que están recorriendo en la búsqueda de Dios o del Absoluto.

Seimeizan es pues una "Casa de oración" abierta a todos, sin distinción de religión.

Suelen ser varios centenares de personas las que cada año se hospedan en nuestra casa para compartir con nosotros, durante algunos días, semanas o meses, nuestra oración.

Y son millares los que suben unas horas a nuestro centro para encontrar aquí un lugar y un tiempo de silencio, de armonía y de contemplación .

Nuestra oración, que marca el ritmo del día en nuestra comunidad, intenta adaptarse a la tradición cultural japonesa. Tenemos en cuenta la presencia entre nosotros de los no cristianos, siempre numerosos, y por lo tanto respetamos y valorizamos su tradición religiosa basada en el Sintoísmo y en el Budismo.

 

RIQUEZAS DEL SINTOÍSMO

El Sintoísmo es la religión original de Japón y de su emperador.

La creación del mundo y su armonía aparecen en su mitología, y el centro de su espiritualidad está basado en la contemplación religiosa de la naturaleza como manifestación de la divinidad.

Allí donde el japonés descubre la belleza o la fuerza de la naturaleza se construye un templo o un arco, que indica a todos la presencia de un camino invisible, a través de la belleza, hacia el Absoluto.

La principal manifestación de la divinidad en el Sintoísmo es el Sol, reconocido como principio de vida y origen de la dinastía imperial japonesa.

Respetando esta sensibilidad, la oración de la mañana la realizamos en un lugar abierto, hacia levante, desde donde contemplamos la salida del Sol. En este marco, el canto de Zacarías, que saluda al Mesías como "Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en las tinieblas y en la sobra de la muerte", adquiere un sentido particular.

La oración de la tarde, también la hacemos en un lugar abierto, pero hacia poniente, contemplando el lento ocaso del sol sobre el mar.

En nuestra oración, los largos momentos de silencio, la recitación pausada de los salmos y la contemplación de la naturaleza se compenetran armónicamente en un único acto religioso. Recuperamos, así, bajo el influjo del Sintoísmo, la antigua tradición cristiana que colocó los dos momentos más importantes de oración a la salida y a la puesta del sol.

El emplazamiento mismo de las construcciones de nuestro centro, con la belleza del paisaje, el verde de los bosques, el azul del mar, la majestuosidad del volcán Aso que se levanta al fondo del valle... nos habla de la presencia de Dios creador , nos invita a la alabanza y nos ayuda en la oración.

La fuente de agua donde nos lavamos las manos antes de la oración, según la costumbre sintoísta, la atención al ritmo de las estaciones y la contemplación de la naturaleza, son elementos que hacen que el japonés encuentre aquí un lugar que sintoniza con su psicología, su cultura y su espiritualidad.

Así, en nuestro centro, la oración cristiana se expresa y realiza según el lenguaje cultural japonés.

 

DIÁLOGO CON EL BUDISMO

Nuestros contactos son sobre todo con el ambiente budista.

Los japoneses son a la vez sintoístas y budistas. La población donde se encuentra nuestro centro de oración es de tradición budista, de la corriente Jôdo Shinshû que significa Religión de la Tierra Pura. También nuestro vecino, el bonzo Furukawa, sigue esta corriente budista que tiene su origen en las enseñanzas de Shinran, monje japonés que vivió en el siglo XIII.

La característica principal de esta escuela budista es el considerar la fe como camino de salvación. Sus manifestaciones religiosas se basan en la contemplación del "rostro misericordioso de Amida" el Boddhisattva que quiere salvar a todos los seres, con especial predilección hacia los más pecadores.

La fe se expresa con la invocación de su nombre en una formula japonesa que puede escribirse "Namu Amida Butsu". Esta invocación (Nenbutsu) del nombre de Amida constituye el acto de devoción y de culto principal, y casi exclusivo, del Budismo de la Tierra Pura.

 

"NEMBUTSU" CRISTIANO: ¡EMANUEL, AMÉN!

En nuestra comunidad de Seimeizan, tenemos un tiempo de oración por la tarde que sigue el mismo ritmo de la invocación de Amida. Después de la lectura de algunos textos bíblicos repetimos, como en una letanía, la invocación cristiana: "Emanuel. Amén". Fue el mismo bonzo Tairyu Furukawa quien me sugirió este modo de rezar.

