Dicen que el corazón de Africa se llama Burundi, pero no es fácil encontrarlo en el mapa.
Entre los 63 estados que componen el amplio mosaico del continente africano, Burundi se encuentra entre los más pequeños. Ha sido catalogado entre los paises más pobres de la tierra y tiene uno de los índices de sufrimiento humano más elevado del mundo.
Burundi es un país olvidado. La opinión pública se ocupa de él sólo cuando estallan luchas tribales entre tutzi y hutu, es decir, cuando la miseria, unida a la manipulación por parte de algunos, hace que la violencia se desencadene y que los pobres maten a otros pobres.
Actualmente, Burundi es una república. Desde finales del siglo pasado y hasta 1918, fue colonia alemana, y luego protectorado belga. En 1962 se constituyó como reino independiente. En 1966, un tutzi, el coronel Michombero, con un golpe de estado instauró la república.
Al referirse a Burundi se habla siempre de hutu y tutzi, pero, en realidad, son tres las etnias del país ya que también están los twa, los más pobres y olvidados .
Los twa o batwa constituyen una pequeña minoría, un 2 % de la población. Son alfareros y cazadores. Se consideran como los más antiguos habitantes del país. Originariamente pertenecen al grupo de los pigmeos. Viven marginados por sus vecinos, y han sido siempre considerados con desprecio por sus modos de vida y sus trabajos poco "nobles". Se les considera poseedores de poderes mágicos y por ello son temidos y evitados.
Los hutu o bahutu tradicionalmente son agricultores y constituyen la mayoría del país: un 84 % de la población. Son de origen bantu. Desde que llegaron a esta región alrededor del siglo VIII, viven diseminados por las verdes colinas de Burundi. Forma parte de su cultura la organización monárquica y una particular veneración hacia el tambor, símbolo del poder real.
Los tutzi o ba-tutzi, representan el 14 % de la población restante. Sus orígenes hay que buscarlos en el valle del Nilo. Son descendientes de los pastores nómadas que, en el siglo XV, se establecieron en esta zona de los Grandes Lagos por la riqueza de sus pastos. Viven diseminados por las colinas y han adoptado la lengua y muchas de las costumbres de los hutu.
El 21 de octubre de 1993, Burundi saltó una vez más a las páginas de los periódicos. Un intento de golpe de estado interrumpió brutalmente una experiencia democrática surgida de las urnas y sumergió el país en una cadena interminable de asesinatos y destrucciones.
El presidente Melchor Ndadaye, elegido 1 de junio de 1993 con la mayoría aplastante de votos en unas elecciones limpias y democráticas, había intentado ejercer el poder con el deseo de favorecer la reconciliación nacional.
Su objetivo era "curar Burundi de su enfermedad de división étnica". Ndadaye empezó su presidencia decretando una amnistía general para todos los presos políticos, hutu y tutzi indistintamente. Incluso autorizó al ex-dictador Bagaza, un extremista tutzi, a regresar al país.
En sus mensajes, pedía a sus compatriotas hutu que evitasen toda venganza sobre los tutzi.
Deseando que los mejores hijos del país participasen en la reconstrucción nacional, había nombrado como primer ministro a Sylvie Kinigi, una mujer tutzi, muy activa durante todo el proceso democratizador. Como ministro del Interior designó a Jean Marie Ngendayo, fundador y presidente de la "Liga para el Respeto de los Derechos Humanos en Burundi".
El mundo, especialmente África, miraba complacido la madurez mostrada por el pueblo de Burundi. Una luz de esperanza brillaba en el continente africano y todos los demócratas tomaban como ejemplo aquella "transición burundesa".
Ndadaye había conquistado el poder en las urnas, en unas elecciones democráticas. Había derrotado al presidente saliente, Pierre Buyoya, un tutzi que había conducido el país a la democracia, y que parecía haber aceptado con madurez y sentido democrático su derrota, cediendo "con elegancia" el poder.
Las nuevas instituciones democráticas habían empezado a funcionar. Todos creíamos que se estaba abriendo una nueva página de paz y de progreso en la historia de Burundi, que podía ser ejemplo para toda África.
Pero aquella esperanza fue bruscamente truncada por un baño de sangre. La noche del 21 de octubre de 1993, el presidente Ndadaye fue asesinado, y con él perdieron la vida algunos de sus ministros y algunas de las personas más notables de su partido, el FRODEBU.
Para comprender lo sucedido, debemos recordar que aquellas elecciones democráticas habían encumbrado en el poder, por primera vez desde la independencia, a un miembro de la etnia mayoritaria hutu. Era una situación que difícilmente aceptaban quienes habían gozado siempre de la posesión del poder político, económico y, sobre todo, militar, y éstos eran tutzi.
¿Quién organizó aquel intento de golpe de estado? ¿Quién dio la orden de asesinar al presidente Ndadaye? Hasta ahora se han dado varios nombres. Se ha hablado del coronel Jean Bikomagu, jefe del Estado Mayor del ejército. También se ha sospechado del ex presidente Bagaza, un tutzi que siempre ha predicado el derecho de los tutzi a dominar en la región de los Grandes Lagos. Incluso algunos han acusado a Buyoya. Pero ellos han negado siempre estas acusaciones.
Una cosa es cierta: el magnicidio fue realizado por miembros de un ejercito formado, exclusivamente, por hombres de la etnia tutzi.
Los autores de aquella noche trágica mostraron una inconsciencia descomunal. Comprometieron toda posibilidad de convivencia pacifica en el país, y, lo que es más grave, favorecieron que se desencadenase la violencia. Con aquel asesinato dieron una señal a los países vecinos, Rwanda y Zaire: la convivencia entre las dos etnias era imposible. Prepararon el desastre que hoy se está viviendo en Kivu, lugar de acogida para los exiliados hutu.
La comunidad internacional, dándose cuenta de la gravedad de la situación, que podía afectar no sólo a Burundi sino a todos los países de la región, en aquel moemnto reaccionó con fuerza. Fueron bloqueadas las ayudas al país y se hizo saber al ejercito tutzi que no sería reconocido un gobierno surgido de aquel golpe de estado.
Para entender el problema de Burundi y la gravedad del suceso que acabamos de exponer, es necesario mirar al pasado y a la historia reciente del país.
Recordemos que en Burundi conviven desde siglos tres etnias que hablan la misma lengua, tienen las mismas creencias, el mismo patrimonio cultural, modos de vida parecidos y comparten un mismo territorio. Viven en simbiosis, pero nunca se han fundido.
La unidad base de la convivencia de unos y otros es el "rugo", el recinto al interior del cual vive la familia, formada normalmente por abuelos, padres e hijos solteros.
El lugar de las relaciones sociales es la colina, en ella viven familias de todas las etnias, que, en tiempos normales, conviven en paz, se ayudan como buenos vecinos y se protegen mutuamente.
Cada etnia se encuentra dividida en clanes. Se cuentan unos 220 clanes en el país. Y cada clan posee su rango que, en el pasado, determinaba la jerarquía de su poder.
El símbolo tradicional de la riqueza y del poder ha sido siempre la posesión de un rebaño de vacas. Si se tiene en cuenta que los propietarios de dichos rebaños han sido los tutzi se puede entender como éstos adquirieron un poder y un prestigio parecido al que tenían los señores feudales en la Edad Media. El señor de los rebaños era también dueño de las tierras y las cedía a sus vasallos para que las cultivasen.
Un misionero narra lo que vio en su misión después del asesinato del presidente Ndadaye el 21 de octubre de 1993:
"Cuando llegó la noticia del asesinato del Presidente de la República, Melchor Ndadaye, hombre carismático, ídolo de la mayoría del pueblo, explotaron los sentimientos de venganza, cultivados durante decenios. Pensando en lo que pasó, debo creer que muchos esperaban sólo una ocasión para armarse con los machetes y correr a asesinar a sus vecinos tutzi.
No puedo narrar como fueron atrozmente asesinados Alphonse, antiguo alcalde, y su mujer. Aquel día cayeron tantas víctimas inocentes: hombres, mujeres y niños. No sé cuantos fueron los tutzi asesinados. Algunos lograron salvarse huyendo hacia Rwanda. Al anochecer de aquel día el silencio en las colinas resonaba en mi interior..
Dos días después empezó la represión, ejecutada por los militares. Fue algo despiadado, inhumano. Lograron liberar la carretera y llegaron con camiones, dispararon contra todos los que veían. Tantos cadáveres a lo largo de la carretera. Casas incendiadas. Niños ferozmente mutilados.
Muchos hutu han escapado hacia el exilio o hacia zonas más seguras. Yo me he quedado aquí, con las misioneras, enterrando a los muertos en un país desierto.
Una pregunta me preocupa continuamente: ¿De qué han servido tantos años dedicados a ayudar a esta población? La fe me dice que Dios tiene la respuesta y confiando en Él decidimos quedarnos pase lo que pase"
En el vértice del pueblo se encontraba el rey, "Mwami", considerado el padre de la nación y, por ello, con un poder absoluto.
El rey nombraba jefes entre los miembros de los cuatro clanes reales, los "Baganwa". Estos administraban las regiones y aseguraban la unidad del país. Tenían el poder absoluto en su región.
