Leyendo la Biblia, nos encontramos con personas que han sido, por su manera de vivir, testigos de Dios. Se nos presentan como modelos de fe. Se trata de Abrahán, Moisés, David, Jeremías, Rut...
Son hombres y mujeres que han vivido en épocas muy diferentes a la nuestra, y sin embargo, hay algo en ellos que es válido para todos los tiempos y lugares: su relación con Dios y con su proyecto.
Queremos proponerte la posibilidad de caminar con ellos: protagonistas en su tiempo. Y al caminar con ellos, queremos invitarte a ser también tú protagonista, hoy, de un nuevo mundo, de una nueva sociedad: el mundo y la sociedad que Dios quiere, el Reino que Jesús ha anunciado ya presente entre nosotros.
El primer gran personaje que encontramos en la Biblia es Abrahán.
Lee las páginas del libro del Génesis 12,1 hasta 23,20. En el personaje de Abrahán nos vamos a detener en esta primera reflexión.
Abrahán es un pastor que va de una parte a otra buscando pastos y agua para su ganado. Es un pastor nómada, inquieto y, a veces, solitario. Es alguien que busca en el desierto.
Abrahán es natural de Ur de Caldea y vivió hacia el año 1900 antes de Cristo.
Cada ser humano tiene una identidad propia que es compartida, a su vez por el grupo al que pertenece. Esta identidad se manifiesta en una serie de rasgos y características como son la lengua, el modo de vestir y de comer, la manera de celebrar la vida o la muerte...
Abrahán también tiene una identidad definida por la relación estrecha que mantiene con su familia, con su tierra y con sus dioses. Abrahán no es un personaje abstracto, es concreto, histórico, y esto lo hace cercano a nosotros.
Abrahán está casado con Sara, pero no tiene hijos. Es rico, pero le falta lo más importante: el hijo que pueda garantizarle una continuidad después de muerto.
Aún hoy hay muchos grupos étnicos para quienes el principal bien es tener un hijo varón que continúe la descendencia familiar.
Abrahán debía estar triste, y en su soledad, en medio de la naturaleza, en un hueco del día o a la luz de la luna, oraría a su Dios y se lamentaría delante de Él.
Y Dios, que está al lado de los que le invocan con sencillez de corazón, tardó algún tiempo en revelársele, pero al final lo hizo.
¿Y cómo se le presenta? De una manera desconcertante: "Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre".
Dios conoce a Abrahán, sabe dónde vive, cuáles son sus preocupaciones, sus interrogantes... y precisamente porque le conoce se atreve a confiar en él proponiéndole un plan audaz.
Pero salir, ponerse en camino, significa dejar algo. ¿Tendrá Abrahán que renunciar a su propia identidad, al mundo personal que poco a poco se ha ido construyendo, para caminar con Dios?
Abrahán, en lo secreto de su alma, ha pedido a Dios un hijo. Si fuese padre, sería feliz. Pero a sus setenta y cinco años, ¿qué puede esperar?
Dios, que rompe los esquemas de nuestra mente y desafía los razonamientos más perfectos, irrumpe en la vida de Abrahán, no para pedirle satisfacer sus necesidades inmediatas, sino para pedirle que renuncie a lo que tiene y que se ponga en camino.
A partir de este momento, Abrahán se da cuenta de que Dios es mucho más grande de lo que él había pensado. ¡Sí! Él pensaba que era sólo el Dios de su pueblo, que estaba para protegerlos y satisfacer sus anhelos. Y, sin embargo, Dios se le muestra en lo desconocido y arriesgado, en el horizonte que se percibe y no se toca.
¿Cuál es la respuesta de Abrahán? Deja lo conocido, lo que le da seguridad y, en el fondo, identidad, y empieza a caminar, con la única confianza de sentirse acompañado por Dios. El riesgo es grande. ¿Qué encontrará mañana? Abrahán confía en Dios.
El riesgo, basado en la confianza de que Dios guía nuestra vida, es el elemento básico y fundamental de la historia nueva que comienza con Abrahán: El futuro no depende ni de ti ni de mí; el futuro está en las manos de Aquel que nos ama y nos conoce profundamente.
La llamada a Abrahán va acompañada de una promesa: "Haré de ti un gran pueblo... y en ti se bendecirán todas las familias de la tierra". Abrahán deja su tierra y la casa de su padre, para encontrar otra tierra y otra familia mucho más amplia que la conocida.
Dios llama a Abrahán a salir de su pequeño nido para abrirse a la universalidad. Le llama a salir de su pequeño proyecto para encontrarse con el proyecto de Dios.
Abrahán encuentra una nueva identidad. La identidad que le viene de unir a los pueblos, de ser con su presencia signo de fraternidad universal. Su tierra no será ya la de Ur de Caldea, sino la que vaya encontrando en el camino; y su familia no quedará reducida a Sara y Lot, se irá ampliando con las personas con las que entre en contacto.
Abrahán es un personaje muy sugerente para todo el que quiere vivir su vida abierta a la humanidad entera.
Para tu reflexión personal, te propongo que te detengas en la lectura del texto escrito, fijándote particularmente en lo siguiente:
1.
1.Abrahán, al ponerse en camino encuentra su plena identidad y el sentido de su
vida. Pregúntate qué es lo que te da a ti identidad como persona: ¿Por qué
vives, luchas, estudias o trabajas...?
2. 2.¿En qué medida entra Dios en tu proyecto? ¿Tienes capacidad de riesgo?
3. 3.Lee Marcos 3, 31-35 y Lucas 9,23-26, compáralo con lo que has leído de
Abrahán.
Sed escandalosamente utópicos.
Revolucionad la sociedad en que vivís,
empezando por vuestro propio corazón, por vuestra vida diaria.
Sed capaces de ser pobres, despegados. Despreciad el consumismo.
Sed capaces de trabajar, sí, de trabajar.
Estudiad para conocer el mundo y sus causas, todos los mundos;
y sed también puente.
Vosotros, sí, podéis ser puentes: puentes entre el primer y el tercer mundo,
entre la primera iglesia y la tercera iglesia.
Y, si os sentís llamados a ciertos radicalismos más evangélicos, tal vez, hasta
el sacerdocio y la misión, casados o no casados, ¡responded!
El Señor sigue llamando.
La misión sigue siendo esencial en la Iglesia.
Creo que vosotros, jóvenes de hoy, no tenéis menos capacidades
que Juan, o Moisés, o Abrahán, para responder al Señor que llama para la
liberación de su pueblo.
Pedro Casaldàliga a los jóvenes
Este final de siglo XX resulta sumamente paradójico. Por una parte, celebramos los 25 años de la llegada del hombre a la Luna; podemos prever y captar en el momento exacto la caída del cometa Shoemaker-Levy; se puede seguir en directo y cómodamente sentados en casa el traspaso de la soberanía de Hong-Kong a China o el mundial de fútbol... Pero nos resulta imposible detener el drama de tantos pueblos que intentan sobrevivir en medio de la violencia, el hambre y la desesperación.
¿Por qué sucede esta dolorosa realidad? ¿Por qué estamos más interesados en invertir ingentes sumas de dinero en la fabricación de un satélite que nos permitirá captar una serie de canales de televisión, en vez de solucionar, por ejemplo, la enfermedad de la malaria que produce millones de víctimas? Parece como si nuestro pequeño mundo occidental se estuviese encerrando en sí mismo, ocupándose de sus caprichos y delirios de grandeza, dando la espalda a la existencia trágica de tantos millones de hermanos.
Bastantes siglos antes de que Jesús naciese, había una gran potencia dominadora, Egipto, que, como la mayoría de las grandes potencias de todas las épocas, era lo que era porque sometía a sus intereses a los demás pueblos. Si uno de ellos se rebelaba, era rápidamente aplastado.
Egipto contaba con el aliciente de ser muy rico en cereales gracias, sobre todo, a las crecidas del Nilo. En época de sequía o escasez, los pueblos de alrededor bajaban a abastecerse de víveres. Como es lógico, mucha gente, atraída por el nivel de vida egipcio, se quedaba a vivir allí, realizando los trabajos que iban saliendo para ganarse la vida.
Ramsés II, el gran faraón egipcio, como todos los faraones que ha visto la humanidad, no quiso pasar por la vida sin dejar señales de sus huellas. Le entró la fiebre de construir monumentos, emulando a sus antepasados. Para ello necesitaba mano de obra barata. ¿A quién acudir? A los más indefensos y desprotegidos, a los inmigrantes venidos de otros pueblos, a quienes se destina a los trabajos forzados.
Pero Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Su corazón está al lado de los humillados y explotados por la sed de grandeza del faraón.
La providencia de Dios se manifiesta muchas veces de una manera contraria al modo de pensar de los hombres. Pero siempre, en circunstancias y situaciones difíciles, surge el grito liberador de nuestro Dios.
Ahora bien, este grito Dios lo hace sentir siempre a través de personas muy concretas y nada especiales.
¿Quién iba a suponer que un niño abandonado en las aguas del Nilo y rescatado por un familiar del faraón, se convertiría años más tarde en el libertador de su pueblo?
Moisés es este niño abandonado y rescatado, que, luego, crece, es educado en la corte del faraón y es iniciado en la sabiduría egipcia.
Tiene todos los privilegios de pertenecer a la familia imperial. Su contacto con la realidad es limitado. Su mundo está dentro del palacio, donde se desarrolla su vida de cada día.
Desde pequeño se ha acostumbrado a ver la sociedad dividida: los poderosos, mandan y viven bien; los pobres, están destinados al servicio de los intereses de los primeros.
El orgullo de pertenecer al gran imperio, crece en el corazón joven de Moisés. Grandes proyectos e ideas se van gestando en su mente. Los jóvenes de su generación tienen la obligación de continuar la expansión y la grandeza de la sociedad a la que pertenecen.
Entre las ansias de grandeza y los proyectos de futuro, Moisés decidió un buen día dar un paseo por las faraónicas construcciones, donde los extranjeros trabajaban de sol a sol bajo la estrecha vigilancia de la policía egipcia. Y he aquí que, de pronto, observa que un vigilante egipcio maltrata a un trabajador israelita.
Moisés se encuentra, de golpe y sin haberlo buscado, frente a la cruda realidad. La ideología dominante la justificaba con los argumentos del poder, del orden y de la seguridad nacional. Esta realidad que Moisés descubre no es la que le han enseñado en el mundo artificial del palacio.
En su corazón surge inesperadamente el grito por la justicia: "¡Esto no es posible!". Y de repente, sin pensarlo, mata al agresor egipcio. Es su respuesta, no meditada, ante un hecho que le desconcierta profundamente: la grandeza del imperio egipcio está fundada sobre el desprecio de la vida de unos indefensos trabajadores. Y Moisés vuelve al palacio... Pero su corazón tiembla.
Dificilmente puede conciliar el sueño. Piensa en lo que ha visto y hecho, y en lo que le han enseñado. Está turbado e inquieto. Las cosas no coinciden.
Al amanecer del día siguiente se pone de nuevo en camino. Quiere conocer mejor la realidad, ahora no desde los manuales, sino desde el barro y los ladrillos. Pero la realidad es compleja.
Surge una pelea entre dos israelitas y él intenta poner paz. Uno de ellos le reprocha el crimen cometido el día anterior. Moisés, al ver que lo que hizo se sabe, se asusta.
La noticia llega al faraón, que decide buscar a Moisés para matarle. El mismo faraón que lo había mimado y educado, ahora quiere acabar con él. Así pasa con todos los poderosos, que no aceptan la más mínima crítica a su sistema: o te sometes y te integras, o te buscan para eliminarte. El poder no admite soñadores de libertad ni de solidaridad.
Moisés huye hacia el desierto. Busca su propia seguridad. Y, ante las amenazas de muerte, encuentra refugio en Madián. Debió ser muy dura la experiencia. Todo pasó muy rápido, casi sin poder reflexionarlo.
Ahora, en el desierto, al lado del pozo, en la serenidad de la noche, Moisés piensa en lo acaecido. Es imposible volver a Egipto, debido a la amenaza del faraón y al rechazo de algunos israelitas. ¿Qué hacer? "Es verdad que es injusto lo que está pasando allí, pero debo salvar mi propia piel. Y, además, también tengo derecho a vivir mi propia vida".
Moisés se queda a vivir en la tierra de Madián. Se casa, forma un hogar, adquiere un rebaño para sobrevivir...
Y... los grandes sueños de conocer la realidad tal cual es y de liberar al pueblo oprimido se desvanecen, caen en saco roto. (Lee Éxodo 1 - 2)
4.
1.Moisés vivió hace mucho tiempo. Muchas cosas han cambiado. Y sin embargo, hay
aspectos que coinciden. Compara Egipto y nuestro mundo de hoy. ¿Encuentras
algunas semejanzas?
5. 2.Moisés, a pesar de estar muy bien educado y tener excelentes conocimientos,
vive de espaldas a la realidad. Hoy día, la formación escolar, universitaria,
los medios de comunicación social... ¿te ayudan a conocer la realidad de nuestro
mundo?
6. 3.Ante el peligro; Moisés huye y opta por vivir su propia vida, porque él
también tiene derecho a vivir tranquila y cómodamente. ¿Qué te parece esta
actitud?