De hecho, un día Furukawa estaba leyendo un libro que narraba la historia de un seguidor del budismo de la Tierra Pura que se había convertido al cristianismo y había sido pastor anglicano.

Toda su vida había sido un férvido creyente y después de su conversión fue un auténtico cristiano enraizado en la fe cristiana. Sin embargo, siempre había sentido nostalgia por el rezo del Nenbutsu.

Un día, leyendo el texto del capítulo 7 de Isaías, tuvo la intuición que el nombre del Mesías "Emanuel" correspondía a cuanto el Nenbutsu decía a los budistas devotos de Amida.

Más aún, Cristo había encarnado el "rostro de Amida", ya que Él manifestaba concretamente la voluntad misericordiosa de Dios de salvar a la humanidad.

Desde aquel día él empezo a recitar la invocación "Emanuel. Amén" con el mismo ritmo y acompañado del sonido del "Mokugyo", como hacen los bonzos budistas en sus templos.

Fue así como su fe cristiana encontró una manera de expresarse que resolvía su nostalgia y conciliaba sus raíces budistas con el Evangelio de Jesús Salvador.

Tairyu Furukawa, me mostró el libro, y lleno de entusiasmo me dijo: "Este es el Nenbutsu cristiano, ¿por qué no lo recitas también tú?"

Logró contagiarme su entusiasmo y le prometí que a partir de aquel momento en nuestra casa de oración habríamos recitado el "Nenbutsu cristiano" que el me sugería.

Y así fue desde entonces. Durante la oración de vísperas del primer domingo de adviento de 1987, invité a Furukawa con su familia a nuestro centro y le pedí que entonase por primera vez el "Nenbutsu cristiano" que me había sugerido: "Emanuel. Amen".

Desde aquel día, en el Seimeizan, por la tarde se realiza este pequeño momento de oración con la invocación en forma de letanía del Emanuel incorporada a la oración de los fieles. La fe cristiana se expresa así en la cultura japonesa.

 

SILENCIO Y ESCUCHA

Otra forma de oración muy difundida en el Budismo, y conocida también en Europa, es el Zen.

El acto de culto central en esta corriente budista es la meditación silenciosa del Absoluto. Se realiza estando sentados en la posición conocida como "loto" (con las piernas entrecruzadas, con el cuerpo derecho, los ojos fijos en un punto, la mano izquierda sobre la palma de la mano derecha).

Cada día por la mañana, nuestra comunidad dedica media hora a la meditación "Zazen". Pueden participar en ella, si lo desean, los huéspedes presentes en nuestra casa. Esta es otra forma de expresar nuestra fe y de realizar la meditación cristiana de la revelación bíblica, enriqueciendo esta práctica con la cultura y la sensibilidad japonesas.

 

LA MISA Y LA CEREMONIA DEL TÉ

La cultura japonesa se caracteriza por el gusto y la sensibilidad hacia los ritos. Los japoneses son unos artistas del rito. Para darse cuenta de ello basta mirar a dos viejecitas saludándose en una estación del tren: sus repetidas reverencias, en las que se expresa la profundidad de su relación, parecen momentos de una danza en miniatura.

Una de las manifestaciones culturales japonesas más exquisitas la constituye la llamada, por los occidentales, "ceremonia del té" que los japoneses conocen como "camino del té", expresión que parece querer decir "espiritualidad del té".

Fue Sen Rikyu quien en el siglo XVI, estableció las reglas y el estilo de este rito que, en dos modalidades distintas, se han transmitido por generaciones hasta nuestros días.

Parece seguro que Sen Rikyu tuvo contactos con el cristianismo ya que hay pruebas que en su familia había cristianos. Por lo que parece posible que haya una influencia del rito de la Misa Católica en la ceremonia del té organizada por él.

Lo que es seguro es que existe, más allá de las suposiciones, correspondencia espiritual entre "el camino del té", definido como "un encuentro de amigos para compartir una taza de paz", y la espiritualidad de la Celebración Eucarística.

En ambos ritos la comida es profundamente simbólica: es un momento de encuentro, de comunión y de experiencia espiritual.

La espiritualidad de la ceremonia del té se inspira en cuatro grandes principios que en japonés se dicen: Wa - Kei - Sei - Jaku, que podemos traducir como armonía - respeto - pureza - sencillez. Y estos cuatro principios manifiestan el corazón de la cultura japonesa.

