Esperanza y cultura posmoderna


por p. Carlos Collantes Díez
misionero javeriano


Hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores”. Son los ánimos de una ocurrente pintada. “El mundo pertenecerá a quien pueda ofrecerle, desde esta tierra, la más grande esperanza”, escribía el célebre jesuita Teilhard de Chardin. Una fe por la que vale la pena entregar la propia vida, es una fe por la que vale la pena vivir. Es el testimonio siempre permanente de los mártires y la enseñanza de los cristianos de los primeros siglos que fueron luz y sal en su sociedad, en una cultura marcada por el pesimismo.


La esperanza significa dar crédito a Dios, a sus promesas, a sus palabras, también a su silencio, fiarnos de Él. ¡Demos una oportunidad a la esperanza! Aunque hablando de oportunidades es Dios quien nos las da cada día con el milagro de la vida. La esperanza es una apuesta, y mejor apostar por la vida que por la nada. Creemos en Cristo muerto y resucitado y apostamos por él, es decir, por la esperanza ya que él -al encarnarse- ha apostado por nosotros, una apuesta arriesgada. La esperanza es un acto de fe en el futuro, en un mañana mejor, implica por tanto una dosis de entusiasmo y de coraje. Apostar por un mañana mejor significa trabajar hoy y ahora por ese futuro más humano con aliento renovado, y el aliento nos lo da Dios que continúa soplando su Espíritu-Aliento sobre nosotros. Esperanza, nuestra tarea, nuestra misión, aunque nos parezca pequeña, las semillas son siempre pequeñas y algunas crecen lentamente, pero los frutos los da Dios y serán a su medida, no a la nuestra. Nos empuja el Viento-Espíritu de Dios, por eso esperamos.


Sueños e ideales


La historia no se detiene, porque a pesar de todo está habitada por Dios y es historia de salvación. Aunque nos cueste tanto verla. Los pobres y sus aliados no pueden aceptar que la historia se detenga, sería el triunfo de la indiferencia, de la arrogancia o del cinismo de los satisfechos. Y sus sueños –de los pobres- sus gritos y también los nuestros se alzan y alzarán contra quienes de forma interesada afirman -han estado afirmando estos últimos decenios desde su pensamiento dominante, poderoso e ideologizado, desde su credo neoliberal, insolidario, arrogante y darwinista (ya saben el triunfo de los más fuertes, entiéndase de los más ricos y poderosos; o dicho de otro modo: la prosperidad de algunas minorías se asienta sobre el sufrimiento –según ellos justificado- de grandes mayorías, para que los mejor dotados puedan emerger y triunfar)- que no existe otro mundo mejor, que no hay alternativas mejores. Se han derrumbado, en parte, sus mentiras, su ideología creando desgraciadamente tanto sufrimiento. Son tiempos para mantener la moral alta y vivir la serenidad y la fortaleza de ser cristianos.


La esperanza nos constituye como personas, no podemos renunciar a ella, ni queremos arrinconarla. Somos seres abiertos al futuro, incompletos, soñamos y anhelamos siempre una plenitud. La esperanza está ligada al futuro y a quienes quieren cambiar las condiciones de vida de los empobrecidos, porque todos estamos en el mismo barco, cierto que algunos viajan muy confortablemente y otros en galera. Los satisfechos no quieren cambiar, ¿para qué? si les va muy bien. Por eso la esperanza nos llega con frecuencia de los empobrecidos. Mantener vivos los ideales, en los tiempos que corren, es siempre un desafío. Y nosotros queremos mantenerlos vivos porque son posibles, necesarios y urgentes, los ideales de una sociedad más igualitaria y humana, más cercana al Reino de Dios querido por Jesús.


Ida y vuelta


El amor no flaquea ni se rinde, persevera. Por eso las mujeres van a la tumba de Jesús. No saben nada de lo que va a suceder ni lo imaginan, quieren realizar un último gesto de amor: embalsamar el cuerpo de Jesús. El amor pone en camino a las mujeres hacia el sepulcro de Jesús, un camino de ida hacia lo lógico, hacia lo “humano”. Pero, por amor, Dios se inventa otro camino, camino de vuelta: el crucificado ha sido resucitado; camino que es siempre una sorpresa, un regalo del amor de Dios, camino de vida nueva e inesperada, camino de esperanza. El amor de Dios les ha precedido. Dios no lo ha embalsamado, lo ha transfigurado, lo ha hecho libre para siempre para que vaya a anunciar la buena nueva de la victoria sobre toda muerte. La esperanza es la permanente “onda expansiva” de la resurrección de Jesucristo. Amor divino y humano se encuentran en la resurrección de Jesús y de ese encuentro nace la esperanza. Tarea de nuestras comunidades será regar el árbol de la esperanza.