Estos jefes, a su vez, nombraban "subjefes", elegidos entre los clanes más prestigiosos de la zona, tutzi o hutu indistintamente, por lo menos en ciertos períodos de la historia.
El carácter hereditario de estos cargos creó una aristocracia capaz de moderar el poder del monarca.
Las tierras eran concedidas al pueblo por el jefe a cambio de ciertas prestaciones. Se establecían lazos de unión entre el "señor" y el "vasallo" concretizados en "servicios" y en "protección". El jefe debía ser seguido, servido y honrado por sus vasallos.
Bélgica aceptó la estructura de gobierno del país. Se limitó a controlar a los señores y dejó que éstos administrasen la "cosa publica". Mantuvo a las clases privilegiadas en la medida en que éstas favorecían sus intereses.
Las primeras escuelas creadas por la administración colonial fueron para los hijos de las clases privilegiadas. En aquellos tiempos parecía normal excluir de la enseñanza superior a los jóvenes hutu, destinados a ser siervos.
Cuando en 1956 se introdujeron las elecciones en el país, los clanes superiores, tutzi, vieron peligrar por primera vez sus privilegios y su modo de vida. Este miedo se hizo evidente cuando, sobre todo en las regiones del norte, los hutu exigieron al rey de participar, junto con los tutzi, en la administración del país. Hay que recordar que en aquellos años, en Rwanda, los hutu habían conquistado el poder y obligado a muchos tutzi al exilio.
Acercándose la independencia se abrió la carrera para hacerse con el poder. Fueron años de gran tensión.
El 13 de octubre de 1961, el principe Rwagasore, primer ministro del gobierno autónomo, fue asesinado por miembros de un clan rival tutzi que pretendía hacerse con el poder.
En este ambiente de odios y violencias, el 1 de julio de 1962, el país obtuvo la independencia.
Desde entonces Burundi ha conocido tensiones entre las dos etnias. Los hutu se han sentido cada vez más frustrados y se han dado cuenta de la diferencia entre su fuerza numérica y su limitada participación en el ejercicio del poder.
Las elecciones de 1965 dieron como resultado una mayoría hutu en el parlamento. El rey se negó a reconocer el resultado de los comicios y rehusó convocar el Parlamento. Hubo desordenes y violencias en la capital. Se decretó el estado de guerra, el ejército se hizo con el control del país. Pocos días después, los diputados y senadores hutu fueron asesinados y, con ellos, fueron masacrados muchos de los hutu con influencia sobre la población. Se contaron más de 5.000 muertos en aquellos días de violencia.
El 28 de noviembre de 1966, el capitán Michombero, un tutzi del clan de los "hima", destituyó al rey, instauró la República y se proclamó, con el consentimiento de los mandos militares, Jefe del Estado.
Michel Michombero, amigo de Amin (dictador de Uganda) y de Mobutu (dictador de Zaire), en vez de pacificar el país, instauró un régimen de terror. Gobernó sin constitución y sin parlamento. Instauró en Burundi la ley del arbitrio, siempre a favor de los mismos.
Michombero nombró a gobernadores y alcaldes con el único criterio de la pertenencia étnica a ciertos clanes tutzi. El estado se convirtió así en propiedad exclusiva de algunos tutzi "hima"; y para mantener el poder se recurrió frecuentemente al asesinato de los rivales.
En 1969 fueron violentamente eliminados del ejército todos los oficiales pertenecientes a la etnia hutu. Desde entonces el ejército nacional se convirtió en una institución al servicio de un grupo étnico muy determinado: los tutzi.
El 27 de abril de 1972, en Nyanza-Lac, se celebró una reunión de personalidades tutzi en la que participó Shibura, ministro de justicia y enviado especial del Presidente.
En aquella reunión se afirmó: "Examinando la situación rwandesa, podemos deducir que los hutu, además de ser numerosos, se han convertido en un peligro para nosotros. Podemos correr la misma suerte que nuestros hermanos rwandeses. Para proteger nuestras familias es necesario reducirlos, dejando en vida sólo a los más ignorantes que son los más sumisos. Esta operación debe empezar el próximo 1 de mayo".
Hay que recordar que en Rwanda los hutu habían conquistado el poder, sometiendo a los señores tutzi, confiscando sus bienes y obligándoles al exilio en Zaire, en Burundi y en Uganda.
Dos días después de aquella reunión, el 29 de abril se produjeron desórdenes en Bujumbura, capital del país. Hubo varias víctimas y destrozos en las calles. Como consecuencia fue cerrado al tráfico el aeropuerto y puesto bajo la protección de un grupo de militares zaireños, mandados por Mobutu en ayuda de Michombero.
Mientras, en el sur del país, estallaba la revolución. Un grupo armado de rebeldes hutu, proveniente de Tanzania, atacó algunos puestos militares y saqueó los bienes de los tutzi de la zona. Grupos de hutu extremistas se dieron a la caza de los tutzi, produciendo las primeras víctimas inocentes.
Los desórdenes se extendieron rápidamente por todo el país. Los rebeldes hutu se dirigieron hacia Bujumbura, la capital, acompañados por un grupo de fanáticos rebeldes "mulelistas" zaireños.
Michombero decretó la ley marcial en todo el país. En un mensaje a la nación declaró: "Los rebeldes hutu están dispuestos a asesinar a todas las mujeres y niños tutzi".
El 7 de mayo, radio Bujumbura, pidió a todos los tutzi que apoyasen al ejercito en su misión de purificar el país. Se inició así la caza despiadada de todos los hutu no catalogados de "ignorantes".
Por la rapidez con la que la represión fue organizada y por la eficacia que tuvo esta "caza al hutu", todos pensaron que se trataba de la ejecución de un plan de exterminio establecido perfectamente desde hacía tiempo.
En agosto de 1972 se contaban ya 300.000 muertos y casi un millón de exiliados en los países vecinos, sobre todo Zaire y Tanzania. A finales de aquel año, se llegó a hablar de más de medio millón de muertos, victimas de aquella ola de represión y violencia.
En 1976 el coronel Bagaza, otro tutzi hima, destituyó al presidente Michombero y se proclamó Presidente de la República.
Pero el nuevo presidente continuó con la misma política de su predecesor, agravándola con una feroz persecución contra la Iglesia, culpable a sus ojos de favorecer a los más pobres, que en aquel momento eran los hutu.
Desde 1976 hasta 1987 más de 200 misioneros, entre ellos 30 javerianos, fueron expulsados del país. Muchos cristianos padecieron la cárcel por su fe, se cerraron iglesias y escuelas, se prohibió la enseñanza del catecismo, se intentó con todos los medios impedir la actividad de las comunidades de base.
La verdadera causa de estas expulsiones fue la postura que los misioneros habían tomado frente a las represiones de los años 70, denunciándolas a la opinión pública.
Bagaza temía a la Iglesia por el trabajo que las comunidades cristianas realizaban para favorecer la convivencia de hutu y tutzi. Además el presidente dictador no podía soportar la importancia que la Iglesia tenía para el pueblo. Por ello, llegó a acusar a los misioneros de querer crear un estado dentro del estado.
El estar al lado de los pobres, el trabajar por la justicia y, sobre todo, el ayudar a la población a recuperar la dignidad y los derechos, costó muy caro a los misioneros y a toda la Iglesia de Burundi.
Se llama Joseph Martin, un belga con más de 40 años de experiencia en Burundi. Fue el último obispo blanco del país. Cuando tuvo noticia de la expulsión de los Misioneros Javerianos escribió a nuestro superior general:
"Quiero deciros que estoy con vosotros de corazón. En esta tierra de Burundi, que sigue siendo nuestra misión, vosotros sois los testigos de Cristo y quedareis como tales. Me siento profundamente conmovido y con lágrimas en los ojos. Esta expulsión es una prueba pero también una gracia.
Recuerdo vuestra llegada a mi diócesis en el año 1963, me disteis un ejemplo de generosidad, de empeño, de gozo en servir a los pobres. Aquel pueblo nunca os olvidará. No ha sido la gente la que os ha expulsado.
Yo debo mucho a los Misioneros Javerianos, para mí era siempre iluminante el encuentro con ellos, iban a lo esencial (pienso en la catequesis y en la formación de los catequistas), estaban siempre con los pobres y los necesitados... que sepan ahora que nada de esto está perdido.
Es el Señor quien les dice "gracias por todo". Pero sin duda Él espera todavía mucho de ellos y pide que reemprendan la misión con coraje: "La mies es mucha, los operarios pocos".
En el mes de septiembre de 1987, el mayor Buyoya, también tutzi "hima", dio un nuevo golpe de estado. Depuso a Bagaza y se proclamó, con el consentimiento del ejército, nuevo presidente, dando inicio a "la Tercera República".
El nuevo presidente declaró que era necesario construir un nuevo Burundi, y prometió cambios en profundidad para que reinase la justicia y la igualdad de oportunidades.
Tal vez no imaginaba que la "reconciliación nacional" lo obligaba a reducir los privilegios de unos pocos para dar oportunidades a todos.
Hay que reconocer que Buyoya empezó una dura batalla contra la corrupción, liberalizó la economía y normalizó las relaciones con la Iglesia Católica.