Creo que en este rito simbólico de la espiritualidad japonesa es posible entrever una preparación al "Misterio Eucarístico" o por lo menos es posible injertar la celebración de la "Cena del Señor" en el fértil terreno cultural de este rito.

Así pues, la celebración de la Misa en nuestro centro Seimeizan quiere reproducir el estilo y, sobre todo, la atmosfera característica de la ceremonia del té.

Puesto que el estilo de construcción de nuestro centro se inspira en la arquitectura japonesa, también el lugar donde celebramos la Eucaristía tiene el suelo de "tatami" o sea de esteras de paja de arroz tan usadas en Japón. Rezamos y celebramos la Eucaristía sentados sobre estas esteras, según el característico modo que tienen los japoneses de hacerlo.

El rito de la Misa, que celebramos cada día, está inspirado en los varios elementos culturales que he comentado. Los obispos de Japón han aprobado dicho rito para la celebración de la Eucaristía en lugares como nuestro centro de oración.

Así pues también este momento, que es el más importante de la vida de cada día en nuestra comunidad, se desarrolla en la búsqueda de diálogo con la cultura y la tradición espiritual de Japón.

 

CONTACTOS Y ENCUENTROS

La actividad misionera de nuestra comunidad de Seimeizan consiste sobre todo en la búsqueda de lugares y ocasiones de contacto donde poder "vivir" el diálogo.

El primer lugar de contacto, evidentemente, es el Templo Schweitzer. Son muchos los encuentros y las actividades realizadas conjuntamente durante el año.

Cada mes participamos en las reuniones de los discípulos del bonzo Furukawa con su maestro. En estas reuniones siempre nos piden que les presentemos un aspecto concreto del cristianismo.

Participamos también en los peregrinajes de reconciliación que, cada dos años, Furukawa conduce a China, a los lugares donde el ejercito japonés realizó los mayores masacres de población durante la Segunda Guerra Mundial.

Estos peregrinajes de paz, desde hace varios años, ven unidos, gracias a nuestra participación, a budistas y a cristianos en un afán de reconciliación entre los descendientes de los verdugos japoneses y de las víctimas chinas.

Dos veces he acompañado a Furukawa y a su familia a Europa.

Su deseo era encontrar las comunidades cristianas de nuestro continente. En estos viajes ha podido hablar en algunas Iglesias, en las Universidades e incluso en algunos seminarios.

Durante el primer viaje a Europa pude presentarle al Papa. Fue un momento de intensa emoción. Las fotografías de aquel encuentro adornan ahora las paredes de la sala de reuniones del templo budista Schweitzer.

 

NUEVOS AMIGOS

Pero nuestros encuentros no se limitan a la comunidad del Templo Schweitzer. Hemos establecido una red de amistades con los responsables de otros templos budistas de la región.

Uno de ellos es un anciano bonzo, el reverendo Sawa, responsable del Templo Kanzeon de Takezaki, en la provincia de Saga. Su templo sigue la corriente budista llamada Shingon.

Cada año este bonzo nos invita a la fiesta tradicional de bendición del mar. Se trata de una procesión de barcas por la bahía en la que participamos budistas y cristianos. El reverendo Sawa, por su parte, participa con su comunidad en algunas actividades de nuestro centro de oración.

También solemos participar en las fiestas anuales de otro templo budista, el Templo Sainen, perteneciente a la corriente budista de la Tierra Pura.

Hemos establecido además lazos de intensa amistad con el bonzo del Templo Kiyomizu que se encuentra en Yame. Este templo pertenece a una corriente budista llamada Tendai. El inicio de la amistad con el bonzo responsable de este templo, el reverendo Nabeshima, se debe a que su mujer es católica.

Nuestra relación empezó cuando el bonzo acompañó a su mujer y a sus hijos a nuestro Seimeizan para pasar y celebrar con nosotros el día de Navidad.

 

MIEMBROS DE UN PUEBLO

Además de estos contactos con Templos Budistas y también con Templos Sintoístas de la zona, mantenemos muchos contactos con los habitantes del poblado cercano a nuestro centro, que son en su totalidad budistas.

Se trata de un pequeño poblado agrícola y sus habitantes consideran a nuestro Seimeizan como el templo de su comunidad.

