En los últimos años el tema de la Eucaristía ha estado muy presente en la vida y en las enseñanzas de la Iglesia. Me limito tan sólo a enunciar estos momentos:
- El Año de la Eucaristía, proclamado por el Papa Juan Pablo II para el 2005;
- La Encíclica Ecclesia de Eucharistía, del 2003;
- La carta Mane nobiscum Domine, del 2004;
- Los mensajes misioneros para el DOMUND de 2004 y 2005, ambos centrados en el tema de la Eucaristía;
- El Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (Méjico) en 2004, cuyo lema: “Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio” presidió todo el encuentro.
- El Sínodo de los Obispos de 2005, cuyo tema central era: “Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”...
De una forma muy reducida, también nosotros hemos querido participar de esta sinfonía eucarística publicando en nuestra revista MISIONEROS JAVERIANOS, durante 2005, algunos estudios que nos llegaron directamente de las misiones sobre “Eucaristía e Inculturación” y que aquí publicamos íntegros.
Completan este Dossier unos artículos que manifiestan la sensibilidad de los cristianos de los diferentes continentes hacia la celebración eucarística adaptada a sus sensibilidades. Y un estudio sobre “las comidas de Jesús”, síntesis de todas sus enseñanzas y de nuestra vida cristiana. Para que tengamos vida. Para que su “respiro cósmico” sea un aliciente que nos involucra en la estupenda aventura de la evangelización del mundo.
Misión: pan partido para el mundo
... En nuestra época, la sociedad humana parece que está envuelta por espesas tinieblas, mientras es turbada por acontecimientos dramáticos y trastornada por catastróficos desastres naturales. Pero, como durante la noche en que fue entregado, también hoy Jesús parte el pan para nosotros y en las celebraciones eucarísticas se ofrece a sí mismo bajo el signo sacramental de su amor por todos. Por esto he querido recordar que la eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad; es pan del cielo que, dando la vida eterna, abre el corazón de los hombres a una gran esperanza.
El mismo Redentor, que a la vista de la muchedumbre necesitada sintió compasión porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor, presente en la Eucaristía continúa a lo largo de los siglos manifestando compasión hacia la humanidad que se encuentra en la pobreza y en el sufrimiento.
En su nombre, los agentes pastorales y los misioneros recorren caminos no explorados para llevar a todos el pan de la salvación. Les anima la conciencia de que unidos a Cristo no sólo centro de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad, es posible satisfacer los anhelos más íntimos del corazón humano.
Sólo Jesús puede apagar el hambre de amor y la sed de justicia de los hombres; sólo Él hace posible a cada persona la participación en la vida eterna: Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre...
Mensaje de
Juan Pablo II,
para el DOMUND de 2005
Las 10 comidas de Jesús
UNA COMIDA EN EL REINO DE DIOS
P. Eugene La Verdiere
Cuando hablamos de Eucaristía, pensamos automáticamente en la Última Cena de Jesús y en las palabras y gestos que, aún hoy, seguimos repitiendo. Si la aislamos del contexto de la vida y de la muerte de Jesús, hablamos de “Institución” de la Eucaristía. El evangelista Lucas relatándonos las diez comidas de Jesús, nos enseña que la Eucaristía es la síntesis de toda su vida.
Eugene LaVerdiere, autor de este artículo, pertenece a la Congregación de los PP Sacramentinos. Enseña Nuevo Testamento en el “Catholic Theological Union” de Chicago y es Secretario nacional de la “Pontificia Unión Misionera” del clero y de los religiosos de Estados Unidos. El artículo lo hemos encontrado en su libro: “Dining in the kindom of God”.
* * * * *
Habían pasado más de 50 años desde la Última Cena de Jesús con sus apóstoles. El mundo había cambiado. Tiberio, Pilato, Herodes, Caifás, los Apóstoles y también Pedro habían desaparecido. Jerusalén yacía en ruinas y el Templo había sido destruido.
Pero en las comunidades cristianas de Siria, Turquía, Grecia y Chipre fundadas por el apóstol Pablo, los fieles se reunían para repetir lo que Jesús había hecho aquella noche: tomaban el pan, daban gracias, lo partían y lo repartían los unos a los otros diciendo: Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Después de haber comido, compartían también el cáliz de la nueva alianza en su sangre derramada por vosotros y por todos. Lo hacían en memoria de Jesús que había muerto y resucitado para que todos pudieran vivir. La cena del Señor y las palabras: Esto es mi cuerpo por vosotros, este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, eran parte de la tradición recibida del apóstol Pablo y que transmitían a los demás.
Cuando Lucas, en los años 80, escribía el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, el viejo mundo que, desde el año 46 hasta el 62, había sido evangelizado por el apóstol Pablo, había crecido. La Buena Noticia había llegado incluso más allá de los confines del Imperio Romano, si damos fe a la relación de presentes en Jerusalén en la fiesta de Pentecostés: Partos, Medos, Elamitas, los que viven en Mesopotamia, Judea y Capadocia…. En todos estos lugares, los cristianos tomaban el pan, daban gracias y lo partían en memoria de Jesús, el Cristo.
Los lectores de Lucas se reunían el primer día de la semana para partir el pan, celebrando la Pascua cristiana como un acontecimiento semanal, anticipando la nueva creación y anunciando el Reino de Dios. Se reunían en la casa de un miembro de la comunidad para compartir la fe y alcanzar una mejor comprensión de lo que significaba ser cristianos.
LA CENA DEL SEÑOR
Lucas no nos da detalles de lo que hacía la asamblea cuando se reunía para la cena del Señor, pero podemos imaginarlos por los relatos de las comidas que Jesús ha compartido en su vida pública. Los cristianos empezaban con un saludo especial de paz dando voz al Señor resucitado presente entre ellos: La paz con vosotros. Ellos hablaban de los acontecimientos que se habían realizado entre ellos: la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Reflexionaban también sobre lo que les exigían estos acontecimientos y rezaban para que el Reino de Dios llegara y se expansionara hasta los confines de la tierra.
EL BANQUETE GRIEGO
Sólo personas de cierta importancia y que podían disponer de siervos y de un gran salón con divanes estaba en condiciones de ofrecer un banquete en el mundo griego.
Uno de los sofás estaba colocado cerca del dueño de casa (generalmente fariseo, en el evangelio de Lucas) que mantenía la conversación con el huésped.
En la primera parte del banquete se servía una apetitosa comida. Las bebidas, por el contrario, estaban reservadas para la segunda parte cuando el anfitrión llevaba la conversación sobre temas que permitían al huésped, por lo general un “maestro”, de enseñar.
Cinco de las diez comidas relatadas por Lucas tienen estas características.
Unas veces la Cena del Señor era formal, con las características de un banquete helenístico. Y otras veces muy informal, una sencilla comida familiar donde la hospitalidad se extendía al huésped que estaba de paso.
Niños y mujeres no estaban admitidos en el banquete helenístico, mientras sí participaban en las comidas familiares. Los esclavos nunca eran admitidos y comían en un lugar a parte. El hecho de que los cristianos se reunieran en sus casas igual para las comidas oficiales –los banquetes– que para las formales, seguramente ha servido para romper las normas sociales y culturales del mundo helenista. Lo más importante fue que los cristianos se consideraban como una familia. Todos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica son madre y hermano y hermana de Jesús. Eran la familia de Jesús. Las mujeres y los niños, que para la ley romana no eran personas libres, eran parte de la familia y compartían la comida. Se daba así el primer paso para incluir a los esclavos que, evidentemente, no eran libres. La solidaridad cristiana con Jesús resucitado de entre los muertos y Señor universal, exigía que todos pudieran participar de la cena del Señor. La misma composición de la asamblea era un elemento importante en el testimonio eucarístico de la comunidad.
Con la Eucaristía, las comunidades lucanas ejercían su misión que repetía la de Jesús el Ungido, el Cristo. En la sinagoga de Nazaret Jesús había empezado su misión aplicando a sí mismo la página del profeta Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres. La misma misión resumida en la proclamación: El Reino de Dios está cerca, fue dada a los doce, a los setenta y dos y después a la comunidad cristiana. Al cumplir los cristianos el mandato del Señor, su misión se hizo sacramento acogiendo al extranjero, como hicieron los discípulos de Emaús, reconociendo al Señor resucitado al partir el pan.
LOS 10 DESAFIOS EUCARÍSTICOS DE LUCAS
Por lo que nos relata Lucas sobre los orígenes de la Eucaristía, podemos saber lo que hacían los primeros cristianos y lo que significaba para ellos el hecho de reunirse el primer día de la semana para la cena del Señor. Lucas podía hacer presente la Eucaristía que ellos vivían según los relatos del evangelio con la historia de las comidas de Jesús y así responder a los problemas fundamentales de la comunidad. Presentando los orígenes eucarísticos a través de diez comidas, Lucas mostraba cómo Jesús continuaba desafiando las comunidades con las actitudes y la conducta necesarias para participar plenamente en el banquete del Reino de Dios.
Lucas, a través de los relatos de las comidas, sigue desafiándonos. Los problemas que existían en el tiempo de Lucas, siguen existiendo en nuestros días.
1º - A la mesa con Jesús, el profeta
El primer desafío, el funda-mental, es la conversión. Es el desafío de la gran fiesta en casa de Leví (Lc 5, 27-39). Aquel que coma con Jesús, el Profeta, debe estar dispuesto a dejarse transformar por su presencia. Nadie se libera de la obligación de “cambiar”. Nadie es justo; todos están necesitados de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
El segundo desafío es la reconciliación en casa de Simón, el fariseo (Lc 7,36-50). Los que comen con Jesús, el Profeta, deben saber recibir a los arrepentidos y perdonados. La reconciliación es un proceso continuo.
Las comidas de Jesús
Desde el punto de vista cristológico, hay tres especies de comidas en las narraciones de los orígenes de la Eucaristía de Lucas:
las comidas con Jesús el Profeta;
las comidas con Jesús el Cristo;
las comidas con Jesús el Señor.
Según quien es Jesús las cosas cambian:
Una cosa es comer con Jesús, el Profeta y asociarnos a su visión profética.
Otra es comer con Jesús, el Cristo, compartiendo su muerte y su resurrección.
Comer con Jesús, el Señor, significa reconocerle como Señor de todos los pueblos, razas y culturas acogiendo a todos a la misma mesa de salvación.
El tercer desafío es la misión; lo encontramos en la multiplicación de los panes en la ciudad de Betsaida (Lc 9,10-17). Los que comen con Jesús, el Profeta, deben estar dispuestos a acoger y a alimentar a todos los que quieren escuchar las enseñanzas del Reino de Dios. Deben estar preparados para lo imprevisto. La mesa eucarística no les pide que sean “grandes bienhechores”, sino que puedan conducir a todos a compartir el pan del éxodo cristiano.