En 1988, una explosión de violencia al norte del país que causó varias decenas de miles de muertos y muchos exiliados, recordó a todos que la reconciliación nacional era una necesidad ineludible.
Se creó una Comisión para la Reconciliación Nacional. También se nombró un nuevo gobierno en el que predominaron los ministros hutu. Se estableció que el órgano central del partido único, UPRONA, estuviese formado, a partes iguales, por tutzi y hutu.
La Comisión para la Reconciliación Nacional, formada por personalidades de las dos etnias, aconsejó la creación de partidos políticos y la celebración de elecciones libres.
El presidente Buyoya, fuerte por el resultado de un referéndum realizado, en el que el 89 % de la población aprobaba su programa político, autorizó la creación de partidos políticos y anunció la preparación de elecciones democráticas.
Estas medidas fueron muy criticadas por los elementos "duros" del régimen que acusaron a Buyoya de "exponer a los tutzi a las venganzas de los hutu".
Los grupos extremistas, tanto hutu como tutzi, intentaron por todos los medios desestabilizar el proyecto presidencial. Se produjeron nuevos desórdenes con miles de víctimas. Hubo un intento de golpe de estado. Pero el gobierno, presionado por los países occidentales, continuó con su programa de democratización.
En este clima político, mezcla de esperanza, ilusión y miedo, la fecha de las elecciones presidenciales fue fijada para el 1 de junio de 1993, y las elecciones legislativas para el 29 del mismo mes.
Contra todo pronóstico Buyoya perdió las elecciones. Las ganó un joven candidato del partido FRODEBU, Melchor Ndadaye, un hutu.
Por primera vez desde la independencia, un hutu llegaba al poder en un país dominado tradicionalmente por los tutzi.
Las primeras reacciones fueron de miedo. El día siguiente a las elecciones, Bujumbura parecía una ciudad desierta, los bares estaban vacíos, se respiraba el temor de lo que pudiera pasar. La comunidad tutzi temía que los hutu tomasen la justicia en sus manos y desencadenasen una guerra sin cuartel con el fin de exterminarlos.
Radio Bujumbura transmitía mensajes de tranquilidad. El nuevo presidente elogiaba la lealtad de las fuerzas militares y exhortaba públicamente a sus seguidores a no ser "arrogantes" y a "buscar el bien de todo el país".. El Jefe del Estado Mayor aseguraba que "el ejército respetaba la democracia basada en el multipartidismo". Buyoya pedía a las tropas que "protegiesen a la nueva democracia".
Sin embargo nadie podía poner en duda que el factor étnico era el que había dado la victoria al partido FRODEBU. Los tutzi se sentían inseguros y la única garantía para ellos era el control absoluto que tenían sobre el ejército. Un ejército que desde hacía años había dejado de ser nacional para convertirse en un cuerpo al servicio de la protección tutzi.
El 21 de octubre de 1993, un grupo de militares asaltó el palacio presidencial con el intento de tomar el poder y anular el proceso democrático que se había iniciado.
Aquel día fueron asesinados: Melchor Ndadaye, presidente de la república; Karibwami, Presidente del Parlamento; Bimazubute, Vicepresidente del Parlamento; Ndikumwami, jefe de los servicios secretos; Ndayikeza, Ministro del Interior; Bizimana, Gobernador de Kirundo; Ntahomvukiye, Gobernador de Bubanza; Englebert, Gobernador de Karuzi; Joachim, Gobernador de Gitega. Junto con ellos murieron cientos de notables hutu. El golpe estaba muy bien preparado.
Los hutu vieron una vez más sus esperanzas frustradas. Se organizaron grupos de resistencia hutu. Cortaron las carreteras para impedir el paso del ejército. En algunos lugares, los extremistas hutu empezaron a masacrar a sus vecinos tutzi. El ejército, por su parte comenzó una la represión contra los hutu que vivían en las ciudades.
Se dice que unas 10.000 personas, hutu y tutzi, fueron asesinadas en aquellos terribles días. Muchos, para salvarse, abandonaron sus casas y pasaron a engrosar el número de los refugiados.
El golpe de estado fracasó. La fuerte presión internacional hizo que el ejército diera marcha atrás. Pero era demasiado tarde, la violencia de los grupos armados, hutu y tutzi, se había instalado en el país.
El 2 de enero de 1994, después de muchas tensiones, el ejército aceptó la autoridad del Parlamento, que nombró Presidente a Cyprien Ntaryamira, ex ministro de agricultura del gobierno Ndadaye.
Para su nombramiento hubo un acuerdo entre los dos partidos mayoritarios, FRODEBU (de mayoría hutu) y UPRONA (de mayoría tutzi). El contenido de este acuerdo no fue dado a conocer, pero se sabe que fue muy gravoso y condicionante para el nuevo gobierno.
El nombramiento de Ntaryamira no trajo la paz al país. El ejército continuó sus operaciones de represión contra los hutu. En las ciudades se produjo una auténtica limpieza étnica forzando a los hutu a abandonar sus hogares para refugiarse al interior del país.
Un misionero presente en el país comentaba: "Habiendo tenido que entregar todos los ministerios claves en manos de tutzi, muchos de ellos inductores del asesinato de Ndadaye, dudamos de las posibilidades que pueda tener el nuevo presidente de ejercer su autoridad de Jefe del Estado. Algunos dicen que el único servicio que puede prestar al país es presentar su dimisión, pero esto significaría seguramente un empeoramiento de la situación con consecuencias catastróficas".
¿Quién realmente mandaba en Burundi? Ciertamente los dueños de la situación eran los militares. Pero el ejército no defendía el país, sino que estaba, y está aún hoy, al servicio de una etnia: la tutzi.
Mientras la reacción hutu al asesinato del presidente Ndadaye se había hecho con cuchillos y lanzas, empezaba ahora a prosperar el tráfico de armas. Surgió una guerrilla hutu para imponer sus derechos con la fuerza de las armas.
Por el otro lado, el ejército envió a Europa a algunos militares con una misión secreta. Esta misión consistía en divulgar las tesis del grupo radical tutzi y en comprar armas para el ejército y para los grupos paramilitares de jóvenes tutzi, auténticos dueños de la situación.
El 6 de abril de 1994, el presidente Ntaryamira, caía asesinado, en Kigali (Rwanda), junto con el presidente de este país, Juvenal Habyarimana.
Fueron necesarios muchos meses de negociación para que se pudiese nombrar a su sucesor. Finalmente el 10 de septiembre de 1994, FRODEBU aceptó públicamente la división del poder con la oposición. Por su parte UPRONA se comprometió a no obstaculizar la designación del nuevo presidente: Ntibantunganya, un hutu moderado del partido mayoritario, FRODEBU.
Se nombró como primer ministro a un tutzi de UPRONA, Anatole Kanyenkiko. Esto significaba en la práctica que el golpe de estado estaba logrando sus objetivos: anular las elecciones democráticas y devolver el poder a manos de los tutzi.
Mientras, en el país continuaban los desórdenes: las ciudades estaban a la merced de los extremistas tutzi, jóvenes perfectamente armados y protegidos por el ejército. Por otro lado, ciertas zonas del interior estaban controladas por grupos armados de extremistas hutu.
En este clima de violencia, el 30 de septiembre de 1995, fueron asesinados por militares tutzi, los misioneros javerianos Aldo Marchiol y Ottorino Maule, junto con la misionera seglar Kattina Gubert.
En el país dominaba la más completa inseguridad. La única solución posible, la intervención de una fuerza armada neutral de pacificación, encontraba la total oposición del ejército, que veía en ella una intervención extranjera en los asuntos internos del país.
El presidente Ntibantunganya solicitó la intervención de esta fuerza internacional. El primer ministro, tutzi, lo acusó públicamente de alta traición contra el país.
"Llego a Bujumbura el 6 de noviembre por la mañana. Voy a visitar a mis hermanos, los Misioneros Javerianos. El aeropuerto funciona regularmente y tiene un aspecto de normalidad.
Cuando paso delante del Palacio Presidencial veo los destrozos causados por los tanques. Es una prueba de la lucha que ha habido en la noche entre el 20 y el 21 de octubre y que ha tenido como trágico epílogo el asesinato del Presidente Ndadaye. Con él ha muerto la joven democracia.
Mis hermanos javerianos que residen en Bujumbura, me informan de los disparos que se oían aquella noche infame. Hubo golpes de cañón, gritos, carreras de quienes intentaban huir. Me hablan del comportamiento desleal de la guardia presidencial. También me cuentan de las primeras horas de resistencia y como los militares, autores del golpe de estado, han recorrido la ciudad a la caza de los dirigentes del partido FRODEBU, que legítimamente ocupaba el poder.
En un rincón del campo de deportes del centro juvenil descubro un cadáver aún sin enterrar. Muchos son los hutu que han logrado escapar hacia Zaire, país vecino.
En la carretera que conduce hacia Zaire hay muchos militares. Sé que en el Hotel Du Lac, que se encuentra justo en esta carretera, está la sede provisional del gobierno legítimo, reducido a pocos ministros que han logrado escapar de la masacre. Allí están protegidos por militares franceses y un puñado de militares leales al gobierno.