En
el mundo, a través de personas muy concretas
y de situaciones nada especiales,
Dios hace oír su grito.
Cuando nos acercamos a la Biblia, surge en nosotros la reacción espontánea de idealizar a las personas que encontramos en sus relatos. Los consideramos seres especiales y extraordinarios, dotados de un "no sé qué" que les hace muy diferentes a nosotros. Idealizándoles, les quitamos toda la fuerza que pueden tener para nosotros.
Qué duda cabe que Moisés ha sufrido también este proceso. En nuestra mente está un Moisés de película, sobrehumano, rayando los límites de lo divino. Sin embargo, Moisés era como tú y como yo, de carne y hueso. Era un hombre y de él podemos aprender, hoy, cómo respondió, en su momento histórico, concreto, a la llamada que Dios le hizo.
Ante el peligro que corría, Moisés huyó y se refugió en Madián. Allí se casó, formó un hogar y se ganaba la vida. Aparentemente Moisés ha recobrado la tranquilidad.
Durante este tiempo, en Egipto hubo un cambio de poder. Llegó un nuevo faraón que endureció, aún más, las condiciones de trabajo de los extranjeros. Desde siempre al pobre, cuando ha perdido todas las esperanzas humanas, sólo le queda el grito desesperado hacia Dios. En Él encuentra refugio y consuelo. "Al menos Él nos escuchará y verá nuestra situación".
Y Dios, que nos sorprende continuamente, resulta que se encuentra cerca, muy cerca de ellos. Pensamos en un Dios tranquilo en lo alto del cielo, pero Él está mucho más próximo de nosotros que nosotros mismos. Dios escucha las quejas de los pobres, oye sus gritos y se interesa por ellos, porque ellos son su gran debilidad.
En todas las épocas, también en la nuestra, Dios ha estado y está al lado de los más débiles y marginados. Si pensásemos en un Dios que no se preocupase de ellos, no sería el Dios bíblico, sería una proyección del hombre. (Éxodo 2,13 - 3,17)
En el desierto, sin más horizonte que el cielo, el ser humano se interroga por el sentido de su vida. Allí encuentra el lugar de la purificación, del conocimiento de sus apegos, del suspiro por la libertad.
Moisés en el desierto, aparentemente moraba en la tranquilidad, pero la situación que vivían sus hermanos en Egipto debió de darle más de una vez vueltas en la cabeza. En su interior había una llama que no podía extinguirse. Por más que él intentara dejarla de lado, una y otra vez afloraba en sus pensamientos. "Es imposible seguir viviendo sin dar una respuesta a esta inquietud que no me deja vivir", se diría Moisés. Y un buen día decidió acercarse a esta inquietud para conocerla profunda y realmente. Y se puso en camino... Y Dios, que conoce el corazón humano, ve las intenciones de Moisés y sale, insospechadamente, a su encuentro.
Dios nunca deja solo a quien se pone en camino de discernimiento y búsqueda sincera. Antes de dar el primer paso, Él ya te ha ofrecido su mano para caminar juntos.
¿Y cómo sale Dios al encuentro de Moisés? Llamándole por su nombre. Dios conoce a Moisés. Conoce su caminar, su pasado, sus deseos de un mundo justo, su lucha en favor de los débiles, su decepción, su huida y su refugio en Madián.
Dios ha estado con Moisés, aún cuando él no se haya dado cuenta. "Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda". Y, ahora, le sale al encuentro para llevarle a la plenitud de lo que busca, para dar respuesta al interrogante que no le deja vivir.
Pero, quizás, Moisés quería nadar y guardar la ropa. Su deseo de búsqueda iba unido a un deseo de seguridad. Y Dios no quiere términos medios, o se pone uno en la búsqueda, dejando de lado las pequeñas seguridades, o termina uno engañándose.
Si quieres entrar en el camino de Dios, hazlo libremente y descubriéndote, desnúdate ante la Verdad. Incluso las sandalias, que te protegen los pies de los posibles peligros, te sobran: ¡DESCÁLZATE! Dios te guiará por sendas desconocidas.
Y la verdad es que Dios está en el fango y en el sudor. Está donde los hombres sufren, lloran y cargan con el peso de la injusticia. Se halla donde los hombres están perdiendo el rostro humano. Dice Dios: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas, me he fijado en sus sufrimientos".
Moisés se descalza ante un Dios que se ocupa de quien está perdido, de quien sólo es un número para el sistema, de quien sufre los programas de planificación hechos desde arriba.
Y Dios está tan enamorado de los hombres y en particular de los últimos de la tierra, que decide pedir a Moisés su colaboración.
¡No, Dios no está loco! Somos obra suya y por eso confía en nosotros. Es tan grande su confianza que deja la responsabilidad de este mundo en nuestras manos.
A menudo, descargamos la responsabilidad de lo que sucede en los demás. Que si gobernantes, que si ejércitos, que si poderosos... Y así seguimos viviendo autoconvenciéndonos de que no es tarea nuestra. Es una manera barata de autojustificar nuestro poco deseo de preocuparnos por los demás.
Pues bien, en el desierto no valen las excusas, ni tampoco las justificaciones. Lo único que vale es la disponibilidad para dejar que Dios haga en nosotros cosas grandes.
Es verdad que somos pequeños, pero no inútiles. Es verdad que cuando pensamos en todo lo que hay por delante, nos atenaza el miedo, pero, ¡ay de nosotros si nos dejamos condicionar por este miedo!
Y Moisés se pone en marcha confiando en la promesa que Dios le hace: "Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que tienes que decir".
Así, Moisés inicia con su pueblo una de las historias de liberación más apasionante que ha conocido la humanidad.
¡No estaba solo! "El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo".
7.
1.Dios se nos presenta viendo y escuchando la opresión de su pueblo. ¿Te sientes
cercano a los que más sufren? ¿Ves la situación en la que viven? ¿Escuchas sus
lamentos? ¿Cómo?
8. 2.A pesar de que aparentemente Moisés vivía en la tranquilidad, había algo
que no le dejaba vivir. ¿Qué inquietudes tienes en tu interior? ¿Cómo les das
salida?
9. 3.Y Dios deja la responsabilidad de este mundo en nuestras manos. ¿Te sientes
interpelado a colaborar con Dios en la realización de un mundo más justo? ¿De
qué manera?
10. 4.El Señor hablaba con Moisés como habla un hombre con un amigo. ¿Cómo es tu
relación con Dios?
¿Te sientes fatigado? ¡Oh hombre!, no descanses:
no ceses en tu lucha solitaria, sigue adelante y no descanses...
El mundo se oscurecerá y tú verterás luz sobre él y disiparás sus tinieblas.
Aunque la vida se aleje de ti, no descanses.
¡Oh hombre!, no descanses; procura descanso a los demás.
(Gandhi)
Nos situamos en el siglo XI a. C. Un tiempo de transición.
Israel pasa de un modelo de confederación tribal a una monarquía centralizada, imitando con ello a los pueblos vecinos. Fueron momentos difíciles, se nos dice que "la Palabra del Señor era rara". El pueblo se alejaba de Dios en su afán de ser como los demás.
Cuando eclipsamos a Dios de nuestras vidas, nos llega la inseguridad, cedemos el paso a los intereses personales. Ya no buscamos ni la verdad ni la vida. Nuestra mentalidad se adapta a lo que domina, a lo que está de moda. Hacemos cosas, pero no vivimos.
En este contexto se desarrolla la vida de SAMUEL. En esta reflexión nos detendremos en el período que va desde su infancia hasta su juventud. Veremos cómo nació y se desarrolló su disponibilidad al proyecto de Dios, hasta el punto de decir: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Lee 1 Samuel, 1,1 - 4,1
Desde la infancia, Samuel vive al servicio del Templo. Había sido entregado por su madre a Dios para que le sirviera. Elí, el sacerdote encargado del Templo, es quien lo acoge y hace de él su ayudante.
Samuel es un adolescente que cultiva las actitudes de generosidad, del trabajo bien hecho, de prontitud para el servicio y de disponibilidad. "Hace cosas" para servir a Dios.
Elí es una persona preocupada para que todo lo que se hace en el Templo salga bien y se observe todo el ritual. Está apenado por el comportamiento de sus hijos. Pero es incapaz de ir más allá. No es una persona acostumbrada a la Palabra de Dios.
Esta situación va a influir mucho en el pequeño Samuel. También él, a pesar de todos sus valores humanos y su disponibilidad para servir, no está abierto a la Palabra de Dios, tiene poca familiaridad con Dios.
Esto también nos puede pasar a nosotros. Hacemos muchas cosas para los demás, dispuestos a ayudar y a echar una mano, pero sin haber sentido aún a Dios como Padre y amigo.
Es en este contexto donde Dios se hace presente interesándose por Samuel.
Era un día cualquiera. Sucedió en aquel día como podía haber sucedido en otro momento. De una manera inesperada e imprevista. Era de noche. Samuel "estaba durmiendo". Como muchas veces pasa en nuestra vida diaria, no nos damos cuenta de las cosas importantes y la vida se nos escapa de las manos. Vivimos pero estamos dormidos.
Samuel "dormía en el santuario del Señor", allí donde tenía su trabajo y sus ocupaciones habituales. "Donde estaba el Arca de la presencia de Dios". Samuel vivía rodeado de Dios, pero él no se daba cuenta. El Señor estaba a su lado y él no lo sabía. Samuel dormía.
¡Cuántas veces nos ocurre lo mismo! Vivimos nuestra vida como si Dios no existiese, sin percibir que su presencia inunda todo nuestro ser y que, en palabras de S. Agustín, "es lo más intimo de nosotros mismos".
Jamás hubiese pensado Samuel que el Señor le iba a salir a su encuentro. Para Samuel, Dios era algo abstracto, una idea, un objeto; nunca había experimentado que Dios es sobre todo una persona. El Señor, que lo conoce muy bien, se le acerca, le susurra palabras al corazón y lo llama por su propio nombre.
Samuel, en su disponibilidad, cree que es Elí quien lo llama y le responde inmediatamente.
Samuel no es capaz todavía de distinguir la variedad de voces que recibe. Para él, todas son iguales. Sin embargo, hay voces que son diferentes, que hablan al corazón. Y es que por aquel tiempo Samuel hacía muchas cosas para Dios, lo servía en el Templo, pero "no lo conocía todavía".
¿No nos puede pasar a nosotros algo parecido: años y años en grupos, en la Iglesia, participando en la Eucaristía, colaborando en tantas cosas y, sin embargo, no conocemos todavía a Dios?
Sólo más tarde, Samuel empieza a darse cuenta, con la ayuda del sacerdote Elí, que esa voz no proviene del exterior, sino de su interior. Descubre que Dios está con él, que se interesa por él y que le ofrece su amistad y su intimidad.
Su disponibilidad natural, ahora, Samuel la pone al servicio de Dios. Es Él quien habla. Samuel, por su parte, escucha.
Seguir a Jesús es ponerse en camino y dejarse guiar por Aquel que nos conoce, nos ama y quiere ayudarnos para que nos situemos en el Proyecto de Dios y nos convirtamos en Protagonistas del Reino. La escucha de la Palabra es el medio más eficaz para ir descubriendo nuestro lugar en dicho proyecto.
Toda vocación es un proceso que va madurando lentamente. Nada sucede de la noche al día. Estar atento a lo que se vive y se siente, dejarse ayudar por una persona, escuchar la Palabra... son algunos de los elementos importantes para ir descubriendo la llamada del Señor y poder responderle.
"Samuel crecía y el Señor estaba con él". Para aquel joven se inicia un nuevo camino. Samuel pasa de una existencia simplemente buena, generosa, de ser un buen chico, a darse cuenta de la presencia de Dios que inunda toda su vida y que hace de él un profeta.
Poco a poco, mediante la escucha de su Palabra, se va familiarizando con Dios, hasta el punto de no ser él quien dirige su vida, sino Dios mismo que vive en él.
En este proceso, lo único que Dios nos pide es que estemos disponibles al diálogo, y dejemos que sea Él quien vaya guiando nuestro camino.
"Y la palabra de Samuel se escuchaba en todo Israel". Samuel deja de ser un niño que hace cosas, y se convierte en un adulto que vive la presencia de Dios. Si Dios lo ha elegido es para que su palabra pueda ser oída por otras personas, para que así puedan también ellos entrar en diálogo y familiaridad con Dios. Esto es la misión.
Podemos seguir el mismo camino de Samuel y reflexionar:
11.
1.En la vida, ¿basta con ser bueno, generoso, altruista, servicial...?
12. 2.Dios habla, Samuel escucha: ¿Cuándo me habla Dios?, ¿cómo lo escucho?
13. 3.Elí ayuda a Samuel. ¿Quién me ayuda en mi vida?
Pide
al Señor poder comprender cómo te busca, cómo te habla, qué es lo que quiere
decirte, dónde te quiere.
En tu oración puedes usar el texto de 1 Samuel, 2,1-10.
Si quieres ser -perdona que te lo diga-, tienes que librarte, ante todo, del
exceso de poseer que tanto te llena de pies a cabeza, que no deja más sitio a ti
mismo y todavía menos a Dios.
Para librarte de ti mismo, lanza un puente más allá del abismo de la soledad que
tu egoísmo ha creado.