El cuarto desafío, la comida en casa de Marta (Lc 10,38-42), es el de la hospitalidad. Todos miran y se afanan por muchas cosas, olvidándose de la única necesaria: la escucha de la Palabra del Señor sin la cual todo pierde su valor cristiano.
El quinto desafío es el de la pureza exterior y formal. Es la comida en la casa del fariseo (Lc 11,37-54). Los que comen con Jesús, el Profeta, deben cuidar la pureza interior para no ser ocasión de escándalo, dificultando a los demás poder alcanzar las actitudes justas para comer en el Reino de Dios.
El sexto desafío presenta la búsqueda del honor/privilegio y provecho personal tanto por parte del huésped que busca el mejor sitio en la mesa, como por parte del que acoge sólo a los que le pueden corresponder en su día. Es el desafío de una comida organizada en día de sábado en casa de un noble Fariseo (Lc 14,1-24). Para poder comer en el Reino de Dios los huéspedes deben buscar los asientos más humildes, al tiempo que invitan a los pobres y a los últimos.
El séptimo desafío Lucas lo presenta en casa de Zaqueo (Lc 19,1-10): justicia y generosidad hacia los pobres. Acoger a Jesús en su propia casa exige a los cristianos obrar con justicia, reparar toda injusticia hecha y ayudar a los demás con limosnas.
2º - A la mesa con Jesús, el Cristo
No hay desafío más grande que el de la Última Cena en la que Cristo ha ofrecido su persona en sacrificio por los que estaban reunidos y por los que, a pesar de haber sido llamados, hubiesen rechazado la invitación a comer en el Reino de Dios. La solidaridad de la comida con Jesús exige que los que participan se unan a Cristo en su sacrificio haciendo en conmemoración suya lo que él ha hecho: ofrecer su propia vida para que todos puedan vivir.
El octavo desafío es el de la Última Cena (Lc 22,7-23), donde Jesús debe enfrentarse también a la traición (de Judas) y a la negación (de Pedro). La traición de la Última Cena significa entregar a Jesús a los que tramaban su muerte. La traición para los cristianos reunidos en la Cena del Señor significa dominar a hermanos y hermanas y ser reconocidos como bienhechores. Entre los que están en la mesa con Cristo, el más grande debe ser el más pequeño y el que sirve.
La negación para los que se encuentran reunidos en la Última Cena, significa no reconocer a Jesús. Para los que se reúnen en la Cena del Señor significa la tentación de tomar la espada para combatir la persecución. Los que se unen a Cristo y a su mesa deben, por lo contrario, tomar la espada del Espíritu, la palabra de Dios.
3º - A la mesa con Jesús, el Señor
Noveno y décimo desafío: importantes son también los desafíos de estar en la mesa con Jesús en Emaús (Lc 24,13-35) y con la comunidad de Jerusalén (Lc 24,36-49). Se refieren a la comprensión de la pasión y muerte de Cristo y el reconocerle como Señor resucitado en el momento de partir el pan. Se refieren también al testimonio que debe ser ofrecido a los que comparten la mesa del Señor. Para hacer esto, uno debe enfrentarse a la continua pasión y muerte en su propia vida y en la vida de la iglesia. La exigencia es que la asamblea esté preparada a partir el pan con cualquier peregrino. Sólo cuando su mesa refleja la universalidad del señorío de Cristo, los cristianos lo reconocerán en el momento de partir el pan. No sólo deben reconocer a Cristo resucitado en el extranjero sino verlo realmente presente, en carne y hueso, en su asamblea.
UN ACONTECIMIENTO QUE RECORRE TODO EL EVANGELIO
La Eucaristía de Lucas no es otra cosa que una síntesis viviente del Evangelio en palabras y obras. Para los cristianos de las comunidades lucanas, la Eucaristía era un acontecimiento que mostraba toda la experiencia evangélica y era una exigencia para vivir en plenitud el Evangelio. Conocer y vivir la Eucaristía o incluso ser Eucaristía significaba conocer, vivir y ser el Evangelio de Jesús. Debe ser así también para las comunidades de la iglesia de hoy. Con la serie de las diez comidas con Jesús Profeta, Cristo y Señor, Lucas nos muestra las exigencias de la Eucaristía. Pueden parecer exageradas pero no mucho más de la presentación de lo ideal de la vida cristiana. El Evangelio trata del Reino de Dios y la Eucaristía es el corazón del Evangelio. Bienaventurado aquel que come en el Reino de Dios. ٱ
... Jesús ha perpetuado su entrega (a los hombres) mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná.
Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre - aquello por lo que el hombre vive - era la Sabiduría eterna, ahora... esta Sabiduría se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega.
La imagen de las nupcias entre Dios e Israel se hace realidad de un modo antes inconcebible: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y en su sangre.
La “mística” del Sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance y que lleva mucho más alto de lo que cualquier elevación mística del hombre podría alcanzar.
Pero ahora se ha de prestar atención a otro aspecto: la “mística” del Sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan: «El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan», dice San Pablo (1Cor 10,17).
La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mi mismo para ir hacia él y, por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos...
Benedicto XVI, “Dios es amor”, nº 12-14.
...El amor mira a la unión y Jesús ha sentido esta tendencia prepotente del corazón así como la ha podido sentir el Hombre-Dios correspondiéndole de una manera inefable. Lo que los hombres o los ángeles no hubiesen podido nunca imaginar, lo ha ideado y actuado Él en su amor infinito hacia los hombres. Ha encontrado la manera no sólo de quedar con nosotros hasta el fin del mundo sino, aún más, de unirse a nosotros de la manera más difícil de imaginar, es decir a través de la Eucaristía donde nos alimenta con su Carne y nos quita la sed con su preciosísima Sangre.
Y nos anima a unirnos o bien con amorosas invitaciones o bien con tremendas amenazas. En efecto, Él quiere que sus ministros participen de su banquete y nos preanuncia la muerte del alma si rechazamos su ofrecimiento: “Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros”. Y todo esto para hacernos felices, conociendo los continuos anhelos de nuestro pobre corazón; para hacernos partícipes de sus infinitos dones celestiales; para fortalecernos en el difícil camino de la perfección cristiana; para hacernos partícipes, desde ahora, de los gozos inefables del cielo.
Por eso los Santos anhelaban la unión eucarística y no sabían separarse del santo Sagrario. De la Eucaristía sacaban la luz, la fuerza y el ardor del espíritu para sus sublimes uniones con Él.
Imitémoslos, recordando lo que escribió san Ambrosio: “Recibe todos los días lo que todos los días necesitas y te puede ayudar; vive siempre de manera que puedas merecer todos los días recibir a Jesús Eucarístico”.
De esta unión con Cristo, el Misionero debe esperar el consuelo en los momentos de tristeza, los frutos de su apostolado y la perseverancia en su sacrificio.
Beato Guido Mª Conforti,
Fundador de los Misioneros Javerianos
EUCARISTÍA EN ÁFRICA
P. Piergiorgio Lanaro, s.x.
El presente escrito ha nacido de una experiencia vivida; no pretende discutir tesis teológicas sino simplemente contar la experiencia de unas manos humanas, marcadas por la vida y a menudo sucias de barro, que han dado forma y consistencia al Don supremo.
Para mí, la Iglesia es una experiencia profunda vivida por personas unidas a Cristo a través de un amor fraterno que buscan compartir, y conscientes de encontrarse delante de una Persona viva.
Esto se realiza a distintos niveles. Por un lado, están los privilegiados, ensimismados con María de Betania que gozan de la cercanía del Señor, de aquel instante que Pedro quería sustraer al tiempo. Por otro lado estamos nosotros, comprometidos con Marta en las múltiples ocupaciones diarias, siempre expuestos a perdernos en la banalidad de la cotidianidad y siempre expuestos a la tentación de identificar la fidelidad del corazón con una simple observancia de los deberes religiosos.
En África, al igual que en otros lugares, es en el momento eucarístico donde la comunidad descubre su unión con el misterios del Resucitado y alcanza los elementos vitales que manan de ese punto silencioso donde se cruzan latidos y promesas, lágrimas y fiestas: el Corazón traspasado del Crucificado. Se abre entonces la ocasión privilegiada para que se entrelacen y se fundan las cuatro experiencias básicas que dan vida a la Iglesia y que, con Hans Urs von Baltasar, podríamos llamar:
Pedro, la memoria de los hechos y de las palabras que hay que guardar fielmente para que siga presente en nosotros la memoria de Jesús, el acontecimiento irrepetible en el que ha tomado forma y palabra la presencia del Santo.
Pablo, la experiencia siempre actual del Soplo divino, el Espíritu, capaz de alcanzar las criaturas inertes, cautivas de la estulticia, para transformarlas en instrumentos que hagan presente a Cristo Resucitado entre los habitantes de la tierra.
Juan, el discípulo contemplativo, con la cabeza reclinada sobre el pecho del Maestro, dispuesto a escuchar el latido incesante, el mismo que cualquier alma, que realice el silencio de la escucha y experimente la comunión vital con el Amor eterno que acampó entre nosotros, puede escuchar.
María, la privilegiada que ha experimentado dentro de sus entrañas maternas la presencia del Verbo que se hace carne humana y que, por lo tanto, ha conocido su presencia de una forma única.
LA TIENDA DEL ENCUENTRO
Pasé treinta años de mi vida misionera en África, en la zona de los Grandes Lagos. Aquí la Eucaristía se vive como espectáculo de gente que, en los días de fiesta, atesta los lugares de culto que son incapaces de dar cabida a todos. Durante la celebración se nota que renace y vibra la experiencia llamada “Iglesia”. En aquellos momentos se muestra en su identidad más verdadera: corazón que palpita, sangre que fluye, aliento que anima. Cuando los feligreses se encuentran para conmemorar lo que Jesús hizo, entonces descubren al Señor resucitado sentado a la mesa con los suyos, al Jesús de la última noche en el Cenáculo, pero también al Jesús de los encuentros pascuales en la casa de Emaús o a orilla del lago al amanecer. Entonces el pasado se hace presente, la historia antigua renace para ser nuestra historia.
Vuelvo con mi recuerdo a las innumerables liturgias celebradas en tierra africana, bajo un cobertizo unas veces y otras veces a cielo descubierto. Los grandes tiempos litúrgicos son también la ocasión para que los que viven perdidos en la selva puedan encontrarse con sus amigos lejanos después de meses de separación. Los responsables de las diferentes comunidades deciden en qué lugar se celebrará la misa del Gallo o del triduo pascual. Esto los compromete a ir organizando la acogida.