Pero ellos no pueden moverse, están aquí como rehenes. La tensión entre el gobierno legítimo y los militares golpistas es muy alta.
Y es muy alta la tensión entre hutu y tutzi. Se habla de gente masacrada, de incursiones hechas por los militares en los barrios hutu. Nadie se atreve a moverse, los barrios están bloqueados por los puestos de control del ejército. También los tutzi comentan lo sucedido, algunos han perdido toda su familia en los desórdenes que se han producido. En el país se ha desencadenado una vez más el miedo, el odio y el deseo de venganza".
El 23 de julio de 1996, Sylvestre Ntibantunganya, presidente hutu de Burundi, se refugia en la embajada de los Estados Unidos y pronuncia en la radio un discurso condenando a "todos aquellos que pretenden anular el acuerdo de gobierno del pasado mes de septiembre, acuerdo que había establecido un reparto de poderes entre el partido mayoritario y la oposición".
Pocos días antes, Charles Mukasi, tutzi, presidente del partido UPRONA, en un mensaje radiofónico, había acusado al presidente de "alta traición" por haber solicitado la intervención de fuerzas de pacificación bajo la bandera de la ONU. Con esta declaración condenaba a muerte al presidente.
Viendo que no se producía la dimisión del presidente, el ejército decidió dar un golpe de estado tomando formalmente el poder.
El 25 de julio, el ministro de la defensa, "después de haber constatado el desorden político y la impotencia de las instituciones", anunció que, "después de haber consultado un grupo de personas integras y patriotas, se había nombrado como nuevo presidente de la República a Pierre Buyoya".
Al mismo tiempo, anunció que se prohibían los partidos políticos y se disolvía el parlamento. Buyoya, el tutzi que había perdido las elecciones, anunció, en su primer mensaje al país, que el ejército sería implacable contra quienes fomentasen los desordenes públicos. Y avisó a los guerrilleros hutu que si no deponían inmediatamente las armas serían exterminados sin piedad.
Uno de los primeros actos del nuevo presidente fue el reclutamiento de jóvenes tutzi para potenciar el ejército.
Así, con Buyoya, el ex-presidente perdedor de las elecciones democráticas, el poder ha pasado nuevamente en las manos de un tutzi "hima". Con ello, el país se encuentra muy lejos de alcanzar la suspirada paz.
Con el golpe de estado en Burundi, el ejército, formado exclusivamente por hombres de la minoría tutzi, ha tomado el control del país y de los órganos de poder. Los tutzi, nuevamente, dominan el país y establecen su ley. Los hutu, por desgracia, han empezado a comprender que sólo con la fuerza de las armas podrán defender sus derechos.
Hay que tener presente que en julio de 1994, los rebeldes tutzi del Frente Patriótico Rwandés, se habían adueñado de Rwanda y, aprovechando el impacto creado en la opinión pública por las masacres realizados por extremistas hutu, establecieron el poder de la minoría tutzi también en este país.
Desde hace más de diez años en Uganda, la presidencia del país y la jefatura de las fuerzas armadas está en manos de la tribu de los "banyankole", tutzi de este país.
El establecimiento de estos poderes tutzi en Africa Central ha llevado a los extremistas hutu a denunciar la formación, en la región de los Grandes Lagos, de un gran imperio tutzi, insaciable, fuertemente militarizado y con ambiciones expansionistas.
Algunos quieren ver a los dirigentes tutzi de estos tres países como miembros de un mismo grupo sediento de nuevas conquistas, cuyo objetivo inmediato es la región de Kivu en Zaire, donde se encuentran los "banyamulenge", minoría en la región, pero también tutzi, y con ellos viven tutzi de origen rwandés.
Es evidente que en cada país la situación es diferente y, por ello, es distinta la manera de comportarse de las autoridades tutzi.
El presidente de Uganda, Museveni, ha logrado acrecentar su popularidad en el país con oportunas políticas de acercamiento de otras etnias.
En Rwanda, por el contrario, la ilusión de un gobierno de unidad nacional, con participación hutu, no ha durado más de 14 meses. Actualmente, Kagame, vicepresidente, ministro de la defensa y jefe del Estado Mayor de un ejército totalmente en manos de los tutzi, ha provocado la dimisión de los ministros hutu que denunciaban las injusticias y los asesinatos que se estaban cometiendo contra la población hutu.
En Burundi, como hemos visto, los responsables de los extremistas tutzi no han resistido más de tres años al deseo de tener el poder del país. Han logrado, con sus acciones, paralizar las instituciones surgidas de las elecciones democráticas y han asesinado a muchos intelectuales hutu.
Muchas fuentes de información han puesto de manifiesto la cooperación militar entre Rwanda y Burundi, aliados contra la guerrilla hutu. Se ha constatado en Burundi, como ya sucedió en Rwanda, la presencia en el ejército de ugandeses, aunque no se ha logrado saber si se trata de un apoyo explicito de Museveni o de simples mercenarios.
Mientras parecen claras las intenciones de los dirigentes de Rwanda y Burundi, es ambigua la posición del "gran hermano de Kampala", el presidente Museveni. La política del presidente ugandés, ¿es fruto de un deseo de librarse de los refugiados tutzi presentes en su país?, o más bien, ¿es fruto de una ambición mayor?
Estos son dos testimonios recogidos por Justicia y Paz entre los refugiados de los campos de Luvungi y Kagunga en Zaire:
"Los militares vinieron varias veces a atacar nuestra colina. Yo logré escapar primero a Mushanga y luego a Rwako. Saliendo de mi escondrijo me dirigí al mercado de Cibitoke para comprarme un vestido. A la vuelta los militares me pararon y me robaron todo lo que había comprado. Vi como los jóvenes que se atrevían a pasar eran asesinados sin ningun miramiento. En Murama he visto como los militares incendiaban las casas después de haber robado todo lo que había dentro. También cortaron las plantas de platanos. Luego asesinaron a dos hombres. También dos niños fueron asesinados. He visto como en Rwako los militares asesinaron al señor Banfatiyeho. Luego nos han perseguido por las colinas, han disparado contra nosotros. Muchos de los que corríamos cayeron muertos bajo las balas. Sólo yo he logrado llegar a Zaire. No sé dónde se encuentra mi hermano ni mis padres. Cada uno ha escapado hacia donde ha podido. Aquí he llegado sin nada".
"Desde hace semanas abandoné mi colina, los militares continuaban atacándonos de día y de noche. Si nos escondíamos nos buscaban con perros. He visto muchos vecinos míos asesinados por los soldados después de haberles atado pies y manos. En el mercado de Musanga, 12 personas fueron quemadas vivas, entre ellas se encontraba el señor Murukombe y la señora Mamberata junto con sus tres niños. Ante estos asesinatos decidí huir hacia Zaire. Para pasar he atrevesado nadando el río Ruzizi y luego he tenido que entregar 2.000 francos a los militares zaireños para que me dejasen pasar".
La Comisión Justicia y Paz de la Diócesis de Bukavu (Zaire) hizo público en el mes de septiembre de 1996 el siguiente comunicado:
"A pesar de todos los desmentidos de Buyoya y de su gobierno, desde el 25 de julio, día de su golpe de estado, la población hutu de Burundi continúa siendo asesinada y perseguida por los militares.
Antes del golpe de estado los hutu tenían que esconderse para defender sus vidas, ahora están obligados a abandonar su país para poder sobrevivir.
Contradiciendo a las continuas declaraciones del gobierno de Burundi de querer el acuerdo y la paz, el ejército, con el pretexto de buscar a los guerrilleros, ataca a la población civil.
En Burundi la población continúa siendo discriminada según su pertenencia étnica. Unos, los tutzi, son protegidos por el ejército; los otros, los hutu, son considerados sospechosos, se les tortura y ejecuta impunemente.
El aumento de los refugiados hutu, en los campos al este de Zaire es una prueba clara de lo que estamos diciendo. Valga como ejemplo lo que sucede en el campo de Kagunga, que el día del golpe de estado, 25 de julio de 1996, tenía una población de 6.000 refugiados y el día 25 de agosto de 1996, sólo un mes más tarde, alberga a 22.000. Y la gente continúa llegando. Ante estos hechos nos preguntamos: ¿El Mayor Buyoya está al corriente de lo que hacen sus soldados?
De los testimonios de los refugiados resulta que las acciones militares contra la población hutu están llevadas a cabo conjuntamente por las autoridades militares y las autoridades civiles. En varios lugares se ha producido la misma táctica: la gente es convocada en un lugar por el alcalde, luego se separan según su etnia, después intervienen los militares, o las milicias tutzi "Sans Echecs", que disparan sobre los hutu.
Constatamos también que el ejército de Burundi actúa en coordinación con el ejército de Rwanda. Los unos aterrorizan la población y la obligan a huir, los otros esperan a que pasen la frontera para darles caza con la ayuda de perros.
Los militares ya no se conforman con saquear las casas, han empezado a incendiarlas. Destruyen las plantaciones de plátanos y queman graneros y cosechas. La única finalidad es reducir a la población hutu al hambre y obligarla a huir.