Intenta ver más allá de ti mismo.
Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar, en
vez de amarte a ti sólo.
Hélder Cámara
En nuestro caminar, ayudados por las personas que hallamos en la Biblia y que han vivido situaciones análogas a las nuestras, nos encontramos con DAVID, personaje central en la historia del pueblo de Israel.
La vida de David es amplia y profunda. Hoy nos vamos a fijar sólo en un aspecto de la rica personalidad de este rey: su debilidad.
Leemos 2 Samuel 11,1-12,14.
David hizo en poco tiempo una carrera fulgurante. De ser un joven pastor al cuidado del rebaño de la familia, pasa a ser elegido como futuro rey y, poco después, a ser consagrado como tal. Es valeroso, es justo, es alegre y la suerte le sonríe.
Delante de sí tiene una gran responsabilidad. Se le considera el elegido por Dios para guiar a Israel por el camino de la Alianza. De él, de su manera de hacer las cosas, de relacionarse con los demás, va a depender, en gran medida, que el pueblo camine en la dirección correcta.
David vive una época de gran esplendor. Todo le sonríe y él se siente escogido por Dios. Él piensa que si Dios está con él, nada le puede fallar. Es joven, inteligente, lleno de fuerza y de vitalidad, siente que nada ni nadie puede oponerse a sus proyectos.
Pero David es humano. El hecho de ser elegido por Dios no le da ninguna ventaja respecto a los demás, ni le exime de nada. Es una persona, como cualquiera de nosotros, con sus virtudes y debilidades.
A David cada día se le presenta como una nueva oportunidad. Delante de sí tiene la posibilidad de realizar el proyecto de Dios. Una hermosa tarea que le pide sacar a flote lo mejor que tiene en su corazón.
Pero, justo por las enormes posibilidades que tiene, la tentación de considerarse autosuficiente y de creerse seguro está al acecho de David. Es la tentación en la que tantos caemos.
El camino del creyente, del escogido por Dios, no es algo ya hecho, sino algo que se va haciendo. Es necesario caminar, no detenerse, vivir despierto y estar vigilante. Y, sobre todo, hay que aprender que el camino no puede hacerse solo.
Se nos dice que David estaba durmiendo. Dormir es lo contrario de estar despierto. Uno puede vivir dormido en la vida, aunque cada día se levante, camine, coma, trabaje y se divierta. Uno vive dormido cuando no se mantiene fiel a los valores en los que cree y a la misión por la cual ha comprometido su vida. David se durmió en los laureles conquistados.
La desorganización, en la vida de cualquier persona, es algo que se va originando poco a poco, no llega de golpe. Empieza cuando no se mantiene la actitud de vigilancia.
David cede a un deseo tan simple como el de la comodidad. Prefiere quedarse en Jerusalén antes de asumir el riesgo y la responsabilidad de marchar donde tiene que ir: al frente de sus tropas. Cree que domina la situación, que nada va a pasar; empieza a ceder, pierde la vigilancia sobre sí mismo. La comodidad le conduce a la pereza. Se aleja de los demás y se va convirtiendo en el centro. Poco a poco el horizonte, que antes era amplio y enorme, se reduce a deseos narcisistas.
Los suyos están luchando. David duerme la siesta. Se levanta al atardecer envuelto en su soledad. El resultado es conocido, se acuesta con Betsabé, la mujer de Urías, un soldado que estaba luchando en el frente.
David llega a la culminación de un proceso de pecado que empezó con algo muy simple a lo que no se le dio la importancia que tenía: se creía seguro, se había aislado de los demás y había perdido la vigilancia.
¿Quién recuerda al David alegre, seguro de sí mismo, confiado, respetuoso con los más indefensos, solidario con su propia gente? Ahora es arrogante, encerrado en su palacio, en su soledad.
El mal es irreparable. Pero David vive aún encerrado dentro de su reducido círculo de sentimientos y es incapaz de comprender el alcance real de su desorden. Su autosuficiencia le ha cegado.
Cuando uno ha perdido el horizonte, no es capaz de ser dueño de sí mismo. Cuando es el egoísmo el que rige el comportamiento, la inseguridad y el miedo empiezan a dominar a la persona.
Eso le pasa a David. El hombre seguro es ahora inseguro, el que era fuerte es ahora débil. David necesita introducir a Urías en su propio círculo, para tranquilizar su conciencia y quitar importancia a lo que ha hecho. Necesita que otros vivan como él para autojustificarse.
Pero Urías no es David. Tiene una misión que realizar y prefiere morir antes que ser incoherente con lo que se ha comprometido. David insiste, pero Urías no cede ante lo fácil e inmediato, permanece fiel a aquellos que están sufriendo y luchando.
Esta es la gran diferencia entre ambos. Mientras David pone en primer lugar sus deseos, sin pensar en los demás, Urías pone a sus compañeros en el centro de su vida y une su suerte a la de ellos.
David, que no es capaz de mirar más allá de su propia nariz, no puede soportar que un simple subordinado no ceda a sus presiones y chantajes, y no entre en su propio círculo. La solución no es otra que acabar con la vida de Urías porque molesta.
El profeta Natán sirve de espejo a David para que se vea tal como es, en su debilidad y en su pecado. "Ese hombre, que ha hecho el mal, eres tú". El que ha destrozado una vida y arruinado una familia es David.
"He pecado contra el Señor", es la respuesta de David. Se ha dado cuenta. Natán le ha ayudado a abrir los ojos y ver la realidad que está viviendo. A pesar de su pecado, Dios le aguarda de nuevo. David acepta su debilidad, pone su confianza en Dios y junto con los demás vuelve a emprender su camino.
Sólo la presencia de alguien, desde fuera, puede ayudarme a darme cuenta de quién soy, de cómo estoy viviendo y hacia dónde camino. Para ello, se necesita humildad y apertura a los demás, sobre todo a quien puede ayudarme. La autosuficiencia conduce al narcisismo.
Lee detenidamente el Segundo libro de Samuel 11,1 - 12,14 y también el salmo 50.
14.
1.¿Encuentras algunos puntos de semejanza entre la experiencia de David y la
tuya? Detente en ellos y analízalos.
15. 2.Imprescindible para que David vuelva a encontrarse consigo mismo, con los
demás y con Dios, es la presencia de Natán. ¿Tienes a alguna persona que te
ayude a ir leyendo lo que estás viviendo?
Líbranos, Señor, de la violencia y del egoísmo.
Que podamos gritar las maravillas de tu perdón.
Abre nuestros ojos, nuestras manos, nuestro corazón
a la reconciliación contigo y con los hermanos.
Y será la paz.
La ley del pueblo de Israel nació en el pacto de la ALIANZA establecido con Dios. Esta Alianza consiste en el respeto y el amor al prójimo, compartiendo los bienes de la tierra para que no haya pobres en el país.
Con el pasar del tiempo, el recuerdo de la Alianza se va borrando de la memoria. Israel cede a la tentación de querer ser como los pueblos vecinos: ricos, poderosos y temidos. Los reyes organizan el ejército. Se adquiere prestigio y poder, pero se pierden los ideales y empieza el derrumbe moral y social.
El reino de Israel entra en un tiempo de fuerte desarrollo económico. Para aumentar la riqueza hay que producir cada día más, ganar mercados y exportar. Quien no produce se queda en el camino, marginado. Los fuertes se enriquecen; los débiles son cada vez más pobres. ¿Y la Alianza con Dios? Queda un recuerdo nostálgico pero lejano y olvidado.
En esta situación, Ajab accede al trono. Su única política es seguir creciendo y su ley está dictada por "el crecimiento económico".
Por intereses puramente económicos y estratégicos, el rey se casa con Jezabel, hija del rey de Tiro, pueblo de comerciantes. Jezabel llega a Samaria, capital del reino, acompañada de una corte de profetas de Baal, el dios de los fenicios.
Son unos años de prosperidad, pero a costa de graves injusticias sociales. En Samaria hay barrios de ricos y barrios de pobres. Los poderosos, para crecer, no dudan en pisotear los derechos de los más débiles, robarles la tierra y, si es necesario, asesinarles. Ciertamente a esta nueva cultura estorba la Alianza con Dios. Hay que olvidarla, no sirve. ¿Qué mejor que pasarse a Baal?
Baal es el dios hecho a imagen y semejanza del hombre que sólo busca sus propios intereses. Baal es el dios integrado en un sistema tremendamente injusto, es el dios que justifica las diferencias sociales.
Baal es un dios que entretiene al pueblo alienándolo con sus fiestas. Así los profetas de Baal se convierten en funcionarios del nuevo sistema socio-político-económico que ha sido implantado en el país. Pagados por el rey, los nuevos profetas sirven a la nueva ideología.
Hacia el año 860 a.C., en Tisbé, un pueblecito al otro lado del Jordán, surge un profeta de Yahvé llamado Elías. Surge de un "no puedo más", de la situación social tan degradada, de la manipulación y del desprecio del hombre. "No puedo quedarme tranquilo en Tisbé. ¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien yo sirvo!".
Elías es un apasionado de la Alianza que Dios había hecho con su pueblo. La lleva en la sangre, le hierve por dentro y no le deja tranquilo. Su nombre indica esta pasión: Elías, significa: "Mi Dios es Yahvé".
Y Elías deja Tisbé. Se pone en camino hacia lo inesperado, lo no previsto. Sólo conoce lo que deja, pero la pasión por la Alianza es tan grande que todas las dificultades le parecen pequeñas con tal de ser testigo de la verdad. Yahvé ha entrado en su vida, ha tocado su corazón y le ha hablado con amor, el lenguaje más auténtico. Desde este momento se inicia la relación de seducción entre Dios y Elías, que marcará toda su vida.
El caminar de Elías será disponibilidad a ir a una parte o a otra, a hablar con el rey o con el pueblo, a gritar y a luchar. Elías no se pertenece a sí mismo, ha quedado seducido por Yahvé. No le mueven intereses personales, sino que "Me consume el celo por el Señor, porque Israel ha abandonado la Alianza". Será este celo y esta pasión lo que dará sentido a toda su vida.
Ciertamente es la experiencia de Dios, encontrado en la soledad del desierto, en la escucha de su Palabra, en el análisis de la situación de su sociedad, la que le lleva a desenmascarar a Baal, falsa imagen de Dios divulgada por el sistema, por el rey y su entorno.
Nabot es un pequeño agricultor, apegado a la tierra que ha recibido en herencia y que es su única fuente de sustento. El rey se encapricha de su viña. ¿Quién puede oponerse a los caprichos del rey? Sólo quien tiene conciencia de su propia dignidad y éste es el caso de Nabot. Por desgracia, no la tienen ni sus paisanos ni los notables de su pueblo. Cualquier testigo bien pagado es bueno para satisfacer al rey aunque para ello haya que acusar al inocente.
Elías sufre el dolor de los débiles explotados, se rebela, no puede aguantar la falsedad, no puede soportar el crimen cometido contra los débiles. Su fuerza es Dios y, así, denuncia el crimen del poderoso.
El pueblo abandona la Alianza, se acomoda a los "nuevos tiempos". Va calando en las conciencias de la gente el "sálvese quien pueda". La masa, sin conciencia crítica, es víctima de los altavoces propagandistas del sistema, los profetas de Baal, que comen en la mesa del rey.
Elías no puede callar ante tanta mentira. Su pasión por "el Señor del Universo a quien sirvo" le lleva a subir a la palestra y a encararse, para desenmascararlos, a estos propagadores oficiales de la mentira.
Esto significa enfrentarse al rey y al pueblo que, falto de confianza en Dios, debe continuamente apoyarse en falsas seguridades. "¿Hasta cuándo vais a caminar con muletas?". Estas falsas seguridades quitan la libertad y convierten al pueblo en piezas del sistema. Es necesario que el pueblo despierte y se rebele ante tanta perversidad.
Elías se convierte en un estorbo para el sistema que no admite la más mínima crítica. Se le busca y se le persigue por orden de Jezabel que quiere quitarse este estorbo de su camino. Elías tiene que huir. Conoce el camino largo de la soledad. La vida se convierte en un peso insoportable para él que se considera a sí mismo como el único defensor de la Alianza.
Sin darse cuenta, su celo le ha llevado a desplazar a Dios y a ponerse a sí mismo en el centro. Ha caído en un arriesgado protagonismo. Es hombre al fin y al cabo. Tanta es la carga, que desea la muerte.
Elías saborea el fracaso. Debe crecer, debe asumir su propia debilidad y descubrir que no es él quien defiende a Dios sino que es Dios quien le defiende y le protege a él.
El camino es superior a sus fuerzas, Dios le sale al encuentro y le ofrece alimento: "sigue caminando, pero no confíes en tus propias fuerzas, no te consideres el mejor por estar haciendo lo que yo he revelado a tu corazón. Camina con humildad y con disponibilidad. No te faltará el alimento que te dé fuerza en tu caminar".
En el fracaso Elías aprende a conocer al Señor que no es un Dios que se manifiesta en la fuerza, ni en la presunción, ni en el orgullo, sino "en la brisa tenue", en lo pequeño, en lo aparentemente imperceptible, y, para descubrirlo, hace falta tener los oídos bien abiertos y, sobre todo, el corazón libre.