Más de una vez las mujeres del poblado en su fiesta anual, a la que invitan siempre un bonzo, me han pedido dirigirles el discurso oficial y escribir el nombre de los difuntos en el libro oficial. Este es un acto muy importante en su cultura y que, en la tradición, lo realiza un "hombre de Dios".

También los ancianos del poblado tienen su reunión anual. Actualmente para celebrarlo suben a nuestro centro y viven una jornada de oración con nosotros.

Otro momento importante de encuentro es el día de Navidad que organizamos en nuestro centro para los niños del poblado.

Una de las hermanas de nuestra comunidad, junto con el otro padre, se encargan de mantener los contactos con el poblado. Visitan regularmente a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a los internos del hospital para enfermos mentales.

Desde el inicio de nuestra presencia colaboramos con el Templo Schweitzer en la construcción de un centro de disminuidos físicos en la zona. Todo esto constituye el llamado "diálogo de vida".

Naturalmente tenemos también frecuentes contactos con la comunidad cristiana de la zona cuyo responsable es el P. Luis, otro misionero javeriano.

 

NUESTRA COMUNIDAD

La comunidad permanente en el Seimeizan está compuesta por cinco personas: tres hermanas misioneras, dos de ellas japonesas, y dos sacerdotes, ambos misioneros javerianos.

En la comunidad cada uno tiene su tarea especifica en los varios campos de actividad que desarrollamos: acogida de los huéspedes, cocina y servicio en el comedor, relaciones con los templos y comunidades budistas o sintoístas, relación con los habitantes de la zona...

Todos participamos en los servicios normales de la casa como son la limpieza, el mantenimiento de la misma, el jardín...

La oración, el trabajo y la acogida de los visitantes ritman nuestra vida de cada día.

Gran parte de nuestra jornada transcurre en el silencio. No poseemos televisión, ¡cosa inaudita en Japón! Queremos ser como la naturaleza que nos envuelve en este magnifico paisaje: un silencio elocuente de la presencia de Dios y signo, para los que nos visitan, de su Amor.

Queremos que nuestro Seimeizan sea un lugar de encuentro personal en el que se comparten las diversas experiencias religiosas. Un lugar en el que Dios pueda realizar su obra en nuestro corazón.

Es así como intentamos servir a la Iglesia Misionera en su enorme tarea de diálogo interreligioso.

 

EL GRUPO DE KUMAMOTO

Hace ya tres años que dimos inicio a un grupo de diálogo interreligioso en la ciudad de Kumamoto, que se encuentra a unos 25 kilómetros de Seimeizan.

Empezó con unas charla dedicadas al diálogo en la que intervino también el reverendo Furukawa. Al final de la misma propusimos a los participantes, unas 200 personas, formar parte de un grupo interesado en el diálogo interreligioso. Unos cincuenta dieron sus nombres, la mayoría eran cristianos, ya que la iniciativa nació de la comunidad parroquial del lugar.

Con ellos mantenemos un encuentro cada dos meses. Hasta ahora hemos estudiado los documentos más importantes de la Iglesia sobre el diálogo interreligioso. También hemos empezado a estudiar las otras religiones pidiendo a los representantes de las mismas que nos introduzcan en ellas.

Tenemos proyectado realizar alguna actividad en la que puedan participar personas de otras religiones presentes en la zona.

En el mes de Septiembre de 1993, con este grupo organizamos en nuestro centro, una jornada interreligiosa de oración por la paz, en la que participaron representantes de nueve tradiciones religiosas diferentes. Cada grupo ofreció a los demás un tiempo de oración implorando el don de la paz en la que todos nos comprometimos a vivir y a actuar.

Estos encuentros de oración por la paz han continuado y actualmente son ya una tradición en la región. La oración nos conduce a la paz.

 

esperanzas de futuro

Nuestros corazones están llenos de proyectos, sería muy largo si quisiéramos explicar todo, como sería largo recordar y narrar tantos otros detalles que forman parte de nuestra pequeña historia.

Lo que os he contado quiere ser solo un pequeño testimonio de lo que vivimos, y un signo de lo que puede ser la tarea del diálogo en la enorme Misión que la Iglesia tiene en el mundo al servicio del Reino de Dios.

Ciertamente la tarea misionera es cada vez más exigente y ardua como es cada vez más exigente y arduo el camino de la historia humana.

Es urgente el anuncio del Evangelio a todos los pueblos y el diálogo interreligioso es parte de este anuncio, es parte de la misión evangelizadora que tiene la Iglesia, como nos ha recordado Juan Pablo II en su encíclica sobre las misiones.