La filosofía posmoderna, dominante en estas últimas décadas en las sociedades “avanzadas y satisfechas”, hace ya tiempo que pasó de los intelectuales a la calle y, al convertirse en cultura vivida, la respiramos todos. Una filosofía que, entre otras “proezas” -trampas más bien-, decretó la muerte de la esperanza, y que ha invadido nuestra cultura cotidiana con su música de desencanto y pesimismo ilustrado, de pasotismo y escepticismo aparentemente cultivado, y tenemos que liberarnos de esta música evasiva, adormecedora y un tanto “envenenada”. Una filosofía que invita a desentenderse de los grandes ideales y causas, a enterrar el futuro y la esperanza, que invita al olvido de los invisibles de la historia. Cultura posmoderna productora de desesperanza, insolidaria, narcisista, hedonista, cínica en ocasiones. Vivimos en un mudo duro e imposible de cambiar -nos recuerdan- no hagamos nada, desentendámonos, y vivamos refugiados en nuestro pequeño bienestar. Han pretendido eliminar hasta el deseo de querer cambiar la sociedad.


Inconsistencia


Se buscan, entonces, refugios provisionales y efímeros donde pasar lo mejor posible la travesía de la vida. No existe la posibilidad de cambiar la sociedad porque no hay historia, ni tierra prometida, ni ningún paraíso, ni en el cielo ni en la tierra. Y si no hay paraíso que cada uno construya el suyo, lo más confortable posible. El compromiso por transformar nuestro entorno ha querido ser sustituido por productos blandos (“light”): horóscopos, adivinos, astrología barata, vagos esoterismos, terapias variadas y abundantes pinceladas de exotismos variopintos, por una religión a la carta fabricada por el individuo a su medida, por “espiritualidades sin prójimo ni historia” (B. González Buelta) donde todo es muy “light”, inconsistente y mola mucho.


Para el posmoderno, joven o adulto, no tienen sentido los compromisos firmes y duraderos. La vida se convierte en una sucesión de flash, se esfuman la responsabilidad y la ética porque el sujeto vive animado por convicciones débiles y pasajeras, con frecuencia en el más puro relativismo. Caminamos sin rumbo, todo es efímero, no hay meta. Lo cual provoca una enorme indiferencia ante las grandes cuestiones de la existencia. No hay nada por lo que valga la pena arriesgar la vida, desparecen la fe y la esperanza. ¿No es enorme la responsabilidad histórica de los excesos de la filosofía posmoderna que ha querido matar los sueños de un futuro mejor y más justo para todos, que ha querido matar la esperanza en aras de un disfrute chato, miope, fugaz e inconsistente, una filosofía que sólo podía surgir en países ricos y satisfechos? Curiosamente esta filosofía ha coincidido históricamente con el periodo más salvaje del capitalismo desregulado, financiero. ¿Azar simplemente? Difícil de creer.


Apuesta


La esperanza cristiana no significa desentenderse de los problemas del presente, de los sufrimientos de esta tierra. Porque creemos y esperamos un mundo nuevo y definitivo, los cristianos no podemos tolerar ni conformarnos con este mundo nuestro lleno de lágrimas, injusticia, violencia, mentiras. Quien no hace nada por cambiar este mundo es porque no cree en otro mejor. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…” (Juan 3, 16), poderosa razón de nuestra esperanza. Dios no tiene remedio, no puede dejar de querernos, por eso nosotros no podemos dejar de esperar. Y el más pequeño gesto de bondad hace posible y creíble la esperanza porque en el corazón de Dios la bondad no se pierde, se vuelve fecunda. Esta es nuestra apuesta.


¿Qué pueden aportar nuestras comunidades cristianas en estos momentos de profundos cambios culturales? Seguiremos reflexionando sobre la posmodernidad, la comunidad y el Reino…



Preguntas


* Isaías 35, 1-6. La gloria de Dios –su bondad- hará florecer el desierto, todos los desiertos y habrá júbilo y esperanza para los débiles y vacilantes porque el Señor viene.


* I Pedro 1, 3-9. Resurrección de Cristo, misericordia, esperanza viva, herencia incorruptible, alegría inefable, pruebas diversas. Una síntesis de nuestro presente y de nuestro futuro.


* Mateo 25, 14-30. El tercer servidor tiene una falsa imagen de Dios que le atenaza y bloquea y no arriesga. Dios es sólo amor, regala amor, suscita amor y el amor no sabe de cálculos ni de miedos.