Y a partir de aquí, empieza la verdadera libertad.
No olvides de leer los capítulos de la Biblia que hacen referencia a Elías (1 Reyes 17 - 21), hazlo comparando la sociedad de Elías con la nuestra. Luego pregúntate:
16.
1.Baal es el dios del poder, Yahvé el Dios de la Alianza y de la vida. ¿Quién es
mi Dios? ¿A cuál de ellos estoy dedicando mi vida?
17. 2.Dios estaba en la brisa tenue. ¿Dónde percibo yo la presencia de Dios?
¿Qué produce en mi corazón? ¿Qué respuesta doy?
El pueblo de Israel continuaba distanciándose de la Alianza con Dios, menospreciaba su proyecto, parecía, cada día más, un pueblo sin punto de referencia. Los grandes pisoteaban a los pequeños, y cada cual intentaba sacar el máximo beneficio, aunque fuese a costa de aumentar el número de los indigentes.
Y, como una constante que nos acompaña a lo largo del estudio de los Protagonistas del Reino. Dios no se queda al margen de lo que sucede en la historia.
En el siglo VIII a. C., unos años después de Elías, surge en Tecua, una aldea cercana a Jerusalén, un hombre llamado Amós.
No conocemos cuándo nació, ni cómo murió, ni de qué familia era. Sabemos que tenía ganado y cultivaba higos. Era de posición social media-alta y solía viajar por Israel y Judá recorriendo los mercados. Este ir y venir de una parte hacia otra le hizo ver lo que sucedía en el país. (Lee el librito de Amós).
Amós era inteligente y se daba cuenta de la situación real de Israel. Era sensible y no le dejaba indiferente el sufrimiento de los pobres. De regreso a Tecua, después de sus viajes, se sentaría a hablar con los suyos de lo que había visto. Le indignaban aquellos que se consideraban la flor y nata del pueblo, que, acostándose en camas de marfil, pisoteaban el derecho y la justicia. Le obsesionaban las imágenes de la vida real, donde la injusticia suplantaba la ley, y la mentira y el soborno se habían instalado en los tribunales.
La aldea de Tecua está cerca de Jerusalén, en cuyo templo se proclamaba la Palabra de Dios. Esta Palabra, que hace justicia al oprimido y defiende al huérfano, resonaba en el interior de Amós como el rugido del león. Y, cuando el león ruge, ¿quién no se pone en movimiento?
Amós elige, para actuar, la celebración de la fiesta nacional, en el santuario real de Betel, donde se daban cita los máximos responsables políticos y religiosos del reino.
Aquel día, Betel era un hervidero de gente. Estaban los comerciantes con sus puestos ambulantes. Acudían los pudientes, violadores de la justicia y del derecho, para ser vistos y hacer ostentación de su posición social. Y estaba presente la masa de los desheredados quienes, una vez al año, acudían a adorar a Dios y olvidar, por unos días, la amarga realidad en que vivían.
Amós se encuentra allí. Se une a algunos grupitos y entre saludo y saludo a los conocidos de sus viajes como comerciante, habla de la realidad del país. Él ha abierto los ojos, ahora quiere ayudar a otros para que se den cuenta de la realidad que están viviendo. Su palabra resuena fuerte entre los que han venido a la fiesta y su mensaje, como fuego, prende entre los oyentes.
La injusticia que se vive en Israel no es algo abstracto. Son personas concretas las que viven en situación de pobreza porque hay otras que nadan en la opulencia. Y esto no es algo natural, querido por Dios, sino que ha sido provocado por quienes se aprovechan de su poder para manejar a su antojo y capricho los hilos de la sociedad.
Amós critica con dureza esta realidad. La Palabra de Dios, "rugido de león", que siente en su interior, le hace decir verdades como puños, aunque duelan a los poderosos.
A las mujeres bien posicionadas de Samaria, a esas que les gusta pasear sus alhajas, que se acuestan en lechos de marfil, les llama "vacas de Basán". Su prosperidad es fruto de la opresión de los indigentes y malos tratos a los pobres.
A aquellos que tienen no sólo casa de invierno, sino también chalet de verano, mientras hay muchos que no tienen ni una habitación para vivir dignamente, y que han forjado su riqueza vendiendo al pobre por un par de sandalias, falseando las medidas y aumentando los precios, Amós les anuncia el juicio de Dios por haber traicionado su Alianza.
Su celo por la Palabra de Dios le lleva a denunciar la corrupción de los jueces, que detestan al que habla con franqueza y que aceptan el soborno contra el pobre en su tribunal.
También declara la culpa del prudente que no considera oportuno el momento para protestar. Su silencio es un claro apoyo a quien atropella el derecho de los débiles. Para Amós no hay medios términos. Cuando está en juego la vida de unas personas, el sí ha de ser un sí y el no un no. La diplomacia de quien se pierde en sonrisas y en estrechar manos para dejar las cosas como están es una burla al ser humano, pues sólo intenta salvar la propia imagen y aparecer como respetable que se esfuerza en hacer algo.
Y el colmo es que se piensa que esta situación de desigualdad social, de opresión, de injusticia y de prudencia es compatible con una vida religiosa hecha de peregrinajes a Betel, de sacrificios, diezmos y oraciones. En medio de la fiesta, Amós denuncia esta religiosidad y declara que el auténtico culto a Dios es hacer justicia al pobre. Declara que el lugar de encuentro con Dios no es el altar de Betel sino el estar al lado del pobre y del indigente. Y estar a su lado no significa limosna, sino hacerles justicia: devolverles lo que se les ha robado.
Las palabra de Amós han impresionado a la gente que asiste a la fiesta nacional. Justo cuando, con aquella fiesta, se está justificando el drama de un pueblo adormecido, que consiente en vivir, con su pasividad y resignación, en una situación de injusticia institucionalizada.
A Amasías, sacerdote de aquel santuario, le llegan las palabras de Amós, e intuye inmediatamente que si no ataja de raíz ese discurso, el sistema sobre el que se apoya el culto en Betel terminará cayendo. Así, ordena a Amós que se marche a su país, Judá, donde podrá vivir en paz, y que deje tranquilo el santuario y la situación social de Israel.
A Amós le hierve la sangre por la falsedad de Amasías. Declara que él ni es profeta, ni del gremio profético, que si está en Betel es porque el Señor lo arrancó de su tierra y le mandó ir a profetizar a Israel.
Cuando Amós deja Tecua y se pone en camino hacia Israel, no lo hace ni por dinero, ni por poder, ni por prestigio, sino por amor a Dios, que es amor a los pobres. La situación del pueblo pobre y oprimido, el escándalo de la riqueza de unos pocos, le hacen descubrir la fuerza de la Palabra de Dios, y Dios hace de él su profeta.
Seguramente en su pueblo hubiera estado más tranquilo y sin tantas complicaciones, pero cuando Dios entra en su vida ya no puede vivir para sí mismo, sino sólo para los más necesitados. Tampoco ahora será él quien dirija sus pasos, desde ahora será Dios quien trazará su camino.
18.
1.Conocer la realidad social, política, económica y religiosa de nuestra
sociedad, es clave para ir a las causas de lo que está pasando. ¿Qué haces para
conocerla?
19. 2.Dios se presenta en la vida de Amós como el rugido de un león ante una
presa cercana. Frente a la situación de nuestro mundo, ¿cómo percibes y vives el
encuentro con Dios?
Hacia el siglo VIII a. C., surge en Israel un hombre de Dios que vive en su propia vida el drama de su pueblo, su nombre es: OSEAS.
Oseas estaba casado con Gomer, a quien amaba con ternura y cariño. Pero ella le fue infiel, le abandonó y se fue con otros en búsqueda de aventura y felicidad pasajera.
Así, Oseas sufre el desengaño y la vergüenza de la infidelidad. Su esposa le ha abandonado, se ha reído de él. Sin embargo, el corazón de Oseas no deja de latir por ella, es incapaz de dejar de amarla.
Esta trágica experiencia matrimonial le sirve para comprender y expresar las relaciones entre Dios, que ama apasionadamente, y el pueblo, que ha sido infiel. "Anda -le dice Dios-, ama a una mujer amante de otro y adúltera, como ama el Señor a los israelitas".
El pueblo de Israel, desde la salida de Egipto, había reconocido que era Dios quien lo guiaba. Todo lo que tenía era don y regalo recibido gratuitamente de Él.
En el desierto, caminando, sin más apegos que la confianza en Dios, había descubierto que era gracias a la fuerza y al ánimo que recibían de lo Alto lo que hacía que el pueblo, a pesar de sus dudas y vaivenes, siguiera adelante.
Allí, el pueblo había conocido a Dios, había vivido su amor. Había vivido el tiempo del primer amor, amor apasionado de juventud, expresado con miradas fugaces que hacen sonrojar, con palabras entrecortadas.
Israel había caminado feliz de tener a un Dios que le daba lo necesario para vivir y su amor le bastaba.
Pero, cuando deja el desierto, descubre algo inesperado: la fertilidad de Canaán.
Deslumbrado ante tanta riqueza, se asienta y se establece. Conoce a otros pueblos, otras culturas, otras mentalidades y otras formas de vivir. Se compara con ellos y queda seducido. Ya no tiene otro ideal que acumular riquezas y ser poderoso.
En el desierto había caminado con lo esencial y por ello había sido libre. Ahora, se apega a la cultura del "bienestar", donde nada falta para los que andan sobrados. Su corazón se entrega a la riqueza.
Antes, Dios era el Absoluto, de donde provenía todo y hacia donde se dirigía todo. Él era el Creador y Padre. Ahora, su preocupación es el tener, el poseer, el ser más que los otros, y su amor es la riqueza.
Dios desaparece de su horizonte. Son más apetecibles otros dioses, obras humanas, frutos de la imaginación y del deseo. Estos dioses, nacidos de otra cultura, exigen otra forma de pensar y de obrar.
Y así, el pueblo, ya no busca "lo nuestro" sino "lo mío". Ya no es nuestro pan, nuestra agua, sino mi pan, mi agua, mi lino, mi vino, mi aceite.
El culto al becerro de oro es la expresión de la nueva mentalidad.
Se olvida la Alianza y nace el individualismo. La sed por ser más que el otro deteriora la convivencia y trae la injusticia.
Y así, abundan "juramento y mentira, asesinatos y robo, adulterio y libertinaje, homicidio tras homicidio".
De la infidelidad nace la insatisfacción y ésta produce mayor ansia de posesión.
Y para defender los intereses de los que viven por encima de los demás, surge la necesidad de aliarse con las grandes potencias extranjeras.
Asiria y Egipto aparecen ante los ojos de Israel como nuevos dioses capaces de salvar.
Israel pone su confianza en las fortificaciones y en las riquezas, abandonando al Dios fiel y lleno de ternura, compasivo y misericordioso, atento y disponible.
Oseas descubre que su sufrimiento por el adulterio de su amada, es el mismo sufrimiento de Dios por la infidelidad de Israel. El pueblo de Israel es débil por su infidelidad.
¿Cuál es la causa del mal de Israel? Oseas, que lo sabe por su propia experiencia, no duda en responder: "No hay conocimiento de Dios en el país". El pueblo ya no conoce el amor de su Dios.
Para Oseas, conocer a Dios no es saber esto o aquello, sino sentir y saborear los mismos sentimientos de Dios, entrar en sus entrañas y ver el mundo desde su mismo corazón. Este conocimiento, vivido en el desierto, ha desaparecido al conformarse al nuevo modo de vida.
El desconocimiento de Dios es ausencia de la capacidad de distinguir entre Dios y los medios -riquezas, prestigio, proyectos...- que nos acercan o alejan de Él. Es hacer de estos medios el fin de la vida.
Oseas habla de lo que siente su corazón. Y sabe que, a pesar de su infidelidad, Dios no olvida al pueblo que ha salido de sus entrañas, que lo ha formado en el vientre materno.
Y desde esa convicción personal grita a su alrededor: "Volvamos al Señor. Conozcamos al Señor. Lo encontraremos. Él vendrá a nosotros como la lluvia, como aguacero que empapa la tierra". Es tiempo de buscar al Señor.
El amor de Dios se transforma en pasión por su pueblo. La última palabra la tiene la esperanza. Oseas lo sabe muy bien y lo grita a los cuatro vientos, a pesar de que le llamen loco y le digan que desvaría.
La solución es volver al amor primero, el de las primeras seducciones, como en el desierto. Ahí podrá hablarle nuevamente al corazón con el lenguaje de la gratuidad, de lo sencillo, de lo esencial, de lo auténtico. Y allí, sin duda, le responderá como en su juventud.
Y el matrimonio entre Dios y el pueblo será "para siempre, a precio de justicia y derecho, de afecto y cariño... a precio de fidelidad".
La salvación no está en ninguna potencia extranjera, ni en seguir los caprichos de la moda, ni en acoger las "carnavaladas" de nuestra sociedad, que esconde, bajo caretas de lujo, la miseria, la tristeza y la insatisfacción más completa.
"No volveremos a llamar Dios a las obras de nuestras manos". Este es el conocimiento de Dios.