 

TAIRYU FURUKAWA

Ha llegado el momento de hablaros del fundador y responsable del templo budista al que está asociado el centro "Seimeizan" y, además, colaborador en la tarea del centro.

Ya lo he mencionado varias veces. Es el reverendo Tairyu Furukawa, bonzo budista japonés, un gran creyente, un hombre comprometido con el Movimiento de Solidaridad con China y también con la Asociación contra la pena de muerte.

Es un bonzo muy interesado en el diálogo interreligioso, lo que le ha llevado a asociarse con nosotros, para crear el Centro de Diálogo Interreligioso formado por el Templo budista que él regenta y por el Centro de Oración "Seimeizan" regentado por los misioneros javerianos.

El mismo nos cuenta el hecho que transformó su vida:

Un momento importante en mi vida fue el día 8 de Diciembre de 1989, cuando Ishii fue puesto en libertad tras 42 años y 7 meses de prisión esperando la ejecución de su condena a muerte.

Ishii y su amigo Nishi habían sido acusados de atacar un banco con el resultado de asesinato múltiple, por lo que ambos habían sido condenados a muerte.

Según la ley japonesa, los condenados a muerte deben ser ajusticiados en el mismo año en que se dicta la sentencia. Pero, en el caso de que sea presentada una "petición de suspensión" de la sentencia, el condenado no puede ser ejecutado hasta que tal petición no tenga respuesta.

Naturalmente, en el caso de Ishii y Nishi fue presentada la petición. Pero este procedimiento sólo tiene el efecto de retrasar la ejecución capital. La pena que les aguardaba era motivo de gran angustia para los dos condenados.

En Japón, cuando la sentencia de muerte es dictada por el Tribunal Supremo, apenas los documentos están listos se pasa a la inmediata ejecución. Aún así, la modalidad de recurrir al Supremo ofrece la oportunidad de que puedan aparecer nuevas pruebas que demuestren la inocencia del acusado y que el Tribunal vuelva a examinar el caso. Si se pretende liberar al condenado es el mejor procedimiento a seguir.

Desde que se dictó la primera condena a muerte, Nishi e Ishii insistieron en su inocencia, pero no les creyeron ni los jueces ni la opinión pública. Era el año 1947, recién acabada la II Guerra Mundial, y se llegó a la sentencia definitiva.

En aquel período empecé a tener contacto con ellos como capellán budista de la cárcel. Cuanto más les conocía, más estaba convencido de su inocencia.

Incapaz de abandonarles a su destino, inicié un movimiento por la liberación de los dos condenados a muerte. Era el año 1961.

Tras 28 años desde el inicio del movimiento, Ishii finalmente ha sido liberado. La meta ya ha sido conseguida.

Esta acción, que realicé solo, permitió que me diese cuenta de una realidad de mi país. Por desgracia, los budistas tendemos a no comprometernos en problemas sociales de este tipo. Cosa que, en cambio, sí hacen, como me di cuenta más tarde, los cristianos.

El budista está dispuesto a ayudar espiritualmente a los necesitados, pero no a comprometerse en una actividad de sensibilización pública para hacer reconocer la posible inocencia de un condenado y obtener su liberación.

Estando así las cosas, como bonzo-capellán de cárceles fui el primero en iniciar un movimiento de liberación de los dos condenados a muerte. No tuve el apoyo ni de los budistas ni de los otros bonzos-capellanes de cárceles, por lo que tuve que seguir solo y sin apoyos.

Durante largos años me he metido de lleno en esta actividad, implicando a mi familia y afrontando batallas y dificultades de todo tipo que sería imposible explicar.

Pero ahora, cuando miro a Ishii, con su libertad recuperada, siento una profunda alegría y me digo que tantas luchas y sufrimientos, incluso momentos de frustración y crisis, no han sido en vano y me siento feliz de haberlos soportado.

Los budistas consideran como algo fundamental comprometerse por el bien espiritual de los otros. Estoy firmemente convencido que este compromiso tiene que ir emparejado con otro por la liberación de las situaciones de injusticia social. Esto es lo que he visto que hacen los cristianos.

Por esto suelo decir que "nosotros los budistas tenemos mucho que aprender de los cristianos".