Recuerdo la tarde del 24 de diciembre de 1987, en Penemagu (Congo) donde residen 24 católicos y un grupo bastante más numeroso de cristianos evangélicos y de animistas. Durante la celebración, iluminada aquella noche por las luces del coche, un verdadero gentío se apiñaba alrededor del altar. Intrigado, quería saber el número aproximado de participantes. Los organizadores repartieron entonces a cada uno de los presentes un hilo de hierba que, al finalizar la misa del Gallo, volvieron a recoger.
Increíble: me presentaron un manojo de 1.087 hilos de hierba. A todas estas personas, después de la celebración, deberíamos alimentar y hospedar, lo que efectivamente pudimos realizar con la ayuda de otros vecinos. En aquella noche saboreé el escalofrío que experimentó la gente sentada en el prado verde de Tabga, cuando los Doce pasaron una y otra vez, sin cansarse, las cestas llenas de nuevo pan y de nuevos peces que el Maestro iba bendiciendo y ofreciendo.
La ley, siempre respetada aunque no siempre fácil de observar, es que el huésped que llega a una aldea tiene el derecho de ser acogido y alimentado. No importa si, una vez terminado todo, el “anfitrión” se encuentra sin nada en su casa y tendrá que ir a buscar alimento a otras casas. La hospitalidad, riqueza de los pobres, constituye desde siempre una de las maravillas africanas.
EL TIEMPO DE LA DANZA
Quien participa en una celebración africana, sale de ella con una impresión viva, rica de formas y de colores. Ver a esas caras sonrientes, los brazos que se levantan hacia el cielo, los cuerpos que ondean juntos como un campo de espigas movidas por el viento, empujados por la marea de las voces que suben hacia el cielo con la potencia de un océano alegre, es algo inexpresable. La emoción de dirigir a una masa cantora con el simple movimiento de una mano, poder llevar el ritmo a cientos y cientos de voces, es algo inolvidable, sobre todo cuando, llegados al “Podéis ir en paz”, la muchedumbre exclama: “¡Más, más!”
¿Y qué podemos decir de la procesión que, en el momento del ofertorio, sale de los bancos y atravesando el pasillo central se dirige hacia el altar para depositar su don: un puñado de alubias o de arroz, o unas bananas, dones que al final de la celebración serán repartidos entre los pobres?
Al igual que antes de la consagración habíamos escuchado las oraciones espontáneas de los presentes dirigidas al Señor como respuesta a la Palabra de Dios, después de la consagración las voces silabean los nombres de los familiares que, dejado este mundo, ya han entrado en la luz de Dios. Frecuentemente hay que limitar el número de los que se acercan al micrófono para pronunciar su invocación.
EL ARDUO TRABAJO DE LA RECONCILIACIÓN
Terminada la fiesta llega la hora de la tristeza. El edificio sagrado se parece a una playa desierta donde se arenan los barcos empujados por la tempestad. En mi memoria aparece la iglesia de Rumonge (Burundi) al otro día de la masacre de 1972, rostros de mujeres cerrados en el recuerdo de familiares matados, de hijos prisioneros, rostros de personas vencidas, fustigadas por la burla de los violentos del momento. Veo a los jóvenes que han venido para el encuentro eucarístico preparado por y para ellos y vuelvo a sentir en mí la congoja que probé aquella mañana, después de escuchar lo que pasó en la capital: información de matanzas recientes y anuncios de nuevas masacres para nuestra área.
Era el tiempo en que nos reuníamos para redescubrir las razones que nos animaban a vivir. En las catequesis semanales explicábamos las páginas de un texto que preparé con la colaboración de los catequistas y que titulé: Catecismo para tiempos de desesperación. Lo preparamos con dificultad durante unos largos encuentros - una semana al mes, durante seis meses - intentando descubrir cómo el mensaje evangélico hubiese podido oponerse o, incluso, vencer las fuerzas diabólicas que destruían el país.
La Eucaristía se había transformado en el banquete al que el Señor del universo invitaba a los pobres de la tierra, a las viudas, a las madres sin hijos, a las hermanas que lloraban sus hermanos asesinados, a los hijos de Dios privados de todo derecho, a los que los vencedores llamaban “los ceros”. Sentía una sensación de orgullo al escuchar al Resucitado, vencedor de la muerte, que a través de mi voz los interpelaba llamándolos “amigos, hermanos”, y los recibía en su casa para cubrir su desnudez con un manto real que sus manos traspasadas seguían entre-tejiendo.
HAMBRE DE PAN EUCARÍSTICO
En aquellos años de desgarro buscábamos momentos de reconciliación entre oprimidos y opresores, víctimas todos de un monstruoso engranaje que despedazaba vidas humanas. La Eucaristía era vista como la meta luminosa a la que, todos juntos, queríamos llegar. La comunidad acogía a los feligreses que durante el revuelo de la guerra civil de 1972 habían cometido diferentes delitos: robos o atracos… o, incluso, homicidios. Se les imponía una penitencia pública, por lo general la restitución de una parte de lo sustraído ilegalmente y además que pidieran perdón. La regla seguía válida aún si faltaban las víctimas, bien porque habían sido asesinadas, bien porque habían tenido que desplazarse a otra tierra. Entre nosotros siempre quedaban los pobres que había que socorrer.
Alguien pretendía pasarse por alto esta regla, alegando razones incluso válidas como su pobreza personal o la vergüenza de tener que declararse públicamente culpable arriesgando la represalia de su clan de pertenencia delante del cual podía parecer como un traidor. En varios casos la solidaridad evangélica, que tiene su fuente en la participación eucarística –hambre del pan eucarístico– superó las exigencias tribales. Tuvimos unas celebraciones emocionantes.
Estoy pensando concretamente en Daniel que, al comienzo de una liturgia penitencial, pide la palabra: “Pido perdón a todos vosotros por el daño que hice en estos años a mi vecina Antonia queriendo sustraerle el campo que le dejó su marido. Ella me ha perdonado. Y vosotros ¿me perdonáis?”
Era la primera vez que se pedía perdón de una forma tan solemne, razón por la cual un profundo silencio invadió la asamblea. Vuelvo a oír mi voz: “Vosotros, ¿le perdonáis?”. Siguiendo la ola del “sí” que resonó por la loma de Bugongwe, me sorprendí mientras exclamaba con la mano levantada: “¡También yo, Daniel, te perdono, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu santo!”.
Aquellos hijos de Dios que acudían a las celebraciones, respondían a las invocaciones, cantaban, bailaban, sonreían. Y tenían hambre. Me asusté cuando, un día, en las afueras de Bukavu, me di cuenta que los que participaron en la misa de 11:30, estaban en ayunas desde la tarde anterior y que, en el mejor de los casos, tan sólo por la noche habrían probado bocado.
LA DIFÍCIL COMUNIÓN
Aún me siento ruborizado por la vergüenza cuando pienso en el momento en que les deseaba que “se fueran en la paz del Señor”. Comprendo que yo no podría mantenerme activo con la ración de comida que toman ellos y asegurar una presencia que responda a los compromisos propios de una estructura parroquial. Por otro lado nuestros recursos son tan limitados que resulta incluso impensable intentar resolver el problema. Lo comprendía perfectamente y lo comprendía también mi gente que nunca me echó en cara mi vivir bien alimentado y bien vestido; de ser, en pocas palabras, un rico a su lado.
Me da miedo la idea de volver a bendecir, desde el altar, a los hambrientos, sin poderlos invitar a sentarse en la hierba y repartirles los panes y los peces recibidos de la mano del Señor. ¿Cómo pronunciar la conclusión consoladora y atroz a la vez: “¡Id en paz!”? “¿Qué paz?”, nos preguntaría el apóstol Santiago. ¿Cuándo dejarás de burlarte de los hambrientos? ¿Cómo sobrevivir a lo que el apóstol Pablo reprocha a los ricos Corintios de ayer y de hoy, dispuestos a compartir con los hermanos pobres el rito mas no la vida y que, de esta manera, encuentran en la celebración litúrgica su propia condena?
Un día logramos terminar la misa saboreando todo el encanto del saludo final porque pudimos decir: “La Eucaristía ha terminado: ahora haga-mos fiesta”. Celebrábamos el cantamisa de un parroquiano nuestro.
Llevábamos unos meses preparando el programa junto con dieciocho responsables de zona que presentaron dieciocho listas con los nombres de los que se comprometían a dar su ayuda y la lista de los invitados que cada grupo había elegido: personalidades, familiares del homenajeado, nosotros los sacerdotes de la parroquia y muchos pobres: cientos de invitados. Un buey y unos costales de judías y de arroz fueron la aportación de los sacerdotes.
Aquel día, terminada la Misa, nos sentamos todos junto a la mesa, cada cual huésped del grupo que le había invitado y vivimos un día de fiesta.
Después de la comida la pequeña orquesta de los jóvenes organizó un programa de cantos y bailes que terminó ya entrada la noche cuando sobre una pantalla colgada en los palos de una portería del campo de fútbol aparecieron las primeras imágenes de una película del oeste con los caballos a galope tendido.
Cinco meses de preparativos para celebrar una fiesta, con unos tres mil amigos reunidos en oración y compartiendo comida y cantos: imagen de aquel banquete solemne que el profeta Isaías describe como conclusión de la peregrinación humana: “El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados. Y en este monte destruirá la mortaja que cubre todos los pueblos…, secará las lágrimas de todos los rostros”. (Is 25,6-8)
LA MISA DE RITO CONGOLEÑO
En los años 60, la “Misa Luba”, estructurada sobre los textos latinos pero con ritmos africanos, dio a conocer a nuestro mundo, cerrado en sus venerables tradiciones, la posibilidad de un canto diferente, con rayos de sol africano y movido por el viento de las sabanas. Fue un best seller.
En los años 70 nació la “Misa Zaireña”, un intento que quería renovar el texto litúrgico con ritmos africanos. El Cardenal Martini cuenta la emoción que probó cuando, bajo el cielo ecuatorial, contempló los ritmos y los gestos que parecían recordar los alegres cortejos de los levitas que desde el valle del Cedrón llegaban a la Puerta de Hulda y que los introducía en la explanada del templo repleta de gente.
También evidenciaba unas grietas en aquel tejido variopinto; por ejemplo, era evidente la escasez de momentos dedicados a la escucha y a la interiorización del mensaje y no nos podíamos sustraer a una sensación de incomodidad asistiendo a la entrada del celebrante visto más como un jefe de tribu vitoreado por los suyos, que como el Siervo humilde que derrama sus lágrimas sobre la ciudad.
Además resultaba equivocado llamar “Misa Zaireña” a una manera de celebración conforme a la sensibilidad de las tribus centro-occidentales, y distanciada de la cultura de las provincias orientales. Pero resultaba fácil a todos, también a nosotros los occidentales, abandonarnos a la alegría durante una de estas celebraciones, notar la sensación desbordante de un abrazo que nos unifica y dentro del cual desaparecen, aunque tan sólo por unos momentos, las miserias de lo rutinario y los horrores de las tragedias.