Puedes leer detenidamente el librito de Oseas, no son muchas páginas. Al leerlo
fíjate en la infidelidad del pueblo y en la fidelidad de Dios. Puedes subrayar
en qué se muestra una y otra: imágenes que utiliza, actitudes que se subrayan,
sentimientos que aparecen...
¿Qué reacción produce en ti esta pasión de Dios por su pueblo?
Yo pedí fuerza para triunfar.
Él me dio flaqueza, para que aprenda a obedecer con humildad.
Deseé la riqueza para llegar a ser dichoso.
Me dio pobreza para que alcanzara la sabiduría.
Quise poder para ser apreciado por los hombres.
Me concedió debilidad para que llegara a tener deseos de Él.
Pedí un compañero para no vivir solo.
Me dio un corazón para que pudiera amar a todos los hermanos.
Anhelaba cosas que pudieran alegrar mi vida.
Me dio la vida para que pudiera gozar de todas las cosas.
No tengo nada de lo que he pedido.
Pero he recibido todo lo que había esperado sin saberlo.
La relación que Dios mantiene con el hombre es de amor, ternura y cariño. Antes incluso de formarse en el seno materno, el hombre ya está en el corazón de Dios. De ahí que Dios tome la iniciativa de entrar en la vida de las personas, para, caminando con ellas, hacerlas protagonistas de una historia más humana y más fraterna.
La respuesta a esta iniciativa de Dios es distinta según las personas.
Algunos la acogen con alegría; otros la rechazan, pensando que Dios no es quién para dirigir sus vidas, y otros luchan contra Él porque no lo ven claro, porque el futuro que se les presenta es incierto o porque ven contradicción entre lo que Dios propone y lo que ellos quieren.
Jeremías es una de esas personas que luchan continuamente contra Dios. Su vida es la historia de una seducción continua por parte de Dios, de un ir y venir, de un dejarse y un esconderse.
Esta seducción, Jeremías la vive de una forma paradójica. Por una parte la siente como una violación y, por otra, la experimenta como fuente de gozo y de alegría.
Para seguir mejor el camino que ha recorrido Jeremías te puedes detener en algunas páginas de su libro, sobre todo en los siguientes textos:
Jeremías, 1,4-10; 15,10-21; y 20,7-18.
Jeremías nace hacia el año 650 a. C. en Anatot, un pequeño pueblo cercano a Jerusalén, la gran capital del reino de Judá. Es hijo de Jelcías, sacerdote del templo.
En Anatot se tiene muy presente la memoria del Éxodo y del pacto que Dios había sellado con su pueblo. Un pacto que subraya que lo que Dios quiere son corazones generosos y entregados a los más pobres. Se recuerda a Moisés, a Elías, a Amós... Y se vive en actitud polémica con los notables de Jerusalén, que han vaciado de contenido el culto a Dios.
Desde pequeño, Jeremías es iniciado por su padre en la historia del pueblo de Israel. Una historia leída como historia de salvación, donde Dios ha estado y está al lado de su pueblo, en los momentos fáciles y difíciles. Jeremías va creciendo en este ambiente.
Entretanto, más allá de Anatot, las cosas no están tranquilas. Hay quienes luchan por ser los dueños del mundo. Asiria, Egipto y Babilonia se disputan la supremacía. Para ello no ahorran guerras. Está en juego el ser el más fuerte y dominar sobre el resto. Muertes, violencia, asesinatos, sufrimiento y saqueos están a la orden del día. Cuando hay intereses de poder y prestigio, las vidas humanas cuentan muy poco. Todo se supedita al fin.
Los ecos de todo ello llegan a Anatot. Jeremías viaja a menudo con su padre a Jerusalén y ve con sus propios ojos lo que está pasando. A la vuelta, en casa, con los amigos, comenta esta realidad. ¿Quién puede detener todo este desorden que no tiene en cuenta el plan de Dios?
A Jeremías le duele esta situación, pero no se da por aludido.
En Anatot cultiva la tierra, transmite la Palabra de Dios recibida, "es catequista", y tiene buenas relaciones con sus paisanos.
¿Quién es él, tan joven, para cambiar el mundo? Es verdad que las cosas están feas y que, por la ambición de los que están arriba, los pobres siempre salen perdiendo. Y, desde luego, esta sociedad, tal y como está ahora mismo, no es del agrado de Dios. En la mente de Jeremías está muy presente la Alianza. Pero, ¿qué puede hacer? Poco.
Además, él ya tiene sus planes de futuro: se ve casado con una chica del pueblo, formando una familia y, además de trabajar para sacarla adelante, seguirá siendo "catequista", porque, eso sí, quiere que la Palabra de Dios sea transmitida de generación en generación.
Jeremías es sincero y transparente. No está de acuerdo con la situación que vive el pueblo y desea en el fondo de su corazón un mundo diferente. Mientras trabaja, piensa mucho en todo lo que ve y escucha. Su corazón se vuelve cada día más sensible. Se da cuenta que no puede desentenderse de este mundo tan poco humano.
Al mismo tiempo, la Palabra de Dios, que él ha aprendido de su padre y que enseña a otros, le escuece en su interior, no le deja dormir tranquilo. Sin que él se dé cuenta, esta Palabra le está llevando por caminos que él desconoce.
Un día, mientras estaba descansando del duro trabajo, sentado debajo de una parra, con el botijo del agua al lado, tuvo una fuerte sensación en su interior; él contará que era como una voz que le decía: "Antes de formarte en el seno materno, te conocía; antes que tú vieses la luz, te había consagrado; te he establecido profeta de las naciones".
Jeremías se siente desconcertado. ¿Qué significa esta voz?, ¿de dónde proviene?
Pasan días, meses, y Jeremías experimenta, con más fuerza, esa voz en su interior. Se pregunta: ¿Quién es ése que antes de venir al mundo ya me conocía y me amaba?, ¿quién es ése que quiere que yo, pequeño y desconocido, sea su profeta? Intuye que Dios le está hablando a través de su corazón. Siente miedo, mucho miedo. La responsabilidad es demasiado grande. "¡Ay, Señor mío, mira que no sé hablar, porque soy muy joven!".
En el interior de Jeremías empieza la lucha. Él ya tiene hechos sus planes para el futuro, quiere una vida tranquila, sin más complicaciones que las que tiene cada día.
Al mismo tiempo, Jeremías conoce la Palabra de Dios, conoce los profetas y sabe que cuando Dios entra en la vida de una persona, ya no la deja. Intuye que Dios conoce perfectamente a cada uno y cuando pide algo a alguien es porque le da la capacidad para responder.
Hasta ahora, Jeremías, que conocía todo esto, no lo había sentido como dirigido a él: "No digas que eres un muchacho; a donde yo te envíe, irás; lo que yo te diga, lo dirás. No les tengas miedo, yo estoy contigo. Hoy pongo mis palabras en tu boca".
Pero la lucha continúa. Jeremías no se da por vencido, quiere escapar, olvidarlo todo. Busca salidas que le ocupen el tiempo, que le impidan detenerse a pensar. Pero no puede desentenderse, habría sido un cobarde. Y además intuye que la verdadera felicidad la encontrará acogiendo el plan que Dios tiene sobre él.
Y al final de la lucha, a Jeremías no le queda otra salida que ponerse en las manos de Aquel que lo ama y le invita a ser luz de salvación para otros pueblos: "Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir".
Seducido por Dios, Jeremías sale de su pueblo. Sólo lleva entre sus manos la pasión por Dios, por la verdad, por los pobres y el sueño de un futuro nuevo para el pueblo. Y sólo tiene como instrumento la Palabra de Dios: Palabra de denuncia y de esperanza.
¿Qué encontrará? Nadie lo sabe. Él tampoco. Sólo Dios, que es quién lo conduce. Jeremías tiene 23 años, es el tiempo de amar.
20.
1.Jeremías se siente débil, tiene miedo, pero encuentra fuerza en la Palabra de
Dios. ¿De dónde saco yo mi fuerza para vivir cada día?
21. 2."Me dejé seducir". Jeremías es libre cuando se deja seducir por el Dios
que detesta las injusticias. ¿Dónde percibo yo la presencia de Dios? ¿En qué
fundamento mi libertad?
Constatamos que a partir del momento en el que, vencidas todas sus resistencias interiores, Jeremías se pone en las manos de Aquel que lo ama profundamente, inicia para él una nueva etapa en su vida.
El combate no había sido fácil: Jeremías soñaba con una vida normal, tranquila. Creía en Dios, pero no pensaba que Dios se iba a fijar en él y, menos aún, que Dios quería hacer de él su luz ante las naciones.
Muchas habían sido las objeciones: "Mira, que no sé hablar, que soy joven e inexperto...". No eran más que excusas sugeridas por el miedo. Jeremías, comprendiéndolo, cede al amor de quien lo amaba antes de formarse en el seno materno.
Jeremías sale de su pueblo, del lugar que lo había visto nacer y crecer.
Deja lo conocido, lo que había sido su punto de referencia, el lugar donde él se sentía seguro.
En sus oídos resuena: "No tengas miedo, que yo estoy contigo". Con la confianza que da el sentirse guiado por Dios, se pone en camino hacia lo desconocido y lo imprevisto.
Entre sus manos sólo lleva la pasión por el Dios de la Alianza y por la verdad, maltratada y burlada continuamente. Le duele el corazón por los pobres, principales víctimas de un sistema que pisotea la dignidad del débil.
Sueña con un futuro nuevo para el pueblo. Sueña con una sociedad donde se viva el proyecto de Dios.
Para realizar la misión que ha recibido de Dios sólo tiene la Palabra, una palabra de denuncia de un sistema corrompido y una palabra de esperanza, ya que todo es posible aún si hay un cambio del corazón.
Pero anunciar esta palabra no es fácil. Jeremías descubre que no es ni todo negro ni todo blanco, sino que abunda el gris, y que es preciso observar la realidad para saber discernir el bien del mal.
Este observar y discernir la realidad, hoy como ayer, depende mucho del lugar donde uno se ubique. No es lo mismo vivir en una zona acomodada, donde aparentemente nada falta, que en un barrio donde hay paro, fracaso escolar... No es lo mismo mirar la realidad desde España, que desde una favela de San Pablo o desde los suburbios de Manila.
Jeremías se pone, desde el inicio de su actividad misionera, al lado de los pobres; con ellos vive su relación con Dios y con la sociedad, no esporádicamente, sino aceptando correr su mismo destino.
Quien vive con pasión la realidad de los pobres y la incorpora a su propia vida, no puede callar ante lo que sucede a su alrededor, alza su voz para que se oiga en todos los rincones.
Para hablar, Jeremías elige la puerta del Templo, el lugar más céntrico y concurrido.
Allí denuncia a una sociedad que ha rechazado el proyecto de Dios, una sociedad que explota al emigrante, al huérfano y a la viuda, que derrama sangre inocente, que roba y mata, a una sociedad hipócrita que, presentándose bien, está corrompida en su interior.
Jeremías paga su valentía a un precio muy alto. Sus amigos se vuelven enemigos, sus hermanos lo calumnian e incluso planean eliminarlo, ya que resulta demasiado molesto.
En estos momentos oscuros y difíciles, el profeta, abandonado y delatado, encuentra consuelo sólo en la Palabra de Dios: "Cuando recibía tus palabras, las devoraba; tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima; yo llevaba tu nombre, Señor".
Por paradójico que resulte, esta palabra que es su fuerza y la alegría de su corazón, es, al mismo tiempo, la causa del escarnio y burla constante a la que se ve expuesto.
Jeremías, pese a las invitaciones que recibe para que se acomode, es fiel a la misión que se le ha encomendado. Es coherente, no admite la más mínima relajación.
Ser instrumento de Dios no garantiza a Jeremías el éxito en la misión. Más aún, parece como si el fracaso formase parte de ella. ¡Esto es demasiado!
Contra sus deseos iniciales, había dejado Anatot, su pueblo natal, para anunciar la Palabra de Dios, y ahora resulta que es él quien está sufriendo en propia carne las consecuencias de anunciar esta palabra.
Sin duda, Jeremías pensaba que, al ser Dios quien lo había llamado, su destino sería el triunfo. Soñaba que, con Dios, lo tendría todo a su alcance y que todos reconocerían lo bien fundado de sus palabras.
Ahora, sin embargo, encuentra rechazo, fracaso y persecución. ¿Qué pasa? ¿Es que Dios se ha olvidado de él? Jeremías acusa a Dios diciéndole: "Te me has vuelto arroyo engañoso, de agua inconstante".
Y, ¿cómo le responde Dios? "Si apartas el metal de la escoria, volverás a ser mi boca".
Jeremías debe convertirse, purificar sus intenciones, sus motivaciones, debe aceptar que si la Palabra de Dios es rechazada y humillada, también lo será su profeta.
Es como si Dios le dijese: No es tuyo ni el triunfo ni el resultado, tuya es sólo la tarea.
Amigo, no sigas a Dios para tener éxito, ni para sentirte a gusto, ni mucho menos para evitar complicarte la vida.
Sigue al Dios de la Alianza porque Él ha tocado las fibras sensibles de tu corazón y te ha hecho extraordinariamente humano. Y, cuando te pongas a disposición de Dios, todo lo que hiera la dignidad de otras personas, te herirá también a ti.