 


MEMORIA DE LA MASACRE DE NANKÍN

Del diálogo establecido entre el centro Seimeizan y el monje budista Tairyu Furukawa, ha afirmado su sensibilidad hacia la responsabilidad social del individuo, que se manifiesta desde hace años en los peregrinajes penitenciales a los escenarios de crímenes de guerra, cometidos por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

Algunos se preguntan: ¿Por qué romper un silencio que dura ya más de medio siglo?, ¿por qué dar voz a muertos sin nombres y sin rostro?, ¿por qué resucitar fantasmas del pasado? Porque diez millones de seres humanos masacrados sin piedad tienen algo que decir a nuestra sociedad de hoy, rota por guerras sin sentido y por irreconciliables odios étnicos y religiosos.

Durante la II Guerra Mundial los japoneses invadieron China y en esta guerra se produjo la poco conocida "masacre de Nankin".

La historia moderna que tanto ha condenado Auschwitz y Dachau, Hiroshima y Nagasaki, ha cubierto de silencio lo que ha sido uno de los más crueles episodios de la historia de la Humanidad. Se quiere ignorar, "domesticar" aquel hecho.

Pero para quien posee una sensibilidad especial hacia valores como la verdad y la vida, callar es una traición. El no tomar sobre sí la responsabilidad de despertar la conciencia de su propio pueblo hacia gestos de reparación que sean semilla de auténtica paz, sería una traición.

 

UN CONCIERTO

En este sentido, Tairyu Furukawa se ha hecho promotor, desde hace años, de una asociación que tiene como finalidad concientizar a la opinión pública japonesa sobre esta responsabilidad histórica, haciéndose incluso portador de gestos que expresen sentimientos de reparación y solidaridad con el pueblo chino.

Uno de estos gestos ha sido un concierto de flauta japonesa del maestro Koinuma. El concierto ha sido ofrecido en el templo budista "Schweitzer" que regenta el propio Furukawa y en el centro Seimeizan regentado por los javerianos.

La música de este concierto fue expresamente compuesta para la ocasión por el maestro Koinuma. Es una composición, dedicada a las víctimas de Nankin y a todas las víctimas inocentes de las guerras de la historia de la Humanidad.

El acto se inspiró en la costumbre budista de encender fuegos votivos para consolar a los difuntos. Un gesto profundo de humana compasión acompañado por el melancólico sonido de la flauta japonesa y respaldado por las valientes palabras de Tairyu Furukawa en la presentación del concierto.

 


Japón

Realidad social y religiosa

GOZO Y DOLOR

El reverendo Furukawa dijo:

A lo largo de la vida de una persona hay muchos sufrimientos, pero en el momento presente mi mayor sufrimiento lo produce el hecho de que nosotros, los japoneses, no hemos reconocido el grave crimen cometido, como pueblo, en un pasado todavía reciente. Nuestro pueblo masacró a más de 10 millones de mujeres, niños y ancianos que, desesperados, huían de la agresión.

Yo no era consciente del elevado número de víctimas, pero cuando conocí la cifra no pude menos que, temblando de angustia, preguntarme cómo era posible que un crimen de tal magnitud no fuera conocido.

Si los japoneses tenemos corazón, ¿no deberíamos, por remordimiento, llorar sin consuelo la culpa de nuestro pueblo? No podemos no cargar con la terrible responsabilidad que pesa sobre nuestro pueblo. Sin embargo, hemos descargado la responsabilidad de aquellos años sólo en el Régimen Militar del tiempo, olvidando que todos nosotros somo japoneses.

Si nos sentimos japoneses hasta lo más profundo de nuestro ser, ¿cómo podemos cubrir con el silencio un crimen semejante? ¿No deberíamos, en cambio, admitir que alcanzaremos la raíz de nuestra propia identidad como japoneses sólo en la medida en que reconozcamos, como pecado propio, el pecado que como pueblo cometimos?

El año pasado encontré al maestro de flauta Sr. Koinuma, encuentro que considero un don del cielo. Escuchando la melodía de su flauta comprendí de qué manera el melancólico sonido de este instrumento consigue expresar el sufrimiento del corazón japonés.

Toda alegría, para ser verdadera, tiene que haber sido purificada por el dolor. El gozo que no conoce dolor es sólo placer egoísta. Yo estoy convencido de que para que nuestra alegría como japoneses pueda ser verdadera, tenemos que conocer el sufrimiento que se deriva también del hecho de ser japoneses. Por esto, yo no puedo dejar de llorar la masacre de aquellos 10 millones de inocentes, reconociendo así el amargo dolor de ser japonés.