Todo esto nos hace pensar que existe un plan preciso que se está llevando a cabo. Si lo único que intenta el ejército es la caza de los guerrilleros, ¿por qué extermina a la población hutu? ¿Se busca la reducción drástica de la población hutu en el país? ¿Se desea crear un espacio geopolítico en esta región africana bajo el dominio tutzi? No podemos demostrar la existencia de un plan concreto. Pero todo nos lleva a sospecharlo.
La situación de Burundi continúa empeorando y la comunidad internacional lo sabe. Sin embargo continúa sin intervenir, deja hacer esperando que el problema se resuelva por sí mismo.
Así, la comunidad internacional será cómplice de la gangrena de este mal si no actúa con rapidez y eficacia. Si continúa la indecisión se encontrará ante hechos tan graves que dificilmente podrán encontrar soluciones respetuosas de los derechos de toda la población."
En enero de 1995, UDC Newsletter, hacía pública una carta firmada a nombre de Paul Kagame (el general que ha guiado la tropas tutzi en Rwanda y actual hombre fuerte de aquel país) y dirigida a Jean B. Bagaza, ex-dictador de Burundi. En dicha carta se hablaba de un plan tutzi para controlar toda la región de los Grandes Lagos, implicando al presidente de Uganda, Museveni, un tutzi, y a "agentes" belgas, británicos y americanos.
Viendo lo que ahora está sucediendo en Zaire, mucho nos tememos que se trata de un documento auténtico. Damos su traducción:
"Querido hermano Jean Baptiste Bagaza:
Tenemos el mayor honor de enviarle nuestro sincero agradecimiento por su apoyo sea financiero como técnico a nuestra lucha que ha llegado a su termino con la conquista de la capital, Kigali.
Esté seguro que nuestro plan seguirá como lo habíamos definido en nuestra última reunión en Kampala. La semana pasada me puse en contacto con nuestro gran hermano Yoweri Museveni y decidimos hacer algunas modificaciones al plan. De hecho, como usted ha podido constatar, la toma de Kigali ha producido pánico en los hutu, que han huido hacia Goma y Bukavu. Consideramos que la presencia de un gran número de refugiados rwandeses en Goma y sobre todo de la Comunidad Internacional puede hacer fracasar nuestro plan en Zaire. No podremos ocuparnos de Zaire hasta el regreso de estos hutu. Hemos puesto en marcha todos los medios para que regresen lo más rápido posible. De todas maneras, nuestros servicios externos de información continúan recorriendo el este de Zaire y nuestros colaboradores belgas, británicos y americanos el resto de Zaire. Las relaciones de sus actividades son esperadas los próximos días.
En cuanto al plan Burundi, estamos muy contentos por su trabajo para hacer fracasar la política de FRODEBU. Es necesario continuar paralizando el poder de FRODEBU hasta que la situación se pudra totalmente para poder justificar vuestra acción, que no deberá fallar el objetivo. Nuestros soldados serán desplegados, esta vez, no sólo en Bujumbura sino incluso en los lugares que usted juzgue estratégicos. Nuestros elementos estacionados en Bugesera están listos para intervenir en todo momento. El plan sobre Burundi debe ser ejecutado lo más rápido posible antes de que los hutu de Rwanda puedan organizarse.
Esperando verle pronto en Kigali, le rogamos acepte, querido hermano, nuestros más distinguidos saludos.
p.o.
Kwezo
General Paul Kagame
Ministro de la Defensa."
Nos preguntamos: ¿Explica esta carta lo que está sucediendo en Burundi y en Zaire? ¿Quiénes son los agentes belgas, británicos y americanos de los que se habla? ¿Que intereses se esconden detrás del conflicto hutu-tutzi?
· 1885 Conferencia de Berlín. Burundi, sin saberlo, se convierte en "territorio alemán".
· 1892 Los alemanes ocupan Burundi imponiendo el humillante Tratado de Kiganda.
· 1919 La Sociedad de Naciones priva a Alemania de sus colonias y entrega a Bélgica el Protectorado de Burundi.
· 1921 Reorganización política y administrativa de Burundi que viene unido, junto con Rwanda, al Congo Belga.
· 1945 La ONU confía a Bélgica la preparación de la autonomía de Burundi y Rwanda.
· 1955 Nacen los primeros movimientos independentistas.
· 1956 Primeras elecciones con sufragio universal.
· 1959 Fundación del Partido Democrático Cristiano (PDC) y de la Unión para el Progreso Nacional (UPRONA).
· 1960 Elecciones municipales y victoria del PDC.
· 1961 Elecciones legislativas y victoria de UPRONA.
· 1961 El 13 de octubre es asesinado el primer ministro, el príncipe Rwagasore.
· 1962 Son asesinados cuatro dirigentes sindicales hutu.
· 1962 El 1 de julio se proclama la independencia del país. Nace el nuevo Burundi.
· 1963 Son fusilados los líderes del PDC.
· 1965 Se hacen cada vez más patentes las rivalidades entre el parlamento y la monarquía. Se producen graves manifestaciones de intolerancia étnica.
· 1965 El primer ministro, Ngendanumwe, hutu, es asesinado.
· 1965 Golpe de estado. Son asesinados todos los diputados hutu. Entre la población se cuentan más de 5000 personas masacradas. El rey Mwambutsa es forzado al exilio.
· 1966 El capitán Michombero, tutzi, instaura la República, se autoproclama Jefe del Estado, del gobierno, del ejercito y del partido UPRONA. Disuelve el Parlamento y prohibe los partidos políticos.
· 1969 Todos los oficiales hutu del ejército son asesinados.
· 1972 Genocidio selectivo contra los hutu. Se eliminan todos los miembros más destacados de esta etnia. Se cuentan más de 300.000 muertos y 700.000 refugiados en Zaire, Rwanda y Tanzania.
· 1976 Golpe de estado. El coronel Bagaza, tutzi, depone al presidente Michombero y se autoproclama nuevo Presidente de la República.
· 1979 Guerra despiadada de Bagaza contra la Iglesia Católica. Empiezan las expulsiones masivas de misioneros. Se cierran los lugares de culto.
· 1987 El 3 de septiembre nuevo golpe de estado. El mayor Buyoya, tutzi, depone al presidente Bagaza y se proclama nuevo jefe del estado.
· 1988 Masacre efectuada por el ejército en las regiones al norte del país. Se cuentan 55.000 muertos y muchos exiliados.
· 1992 Bajo la presión de la Banca Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de los países occidentales, el país se encamina hacia un régimen democrático. Se reconocen nuevos partidos políticos.
· 1993 El 1 de junio tienen lugar las elecciones presidenciales patrocinadas por la ONU. Se produce una aplastante victoria de Melchor Ndadaye, hutu, y de su partido el Frente para la Democracia en Burundi (FRODEBU).
· 1993 El 29 de junio se celebran las elecciones legislativas. FRODEBU obtiene 65 escaños sobre un total de 85.
· 1993 El 21 de octubre son asesinado el Presidente Ndadaye, el Vicepresidente del Parlamento, varios ministros y muchos miembros importantes del partido FRODEBU. Los autores del magnicidio son militares tutzi.
Los hutu reaccionen asesinando, sin pruebas ni juicio, a tutzi sospechosos. El ejercito empieza una despiadada limpieza étnica, contra los hutu, en todo el país.
· 1994 En enero, el parlamento nombra nuevo Presidente: Cyprien Ntaryamira, hutu.
· 1994 El 6 de abril, Ntaryamira es asesinado junto con el presidente de Rwanda, Juvenal Habyarimana.
Surgen grupos paramilitares tutzi que, respaldados por el ejército, siembran el terror en las ciudades. Al mismo tiempo, en todo el país grupos extremistas de guerrilleros hutu, fuertemente armados, hostigan el ejército.
· 1994 El 10 de septiembre es nombrado Ntibantunganya como nuevo Presidente de Burundi.
Continúan los masacres en todo el país.
· 1996 El 25 de Julio se produce un golpe de estado militar. Buyoya es proclamado nuevo presidente, se disuelve el Parlamento y los partidos políticos. Muchos hutu toman el camino del exilio.
P. Ottorino Maule, misionero javeriano mártir, pocas semanas antes de ser asesinado por militares del ejército tutzi, había escrito:
"Contemplando la violencia ciega que asola Burundi, y considerando que la mayoría de su población es católica, son muchos los que se están preguntando si, a la vista de lo que sucede, el Evangelio ha entrado verdaderamente en el corazón de este pueblo. Algunos llegan incluso a hablar de fracaso de la Misión.
El drama del país alcanza a todos sin distinción, también a los católicos. No escapan de él ni los sacerdotes, ni los religiosos, ni los obispos, ya que cada uno de ellos pertenece a una de las etnias enfrentadas y cada uno tiene víctimas de la violencia entre sus familiares, vecinos o amigos. Esto hay que tenerlo presente para comprender la actitud que algunos han tomado.
Ante el conflicto, la Conferencia Episcopal de Burundi ha alternado declaraciones fuertes y análisis lúcidos con momentos de silencio, dudas y falsas prudencias. Hay que reconocer, sin embargo, que los obispos del país, en sus últimos mensajes, han denunciado claramente a los principales responsables del drama y han indicado pistas para poder terminar con la violencia y para poder empezar a construir la paz.