Y, en este camino, Dios te promete sólo su presencia y su amor. Jeremías lo comprende y esto le basta.
22.
1.Jeremías se coloca al lado de los pobres, y, desde ahí, ve, observa y analiza
la sociedad. ¿Al lado de quién estoy yo? ¿Desde qué intereses analizo la
sociedad?
23. 2.Al comprometerse por los más débiles, Jeremías sufre el rechazo, incluso
de los amigos. ¿Cuál es mi experiencia en este campo?
24. 3.Jeremías, al ponerse al lado de los que no cuentan, asume un estilo de
vida coherente con ello. ¿Cómo es mi estilo de vida?
Lo que uno retiene sólo para sí
es lo que se corrompe dentro de nosotros
como agua encharcada.
Lo que uno deja pasar hacia los otros
es lo que lava nuestra intimidad
como agua que corre.
Todo lo retenido se deteriora hasta desintegrarse
y el propio corazón se convierte en carcelero.
Guardarse enteramente uno mismo
es la única manera de perderse eternamente
en la esterilidad de la muerte.
Perderse enteramente
es la única manera de ganarse eternamente
en el reino de la vida.
Benjamín González
Sucedió el año 586 a. C. El ejército de Babilonia conquista Jerusalén y se lleva cautiva a la mayoría del pueblo de Israel.
Israel vive la humillación y la desorientación. La tierra, el templo y el rey, lo que le daba identidad como pueblo, han sido destruidos. Es el fin de un sueño, es el fin de la dinastía de David.
Babilonia es próspera, con abundancia de bienes y una cultura brillante. Se vive para la riqueza. Tiene otros dioses.
Esto choca tan fuertemente a los israelitas, que comienzan a preguntarse: ¿No son nuestros invasores quienes reciben la bendición de Dios? ¿No será Marduk, dios de Babilonia, el verdadero Dios? Surge una crisis de fe.
Muchos israelitas olvidan poco a poco su propia identidad, abandonan a su Dios y se montan en el carro del vencedor. Ya no les interesa el proyecto de la Alianza, proyecto de solidaridad entre el pueblo. Adoptan el estilo de vida deslumbrante de Babilonia.
Aunque las circunstancias externas que estoy describiendo son distintas de las actuales, hay un fondo común entre nuestra situación y aquella.
¿No andamos a veces desconcertados ante el aparente triunfo de los que adoran a otros dioses: el dinero, el poder, el prestigio, el placer?
¿Qué pintamos hoy los que seguimos a Jesús?
¿Estaremos equivocados al pretender vivir a contracorriente de la cultura consumista, hedonista, violenta, insolidaria... que impera en nuestros días?
Un pequeño grupo de israelitas en el exilio no se resigna. Algunos toman la iniciativa y empiezan a reunirse. Soplan en las cenizas y, de la brasa, casi apagada, surge de nuevo la llama de la esperanza.
Forma parte de este grupo un hombre, que conocemos como ISAÍAS II. Nos situamos seguramente hacia el año 550 a.C.
Isaías II se nos presenta como una persona adulta, de fuerte personalidad. Un gran creyente que no se conforma con ver las cosas como están.
Siente fuertemente la experiencia de un Dios que camina con su pueblo en el destierro, como lo hizo en Egipto y en el desierto.
Está muy vivo en su corazón el recuerdo de las palabras que sellaron la Alianza.
Siente que es necesario, como hizo Moisés o Jeremías, ponerse al frente del pueblo para enderezar la caña cascada y dar intensidad al pabilo vacilante.
¿Pero, cómo hablar a este pueblo desanimado, abatido y entregado para que esa llama pequeña pueda crecer y crecer hasta iluminar los confines de la tierra?
Son muchos los discursos que se oyen, muy variados y atrayentes los mensajes que llegan al oyente. Queda poco espacio a su palabra. Sólo el lenguaje que proviene del interior de la persona, lo que vive y siente es lo que podrá despertar la inquietud en el oyente.
Isaías II empieza a hablar al corazón. Sus palabras producen hambre y sed en quien las oye.
Habla de consuelo y esperanza. Recuerda que el Señor les está acompañando desde el inicio, es "el que da fuerzas al cansado y acrecienta el vigor del inválido". Él conoce a cada uno por su nombre, los llama personalmente, sabe sus sufrimientos.
Desde ahí, Isaías II invita a todos a no tener miedo, a no angustiarse. Por su boca, Dios les dice "eres de gran precio a mis ojos, eres más valioso y yo te amo".
Esta es, para Isaías II, la clave de la recuperación. Cuando uno se da cuenta de que no es un número más, sino una pieza irrepetible e indispensable, crece en él el sentido de la autoestima y de la valoración personal, tan necesarias para poder colaborar en el proyecto de Dios.
Saber que soy importante y que tengo algo que decir. De aquí nace mi salvación, que es sentirme realizado en Dios y desde Dios.
Delante de esta realidad, ¿quién no queda sobrecogido y maravillado?
Isaías II da un paso más. Descubre que cuando una persona se siente amada gratuitamente por Dios, surge el deseo, que se convierte en necesidad, de irradiar esta luz que brilla en el interior.
Pero, ¿cómo dar a conocer los pensamientos y sentimientos de Dios en una sociedad injusta donde ellos son una minoría?
Isaías II les invita a poner su confianza en el Señor. Les recuerda que los que esperan en Él "renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse".
Isaías II no usa la propaganda ni la demagogia. Tampoco grita, ni vocea. No se apoya en la fuerza ni en el poder. No aplasta a nadie, ni ofende. Su fuerza es el Espíritu del Señor.
Siempre aprendiz, nunca maestro. Cada mañana abre el oído para escuchar la Palabra. Ella le da la fuerza de decir "una palabra de aliento al abatido" y de hacer frente a las amenazas e insultos que recibe.
Descubre, en el presente, los signos de algo nuevo que está surgiendo. Anima a los demás a fijarse en ellos para recuperar la esperanza de que un futuro, basado en la justicia y solidaridad, está llegando.
Su vida la entiende como don recibido de Dios. No se reserva nada. Se entrega a aquellos a los que ha sido enviado. Solidarizándose con los pobres, vive el sufrimiento, la indiferencia y el olvido, hasta llegar incluso a la misma muerte. Pero la suya será una muerte fecunda, como la del grano de trigo que si no muere no puede dar fruto. Su vida continúa en aquellos que recogen la herencia y asumen su propia misión.
Puedes empezar leyendo Isaías 40-55, lentamente, gustando y saboreando su
mensaje.
1. 1.Mira a tu alrededor y descubre los signos de esperanza que pueden animarte
en el caminar diario.
2. 2.Busca y estrecha lazos de fraternidad, de comunidad en la que puedas vivir
este mensaje de resistencia y de esperanza.
Donde haya tristeza,
me gustaría ser sonrisa.
Donde la destrucción lo invada todo,
me gustaría hacer un canto a la vida...
Donde haya frío,
me gustaría extender mis manos hacia Dios
llenas de ternura...
Quien quiere caminar por las sendas de Dios ha de ser consciente de que la tentación forma parte de este camino. La tentación es una prueba que fortalece la vida y purifica las motivaciones que nos guían a seguir a Jesús. Pero que también puede hacer sucumbir.
De entre los libros del Antiguo Testamento es el de JOB el que mejor nos describe la situación de la persona que, amando a Dios y siéndole fiel, sufre la prueba y la tentación.
Este libro nos sitúa en el siglos IV y V a. C., en el regreso de los israelitas del destierro. Un autor anónimo, buen creyente, que conoce bien los Salmos y el libro de Jeremías, reflexiona sobre el tema de la prueba, proyectándolo en un personaje ficticio llamado Job. En nuestra reflexión sobre el "Libro de Job", nos detendremos en los tres primeros capítulos y también en el último.
En la novela aparecen como personajes: Job, Satanás y Dios, con una breve inclusión de la mujer de Job y la llegada de tres amigos.
Job es natural del país de Hus, fuera de Israel. En esta época, en Israel, existía la obsesión por la pureza de la raza como elemento fundamental, constitutivo, del pueblo judío. Vuelve a escena lo que veremos en el libro de Rut: un extranjero va a decirnos algo importante.
Job puede considerarse privilegiado. Es honrado, justo, ama a Dios y sabe evitar el mal. También posee muchos bienes, que todos valoran como una bendición de Dios.
Pero aparece Satanás, que ha paseado por la Tierra y conoce a Job, poniendo en tela de juicio su obrar. "¿Crees tú que su religiosidad es desinteresada?".
Satanás saca a la luz lo negativo, la duda. Pide a Dios que prive a Job de sus posesiones y riquezas. Se verá así si realmente es fiel y si su amor a Dios es gratuito.
Dios, que estima a Job, se enorgullece de él por su fidelidad y rectitud, y, para hacerlo crecer, permite que sea tentado por Satanás.
Job es sometido a la prueba. Primero pierde sus bienes, luego a sus hijos, pero no protesta contra Dios.
Satanás prueba de nuevo a Job en lo más valioso que le queda: su salud. De la riqueza y el bienestar, Job pasa a encontrarse sin nada y enfermo, sentado en la basura.
Para mayor desgracia, su mujer, que parece colaboradora de Satanás, le incita a maldecir a Dios y alejarse de Él. La respuesta de Job es sincera: "Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar también los males?".
Al enterarse de la tragedia, tres amigos le visitan para compartir sus penas y consolarlo. Job, afligido por el sufrimiento, guarda silencio durante siete días.
¿Quién es Job? Es un personaje que va más allá del espacio y del tiempo. Es el hombre justo, que vive con honestidad y transparencia, que tiene un gran sentido de Dios.
¿Quién es Satanás? Representa todo aquello que tienta y prueba al hombre en su vida. Su objetivo es sembrar la duda, quitar fuerzas a la persona para debilitarla y apartarla progresivamente del proyecto de Dios. Es insistente y nunca se da por vencido.
Entre Job y Satanás se encuentra Dios permitiendo que el hombre sea probado. La prueba es el termómetro que mide la confianza y la gratuidad de la relación que Job mantiene con Él.
Satanás es suspicaz, llega a hacer tambalear hasta los motivos más hondos de la persona. No cree en la gratuidad verdadera del obrar del justo. Detrás de cada acción busca un interés oscuro, de la índole que sea. Juzga que Job es honrado porque todo le ha sonreído en la vida. Sin contratiempos, cuando todo va bien, es muy fácil creer en Dios. Pero, ¿y cuando las cosas no van bien?
Job nos enseña algo muy claro y evidente: la prueba llega a todos. Está ahí y es algo con lo que hay que contar. Más aún, detrás de la prueba siempre hay una enseñanza.
La prueba, el dolor, ayuda a crecer, a purificar motivaciones, a sanear actitudes; nos mantiene vigilantes; nos ayuda a ver y a comprobar la gratuidad de nuestro pensamiento, palabras y obras.
Cuando decimos que amamos a Dios, ¿lo hacemos desinteresada y gratuitamente como Él nos ama, o bien se esconden otros intereses? ¿Amo a Dios sólo cuando la vida me sonríe? ¿Y cuando las cosas no salen como yo esperaba?
La tentación llega cuando queremos, consciente o inconscientemente, que Dios responda a nuestros deseos, ilusiones, expectativas, sueños... por justos que sean.
En un primer momento, Job asume la prueba y recrimina a su mujer, pero después viene el silencio que lleva consigo la intranquilidad y desasosiego. Las ideas le golpan la mente y piensa, razona... hasta que grita maldiciendo el día de su nacimiento y deseándose la muerte.
Ante la prueba no basta un "sí" inicial. El "sí" ha de repetirse día a día, hasta que toque las fibras del corazón. No es suficiente con oponerse una vez a la tentación.
Job tiene que hacer frente a las palabras de los amigos, a los lógicos razonamientos que le exponen, a las recriminaciones que le hacen, a las salidas que le ofrecen. Ahora viene para él la verificación de su "sí". Y es en este momento donde puede sucumbir.
Él vence reconociendo sus límites, su incapacidad de comprender la vida en su totalidad y de abarcar a Dios.
La prueba nos enseña a vivir con humildad, a no considerar que ya hemos llegado, a no sentirnos omnipotentes. La humildad es la capacidad de aceptarse como persona humana, con valores y límites. Y es en esa aceptación continua y progresiva como nos vamos conociendo realmente.
Job nos enseña también a hacer frente a la prueba, a no dejarnos dominar por ella. Nos dice que es necesario no quedarse en la mera constatación, sino analizar las causas. Por ejemplo, si se presenta en forma de desmotivación, preguntarnos de dónde viene, por qué, por dónde se ha filtrado, qué significa en realidad... Y una vez conocida y analizada, afrontarla con decisión y con la confianza de que Dios nos está ayudando a salir adelante.
La vida es un camino. No soy el Maestro, ni el Guía. No me conozco por completo. Es Dios quien me conoce y me va guiando a través de las pruebas al conocimiento de mí mismo, hasta Él. Esta es la enseñanza que Job ofrece también al caminante del siglo XX.
Lee
los capítulos 1-3 y 42 del libro de Job. Te puedes preguntar:
3. 1.La prueba, ¿cómo aparece en tu vida?
4. 2.¿Cómo reaccionas? ¿Qué medios pones?