ORACIÓN EUCARÍSTICA PARA LA IGLESIA DEL CONGO
Sacerdote:
Señor, nuestro Dios, te damos gracias y te alabamos.
Tú, nuestro Dios y nuestro Padre,
Tú, el sol demasiado reluciente para nuestra mirada.
Tú, el Omnipotente que todo lo ve,
el Señor de los hombres, el Señor de la vida,
el Señor de todas las cosas:
a ti te alabamos, a ti te damos gracias
por medio de tu Hijo Jesucristo,
aquel que es mediador nuestro cerca de ti.
Asamblea:
Si, Él es nuestro mediador.
Sac: Padre santo, nosotros te alabamos
por medio de tu Hijo Jesús, nuestro mediador.
Él es tu Palabra, la Palabra que da vida.
Por medio de Él has creado el cielo y la tierra.
Por medio de Él has creado nuestro río, el Zaire.
Por medio de Él has creado nuestros bosques,
nuestros ríos, nuestros lagos,
los peces que viven en los ríos.
Por él has creado todo lo que vemos
y también lo que no vemos.
As: ¡Por medio de Él has creado todas las cosas!
Sac: Le has hecho Señor de todas las cosas;
nos lo has enviado como Redentor y Salvador.
Él es Dios hecho hombre.
Por obra del Espíritu Santo nació de María, la Virgen.
Nosotros lo creemos.
As Sí. ¡Nosotros lo creemos!
Sac: Lo has enviado confiándole la tarea de reunir a todos los hombres,
de hacer de la humanidad una sola familia, tu familia.
Él ha obedecido: ha muerto en la cruz,
ha vencido la muerte, ha resucitado de entre los muertos.
As: Él ha resucitado. ¡Él ha vencido a la muerte!
(Traducción nuestra)
LA EUCARISTÍA EN JAPÓN, HOY
P. Franco Sottocornola, sx
Al igual que en cualquier otro país, también en Japón el problema y la tarea de la inculturación de la vida cristiana en general y de la liturgia en particular es algo sentido y argumento de reflexión entre las personas más sensibles y comprometidas con la vida de la Iglesia. Aunque parece que lo sea más entre los misioneros extranjeros presentes en esta tierra que entre los fieles y los mismos sacerdotes locales que, dicho sea de paso, ya son mayoría respecto a los primeros.
UN POCO DE HISTORIA
El proceso que llevará al nacimiento de específicas formas de liturgia cristiana en Japón, tiene delante de sí un largo y trabajoso camino. En primer lugar le hace falta adquirir una profunda experiencia de fe cristiana y después una conciencia lo suficientemente clara y compartida de la cultura en la que el hecho litúrgico debe ser expresado. Actualmente, en Japón, nos encontramos frente a serias dificultades en los dos campos.
Por un lado el cristianismo es relativamente joven. Después de la primera evangelización, aproximadamente desde 1549 hasta 1640 y marcada por continuas persecuciones, los pocos cristianos que han sobrevivido se escondieron en las pequeñas islas a sur de Nagasaki. La segunda evangelización, que comienza en 1865 con el “descubrimiento” de estos cristianos, sólo pudo hacerse efectiva en 1872 cuando en el País fue abolida la ley que los perseguía.
El nacer del nacionalismo, que acompañó la apertura de Japón al Occidente en la época Meiji (1868-1912) y que lo llevó a la guerra, representó un difícil obstáculo al crecimiento de aquella pequeña comunidad que, por muchas razones, seguía dependiendo del extranjero. Será sólo después de la derrota de Japón en la segunda guerra mundial (1945) y de la consiguiente ocupación americana cuando empezó un periodo de verdadera libertad religiosa que permitió el anuncio del mensaje cristiano a este pueblo. Con todo, en los 140 años de historia del cristianismo, Japón nunca logró liberarse de una herencia de persecución.
En estos últimos decenios, a partir del primer Convenio sobre la evangelización, en 1987, la Iglesia está presidida por japoneses y, desde antes del segundo conflicto mundial, todos los Obispos son japoneses.
En la actualidad en Japón hay aproximadamente unos 450mil católicos, lo que representa el 0,35% de la población. Muy activos y, en muchas ocasiones, edificantes en su práctica religiosa, ellos se encuentran al comienzo de una experiencias cristiana que intenta hacer brotar la fe en la conciencia y en la vida del pueblo. En este contexto se comprende cómo para muchos cristianos, y para los japoneses en general, las formas de su expresión de fe sigan siendo las mismas que aprendieron en el momento en que se las presentaron.
Por ejemplo, para muchos, en particular para los no cristianos, el estilo arquitectónico de las iglesias debe necesariamente remontarse al gótico. Es lo que nos ocurre a los europeos que identificamos con una pagoda el lugar de culto de los budistas. Y los mismos budistas europeos con mucha dificultad aceptarían otro “templo”. El mismo sentido de catolicidad, o sea el pertenecer a una Iglesia universal, mueve a muchos cristianos, consciente o inconscientemente, a favorecer un estilo de celebración que se considera universal, internacional, considerando su difusión en el mundo: el estilo propio de la Iglesia de Roma.
UNA INCULTURACIÓN COMENZADA
Pero el verdadero problema va unido a su cultura. Un proceso de inculturación exige conocerla, aceptar sus formas y sentirse parte de un pueblo que quiere inculturar su fe. Pero, ¿cuál es, hoy, la cultura japonesa? Japón posee una cultura antigua, rica y refinada, que sigue viva en múltiples formas artísticas cultivadas por expertos y que se manifiesta en diferentes ocasiones propias de su vida tanto a nivel nacional que local.
Pero estas formas tradicionales siguen siendo estimadas y apreciadas sólo dentro de áreas protegidas, como pueden ser las escuelas, los grupos o unos lugares activos de la vida social japonesa. La gran mayoría, sobre todo la juventud, educada por la televisión y el ordenador, han asimilado una cultura que se remonta al final de la guerra, de origen americano y que se sobrepuso a la cultura que le llegó de Europa durante la época Meiji.
Hoy no sólo la manera de vestir, los medios de transporte y de comunicación o el deporte, sino la misma comida, el estilo de las casas e incluso el idioma están profundamente contaminados por elementos de la cultura “occidental”. Y las nuevas generaciones crecen en este ambiente. Los elementos clásicos de su cultura tradicional les resultan bellos pero exóticos, fuera de su tiempo, cosas que estarían bien entre las antigüedades de un museo pero inutilizables en la vida cotidiana.
En este contexto se sitúa la difícil tarea de la inculturación de la vida cristiana en Japón y particularmente de la liturgia. ¿Qué camino debe tomar? ¿Qué formas debe asumir? ¿Cómo proceder? ¿Con experimentos dirigidos pero menos naturales? ¿O, más bien, favoreciendo libres iniciativas desde la base aunque más expuestas al peligro de la arbitrariedad y de la contraposición en la misma comunidad? No hay que olvidar que una posible inculturación de la liturgia por ninguna razón debe provocar divisiones dentro de la comunidad cristiana sino más bien ayudar a todos sus miembros a crecer en la propia fe. El carácter mismo del pueblo japonés, muy atento a la armonía del grupo, muy sensible a la dimensión pública del culto, prefiere un proceso que, aunque lentamente, sepa implicar a toda la comunidad cristiana y esté regulado por la correspondiente autoridad. Es por esto que el proceso de inculturación de la liturgia está en sus comienzos, si es que ya ha empezado.
Por consiguiente, una típica celebración de la Eucaristía festiva difiere poco - o casi nada - de la celebrada en Europa aunque acepte algunos complementos promovidos por los sacerdotes o por las diferentes comunidades locales. Los japoneses aman cantar y los cantos son una de las características principales de la misa festiva y, donde la haya, también durante la semana. La participación activa de la comunidad, sobre todo con la comunión pero también con la procesión del ofertorio y las respuestas comunitarias, representan ya un punto fijo.
Pero también la dificultad de una celebración viva y participada, así como un sermón pertinente y bien hecho, representan un verdadero problema tanto en Japón como en Europa. En fin, diría que en este País la celebración de la Eucaristía festiva es muy parecida a la de los demás lugares del mundo con la ventaja para los japoneses que viajan de encontrarse siempre como en su casa, estén donde estén, y de sentirse parte viva de una Iglesia verdaderamente universal.
Un aspecto característico de las celebraciones litúrgicas en Japón donde, según hemos dicho, los católicos forman una minoría, es el de la presencia en ellas de no cristianos. Es algo frecuente aunque no habitual. Me refiero en particular a las bodas y a los entierros donde podemos encontrarnos con que los no cristianos son más que los cristianos.
Una praxis común en Japón es la que, siguiendo el ejemplo de los catecúmenos, ve a los no cristianos presentes en la Misa acercarse espontáneamente al altar durante o después del momento de la comunión o, en otros lugares, al final de la misa para recibir individualmente la bendición del sacerdote o del ministro extraordinario de la Eucaristía. Estos “arreglos” del rito son una respuesta a la psicología y a las costumbres sociales del pueblo japonés por lo que, de forma gradual, se podrá desarrollar una forma más inculturada de la celebración litúrgica sin cambios espectaculares o pro-gramados.
CAMINOS DE INCULTURACIÓN
Existen también intentos de búsqueda y de experimentación más adelantados en cuanto a la inculturación pero reservados sólo a pocos grupos de creyentes. Hay que decir que Japón fue uno de los primeros países que solicitaron a Roma, después del Vaticano II, poder cambiar algunas rúbricas del Misal Romano para adaptarlas a las exigencias de la cultura local.
Se trata de las directrices de la Comisión litúrgica de la Conferencia episcopal japonesas del 22 de agosto de 1969 sobre “La celebración de la Eucaristía en un ambiente adaptado al estilo japonés”, a saber con tatami o esteras de paja de arroz entrelazadas, como las que existen en las casas tradicionales. Sobre ellas los japoneses doblan las piernas de manera que puedan sentarse sobre los talones con las puntas de los pies ligeramente montadas una sobra la otra. Esta manera gentil y respetuosa de sentarse, conlleva un estilo particular de los movimientos. En este ambiente se elimina tanto el estar de pie como el estar de rodilla. Para moverse hay que seguir determinadas normas “cultuales” y la reverencia, característica de la cultura japonesa y practicada en diferentes grados, se hace espontánea y natural.