Este es el motivo que me ha llevado a pedir al maestro Koinuma una melodía que dé voz y forma a ese dolor. De esta petición nació este concierto.

Deseo además, como japonés, peregrinar al lugar de la masacre para ofrecer, no sólo las melodías de esta flauta, tino también mudas lágrimas de compasión y dolor que duren eternamente por aquellas víctimas inocentes.

Japón nació como unidad política a finales del siglo III, cuando el clan Yamato, cuyo jefe era reconocido y venerado como descendiente de la diosa Sol, empezó a someter los otros clanes del archipiélago.

En 1868 se promulgó la primera constitución. El país se abrió al exterior. El encuentro con las naciones europeas significó el inicio de la Edad Moderna. Se sucedieron varios gobiernos militaristas que llevaron el país a la Segunda Guerra mundial.

Después de sufrir las consecuencias de las dos bombas atómicas arrojadas sobre Nagasaki e Hiroshima, Japón, rendido y humillado, empezó su reconstrucción.

 

EL MILAGRO JAPONÉS

Hoy todos hablan del "milagro japonés". Tras la derrota, Japón ha resurgido de sus cenizas y se ha convertido en una de las potencias económicas del mundo actual. La ayuda de Estados Unidos y la tradicional disciplina del pueblo japonés son los factores que han producido este "milagro".

Pero hay mucho de leyenda en ello. La realidad es que Japón, como nación, es un país económicamente poderoso, pero los japoneses, como pueblo, no son ricos.

Existe una aristocracia de los negocios, poderosa económicamente e influyente en la vida política. Pero la mayoría del pueblo pertenece a la clase media, "una estoica clase media", que recibe un salario que le permite vivir a condición de trabajar 6 ó 7 días a la semana, doblegándose a las necesidades de la empresa.

La empresa es la "dueña y señora" de sus empleados. No existe en el Japón un "milagro". Existe una sociedad "neo-capitalista" llevada a extremos inhumanos. El japonés lo sabe y reconoce que sólo si "la empresa" es fuerte, él estará seguro... y esto, por ahora, le basta.

 

¿DESCULTURIZACIÓN?

El Japón ha pasado a ser una nación moderna, "occidental". Pero de occidente, ha tomado lo superficial, lo aparente. Esto ha contribuido a una cierta perdida del sentido de los valores tradicionales y a una carrera desenfrenada al desarrollo industrial y al consumismo.

El bienestar de Japón está fundado sobre una competitividad despiadada en todos los sectores. Hay que ser siempre el primero y quien no lo logra queda marginado en el camino. El valor absoluto es el dinero. La ausencia de religión y de valores éticos que la modernidad ha traído consigo hacen el resto. El resultado es una sociedad deshumanizada.

Y sin embargo, en contraste con esta sociedad moderna, la cultura japonesa es riquísima y variada, difícil de igualar. Encontramos sus manifestaciones en las artes tradicionales, el teatro clásico japonés, el camino de educación de la persona a través de la "ceremonia del té", el arte del "ikebana" o arreglo floral, el lirismo de su poesía...

Un misionero javeriano, nacionalizado japonés con el nombre de Takamaya Sadayoshi, define el Japón como "una sociedad de contrastes. En ella se encuentra el valor de la tradición, profundamente armónica y humana, y el sin-valor de la modernidad, sin otras metas que la productividad y la riqueza".

 

SINTOÍSMO Y BUDISMO

Japón encontró en el Sintoísmo su unidad religiosa, y ésta favoreció su unidad política, centrada en el emperador, que ha sido considerado hijo del Cielo.

El Sintoísmo es una religión de la naturaleza, de la vida, de lo bello y de lo armónico. Todo fenómeno natural que salga fuera de lo normal, todo accidente geográfico especialmente hermoso-sorprendente, es considerado por los japoneses como "kami" (fenómeno divino).

Este sentimiento religioso hace que los japoneses tengan en su cultura un profundo respeto por la naturaleza. El verdadero sintoísta es fácilmente un ecologista

En el siglo VI el Budismo llegó a Japón, a través de China, se integró tan perfectamente en el pueblo japonés que pronto pasó a ser un elemento decisivo en aquella sociedad.