Es verdad que hay cristianos, bautizados, que han asesinado y que continúan asesinando. Sus corazones están llenos de odio racial.
Pero sería injusto afirmar que el Evangelio no ha tocado el corazón de este pueblo. La mayor parte de los cristianos no participa en la espiral de violencia, más bien vive el drama de la división étnica, como una situación de pecado de la que quiere liberarse.
Todos somos testigos de la fortaleza de algunos que en nombre de su fe prefieren morir antes que matar y de quienes han protegido a inocentes de otra etnia, sin distinción, poniendo en peligro sus propias vidas. Esto es un milagro del Evangelio. Ellos son la luz en medio a tantas tinieblas. Y ellos nos muestran que el Evangelio ha echado raíces en este pueblo".
En Burundi, un papel muy importante ha tenido y sigue teniendo la Iglesia en la reconciliación de las etnias. Es a través del Evangelio vivido que algunos han descubierto la llamada a vivir en fraternidad.
Como ejemplo de ello valga el siguiente texto escrito por Mons. Bernardo Bududira, un tutzi, obispo de Bururi. Es una reflexión escrita en un momento de peligro, cuando, a causa de su oposición al racismo, era buscado por los militares de su misma etnia para eliminarle .
"¿Acaso no es un sueño, acaso no es una utopía creer en la unidad, en parte realizada, en parte en construcción cierta? ¿Acaso es posible creer y esperar en esta unidad cuando nos toca vivir cada día el peso de la división y del odio que engendra guerras mortales?
No, no es un sueño; para mí es ya una realidad, se ha realizado ya en mi vida. La comunión (el encuentro de hermanos con todos los hombres de todas las razas, de todas las naciones, de todas las familias), la siento yo viva dentro de mi corazón, en mis venas y en mi espíritu.
Tengo hermanos con los cuales me unen estrechos lazos, a pesar de que no hayamos nacido de una misma madre ni de un mismo padre. Tengo hermanos por los cuales mi vida es entregada, habiendo ellos entregado su vida por mí, sin que hayamos salido de un mismo seno materno.
¿Dónde hemos bebido esta linfa que de unos a otros pasa continuamente como en vasos comunicantes? ¿Dónde hemos encontrado el secreto de ese amor que es limpio y sencillo, pero que es fuerte y profundo? ¡En las Bienaventuranzas!
"Bienaventurados los pobres de espíritu" Cristo ha abierto gratuitamente nuestros corazones a los demás. Los ha hecho atentos al otro y capaces de acogerlo. Él nos ha recreado. Desde ahora vivimos en auténtica comunión con todos los discípulos y con el Padre. Y, ¡qué Padre!, el autor de nuestras vidas, de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones a la comprensión, a la unión y al gozo participado. Si le somos dóciles Él no tiene ningún impedimento en mantenernos unidos en un mismo destino, en las mismas convicciones y en las mismas aspiraciones.
Ya desde ahora podemos vivir unidos, disponibles, hoy y mañana, a afrontar juntos todas las dificultades de la vida, pues en verdad vamos hacia una victoria cierta: la verdadera comunidad de vida.
Y yo añado a las Bienaventuranzas del Evangelio: "Bienaventurados los soñadores a causa del Señor", ya que ellos ven lo que otros no pueden ver, ellos están seguros allí donde los otros tienen miedo, ellos confían cuando otros se desaniman, ellos están unidos allí donde otros no encuentran posibilidad de entenderse, ellos son guiados por la verdad perdurable cuando otros no ven más que las tinieblas de la mentira social.
¡Alabado sea mi Señor, mi Roca, mi Dios, mi Refugio!"
Últimamente, los obispos de Burundi han escrito varios mensajes a sus comunidades cristianas, denunciando las raíces del mal que aflige el país y los caminos que pueden conducirlo hacia la paz. El texto que ofrecemos a continuación es uno de estos mensajes:
"Cada día nuestra patria pierde algunos de sus hijos a causa de la maldad de quienes, cegados por la ambición del poder, no dudan en asesinar a cuantos se interponen en su camino.
Entre nosotros hay grupos que se entrenan para matar, se organizan para eliminar a quien tiene puntos de vista diferentes. Peor aún, entre nosotros está surgiendo la convicción de que el que pertenece a otra etnia es el enemigo que hay que eliminar.
¿Estamos ciegos? ¿No vemos cómo la vida humana se sacrifica a las ideas de raza o de partido? Despreciamos así las enseñanzas de nuestros antepasados, que siempre amaron y respetaron la vida que nos transmitieron como el don más precioso del Creador.
Muchos creen que eliminando físicamente al otro lograrán el poder por más tiempo y sin tener que compartirlo. Es así como los "señores de la guerra", falsos salvadores ávidos de poder, atraen con la mentira a los jóvenes hacia sus proyectos criminales.
Quienes promueven este clima en el que estamos viviendo, rechazan toda referencia ética, toda autoridad moral, considerada como obstáculo a su camino. Ellos hacen que no se respeten las leyes y que se instale entre nosotros la anarquía y el terrorismo.
Desde el principio de la independencia, nuestro país ha perdido el rumbo. El servicio al pueblo, como criterio fundamental, nunca ha sido la base de la política en nuestro país. Los partidos, en vez de ser fermento dinámico de la sociedad, se han convertido en grupos étnicos o de clase. La Patria ya no es algo común a todos sino un lugar de trampas, corrupción y violencia del que se aprovecha quien posee la autoridad y la fuerza de las armas.
Como obispos denunciamos esta situación. Pedimos a todas las autoridades, nacionales e internacionales, que paren la violencia ejercitada a través de las armas, y sembrada por la prensa y la radio, que, con la mentira, esparcen el odio e incitan a la venganza.
Pedimos que se restablezca la justicia y que se castigue a los asesinos que, actualmente, se mueven con total impunidad por el país. Que quienes han ocupado casas y tierras que no les pertenecen sean desposeídos de ellas. Que los militares que han cometido abusos y asesinatos sean castigados con todo el rigor de la ley marcial. Sólo así podremos empezar a construir un país en la paz y en la reconciliación".
Muchos han sido los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y cristianos comprometidos que han caído asesinados por intentar construir la paz y predicar la reconciliación. La Iglesia de Burundi se ha convertido así en una Iglesia de Mártires.
Ante esta triste situación, los obispos del país han reaccionado con claridad. Muestra de ello es el siguiente comunicado:
"Nosotros, vuestros obispos, estamos profundamente doloridos, entristecidos e indignados a causa de toda la violencia homicida que continúa ensombreciendo nuestro país.
Nos horroriza el enorme deseo de destrucción y de muerte que existe entre nosotros. Estamos asistiendo a un aumento escalofriante del odio y de la violencia.
El inicio de la crisis que en estos días estamos viviendo, hay que buscarlo en aquel día de ceguera colectiva y de locura homicida, causada por quienes asesinaron al presidente Ndadaye y por quienes quisieron tomarse la justicia por sus manos. Así, durante todo el año 1994 la venganza colectiva recorrió nuestros caminos.
En 1995 un pesante balance de víctimas se ha añadido al drama que vivimos, y esto a pesar de todos los esfuerzos de pacificación. Entre nosotros la persona humana ha perdido toda su dignidad a causa de esta violencia étnica sin sentido.
Ante el sacrilegio que algunos cristianos han cometido al levantar sus manos asesinas contra religiosos, religiosas y sacerdotes, es decir contra sus mismos padres y madres en la fe, nosotros, una vez más, levantamos nuestras voces contra esta violencia étnica.
La Iglesia, que entre todos estamos desgarrando, martirizando, asesinando y despreciando al asesinar a sus obreros, es nuestra madre que nunca nos ignorará ni nos hará ningún daño.
Una vez más recordamos a todos los cristianos y a los hombres y mujeres de buena voluntad, la ley del Señor: "No matarás".
¡No es lícita la venganza! La masacre de vidas inocentes -niños, mujeres, ancianos- es un crimen contra la Humanidad. No nos hundamos en la lógica implacable de una cultura de muerte. Entremos, más bien, en la lógica de una cultura de vida, del Evangelio de la Vida. Sólo éste es el camino de la salvación para nuestra patria y para sus hijos de cualquier etnia".
Los Misioneros Javerianos estamos en Burundi desde el año 1963. Nuestra presencia la podemos resumir en tres palabras: diálogo, colaboración y servicio a la Iglesia.
Diálogo dice escucha y asimilación de la cultura de aquel pueblo, para enriquecerla con el Evangelio. Dice también escucha de problemas y aspiraciones.
Colaboración significa estar al lado del pueblo para buscar juntos soluciones a la pobreza. Colaboración es crear escuelas de alfabetización, promover a la mujer, mejorar la sanidad.
Y diciendo servicio a la Iglesia resumimos todo el trabajo para formar catequistas, líderes capaces de ser auténtica levadura del pueblo.
Nuestra presencia al lado de los pobres, la defensa de la justicia, de la dignidad y de los derechos de los últimos, hemos tenido que pagarla a un caro precio. Más de 30 Misioneros Javerianos fueron expulsados de aquel país. Y tres javerianos, con su sangre, han sellado la fidelidad a nuestra misión.