También la postura y los movimientos del sacerdote que preside la Eucaristía entran en el estilo exigido en este ambiente. La misma habitación de tatami conlleva, además de determinadas posturas y movimientos del cuerpo, una atmósfera propia: desde el estilo de las ventanas (shoji) de papel especial blanco, enmarcadas en un “bordado” de fines astillas de madera que crea una luminosidad difusa y bien repartida, a la utilización de objetos que armonicen con el ambiente hasta llegar a una manera particular de pronunciar las palabras. Todo hace referencia a la sala para la ceremonia del té que es la habitación japonesa por excelencia.
LA CEREMONIA DEL TÉ Y LA MISA
Es algo natural, en Japón, acercar la ceremonia del té a la celebración de la Eucaristía. Los dos ritos tienen una estructura fundamentalmente igual: una comida suave, simbólica, seguida del gesto, también profundamente simbólico, de beber de una copa preparada por aquel que, sirviendo a los huéspedes, dirige el rito. En la parte más importante y culminante de la ceremonia del té, esta copa es compartida entre los participantes.
Desde el punto de vista histórico hay quien encuentra - y no son pocos - un influjo de la celebración eucarística en la ceremonia del té así como nos la describió Sen no Rikyu, vivido en la segunda mitad del siglo XVI, quien con mucha probabilidad conoció a los misioneros jesuitas presentes en Kyoto en aquellos años y que seguramente asistió a la Misa que celebraban.
La ceremonia del té puede ser considerada como el ápice de la tradición artística japonesa. En ella todo es muy refinado y extremadamente japonés. Diferentes formas artísticas concurren a determinar la belleza del rito: desde el arte de la escritura (shuji) a la de las flores (ikebana); desde la comida a la hospitalidad. Pero, sobre todo, la cere-monia del té incorpora y transmite los valores más bellos de la tradición espiritual, expresados en los cuatro caracteres que, con matizaciones típicamente locales (e intraducibles), significan: WA = armonía, KEI = respeto/servicio, SEI = limpieza/ pureza, JAKU = simplicidad/naturaleza.
En Japón no han faltado intentos para un acercamiento ritual entre las dos tradiciones y tampoco han faltado experimentos de inculturación en este campo. El P. Hasegawa, un sacerdote de la diócesis de Hiroshima y maestro de la ceremonia del té, me ha animado y me ha introducido en mi personal camino de búsqueda. Tanto él como yo hemos sido invitados, en diferentes ocasiones, a explicar la posibilidad de una inculturación en este ámbito, en ocasión de Convenios nacionales organizados por la Comisión nacional de Liturgia.
Desde la fundación, en 1987, del centro de oración y diálogo interreligioso Shinmeizan, disponiendo de un conveniente salón de oración en tatami, apto también para la ceremonia del té, he podido profundizar sobre este tema apoyado también en la colaboración de unos miembros de la Comisión litúrgica nacional. Los resultados han sido presentados a la misma Comisión que ha aceptado insertarlo, aunque en apéndice, en la edición definitiva del Misal Romano que próximamente va a ser editado. Queda por ver si la Conferencia episcopal de Japón en primer término y Roma después, la aprobarán.
No se trata ni de insertar la Eucaristía en la ceremonia del té, ni de unir las dos, sino simplemente de tener en cuenta la delicadeza y la riqueza artística y espiritual de la “vía del té” (sado) en la celebración de la Eucaristía cuando es celebrada sobre los tatami, o sea en un ambiente típicamente japonés. Se trata sustancialmente de retomar de forma más sistemática y completa las directrices que ya se dieron sobre este tema por la Comisión Litúrgica nacional en 1969.
EL NOH Y LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
Otro intento, más atrevido pero también más limitado, ha sido el de inculturar la Eucaristía en el mundo del Noh. El Noh es un arte exquisitamente japonés. Se trata de una forma tradicional de drama que empezó en el siglo XIV y que tiene su inspiración en fuentes religiosas y mitos populares. Se caracteriza por una forma típica de recitación y canto que acentúa el sentido de las palabras según una función propia interpretativa y emotiva; desde la utilización de máscaras de madera y trajes muy elaborados, a la utilización simbólica de episodios en sentido de introspección psicológica, con un mínimo de escena y una actuación muy estilizada. Sin duda alguna es una de las formas artísticas más bella y más característica de la cultura japonesa. El jesuita P. Kadowaki, ha sido la persona que más ha contribuido a acercar el Noh a la Eucaristía. Él mismo ha dado a conocer lo que ha hecho en este sentido entre 1986 y 1987 así como las reacciones positivas que suscitó.
En primer lugar fueron insertadas algunas escenas sacadas de formas tradiciones de Noh al comienzo y al final de la Misa. Después se tentó de representar una escena Noh específicamente preparada e inspirada en la página bíblica del Bautismo de Jesús colocándola después de la lectura del Evangelio como dramatización y comentario.
Pienso que estos experimentos abren el camino a posibles formas de inculturación de la celebración eucarística en Japón aunque se trate de perspectivas muy diferentes a la vía del té descrita. Sin olvidar que estas propuestas de inculturación no son presentadas como modelos de celebración eucarística para todos y en todos los lugares como para una típica misa dominical. Son formas que, en algunas ocasiones, con grupos selectos y en ambientes preparados podrían ayudar a situar la celebración de la Eucaristía dentro de la tradición artística que, para los cristianos encontraría una sublimación propia. Al mismo tiempo se trataría de dar siempre a la celebración eucarística, a través de este contexto cultural, una especial fuerza expresiva y comunicativa válida para los japoneses que, evidentemente, la forma habitual no siempre puede alcanzar.
RIESGOS Y ESPERANZAS
El riesgo de estos y otros experimentos de inculturación es el de centrar la atención, tanto teológica como pastoral, en al aspecto externo del rito y menos en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús al que están llamados a participar sus
discípulos. Así como el de subrayar excesivamente la “localización cultural” de la celebración eucarística con prejuicio por la dimensión universal, que es lo propio de la Eucaristía.
La ventajas son las de permitir a todo un pueblo percibir y expresar, con su propia cultura, las riquezas del misterio celebrado y, de esta forma, abrir nuevos caminos a su comprensión en beneficio de toda la iglesia. Son las esperanzas que mueven a la iglesia de Japón cuando busca nuevas formas de inculturación. Al igual que una realista conciencia de los riesgos, explica y justifica el camino realizado sin prisa, que la Iglesia japonesa piensa recorrer hasta la meta hacia la que la empuja la esperanza.
EL MISAL ROMANO EN JAPONÉS
La Comisión litúrgica nacional, en la que me encuentro desde hace 18 años, lleva unos cinco años trabajando en la edición definitiva del Misal Romano para la Iglesia de Japón. Se trata fundamentalmente de una traducción, con pequeñas adaptaciones del Missale Romanum. El texto que se utiliza en la actualidad, y que fue publicado en 1978, es una traducción incompleta y no siempre acertada del misal revisado después del Vaticano II. Para preparar esta edición definitiva, la Comisión litúrgica nacional ha organizado reuniones regionales en diferentes partes de Japón.
La nueva edición del misal podría estar terminada dentro de unos tres años. En este intenso trabajo de reflexión sobre la liturgia eucarística, las propuestas de inculturación son muy pocas y ya adoptadas en la edición provisional del Misal de 1978. Se trata de la reverencia en lugar de la genuflexión (gesto que no existe en la cultura japonesa), o en lugar del beso (que no se usa en Oriente). El trabajo versa casi exclusivamente sobre la traducción.
Pero es precisamente en esto donde se realiza la primera y fundamental inculturación. El jesuita P. Tsuchiya, el liturgista japonés más competente, había intentado organizar un grupo que examinara toda la terminología litúrgica actual. Lo que fue algo imposible. Los términos de la liturgia son los mismos términos de la fe y la fe es una realidad vivida y popular. No se pueden cambiar fácilmente términos que han entrado ya en la vida corriente de la gente únicamente porque la orden llega desde arriba; a no ser que llegue al término de un largo y paciente trabajo de sensibilización.
Con todo, los problemas quedan. Es suficiente pensar en la dificultad con que toparon los traductores, desde el comienzo de la evangelización, para traducir el término “Dios”.
F. S.
“TOCAR LA MISA”
“¿Qué sucede ahora? ¿Qué está haciendo el sacerdote?”. Gracias a un taller promovido por una organización católica, unos invidentes de Tokio han encontrado por fin respuesta a estas preguntas que aparecían cada vez que participaban en la Misa. “Tocar la Misa” era en efecto el nombre del seminario promovido por la “Logos Braille Library” con el objetivo de ayudar a las personas invidentes a aumentar su participación en la celebración eucarística
El taller ha hecho posible que 18 fieles ciegos toquen los vasos sagrados usados en la misa e imiten los gestos del celebrante. El Padre Shimosako Eichi, director del departamento para las publicaciones de la Conferencia Episcopal Japonesa, ha ilustrado los ritos de la Misa además de explicar las oraciones y movimientos del celebrante y su sentido. Siguiendo las instrucciones del Padre Shimosako, los participantes elevaban los brazos hacia arriba como hace el celebrante para ofrecer el pan y el vino. Siempre siguiendo sus instrucciones también realizaban la señal de la cruz como hace el sacerote para bendecir la asamblea al final de la celebración. Después de haber explicado cómo se usan los vasos sagrados, el Padre Shimosako entregó uno a uno, a todos los participantes, el cáliz y la patena durante breves instantes. Algunos de ellos, profundamente conmovidos, se asombraban de que el cáliz fuera “tan pesado” y la hostia “tan grande”. El taller concluyó con la celebración de la misa en la capilla del Centro.
Mientras los participantes se preparaban para volver a casa, Ozawa Yasuko de la parroquia de Koenji en Tokio dijo: «Ha sido muy bonito poder tocar el cáliz y la patena. Sólo con las palabras no entendía bien qué era lo que sucedía en el altar. Cada uno ha podido hacer sus preguntas y ha recibido una respuesta». La Sra. Oku Yoghi, de 71 años, de la parroquia de Chinadera en Chiba, dijo que el taller le había permitido comprender el profundo sentido de los gestos y de las palabras de la Misa. Antes, su participación dependía mucho de la descripción y de las explicaciones de amigos y parientes. «Estoy afectada por un glaucoma terminal y no sé si podré participar en las otras dos partes del taller, pero no importa porque ahora conozco a Jesús mucho más íntimamente».
AGENCIA FIDES (Nº 4352 / 1.02.05)
EUCARISTÍA EN MÉJICO: UNA FIESTA SIN FIN
P. Carlos Mongardi, sx
Méjico, cuatro veces mayor que España, tiene una población muy cercana a los 100 millones de habitantes, entre quienes conviven una fuerte identidad y grandes diversidades. También la celebración de la Eucaristía presenta uniformidades e interesantes diferencias.