El Budismo supo adaptarse a la mentalidad japonesa, incorporando los estratos religiosos anteriores. De esta manera el Budismo consiguió una rapidísima expansión e influencia en la vida política, social y cultural de Japón. Abandonó su ortodoxia original y se hizo creativo, produciendo inumerables corrientes que lo han enriquecido con las características típicas del alma japonesa. Hoy la cultura japonesa es fruto de esta síntesis religiosa.

 

CRISTIANISMO

El Evangelio llegó al Japón el 15 de agosto de 1549, de la mano de San Francisco Javier. Fue muy bien recibido al principio. El hecho de venir de India les hizo creer que se trataba de una corriente budista. Trabajo le costó a Javier convencerles de lo contrario.

En aquella primera época, el cristianismo alcanzó gran prestigio no sólo entre el pueblo sino también entre la aristocracia japonesa.

Pero pocos años después, hacia la mitad del siglo XVII, el cristianismo fue prohibido en el Japón y ferozmente perseguido. La fe de aquellos cristianos dio inumerables mártires a la Iglesia japonesa.

El cristianismo fue perseguido oficialmente en el Japón hasta el año 1863. De hecho, las dificultades para su expansión se han mantenido hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Hoy en Japón hay auténtica libertad religiosa, una de las mayores del mundo.

No se puede comprender la vida religiosa de los japoneses sin tener en cuenta las "nuevas religiones", que han nacido como fruto del sincretismo de elementos budistas, sintoístas y cristianos. Actualmente sus seguidores son unos 20 millones.

Las relaciones entre las diversas religiones que conviven en el Japón son buenas. El alma japonesa es tolerante y así cada religión respeta y aprecia lo bueno de las otras.

La convivencia entre las varias religiones es buena, hay un cierto respeto mutuo. Aunque lamentablemente también hay una cierta indiferencia hacia el hecho religioso, que muchos consideran superficial, un simple sentimiento estético.

 


JAPON, Datos generales en 1.994:

Superficie:

377.765 kilómetros cuadrados

Población:

124.200.000 habitantes

Población urbana: 77 %

Lengua:

Japonés

Religiones:

Sintoístas o budistas 87 %

(La mayoría no tiene una religión personal y participan a ritos de las dos religiones tradicionales)

Cristianos 1 %

Otros 12 %

Economía:

PNB per cápita: 25.430 dólares USA

Ayuda al desarrollo: 0,3 % del PNB

JAVERIANOS EN JAPÓN

Los Misioneros Javerianos llegaron a Japón en el año 1951 al ser expulsados de China.

La situación post-bélica, en la que se imponía la reconstrucción del país, hizo que aquellos primeros javerianos se dedicaran al cuidado y consolidación de las pequeñas comunidades cristianas. Más tarde y como modo de contacto con los no cristianos, fundaron y dirigieron numerosas escuelas.

Hoy se siguen también algunos caminos nuevos en la actividad misionera. Uno de ellos, y que ve a los javerianos en primera linea, es el diálogo interreligioso con el Budismo y el Sintoísmo.

El mundo de los marginados, también es una de las prioridades de los Misioneros Javerianos en el Japón. Los emigrantes, los ancianos, los jóvenes inadaptados, son ellos los "pobres" de aquella sociedad "rica" y a ellos va nuestra preferencia.

También están presentes en el mundo de la cultura, del arte, de todo aquello que puede devolver el alma al pueblo japonés.

Muchos acuden a los misioneros para que les guíen en su camino de oración, de búsqueda de sentido en sus vidas. Así los Misioneros Javerianos están llamados, con la luz de la Palabra de Jesús, a guiarles por caminos a veces desconocidos.

Es necesario y urgente que el Evangelio logre inculturarse en el Japón, que los cristianos japoneses logren expresar su experiencia de Cristo según su cultura, su manera de ser y de relacionarse con el mundo. Sólo así el Evangelio de Jesús será de casa entre los japoneses.

Ha escrito un obispo japonés: "Es necesario formar personas capaces de transformar la sociedad japonesa según los ideales del Evangelio". Esta es la tarea más urgente hoy en la Iglesia de Japón.

Actualmente en el Japón están presentes unos 40 javerianos en las diócesis de Osaka, Oita y Kagoshima. Como Francisco Javier están al servicio de aquel Maestro que puso como programa a sus discípulos el ser sal, luz y levadura de toda realidad humana.