Hoy en Burundi, 19 Misioneros Javerianos se encuentran en el centro de la tragedia. Viven con dolor el desinterés de la comunidad internacional, que no encuentra caminos de pacificación y que aplica la política de los "hechos consumados", reconociendo al fuerte el derecho de oprimir al débil.. Son testigos con indignación del inmoral comercio de armas fomentado por los ricos de nuestro mundo.
El Vicario General de nuestra familia javeriana visitó a aquellos Javerianos que se encuentran allí. Después de la visita les escribió una carta de la que os presentamos algunos párrafos.
"Con el pueblo de Burundi vivís la inquietud, el miedo y la tensión. Con él participáis, también, de algunos momentos de esperanza. Sois misioneros siendo solidarios con tantas víctimas de un odio ciego que parece no tener fin.
He visto como los asesinatos son frecuentes (algunos hablan de más de diez mil muertos al mes). Los autores de tanta atrocidad, algunas veces, son "desplazados" que buscan venganza, pero, casi siempre, son militares con la excusa de desarmar a los rebeldes. Vivís en un clima de extrema inseguridad.
He sido testigo del asesinato de aquella muchacha indefensa junto a la misión de Gisanze. He visto el terror en los ojos de aquella multitud que, huyendo de sus casas, se refugiaba en la misión de Gasorwe. He observado cómo miles de refugiados acampaban alrededor de la iglesia de Ruzo, una marea de miseria y de dolor. Cada noche, he oído los disparos en el barrio de Kamenge. Y no puedo olvidar a aquellas víctimas inocentes de Buyengero. He constatado como la mayoría de la población vive la frustración y la impotencia frente a las injusticias que continuamente se cometen.
En esta situación admiro la presencia serena, fuerte y valerosa de todos los misioneros y misioneras al lado de quienes en la Iglesia encuentran la única esperanza. Es importante el testimonio de algunos obispos, sacerdotes y catequistas locales que exponen sus vidas para construir la paz. He visto como algunos jóvenes, a vuestro lado, mantienen viva el ansia de paz, de verdad y de justicia.
Conviviendo con vosotros, he sentido, en más de una ocasión, la necesidad de dar gracias al Señor por la fuerza que os da. He podido ver como, en algunos lugares, hutu y tutzi participan juntos en las comunidades cristianas y como en ellas encuentran la fuerza para oponerse, con acciones concretas, al odio feroz y ciego que parece inundar el país. En estos grupos, por desgracia minoritarios, se funda la esperanza de un futuro mejor.
La Iglesia, apoyando a quienes buscan el respeto y la justicia para todos, puede hacer posible el difícil camino hacia la reconciliación y la construcción de una convivencia pacífica en el país.
Es un riesgo, pero es necesario que en este contexto denunciéis las injusticias cometidas, para que seáis voz de tantas víctimas inocentes. Es importante que continuéis animando y sosteniendo a los "grupos mixtos", en los que juntos, hutu y tutzi, buscan la paz.
No abandonéis vuestra presencia en los campos de refugiados, a pesar que muchas veces parezca una tarea inútil. Recuerdo a aquella familia que, habiéndolo perdido todo, pedía: "Ayudadnos a rezar para que quienes son la causa de nuestro dolor se conviertan y podamos vivir juntos en paz".
Esta es vuestra tarea de constructores de paz y la realizáis junto a otros misioneros y misioneras en la Iglesia de Burundi".
¿Qué es lo que pasa en el corazón de un misionero que vive el desastre de un pueblo amado?
Desde Burundi, un misionero javeriano, P. Luis, nos escribió:
"Cada año por este tiempo, las colinas se llenaban de hombres y mujeres ocupados en recoger los frutos de sus trabajos. Era el tiempo de la alegría y de los cantos.
Este año, las colinas están casi desiertas y parece que el paisaje esté de luto. No hay alegría, no se oyen cantos.
La gente, que encuentras por los caminos, te saluda con la palabra "amahoro" (paz). Pero no hay paz en el país. Los hutu y los tutzi de vecinos se han convertido, una vez más, en enemigos.
Caminando por los senderos de la misión, encuentro algunas familias recogiendo los granos de café maduros o transportando la cosecha de judías. Pero son muchas las familias que han huido, se encuentran en campos de refugiados, sus tierras están vacías, el fruto de su trabajo se ha perdido.
Se habla de cientos de miles de muertos y de otros tantos huidos de sus casas y refugiados en campos donde la enfermedad y el hambre cosechan sus víctimas.
¿Por qué tantos dejan la seguridad de sus casas para, después de un largo camino, encontrar la muerte entre miles de refugiados?
Porque aquí, en los corazones, reina el miedo. Éste es un pueblo empujado por el miedo fomentado por unos pocos, que quieren así mantenerse en el poder. Burundi es un polvorín creado por el miedo y basta una chispa para hacerlo saltar en mil pedazos.
Burundi necesita una profunda reconciliación y ésta será posible sólo cuando al miedo le suceda la esperanza. La esperanza en un futuro nuevo es posible a pesar de todo, incluso a pesar de otros dramas que se deberán aún atravesar.
Pero, mientras tanto, es el hoy lo que cuenta. Un hoy cargado de miseria. Muchos no podrán sembrar ya que están lejos de sus casas y de sus campos. El hambre se está añadiendo al cortejo de calamidades que este pueblo ha tenido que aguantar. No hay alimentos suficientes, no hay dinero para comprarlos. Algunos carecen de vestidos, de mantas, de cobijo. Las listas de los necesitados y de los huérfanos, que vagan sin nadie que cuide de ellos, se están alargando.
Creemos que nuestra presencia aquí da algo de seguridad a la gente. Así que permanecemos en nuestros puestos.
Intentamos, a pesar de todo, mantener abiertas las escuelas, ya que ellas son el lugar donde los niños podrán aprender a respetarse y a colaborar. Los niños y los jóvenes son la esperanza del futuro reconciliado. Claro que es necesaria mucha fe para creerlo, después de lo que hemos visto y vivido: fe en Dios y fe en el hombre.
La Iglesia, las comunidades cristianas, deben ser un lugar de reconciliación y de esperanza. El Evangelio vivido es un pozo de esperanza que da agua abundante. Estamos todos desanimados frente a la destrucción y a las masacres de las que hemos sido testigos impotentes. Y sin embargo, es ahora cuando Cristo nos llama a ser testigos de esperanza.
Sí, aquí estamos todos llamados a curar los corazones enfermos de odio y de venganza. La Iglesia debe poner todo su esfuerzo en ayudar a vencer los complejos de superioridad y de inferioridad que han conducido al país al desastre. Sólo así el país podrá volver a esperar.
Claro que también es necesario que los países de Europa escuchen el lamento de este pueblo: "Hermano, ¿por qué no has detenido el brazo que me estaba asesinando?"
¿Quién se beneficia de tanto negocio de armas en África? Alguien debería responder a esta pregunta, alguien que puede controlar los caminos por los que las armas llegan hasta aquí.
¿Es verdad que las Naciones Unidas no pueden hacer nada para parar tanto desastre? Si no pueden hacer nada, ¿para qué necesitan tanto organismo, tantos medios económicos y tanto personal?".
Los misioneros no son superhombres. En medio del drama que vive Burundi, a veces están cansados y agotados. Su única fuerza es el Amor del Señor que les empuja a amar a quien sufre. Así nos escribió el P. José, misionero javeriano:
"Me siento muy cambiado. Cada mañana me levanto con ansias de paz, de serenidad, de ver sonreír a la gente y, sin embargo, estoy cansado de asistir a los heridos, de enterrar a los muertos, de ver miseria por doquier...
Ayer fui a Muray para controlar el acueducto que allí estamos construyendo. El obispo me pidió que, en el camino, visitase la comunidad de Kivoga. Allí habíamos logrado que hutu y tutzi volviesen a sentarse juntos. Pero encontré sólo casas destruidas, no queda ni un hutu. Sólo he encontrado a militares tutzi. He visto odio en sus rostros.
Ahora estoy aquí escribiéndote desanimado. Estoy muy cansado. Siento sobre mí el peso de tanto odio, de tanta sangre derramada.
Sé que volveré otra vez a caminar, a luchar, a consolar. Pero es tan duro darse cuenta que estamos corriendo hacia la catástrofe y no poder hacer nada para impedirlo. Es tan duro asistir impotentes a todas las injusticias que el ejército tutzi está cometiendo.
¿Cuándo volverá la paz? No lo sé. Tengo miedo, no por mí, ¿qué me puede pasar?, sino por la gente, por esta pobre gente hutu y tutzi.
Intento, en mi pobreza, hacer algo, infundir esperanza. Sí, estoy construyendo un acueducto, llevamos ya catorce kilómetros realizados, el agua llega ya a la escuela y al dispensario. Me dicen que no es tiempo de construir. ¿Por qué lo hago? No sólo para que tengan agua, sino para que, trabajando juntos, tengan esperanza".
El P. Ottorino Maule, misionero javeriano, había escrito:
"Creemos que, a pesar del peligro que podamos correr y que realmente estamos corriendo, nuestra presencia aquí, en Burundi, como misioneros que anuncian la Buena Noticia de la reconciliación, es necesaria para el bien de este pueblo.