En cientos de catedrales, en miles de iglesias parroquiales, capillas y oratorios, todos los días es celebrada, con buena participación de fieles, la Eucaristía. Por lo general estas celebraciones guardan fidelidad externa con las normas rituales - subrayadas repetidamente en sus mínimos detalles por la autoridad eclesiástica - pero tienen menos fruto espiritual tanto para el celebrante como para los participantes.
Aún queda en mi memoria el asombro del Padre Amato Dagnino, mi formador en los años de teología, que en una visita hace 25 años a Méjico, al ver un gran templo (el de Teplatiplan, no muy lejano de Guadalajara) lleno de adoradores nocturnos, iba repitiendo: “¡Y todos varones! ¡Son todos varones! ¿Te lo imaginas?”
Yo le contesté que tuve la reacción contraria en ciertas iglesias de la Huasteca, llenas de adoradores nocturnos indígenas. Leían las oraciones y cantaban en latín con mucho entusiasmo y mucha más fe. Yo, que por entonces estaba aprendiendo su lengua y me esforzaba en traducir alguno que otro canto u oración desde el latín o el español al nahuatl, tuve una triste sensación. ¿Hasta qué punto era conveniente conservar ciertas prácticas consideradas universales y que se remontaban al Concilio de Trento? Formado en las enseñanzas del Concilio Vaticano II, me preguntaba: “¿No sería necesario y conviene, hoy en día, para poder evangelizar, utilizar las lenguas locales en las oraciones, en los cantos y en la administración de los sacramentos?”.
UNIDAD y DIVERSIDAD
No conozco, en todo Méjico, una sola oración eucarística diferente a las que se utilizan universalmente. A lo más tienen pequeños cambios. Se siguen con exactitud las normas de la jerarquía, repitiendo la frase del Papa Juan Pablo II: “¡México siempre fiel!”. “Se pueden utilizar sólo las oraciones que están en el misal romano. No se puede tolerar que algunos sacerdotes hagan sus propias oraciones eucarísticas o cambien el texto aprobado por la Iglesia” (Instrucción Redemptoris Sacramentum, 25.03.2004, nº 51)
Las Misas celebradas en las iglesias de la periferia y en las comunidades indígenas, tienen cierta vitalidad y creatividad en las oraciones, en los cantos y en algunos signos. Es donde se respira un aire familiar, alegre y espontáneo. Son suficientes pocos gestos para dar un espíritu diferente a la comunidad unida para la oración litúrgica: unos aplausos a Cristo o a la Virgen, levantar los brazos o cogerse de la mano, darse el típico abrazo mejicano en el momento de la paz o al final de la misa antes de salir del templo.
Es lo que se vive, también, en las celebraciones con grupos juveniles y en los movimientos católicos.
Sin caer en la polarización entre una celebración conforme al rito y otra inculturada, muchos siguen recordando las dos misas celebradas por el Papa Juan Pablo II en la basílica de la Virgen de Guadalupe. La primera con ocasión de la canonización de San Juan Diego, en todo igual a las misas festivas que se transmiten por televisión. La segunda, al día siguiente, con ocasión de la beatificación de dos mártires de Oaxaca, con cantos, danzas indígenas, aplausos e, incluso, con un rito de purificación hecho por una mujer al Santo Padre.
LOS CAMINOS DE LA PASTORAL EUCARÍSTICA
En todo Méjico está difundida y lo suficientemente bien programada la preparación a la Primera Comunión de niños y niñas de unos diez años y de jóvenes y adultos.
Los contenidos son siempre sacados del Evangelio, de la Biblia y de la experiencia vivida en la familia, en la escuela o en la tele. Un método común - muy cercano a la teología de la liberación - utiliza estos cuatro momentos: ver, pensar, obrar y celebrar. Nadie duda que las celebraciones parroquiales de las Primeras Comuniones sean una fiesta y un momento de fe, reconciliación y unión fraterna. Desgraciadamente el cambio de lenguaje manifiesta la distancia que hay en las experiencias de la Teología de la liberación: al “sin justicia no hay eucaristía y sin eucaristía no hay justicia”, se prefiere el tradicional “sin sacerdocio no hay Eucaristía y sin Eucaristía no hay sacerdocio”. Hay que reconocer en sentido negativo el hecho de que, en la Iglesia, se haya olvidado el Tercer Mundo.
En muy pocas diócesis se dio importancia al orden de los diáconos permanentes, como lo hizo la de San Cristóbal de Las Casas y que ha resultado ser una fuerza eclesial considerable para la evangelización. También las celebraciones tenían un estilo indígena con momentos y signos de su cultura: el idioma, los cantos, las danzas, los ornamentos, el gesto de la paz y de la luz, el compartir la Palabra.
EUCARISTÍA, LUZ Y VIDA
Creo que es por todos conocido, por lo menos en el mundo católico, el lema del 48 Congreso Eucarístico internacional que se celebró en octubre del año pasado en la ciudad de Guadalajara, aquí en Méjico: “La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio”, con la figura del pan y de una llama multicolor. A este símbolo, hay quien añade un cáliz para el vino y la imagen de la Virgen María. No se presenta suficientemente la estrecha relación entre el anuncio de la Palabra y el rito del pan y del vino. En la pastoral se nota el esfuerzo por celebrar una Eucaristía como comunidad comprometida, según las palabras del Papa: “Deseo… que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios” (Ecclesia de Eucharistia, nº 20). Las dificultades se hacen insuperables al intentar unir fe y política.
INDÍGENAS
Para conservar una tierra habitable es importante la aportación de los indígenas de América. Personalmente prefiero utilizar el término “indi” que está en la raíz etimológica de las palabras “indio, indígena” y del nombre geográfico de este continente: Amerindia, o como dicen otros Abya Yala en lugar de Hispanoamericana o América Latina. Encontré, conviví y he tenido relaciones profundas con algunos de estos “indi”, conscientes de su dignidad, situación y valores. No me pregunté si son paganos o cristianos. Seguramente han recibido el bautismo y se sienten más cristianos que nosotros los mestizos o los extranjeros.
En el discurso de Juan Pablo II a los aborígenes de Australia, leemos promesas conmovedoras: “La Iglesia… y la misma realidad se enriquece con la presencia de diferentes culturas y aspectos étnicos” (nº 3). “Los relatos de sus leyendas no se diferencian de las grandes lecciones inspiradas que nos han trasmitido las personas entre las cuales nació Jesús” (nº 5). “Sabemos que tenéis un estilo de vida propio,… una cultura que la Iglesia respeta y a la que no queréis renunciar en absoluto. Respetamos profundamente vuestra dignidad” (nº 5).
Pocas veces he oído repetidas estas palabras o, menos aún, las he visto poner en práctica. Sería un fruto maravilloso de la Eucaristía este respeto en la relación entre personas y grupos de iguales o diferentes culturas, lenguas, razas, y naciones.
GESTOS Y PALABRAS
De veras que uno, en unos grupos de indios, siente la necesidad y la satisfacción da dar gracias con las palabras y con los gestos. Y nota la enorme diferencia que existe entre el estilo de vida diario - escuela, trabajo, vestirse, comer - y el tiempo de la fiesta, de la plenitud, del vivir juntos de forma gratuita para dar gracias al Señor nuestro Padre (Totana Jesús) o a la Virgen nuestra
Madre (Tonantzin Maria). En la misma palabra ilhuitl (fiesta) está la raíz de la palabra Paraíso: ilhuicatl (el lugar de la fiesta), donde ni la flor se marchita ni el canto termina. En sus danzas y en sus ritos he descubierto una manera viva, activa e integral de dar gracias con el corazón, la mente, el cuerpo y la comunidad.
Danzamos, durante horas, en honor de la Virgen para darle gracias, para que esté contenta, para pedir su intercesión, para expiar en penitencia nuestros pecados. Danzamos junto con los pueblos antiguos de todas las latitudes de la tierra –sobre todo con nuestros antepasados– y les damos gracias a ellos y, con ellos, a Dios. Vibramos y nos movemos a un mismo compás con el universo entero: la tierra, el sol, las hojas, las aguas, el viento estelar. Lo bonito está en que, en nuestro cansancio y armonía, la misma Virgen danza con nosotros y en nosotros en honor a Jesús, dándole gracias a Dios Padre y a todas las criaturas de quien es madre. La danza en que he tenido el honor de participar junto con otros 150 grupos, el pasado 12 de octubre (2004) con ocasión del Congreso Eucarístico, con más de veinte mil danzantes, ha sido una inmensa Eucaristía misionera de toda y para toda la humanidad.
“EUCARISTIZAR” EL MUNDO
P. Nicola Masi, s.x.
El mundo aún no ha llegado a ser el Reino de Dios. Hay demasiada injusticia y opresión. Sigue habiendo quien sufre y quien llora. No es este el proyecto de Dios. El tiene un deseo: hacer que todos los hombres sean hijos suyos. Por esto ha “inventado” la Eucaristía de manera que todos lleguemos a ser “hijos en el Hijo”. Parece que está inventada precisamente para nosotros, pueblo oprimido y sufriente.
En América Latina frecuentemente nos preguntamos qué significado puedan tener nuestras misas en las que, a menudo, cada cual reza por si mismo y por sus necesidades olvidándose de los demás.
Por esta razón son condenables aquellos abrazos vacíos de amor, aquellas hostias deglutidas sólo físicamente y que no cambian nada: el rico permanece rico, el pobre continúa pobre y el abandonado sigue hambriento al borde de la carretera.
La Eucaristía nos hace revivir la muerte de un inocente, matado por defender a los pobres, por oponerse a los potentes, por desenmascarar a los hipócritas y a los corruptos, por preferir mantenerse fiel al Padre y a los hermanos antes que someterse a la aprobación de los hombres. ¿Qué estamos dispuestos hacer para defender a los ancianos, a los jóvenes, a tantos y tantos niños amenazados por el hambre, por las enfermedades, por la droga, por la prostitución, por el desempleo?
La Eucaristía es compartir. Al igual que Jesús, el cristiano llega a ser pan que los demás, todos los demás, tienen el derecho de comer. ¿Qué finalidad tiene repartir el pan consagrado si no compartimos el pan de cada día? Dos personas se dan el abrazo de paz, reciben el mismo pan eucarístico y, al salir de la iglesia, uno vuelve a morir de hambre y el otro sigue despilfarrando. ¿Podemos llamar Eucaristía a esto?