Sentir como algo propio el sufrimiento
del hermano de aquí y del de allá,
hacer propia la angustia de los pobres:
es solidaridad.
El pueblo de Israel había vuelto del destierro con muchas ilusiones y esperando vivir el proyecto de Dios. Pero pasaron los años y las ilusiones se fueron desvaneciendo. El ideal común se pierde y se impone, una vez más, la lógica del "sálvese quien pueda".
¿Cuál es el resultado? Un pequeño grupo acapara los bienes, mientras la mayoría vive en la pobreza y el hambre. Muchos se ven obligados a vender sus tierras e incluso a sus hijos para comer. Los ricos escriben las leyes. Los pobres viven de la limosna. Las familias se dividen. Cada uno busca sus propios intereses.
Cuando una sociedad pierde el horizonte de su vida, se produce una crisis de identidad que degenera en fanatismos, que desvían la atención hacia falsos problemas.
En Israel, unos quieren reconstruir la identidad del pueblo a través de la religión, una religión nacionalista que margina y excluye a quienes no pertenecen a esa creencia religiosa. Otros buscan la pureza de la raza. Se decreta la expulsión de las mujeres no judías. El impulsor de este proyecto fue un tal Esdras, fanático doctor de la ley.
Pero hubo algunos que ofrecieron otra solución. La encontramos en una pequeña novela histórica: "El libro de RUT", escrita hacia el año 450 a. C.
Esta obra relata algunas tradiciones que se remontan a la época de los Jueces (siglo X antes de Cristo).
El autor de este libro, para transmitirnos su mensaje, juega con los nombres, cuyo significado indico entre paréntesis.
Habla de un matrimonio formado por Noemí (Pueblo-feliz) y Elimelec (Dios-es-rey) para describir la relación de Dios con su pueblo.
El pueblo era feliz cuando tenía a Dios por Rey, cuando se regía por la Alianza. A nadie le faltaba lo necesario para vivir.
Pero la ambición se adueñó del pueblo. "Hubo hambre", dice el libro. Se crearon clases sociales. Ahora ya no cuenta la persona sino los bienes que uno posee.
Elimelec murió dejando dos hijos: Majalón (Sufrimiento) y Kilión (Debilidad).
A Dios se le fue desplazando poco a poco. El pueblo queda huérfano, sin punto de referencia, no sabe hacia dónde ir. El afán de riqueza provoca sufrimiento y debilidad. Y un pueblo a la deriva no tarda en desaparecer.
En la desolación, Noemí oye que el Señor ha visitado a su pueblo dándole pan, y decide regresar a Belén (Casa del pan). El autor describe la actitud de quien no se resigna e indica la solución.
Tres mujeres: Noemí, Orfa y Rut, se ponen en camino, repiten el gesto de Abrahán. Abandonan su país, se ponen en camino en busca de una nueva tierra, confiando sólo en Dios.
Las tres son viudas, pobres y dos de ellas extranjeras. Son nadie. Es la debilidad encarnada. Y, sin embargo, de la debilidad surge la fuerza.
Noemí conoce el camino y sabe que es duro. Lo que le espera es amargo. No quiere que sus nueras corran su misma suerte. Les aconseja que abandonen para poder vivir mejor. Y les desea la misericordia del Señor. ¡Qué actitud tan diferente a la de Esdras!
Orfa (Dar-la-espalda) la abandona y vuelve a su pueblo.
En cambio, Rut (La-amiga) la acompaña hasta el final.
Rut asocia su vida a la de su suegra. Una extranjera, una de aquellas que eran expulsadas por la ley de Esdras, da el más bello testimonio de lo que es la fidelidad al pobre: "A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán".
No es por la pureza de la raza, ni por la observancia de preceptos como se pertenece al pueblo de Dios, sino por el compromiso concreto con las personas. Compromiso que es expresión de una opción de vida.
¿Qué intereses mueven a Rut a hacer esta opción?
Sólo el amor, que le lleva a amar a su suegra, pobre y sin futuro, y a unir su suerte a la de ella. Ésta es la solución que el autor propone: el amor al pobre.
La vieja Noemí, convertida en Mara (Amargada), y Rut llegan a Belén (Casa del Pan) en el tiempo de la cosecha. La situación nos comunica un mensaje: El tiempo de la amargura puede ser tiempo de bendición.
Rut, como los pobres, mendiga en los campos de un familiar llamado Booz (Valeroso).
En medio de la injusticia y del pillaje cotidiano, Booz nos recuerda a los grandes Jueces fieles a Yahvé. Él se interesa por Rut y valora todo lo que ha hecho por su suegra.
En realidad, nos dice el autor del libro, Rut, la extranjera, ha hecho el mismo camino que Abrahán, dejando a su familia y a su pueblo. Booz la acoge como hija de Abrahán.
Renace la esperanza en Noemí. Se da cuenta que Dios conduce con misericordia y fidelidad el camino de sus pobres, que aborrece a quien margina y crea diferencias entre los hombres y que, incluso de las cenizas, hace surgir brotes de esperanza.
Según la ley, es a otro pariente de Noemí a quien le toca ocuparse e ella y de su tierra. Éste, sin nombre, está dispuesto a comprar la tierra, pero no quiere cargar con la responsabilidad de las dos mujeres. Demasiado cómodo e injusto, aunque esté legislado.
Y Booz sale como defensor del pobre. Exige que junto al rescate de la tierra estén también las personas. Denuncia un sistema que promueve el enriquecimiento y deja de lado a las personas.
El autor critica a la sociedad que prima a los intereses privados y utiliza a las personas mientras son rentables.
Booz defiende a Noemí y a Rut, y se casa con ésta.
Rut había hecho una opción de vida por su suegra, es recompensada. De la extranjera, "amiga incondicional", y del "valeroso" defensor de los pobres nace Obed (El-siervo).
Renace la esperanza, se vislumbra el futuro. La reconstrucción del pueblo de Israel no está en el templo, ni en la pureza de la raza, sino en el respeto a las personas en su diversidad, en el servicio y en la entrega desinteresada
Y de Obed (El-siervo) saldrá el Mesías.
5.
1.Lee detenidamente el librito de Rut, sustituyendo los nombres por su
significado.
6. 2.Ante una situación de crisis de una sociedad, surgen diversos proyectos. En
nuestro mundo, ¿qué proyectos se están fraguando? ¿Tienen cabida todas las
personas?
7. 3.Orfa abandona. Rut camina con el pobre. ¿Qué se requiere hoy día para hacer
una opción de vida por los empobrecidos de la tierra? ¿Cuál es mi opción?
Mantener siempre atentos los oídos
al grito del dolor de los demás
y escuchar su llamada de socorro:
es solidaridad.
Conforme nos adentramos en la Biblia, vemos la diversidad de estilos utilizados para describir un mensaje. Uno de estos estilos es el de las parábolas: lo hemos visto usado en los libro de Rut y de Job. Ahora lo encontramos de nuevo en el libro de JONAS.
El pequeño relato de Jonás es una bella parábola, llena de humor, escrita hacia el siglo II a. C. Narra los sentimientos de un pueblo oprimido, el israelita, que ha sufrido la explotación, la persecución y el destierro por parte de los opresores, simbolizados por Nínive.
Israel ha ido acumulando el odio y el rencor hacia sus enemigos. Ahora espera que Dios intervenga para vengarse de ellos. Dios piensa de otra manera. Aquí empieza la historia de Jonás.
Continuamente recibimos noticias que llegan de lejos. Nos hablan de violencia, de guerras entre pueblos hermanos, de refugiados, de niños abandonados en las calles, de minas que destrozan a seres humanos, de severas medidas económicas impuestas a los países empobrecidos...
Y entre nosotros solemos hablar de todo ello, lo comentamos, e incluso, a veces, llegamos a sentir indignación o a participar en alguna manifestación. Pero ahí acaba todo.
Pocas veces tomamos la situación del mundo como una invitación a actuar, a hacer algo. Seguimos con nuestra vida de cada día como si nada sucediese. Quedan lejos de nuestros intereses y compromisos.
Algo parecido le pasa a JONAS. Nínive queda lejos, muy lejos de donde él vive. Nínive es la gran ciudad. Es el símbolo del imperialismo político, económico, social y cultural. En Nínive se idean los proyectos para someter a los demás pueblos. Nínive representa a los opresores y a los violentos de todos los tiempos. "¡Ay de la ciudad sanguinaria y traidora, toda llena de mentira y violencia, insaciable de despojos!" (Nahún 3,1). Es un lugar desagradable, muy desagradable.
Jonás, por su parte, está tranquilo donde vive. Cree en Dios, pero sin demasiados sobresaltos o complicaciones. Ve perfectamente compatible ser creyente y desentenderse de lo que pasa en el mundo. Ni siquiera se le ocurre que podría hacer algo por los demás.
Dios se acerca a Jonás y le hace una invitación impensable para él: Ponerse en camino y comprometer su vida anunciando un mensaje de salvación para un pueblo corrupto y explotador. Jonás piensa que la salvación de Nínive es algo que ni le va ni le viene.
Y Jonás, como cualquier creyente "descomprometido", no se toma en serio la invitación. Se desentiende y elige el camino contrario. Huye a Tarsis, la dirección opuesta a Nínive. Jonás 1, 1-5.
Jonás quiere huir lejos del Señor. En el fondo está huyendo de sí mismo, del lugar donde Dios lo quiere para realizar su proyecto de salvación. Y ese lugar es Nínive, aunque a él no le guste, ni le apetezca.
En el fondo, a Jonás no le importa lo que pasa más allá de sí mismo. Incluso cuando se desata la tormenta, en el barco, cuando los demás se agitan buscando salvarse, Jonás duerme tranquilamente como si nada sucediese. Es la inconsciencia o el aislamiento de sí mismo. Aunque los demás desaparezcan, eso qué le importa.
De la aparente tranquilidad del sueño, Jonás es enviado al fondo del vacío. Al huir de Dios, sin darse cuenta, está huyendo de sí mismo, de su propia responsabilidad.
Y así, se ve enfrentado a la oscuridad y a la incertidumbre de su propia vida. Esto le provoca angustia y desesperación. Jonás, sin haberlo buscado, se encuentra con el sin-sentido de su propia vida.
(Lee Jonás 2, 1-10)
Y en el vacío, recuerda la grandeza y la bondad de Dios. "¡Quién pudiera ver
otra vez tu templo santo!". Dios le vuelve a dar fuerzas y valor para
proclamar a todos la salvación. El reencuentro con Dios le lleva a reencontrarse
consigo mismo.
¿Y dónde proclamará la salvación de Dios? ¿Y dónde mejor que en Nínive? Nínive es su lugar. Nínive es el lugar donde anunciará el amor sin límites de Dios a un pueblo inhumano e injusto. Jonás 3,1-10.
Y Jonás va a Nínive. Pero, en el fondo, no está convencido de su misión, porque aún no se ha dejado amar por Dios en lo profundo de su corazón. Por esto, le cuesta anunciar un mensaje de salvación a un pueblo que odiaba. Espera que no se convierta y sea castigado. Y, sin embargo, aquel pueblo se convierte.
Muchas veces, las noticias de castigos, calamidades y desgracias son más apetecibles que las de perdón, fiesta y alegría. Sobre todo cuando afectan a gente "culpable". Somos incapaces de alegrarnos con los demás, porque nuestro corazón está lleno de nosotros mismos.
Algo así le pasa a Jonás. No es capaz de aceptar la buena noticia de la conversión de Nínive. Se disgusta enormemente, se irrita y desea quitarse la vida. En el fondo, se siente un fracasado. Cuando las cosas no salen como él espera y desea, ya no le ve sentido a su vida. Prefiere morir a seguir viviendo. Jonás 4,1-11.
¿Qué es lo que le pasa a Jonás? Pues que no acepta que "su" Dios sea un Dios de todos, universal, sin fronteras, que ame a todos por igual. En realidad, Jonás nunca ha descubierto que la vida es un regalo que Dios nos hace a todos por igual y que la vida tiene un sentido: vivir por los demás y para los demás.
Al mismo tiempo, Jonás acepta a un Dios que rompe sus esquemasque lo lleva más allá de sus propias fronteras y lo deja a la intemperie, fuera de toda seguridad. Un Dios que lo único que le ofrece es su propia amistad y un amor incontrolable y desmesurado.
Jonás
te puede ayudar a ver el camino que estás recorriendo. Lee despacio el librito
de Jonás. Luego pregúntate:
8. 1.¿Cómo vivo la unión entre creer en Dios y el deseo de transformar la
realidad de nuestro mundo?
9. 2.Nínive es el lugar de Jonás. Tarsis la evasión de sí mismo. ¿Voy
encontrando mi Nínive? ¿Dónde está?
10. 3.¿Hay evasiones en mi vida? Si es así, ¿cuáles son estas Tarsis?
Yo sé que mi libertad es mi corazón en búsqueda.
No me gusta, Señor, esta sociedad que he recibido.
No quiero entrar en el juego de sus tentáculos.
Mi protesta, Señor, es contra lo viejo y lo gastado.
Mi grito es contra lo que esclaviza al hombre.
Quiero cambiar mi vida para cambiar el mundo.
Quiero vivir en mí el dolor de los hombres rotos.