Nos preguntáis por qué permanecemos.
En el mes de marzo del año pasado, cuando estábamos pasando un momento de fuerte tensión, los gobiernos de los países de Europa nos aconsejaron abandonar el país, nos dijeron que nuestras vidas corrían peligro.
La radio local se hizo eco de este consejo, llegó incluso a afirmar que los misioneros estábamos preparándonos para abandonar el país y regresar a Europa donde podríamos estar seguros y tranquilos.
Esta noticia produjo alarma entre la gente. Recuerdo un joven que me preguntó: ¿Es verdad que os marcháis? Yo le contesté: "Hemos decidido quedarnos aquí, con vosotros". Si hubieseis visto su sonrisa al oír mis palabras entenderías por qué nos quedamos.
Somos conscientes de que es ahora cuando vivimos nuestra vocación que nos lleva a la comunión de vida y de destino con los hermanos a los que hemos sido enviados. Poco podemos hacer, sólo podemos aliviar algún sufrimiento, distribuir alguna ayuda, intentar comunicar esperanza, manifestar que aún es posible la reconciliación y el perdón y que es posible vivir otra vez todos juntos. Es muy poco, pero ese poco es lo que da sentido a nuestras vidas misioneras.
Sabemos que somos testigos incómodos de las continuas injusticias que se cometen. Todos, quien más quien menos, hemos sido amenazados. Pero con nuestra presencia incómoda y con la denuncia de la opresión y de la mentira, hemos evitado a la población males mayores. Esto lo sabe la pobre gente y lo agradece.
Además, en este momento, nosotros que estamos fuera de la división étnica que aflige al país, podemos ser los hombres del equilibrio, los pacificadores imparciales y, tal vez, el elemento unificador entre las dos razas.
Es necesario que estemos aquí para subrayar lo positivo que se está intentando en el país. los pasos de reconciliación y la búsqueda de soluciones al problema étnico.
Debemos quedarnos para sostener a los grupos moderados que desean la paz, y para decir al mundo la verdad de lo que sucede sin decantarnos ni por los unos ni por los otros.
En el drama actual de Burundi, sentimos cuán importante es estar cerca de quienes son víctimas de la violencia, ayudando en la medida de nuestras posibilidades a todos aquellos que sufren.
No podemos abandonar a nuestras comunidades. El Buen Pastor se queda con su rebaño.
Esto es lo que sentimos que nos está pidiendo en este momento particular el Señor. Por fidelidad a nuestra vocación queremos quedarnos aquí, aunque seamos muy conscientes del peligro que corren nuestras vidas, es el mismo peligro que, hoy, corren todos los hombres de buena voluntad en este país".
Pocos meses después nos llegaba el siguiente comunicado, firmado por P. Eduardo García, vicario general de los Misioneros Javerianos:
"El sábado, 30 de septiembre de 1995, alrededor de las 19 horas, eran asesinados en la misión católica de Buyengero los misioneros javerianos P. Ottorino Maule y P. Aldo Marchiol junto con la misionera seglar Catalina Gubert.
Hacía años que los tres misioneros trabajaban en Burundi para "aliviar sufrimientos, comunicar esperanza y decir a todos que es posible la reconciliación y el perdón".
El grave episodio es fruto del clima de violencia que, desde el golpe de estado del 21 de octubre de 1993, está viviendo Burundi y que ha causado ya un gran número de víctimas inocentes entre la población".
Era la hora cuando en las misiones de Burundi se suele rezar la oración de vísperas. Entraron en la casa. Les obligaron a arrodillarse. Luego dispararon. Tres balazos directos a la nuca. Fue una ejecución en toda regla.
Los tres sabían el peligro que corrían sus vidas, pero habían decidido quedarse, deseando "hacer todo lo posible para aliviar a las víctimas de un conflicto de dura demasiado", así había escrito P. Aldo.
Se quedaron para anunciar una palabra de paz y de reconciliación a todos, víctimas y verdugos, y por la paz derramaron su sangre.
Fuentes militares del país atribuyeron el crimen a una banda de rebeldes hutu. Nadie se lo creyó. Más tarde algunos testigos comunicaron que habían visto a tres militares entrar aquella noche en la misión, se oyeron los disparos y luego los tres salieron dirigiéndose hacia el puesto militar.
El pasado mes de noviembre unos militares tutzi habían asesinado a dos hombres de su misma etnia. Para evitar problemas con sus mandos, cogieron a trece jóvenes hutu y los mataron, acusándoles del asesinato de los dos tutzi. P. Ottorino denunció lo sucedido. Ninguna autoridad se movió para esclarecer los hechos.
Ahora, aquellos militares se han vengado, y la sangre de los tres misioneros se ha unido a la de las víctimas inocentes.
A la pregunta: "¿Qué pensáis hacer ahora?". Un misionero javeriano presente en Burundi, contestó: "¿Qué podemos hacer? No podemos dejar ahora a nuestros hermanos en manos de estos grupos de locos. Aquí nos quedamos, aunque por defender a los pobres tengamos que pagar con nuestras vidas".
Diez días después, el 10 de octubre, otros dos misioneros javerianos cogían el avión con destino a Burundi. Fueron a sustituir a los misioneros asesinados, convencidos de que a los pobres no se les puede abandonar.
Estos son algunos fragmentos de la homilía que el superior de los Javerianos en Burundi leyó durante el entierro de los tres mártires:
"El centurión, al pie de la Cruz, viendo a Cristo muerto exclamaba: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Nosotros, frente a nuestros hermanos asesinados, frente a los cuerpos sin vida de Ottorino, de Aldo y de Catalina, decimos: "De verdad estos hermanos y esta hermana, asesinados, como Cristo, por el odio, son auténticos Hijos de Dios".
Los expertos han deducido que Ottorino., Aldo y Catalina fueron obligados a ponerse de rodillas y luego les dispararon un tiro directo en la nuca.
Los verdugos les obligaron a arrodillarse queriendo humillarles. Pero para nosotros, en la fe, el morir de rodillas nos recuerda la actitud del mártir Esteban y, el estar arrodillado, para un cristiano es signo de oración y de perdón. Es la actitud de Cristo en la Cruz que exclamaba: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Cuando el P. Ottorino, el 15 de noviembre pasado, denunció la muerte de 15 víctimas inocentes, asesinados por militares que todos conocemos, se desencadenó una campaña de calumnias contra él. Nadie buscó la verdad, pero hoy todos la sabemos.
Los misioneros denunciamos aquella injusticia. Algunos de los que estáis aquí presentes en este funeral, y que tenéis autoridad en el país, no permitisteis que la verdad se conociese, tuvisteis miedo a la verdad. Ahora todos la conocemos.
No sabemos si ahora buscaréis la verdad. Sabemos que, actualmente, en Burundi, quien habla se juega la vida. Los Misioneros Javerianos, en nuestro dolor, pedimos que nadie se calle, exigimos la verdad. Si no la decís vosotros, que tenéis la responsabilidad de guiar el país. Dios la proclamará por todas las colinas del país y todos la conocerán.
Hemos pedido a sus familias que nos dejen enterrar aquí a estos hermanos que han dado su vida por Burundi. Han aceptado y se lo agradecemos. Queremos que los cuerpos de Ottorino, Aldo y Catalina descansen en esta tierra que tanto han amado. Queremos que esperen la resurrección junto con las víctimas inocentes de la ola de violencia que padece el país y que nadie parece querer parar. Queremos que sus cuerpos enterrados aquí, sean signo de esperanza para todos los oprimidos".
Tenía 52 años, había llegado a Burundi en el año 1970. Se había destacado siempre por su capacidad de organizar y animar las comunidades cristianas. Su carácter le llevaba a denunciar las injusticias que se cometían, poniéndose siempre al lado de los más débiles. Una vez confesó que tenía miedo, pero que como sacerdote no podía callar.
Bajo la dictadura del coronel Bagaza sufrió, como otros muchos misioneros, la expulsión de aquel país. Cuando pudo, regresó a Burundi y reemprendió su trabajo fundando la nueva misión de Buyengero.
Tenía 65 años. Llegó a Burundi a los 48 años de edad. Su salud enfermiza hacía pensar que no soportaría las condiciones de vida de la misión. Sin embargo, él se adaptó, se hizo amigo de la gente, amaba estar con los sencillos y los pobres. Solía resumir el trabajo del misionero diciendo: "Nuestra misión es sencillamente infundir esperanza".
También él fue expulsado, pero regresó. Hacía un año que los superiores le habían pedido ayudar a Ottorino en la misión de Buyengero donde ha derramado su sangre como testigo del Evangelio.
Misionera seglar. Todos la conocíamos por Katina, diminutivo cariñoso de su nombre. Tenía 74 años y no pensaba en jubilarse. Decía que cuando no pudiera trabajar se dedicaría a estar con las viejas en el mercado.
Había llegado a Burundi en 1975. Animaba a los grupos de mujeres enseñándoles todo lo que ella sabía, "porque la mujer africana -decía ella- debe ser ayudada a recuperar su dignidad".
Hace poco, había escrito a su hermano: "Si muero, dejadme aquí, al lado de mis hermanos más pobres". Ahora, junto con los pobres, Katina espera la Resurrección.