EUCARISTÍA: UNA GRAN PROTESTA
La Eucaristía es, por lo tanto, una de las ideas-fuerza más utilizada en nuestras iglesia porque, en cierto sentido, preanuncia y realiza el Reino. La Eucaristía es, en efecto, la memoria (un monumento) del esfuerzo de comunión del Padre, del Hijo (un inocente injustamente matado) y de todos los marginados, de todos los hambrientos de pan y de justicia. Es el sacrificio que renueva y hace presente el sacrificio pascual que es el paso de la tierra de esclavitud a la tierra prometida, a la liberación de todo tipo de cautividad (Ex 12; 1Cor 5,6-8; 1Pt 1,18). Es el sacrificio de la Alianza que restaura el antiguo pacto de amistad entre Dios y su pueblo. Es el sacrificio de expiación que elimina del mundo el mal y el pecado y, consecuentemente, todo tipo de injusticia y de explotación (1Jn 2,1-2; Rm 3,23-25).
Es protesta por la muerte de un inocente y de todos los condenados. Ella se transforma en un grito de protesta contra las injusticias y las violencias.
CULTO Y JUSTICIA
El Padre escucha y hace suya esta protesta. Por eso, en cada Eucaristía, viene proclamado que no lleva a nada matar a pobres, humildes e inocentes. Dios restablecerá el derecho y la justicia. Él hará su “venganza”. A todo esto lo llamamos resurrección. En cada Eucaristía se renueva, por lo tanto, la esperanza de un pueblo oprimido que ve cercana su liberación/resurrección.
Pero alrededor de la Eucaristía se encuentran tantos peligros. El mayor podría ser algo así como una “esquizofrenia litúrgica” que consiste en desligar el sacrificio (culto, rito) del amor al prójimo. Hay que volver a la unidad entre culto y justicia: repartir el pan eucarístico y el pan de todos los días. Y, ¿qué decir del repetido contrabando, en nuestras liturgias, de abrazos de paz antes de recibir el pan de la vida, sin compartir “el otro pan”, el de todos los días? ¿Qué decir de tantas Eucaristías “mentirosas” que por un lado proclaman signos de condivisión y por otro cierran mano y corazón al hermano necesitado? Y, ¿cómo celebrar la Eucaristía entre gente cuyo único objetivo es dejar que el mundo siga tal cual, sin preocuparse por transformarlo en Reino de Dios, Reino de justicia y de comunión?
Nuestro peligro es seguir comiendo del mismo pan sin sentir como “problema” el insulto que hacemos a los hermanos aceptando que convivan oprimidos y opresores, o estando ‘oficialmente’ con los pobres y, ‘de hecho’ con los ricos. La Eucaristía es aquel signo extraordinario en el que deben participar solamente aquellos que quieren ser Reino de Dios.
¿UNA MISA SIN SACERDOTES?
Nuestras liturgias hacen mucho hincapié en la emotividad de la gente. Es difícil entrar en el corazón y en la mente para después llegar a la acción transformadora. Las oraciones litúrgicas, siempre iguales y llenas de conceptos difíciles, son un obstáculo en lugar de facilitar la comprensión y la participación. ¿Qué se puede hacer para que las oraciones, escritas por otras personas, generalmente personas instruidas y extranjeras, se transformen en la voz del corazón y sean expresión viva del amor de Cristo y del Padre?
Y hay otra dificultad. Seguimos subrayando que la Eucaristía nace de la iglesia y que la iglesia nace de la Eucaristía. Ahora bien, muchísimas de nuestras comunidades no tienen sacerdote. En muchas, el cura llega una o dos veces en el año. Son comunidades cristianas condenadas a vivir sin Eucaristía. Los curas son pocos en áreas inmensas. ¿Es justo dejar tantos hermanos por ejemplo de la Amazona, sin Eucaristía? ¿Podemos seguir manteniendo los ojos cerrados?
Desde hace tiempo se habla de ordenar sacerdotes a buenos padres de familia o a personas ejemplares... Desde luego que no es fácil decidir, pero hay que hacer algo.
Desde Méjico
LA MISA NO HA TERMINADO
Visitaba por primera vez aquella pequeña y pobre comunidad perdida en el desierto. Me recibieron en una casucha con el techo hundido y con tan solo media puerta. Me esperaban unas pocas personas que se las ingeniaban para sobrevivir.
Me doy cuenta que a Jesús le gusta ir contra corriente. Cuando todos buscan garantías de solidaridad, buen nombre, preparación..., Él confía en un grupo de personas atolondradas por la desnutrición.
Empiezo la celebración de la Misa. Unos entonan unos cantos; los demás le siguen. Todos participan en la Eucaristía. En el momento del ofertorio dos niños salen de sus sitios llevando una calabaza. La depositan apresuradamente delante del altar y vuelven corriendo a escudarse detrás de sus mamás.
Una señora anciana utiliza el viejo sombrero que uno de los presentes había colocado en un rincón para recoger la limosna que, al final, no sumará más que poca calderilla.
Miro la calabaza y el sombrero, miro a la gente sentada en el suelo y pienso para mis adentros: -Quién sabe si a Jesús le gustaban la calabazas...
Con aquella calabaza en el centro de la “capilla” la misa me parece aún más bonita. No tiene mucho valor pero tampoco los cinco panes y los pocos peces eran mucha cosa para cinco mil hombre hambrientos. Bastaron para todos y sobraron.
Antes de la bendición final pregunto si en la aldea hay enfermos. Me dicen que hay un anciano que vive solo, que nunca sale de su choza y que vive al otro lado de la aldea.
Propongo ir a visitarle. La gente acepta muy contenta. Al cruzar de arriba abajo la aldea, aprovechamos para pararnos delante de cada una de las casitas para rezar un momento por sus habitantes. Cada uno reza para todos.
Después de dos horas de corretear por la aldea llegamos donde el anciano imposibilitado. Nos agradece la visita y la calabaza que le regalamos.
Y sólo ahora pude concluir la misa: “Ahora sí la Misa ha terminado. Podéis ir en paz”.
LA EUCARISTÍA EN EL MUNDO CHINO
P. Fabricio Tosolini, s.x.
Para hablar de la Eucaristía en el mundo chino, hay que tener presentes dos realidades. La primera es que el “mundo chino” no se identifica necesariamente con la gran China ya que hay por lo menos cuatro lugares donde su cultura se manifiesta de forma diferente: China, Taiwán, Hong Kong (y Macao) y la múltiple realidad presente en todos los países del mundo que, a pesar de mantener relaciones con la madre patria, vive influjos culturales diferentes. La segunda realidad, es que la misma China está impregnándose de la cultura occidental. Es por eso que sus tradiciones se quedan sin sentido y se reducen a una simple exteriorización quedando prerrogativa sólo de los grupos sociales menos adelantados.
Acaban de pasar los días del plenilunio del séptimo mes cuando los espíritus salen de su mundo y vienen entre los mortales. Para acompañarlos en su viaje de vuelta, se les ofrece comida, bebida e incienso. Algo parecido ocurre en cada plenilunio con los antepasados a los que también se les ofrece dinero (el dinero de los muertos, billetes de papel color oro) para ayudarlos a vivir en el más allá. En el gran río de la cultura china, podemos distinguir varias corrientes (taoísmo, confucianismo, budismo), pero el rito popular parece que es practicado por las tres. Eso de ofrecer comida a los antepasados es signo del honor y de la devoción que se les debe. El mismo ritual se repite también en el día de los difuntos (Ping Ming Jie), que se celebra a primeros de abril. Para esta ocasión se organizan comidas sobre las tumbas de los familiares difuntos, como signo de comunión con ellos.
LA ORACIÓN
Los primeros frutos de la actividad evangelizadora de los Jesuitas, Franciscanos y Dominicos en los siglos XVI y XVII, fueron muy prometedores. Los catecúmenos y los neófitos eran tan numerosos que nos surge preguntarnos cómo un número tan reducido de misioneros haya podido ofrecerles una suficiente formación cristiana.
“La probable respuesta - escribe el Padre Charbonnier - hay que buscarla en la predilección de los chinos por la oración, en su capacidad de memorizar las oraciones y en el repetirlas incansablemente”. Los misioneros valoran esta actitud y repitiendo el método de San Francisco Javier, escriben para los cristianos, ayudados por amigos literatos convertidos, oraciones que encierran el resumen de las verdades de la fe. El librito de oraciones Sheng Jiao Ri Ke, reeditado en Pekín hacia el año 1980, conserva y transmite oraciones seculares. Entre éstas, las Letanías del Santísimo Sacramento que compuso el jesuita P. Aleni (1582-1649).
Sigue precisando el Padre Charbonnier: “Cuando en 1616, en Nanking empezó la persecución, los jesuitas se refugiaron en la casa de Miguel Yang Tingyun, en Hangzhou. Los literatos convertidos de la ciudad, transformaron esta casa en un centro de oración que llegó a ser como el corazón de la misión. Además Miguel hospedaba, en una casa cercana, a dos tipógrafos que imprimían los libros de religión. En esta residencia, limitándonos al año 1621, se bautizaron unos 1300 adultos.
En lo brevemente expuesto arriba, se evidencian unos datos de mucho interés. En primer lugar el hecho de que entre las oraciones están las Letanías del Santísimo Sacramento, por lo que se puede deducir que hay una atención especial a la adoración eucarística separada de la celebración de la Misa, característica típica de la Iglesia católica. La adoración a la Eucaristía se percibe como un camino muy eficaz para satisfacer la sed de contemplación, algo natural en el alma de los chinos, a la que la cultura y las religiones, en particular el budismo, han dado importantes respuestas.
En segundo lugar, la oración vocal debe ir acompañada por un rito. Acaso se puede decir que los misioneros han valorizado no sólo el gusto por la oración sino también la dimensión ritual de la vida humana, importante en todo lugar pero particularmente en China donde errores en la celebración de los ritos podían causar crisis políticas. Podríamos decir que existe una vía ritual a la vida y a la participación del misterio o incluso que cada vía es necesariamente ritual. Además el aprendizaje tradicional en China se realiza a través de la imitación, la repetición hasta el infinito y la habilidad psicofísica adquirida a través del ejercicio. A todo esto lo llamamos “rito”.
En la isla de Taiwán parece que existen seis iglesias dedicadas al Santísimo Sacramento. En Hong Kong ninguna. Dar datos exactos relativos a la China continental nos es imposible. Con todo, parece que entre las iglesias más importantes, no existe ninguna dedicada a la Eucaristía. Esto no tiene mucha importancia para la iglesia china; mayor importancia tiene el hecho de la tradición a la que pertenecen los misioneros que evangelizaron China y que han dedicado las iglesias a las figuras que, según sus proyectos, eran más significativas. El número relativamente pequeño de iglesias dedicadas a la Eucaristía - pero, ¿cuántas iglesias dedicadas a la Eucaristía hay, por ejemplo, en España? - habla de misioneros activos, comprometidos en el campo de la formación doctrinal, del servicio social, de la instrucción, llenos de proyectos y de obras. Probablemente era lo que pedían los tiempos relativos al final del siglo XIX.