Quiero sobrevivir con lo que sobreviven apenas.
Quiero ser grito de los que mueren en la noche.
Aquí estoy con las manos abiertas ofreciendo ayuda.
Aquí estoy con el corazón cercano al que sufre.
Aquí estoy para aprender que el amor cambia la vida.
Aquí estoy para dar esperanza al hombre pisoteado.
Situado en la frontera entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, Juan el Bautista es la persona que encarna de un modo peculiar los rasgos de la vida misionera.
Juan es aquel que, saliendo de su propio ambiente, señala a otros la presencia de uno que es más grande que él, y aquel que, cumplida su misión, desaparece.
En nuestra reflexión, nos detendremos en la presentación que de Juan nos hace el Evangelio de Marcos 1, 2-8.
De repente, sin esperarlo, Marcos nos presenta a Juan como un vigilante en el límite del desierto. No menciona nada más de él, sólo su nombre, pero no su origen, ni su lugar de procedencia.
Marcos quiere que nos demos cuenta de algo característico del mensajero. La atención se centra en el mensaje que trae, no en la persona de quien lo anuncia. Lo importante es que este mensaje sea proclamado y pueda ser escuchado.
Y para desconcierto de todos, Juan aparece en el desierto. Lugar árido, seco, deshabitado, con pocos signos de vida. Allí vive y anuncia su mensaje. ¿Quién le prestará atención en este contexto?
Pero, para el israelita, el desierto es algo más.
Es el lugar de purificación de todo lo que aleja de Dios, de todas las seguridades que adormecen y quitan la fuerza al ser humano.
Es el lugar donde Dios puede hacerse un espacio y hablar al corazón de la persona, de tú a tú, sin ninguna interferencia (ver: Oseas 2, 16).
El pueblo de Israel, con el paso de los siglos, se ha distanciado de Dios. Se ha creado un modo de ser y de vivir muy lejos del ideal que Dios quiere para su pueblo.
Dios le había propuesto: "Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios". Pero ahora, de estas palabras, sólo queda la formula, todos las repiten, pero están vacías de contenido.
Juan, hombre enamorado de la Palabra de Dios, se da cuenta de ello y siente en su interior que no es posible seguir viviendo y participando de una sociedad que denigra al pobre y justifica al opresor.
Con la fuerza que le viene del Espíritu de Dios, rompe con aquella sociedad, asumiendo todas las consecuencias, "jugándose el cuello", entregando su vida.
Sale fuera de sus estructuras sociales, políticas y religiosas, todas ellas contaminadas, manchadas de sangre inocente ("sepulcros blanqueados" dirá Jesús) y se marcha al desierto, donde el único sostén que tiene es la confianza en Dios y la fuerza que nace de esa confianza.
Con éstas y sólo con estas armas en su mano, las del pobre en el espíritu, prepara el camino al Mesías.
Juan invita a preparar el camino al Señor. ¿De qué camino se trata?
En nuestra vida se nos presentan diversidad de opciones y posibilidades que nos pueden llevar por caminos diferentes. Juan vivió una experiencia similar. Tuvo ante sí la posibilidad de hacer esto o aquello, de ir por aquí o por allá.
¿Cómo llegó a comprender que éste era el camino que llena al ser humano?
¿Cómo pudo decidirse a tomar el camino de la austeridad más completa, como único camino capaz de llenar y dar sentido a la persona?
Fue escuchando y meditando la Palabra de Dios como Juan descubrió que sólo un camino, que es Jesús mismo ("Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"), conduce a la plenitud total, y es capaz de crear un mundo nuevo en el que cada ser humano es grande por el hecho de ser persona.
Juan cree en este camino con todas sus fuerzas y tiene la confianza de que se puede recorrer aunque parezca inalcanzable. Igual que el pueblo de Israel pudo salir de la opresión egipcia, también ahora se puede salir del estilo de vida imperante que ha olvidado lo esencial: el amor a Dios y al prójimo.
Y con esta confianza que viene de Dios, superando los miedos y las reticencias, Juan se lanza a anunciar algo nuevo que está llegando, algo diferente que ya se vislumbra en el horizonte.
Pero, para ello, es necesario preparar los caminos y allanar los senderos para ser capaces de acoger esta Buena Noticia.
Las palabras que salen de su boca encuentran eco en muchas personas insatisfechas con el modo de vivir grisáceo de aquella sociedad, personas deseosas, como él, de realizar algo que les llene y que dé sentido a sus vidas.
Y así, muchos salen de Judea y de Jerusalén, de los lugares "seguros", de las situaciones cómodas, de las estructuras tranquilizadoras, de la costumbre, de lo conocido, y se arriesgan a caminar por el desierto con dirección hacia una tierra nueva.
De esta manera, Juan se convierte en precursor. Su voz ha despertado a las gentes, les ha hecho sentir y gustar los secretos del Reino de Dios, les ha ayudado a salir de una situación de conformismo y a experimentar la necesidad de una salvación liberadora.
Y esta es la belleza de la vocación de Juan. Poco a poco, paso a paso, descubre la grandeza de preparar el terreno para que Jesucristo pueda entablar amistad con el ser humano.
Sabe que el camino no es fácil, que las dificultades se le presentarán, que él, en el fondo, es una persona normal y corriente, que tiene sus debilidades y lagunas.
Pero sabe también, por su propia experiencia, que Dios puede convertir lo escabroso en llano y enderezar lo torcido. Que Dios lo único que le pide es disponibilidad para ser instrumento en sus manos.
Y así, las renuncias las ve como liberadoras. Su modo de vida austero y pobre es el signo externo de un corazón libre sin más atadura que la pasión por Dios y su proyecto.
Sólo viviendo desde esta libertad es posible disminuir para que Él crezca y se manifieste ante todos como el Salvador.
De
Juan el Bautista, los Evangelios nos hablan poco. Su vida transcurre
prácticamente en el anonimato. Su misión es ayudar a las personas a encontrar a
Jesucristo.
11. 1.La fuerza que acompaña a Juan nace de la confianza que tiene con Dios.
¿Cómo es mi confianza con Dios, con Jesús? ¿Me da la fuerza diaria para ser su
testigo?
12. 2.Juan motiva, alienta, sacude las conciencias, despierta sed de Dios a su
alrededor. Y yo, ¿me preocupo de provocar en los demás las ganas de encontrarse
con Jesús?
13. 3.Poco a poco, Juan descubre la belleza y grandeza de su vocación. ¿Estoy
contento de mi vocación cristiana? ¿Siento orgullo de haber conocido a Jesús?
Dejarse transportar por un mensaje
cargado de esperanza, amor y paz,
hasta apretar la mano del hermano: es solidaridad.
Convertirse uno mismo en mensajero
del abrazo sincero y fraternal
que unos pueblos envían a otros pueblos: es solidaridad.
Los Evangelios nos hablan poco de ella; alguna noticia significativa pero puntual y poco más. ¿Quién es esta mujer que se ha convertido, para el evangelista Lucas, en el modelo del discípulo de Jesús? Es MARIA, la madre de Jesús.
En nuestra reflexión, nos detendremos en el momento más significativo de su vida: la Anunciación (Lucas 1, 26-45). Intentaremos desentrañar este hecho tan vital que moldea toda la vida de María.
¿Quién es María? El Evangelio nos dice que es una joven prometida a José y que vive en el pueblo de Nazaret.
De estas escasas noticias sabemos que no tiene nada especial. Vive una vida normal, como cualquier chica de su tiempo, con la idea de formar una familia. Se ocupa de los trabajos propios de su edad, le gusta pasar ratos buenos con sus amigas. Eso sí, podemos intuir que tiene una sensibilidad particular hacia la Palabra de Dios.
Es en este contexto de normalidad, Lucas nos dice que fue "a los seis meses de haberse acercado a la vida de Isabel, cuando Dios envió el ángel Gabriel a María". Podía haber sido a los quince días, o al año, pero no, fue en ese día. ¿Había algo especial? Nada. Éste es el modo de actuar de Dios. Cuando menos lo esperamos, Él nos sale al encuentro allí donde vivimos diariamente y nos sorprende.
Dios fue inesperado y desconcertante para Moisés, Samuel, Amos, Jeremías, Isabel... y, ahora, María. Y la cadena continúa también hoy.
"El ángel entrando donde ella estaba". ¿Hay un lugar especial para encontrarse con Dios? ¡No! Lo que realmente importa no es el lugar sino la actitud con la que se vive: saber estar donde hay que estar.
Es decir, lo importante es vivir el momento presente centrado, sabiendo que es ahí donde me juego la vida, evitando para ello las tentadoras distracciones, las evasiones o las fantasías que nos rondan a menudo por la cabeza.
Es en su vida de cada día, con esta actitud de estar centrada en lo que está haciendo, donde Dios se acerca a María. Y es también ahí donde Dios se te acerca.
"Alégrate, favorecida". Dios se presenta en la vida de María para hacerle feliz. Esta felicidad se basa en una gran noticia: "El Señor está contigo".
Este es el regalo más importante que Dios nos puede hacer también a nosotros: ayudarnos a caer en la cuenta de que Él está en nuestras vidas y que, antes de formarnos en el seno de nuestra madre, Él ya nos conocía y nos habitaba.
De esta sorpresa surge la felicidad. Es la alegría de quien encuentra un tesoro escondido y es capaz de vender todo lo que tiene para quedarse con lo único importante y duradero.
Esta alegría, que viene de Dios, se traduce en una actitud de sabiduría ante la vida: saber hacer las cosas con cariño, con ternura, ser sencillos, agradecidos, tener la fuerza para superar las dificultades, para ayudar a los demás y para decir un sí cuando hay que decirlo.
"Ella se turbó al oír estas palabras". Era algo que María no se esperaba, ni siquiera podía imaginárselo. Estaba fuera de su comprensión. Ella hacía una vida normal, tenía sus proyectos para el futuro y ahora... ¡zas!, Dios le propone un cambio y eso la desconcierta.
Antes tenía claras las cosas, se sentía segura, confiada en sí misma. Ahora siente que hay una realidad que la desborda, que va más allá de lo que puede comprender. Esto le crea intranquilidad, desasosiego, incertidumbre. ¿Qué es esto?, ¿qué significa?, ¿a qué conduce?
En medio de esta confusión y desorientación inicial, Dios le pide serenidad y tranquilidad. "Tranquilízate, María". "Dios te ha concedido su favor, vas a concebir y darás a luz un hijo". Pero estas palabras son difíciles de comprender. María no se calla, no acepta pasivamente que algo se le imponga tan de repente. Quiere saber el por qué y pregunta: "¿Cómo sucederá, si no estoy casada?".
Es necesario dejar tiempo para ir masticando suavemente y digerir esta realidad nueva, desconcertante y atractiva al mismo tiempo. Así, poco a poco, la situación se va calmando y serenando. Desde la calma y la serenidad, es posible razonar y ver el alcance y las consecuencias de la propuesta.
"Para Dios no hay nada imposible". María escucha las palabras del ángel y se da cuenta que hay cosas que están más allá de la razón.
La tentación le acecha también. Ella quiere comprender racionalmente cómo Dios procede y actúa. Y se queda en las puertas, porque Dios va más allá de lo que nuestra mente puede razonar. María se da cuenta de ello. Y, al mismo tiempo, percibe que lo que Dios le pide es escuchar su palabra, abrir su corazón de par en par y confiar en Él.
Debió tener también sus dudas, pensar en dejar la respuesta para un mañana, ese mañana que nunca llega. ¡Pero no!, María confía y decide: "Aquí está la sierva del Señor, hágase en mí lo que has dicho".
María abre su corazón a Dios, a su proyecto, a lo que Él ha pensado para su vida. Le ha costado trabajo decidirse. Ha sido un proceso, donde las dudas, los interrogantes, los miedos, los cálculos, las llamadas a la prudencia le han acompañado durante bastante tiempo.
Pero ha comprendido también que Dios al fijarse en ella la quiere como es. Y esto le ha dado confianza y ha terminado por vencer sus últimas resistencias.
Una vez que ha abierto su corazón a Dios dispuesta a la realización de su proyecto, María se decide a actuar con prontitud y con energía. "Se puso en camino y fue a toda prisa a casa de su prima". Ahora se da cuenta, más que nunca, que las demoras, los retrasos debilitan el sí inicial. Siente que es necesario hacer lo que tiene que hacer.
Poco le ha prometido Dios, lo único que le ha garantizado es un camino de realización forjado en el servicio y la entrega incondicional. María confía, acepta y sin tardanza emprende el camino de su sí.
A la
luz del proceso que ha vivido María:
14. 1.Piensa en los momentos de tu vida en los que Dios ha actuado de una forma
imprevista y desconcertante.
15. 2.Escucha el saludo de Dios dirigido a ti. "Alégrate, que tienes mucha
suerte". ¿Qué sensación te produce? ¿Cómo reaccionas?
16. 3."Escucha, decide, actúa". Analiza este proceso en tu vida. ¿Cómo se da?
¿Se podrá decir también de ti: "Feliz porque has creído"?
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,
porque se ha fijado en su pequeña sierva.
Desde ahora, me felicitarán todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
Él es Santo
y su misericordia llega a sus fieles
generación tras generación.