LAS PROCESIONES
Por lo que vemos y según entendemos, a los cristianos chinos les interesan cosas que a los occidentales nos parecen superfluas. Lo que suscita en nosotros unas preguntas. ¿De veras que estas cosas son tan superfluas como pensamos? ¿No sería más acertado pensar que la religiosidad occidental necesita de unos correctivos?
Una de estas cosas son las procesiones, en particular la más importante que es la del Santísimo Sacramento. En una diócesis del centro de Taiwán la realizan el día de la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto. El año pasado han participado más de mil personas. Considerando que en Taiwán los cristianos son poco más de doscientos mil repartidos en siete diócesis y que la mitad de ellos son aborígenes, la participación ha merecido un aprobado.
Otro ejemplo: A los chinos les gusta el Vía Crucis. Ellos sienten que es importante revivir, caminando y meditando, los misterios de la Pasión - de los que la Eucaristía es signo - como experiencia de apropiación y participación física a estos misterios. Además de testimoniar lo que creen.
Un día, el párroco de una iglesia de Taipei, organizó tímidamente una procesión por las calles de la parroquia. La adhesión fue inmediata y entusiasta. “Todos organizan procesiones, los templos de los alrededores también y en más ocasiones, ¿por qué no podemos hacerlas también nosotros?”.
LA EUCARISTÍA
La Eucaristía suscita en los cristianos chinos una profunda devoción. Aún faltando formas tradicionales especiales, en cualquier sitio se puede observar su gran amor por el Sacramento. Es lo que distingue a la Iglesia católica. Taiwán, que vive rodeada por la cultura americana, desde el punto de vista religioso se somete preferentemente al influjo de los protestantes. Los responsables de iglesias y comunidades son todos chinos; se sienten más vinculados al territorio, al idioma y a la cultura de Taiwán, más activos y pragmáticos, más libres al momento de cambiar sus actividades, más adelantados en la utilización de los medios de comunicación. Pero, si exceptuamos el Bautismo, a casi todas las denominaciones protestantes les faltan los sacramentos, en particular la Eucaristía.
Hay una sutil lógica que une la Eucaristía a la experiencia de la Iglesia que es más estable, acaso más lenta pero más contemplativa, más atenta a los valores de la cultura, más confiada en los designios de Dios. Parece que los cristianos chinos sientan y valoren la experiencia comunitaria que tiene su origen en la Eucaristía más de lo que los misioneros occidentales puedan percibir.
Referente a “recibir” la Eucaristía, al comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor, la cultura originaria advierte algunas dificultades. Lo que es comprensible en el mundo chino donde, desde siempre, a la fuerte percepción de la dimensión comunitaria del ser humano, le corresponde una cierta lejanía en la relación con la corporeidad del otro. Durante la Misa, en el momento de la paz, no se dan la mano sino que intercambian unas reverencias. Por otro lado, en la visión del hombre propia de la cultura china, hay una continuidad entre los aspectos físicos y los espirituales - que tanto atraen a los practicantes occidentales de medicina y ejercicios chinos - cuyas potencialidades en beneficio del mensaje cristiano aún no han sido explorados suficientemente. Es posible imaginar que la visión de la Eucaristía como “remedio de inmortalidad” aquí no tenga sólo un significado espiritual sino que pueda ser entendida como fuente de bienestar y salud a nivel físico, a partir de la gracia que ella trae en el espíritu del creyente.
LA MISA
El rito litúrgico de la Misa, si exceptuamos la traducción de los textos al chino, es en todo idéntico a la Misa que se celebra en Europa o en América. Se podría pensar que no hay bastante esfuerzo de inculturación. En realidad la Iglesia católica en Asia habla mucho de inculturación y busca caminos de realización, pero por lo que a la Misa se refiere no hay de qué maravillarnos. Desde los tiempos en que San Justino (muerto en Roma el año 165) describía la Misa en su “apología”, ésta no ha cambiado mucho; no se ha inculturado sino que ha inculturado a los pueblos en si misma.
Después del Vaticano II la Iglesia europea ha intentado abrir caminos nuevos para acercar la Misa al sentir de la gente, con resultados muy limitados. Una razón la podemos encontrar en el hecho que el rito es al mismo tiempo cercano y lejano. Se trata entonces de acercarnos a la infinita cercanía del misterio, recorriendo aquel trecho de camino infinitamente grande y a la vez pequeño que sólo puede realizar aquel que participa en él.
Hubo unos cuantos experimentos que han integrado, sobre todo en la parte central de la Misa, elementos de la ritualidad tradicional china. Sin, de momento, haber entrado en el patrimonio de la tradición común. Porque están también las tradiciones de los aborígenes, diferentes a las de los chinos; habría que elaborar diferentes formas de rito, más aptos a sus culturas.
Existe también otra razón que se remonta a los comienzos de su historia. La Iglesia china, a pesar de tener una larga y gloriosa tradición es, por tantas razones, una Iglesia joven. La experiencia de la conversión, el descubrimiento de la vida del Resucitado en su propia vida van de la mano a una salida del mundo vivido hasta ahora y a la entrada en un mundo nuevo. Es un hecho espiritual que necesita signos para ser percibido. Esto explica el interés por la música, el arte, la arquitectura de la tradición occidental; esto explica el profundo sentimiento de unidad con el Papa que la Iglesia china vive hasta el martirio; esto explica la aceptación cordial y agradecida, como de una cosa propia, de todas las formas que se les propone, por ejemplo la liturgia en su forma tradicional.
Esta postura debe ser respetada porque puede que encierre en sí unos cuantos y profundos interrogantes para las Iglesias del Occidente, por ejemplo de cómo tratan la herencia espiritual - visible en las tradiciones - recibida a través de siglos de fe.
ENTRE PROYECTO Y ESPONTANEIDAD.
Hace falta además tener la percepción de la lógica y de la velocidad con que los procesos - la inculturación es uno de ellos - se realizan y respetarlos. Una de las paradojas de la iglesia china está en el hecho de que los misioneros han reconocido, desde el principio, la grandeza de la cultura entre la que se encontraban y no han escatimado esfuerzos para mediar el mensaje cristiano; más por parte de los misioneros que de los nativos. Hay momentos en que uno tiene la percepción de que tantas cosas vienen impuestas desde fuera sin el respeto debido a lo que nace en la conciencia de los cristianos como forma apta para expresar su fe. Es decir, y según un cuento tradicional, “se estira la planta para ayudarla a crecer”.
Hay diferentes maneras para favorecer la formación de una teología de la Eucaristía más cercana al mundo chino. Una línea posible, además de las clásicas como es el sacrificio redentor, es la visión de la Eucaristía y de la celebración de la Misa como banquete de la sabiduría. Son propuestas que van entrando a nivel teológico. Son signos de la vitalidad de una Iglesia que, unida a todas las demás Iglesias, tiene unos dones que ofrecer a la Iglesia universal.
CELEBRACIONES EUCARÍSTICAS EN BANGLA DESH
P. Juan Antoio Flores Osuna,sx
La Eucaristía, sobre todo la festiva, es un momento de comunidad muy sentido por los católicos de Bangla Desh. La celebración se sirve de muchos símbolos, gestos, palabras y acciones litúrgicas presentes en las tradiciones hinduistas
Es algo muy deseable seguir la búsqueda y la profundización de los espacios y de los elementos que la celebración permite a la inculturación, ya que favorecen el arraigo de la fe.
Es importante tener presente que muchos símbolos, gestos, palabras, acciones litúrgicas… nos vienen de las tradiciones hinduistas. Es éste el substrato cultural profundo de la gente de Bangla Desh.
Voy a resaltar los siguientes:
El lugar: es el espacio, el ámbito, el dominio de Dios, de su misterio y presencia, de su palabra y bendición, de su cercanía…, por lo tanto es considerado como algo sagrado (sobre todo en el momento de la celebración). Se le adorna con sencillez, curando la limpieza (es un lugar puro) y haciendo resaltar el altar para indicar su particular dignidad y sacralidad. En la casa, al momento de comer, la gente se sienta en pequeños taburetes, en un lugar limpio. La comida es servida siempre en un lugar separado de la tierra para indicar lo digno que es el momento y la consumición de lo que es ofrecido.
Los pies descalzos: son signo de veneración, humildad y conciencia de indignidad y pequeñez frente al misterio. Son también signo de disponibilidad y docilidad (sumisión). Uno se descalza al entrar en el lugar de la intimidad (casa, familia) así como cuando se saluda a personas meritorias de devoción y de respeto.
La danza: es el elemento típico de la fiesta y de la alegría por el don del encuentro-bendición y por los beneficios recibidos. Los hindúes danzan delante de sus divinidades cantando sus hazañas, agradecidos por los beneficios recibidos, pidiendo protección y ayuda. En la celebración eucarística la danza da realce a la entrada de los celebrantes y al saludo de la comunidad así como al momento de la presentación de los dones (ofertorio) y de la elevación final que concluye la oración eucarística.
El arothi: saludo-gesto-danza de adoración y sumisión a la divinidad. Flores, incienso y fuego en una bandeja son los elementos que expresan, junto a la danza rítmica, adoración, agradecimiento y docilidad total del que reza. En la Eucaristía, el arothi es realizado durante la oración eucarística al momento de la consagración y de la elevación final.
Las guirnaldas: son el típico gesto oriental de bienvenida, acogida y veneración. Durante la eucaristía son ofrecidas a los celebrantes y a los invitados especiales al momento de la entrada o del ofertorio. También son decorados con guirnaldas el altar, el ambón y las ofrendas del pan y del vino para la celebración, dándoles de esta forma el realce y el respeto que se merecen.
Sentados en la tierra: es un gesto que indica, además de la igualdad entre todos, la comunión con la tierra y, por lo tanto, con toda la creación. La postura de media flor de loto indica la apertura y la disponibilidad a la acogida.
Los saludos: el intercambio de saludos al comienzo y en el momento de la paz, entre la comunidad y el celebrante y de los participantes entre ellos, se realiza con aquel gesto respetuoso de las manos juntas y la cabeza inclinada que expresa la intensidad del respeto y del reconocimiento hacia el otro.
* * *
Todos éstos son, a mi parecer, unos elementos típicos de la celebración eucarística aceptados por todos en Bangladesh.
Sobre todo en la India, se están haciendo otros intentos de inculturación que manifiestan signos y expresiones lingüísticas que enriquecen cada vez más el nivel de búsqueda y experimentación, cuales: el chador, de color naranja utilizado por el celebrante, diferentes signos de purificación (con el agua o con la ceniza), la veneración del altar y de la Escritura al estilo musulmán, la postura de las manos durante la proclamación del Evangelio, o la postura de las manos del celebrante durante la homilía, la acogida de los no católicos al final de la misa para ofrecerles flores…