Pablo de Tarso, misionero por Cristo



VIDA DE PABLO

Saulo nace hacia el año 8-10 d.C. en Tarso, en el territorio de la actual Turquía, que en aquel tiempo era una ciudad de unas 300.000 personas y contaba con una escuela de filosofía estoica muy conocida. De origen judío y a la vez ciudadano romano. Crece en Jerusalén, según sus propias afirmaciones, y estudia en la escuela de Gamaliel. Se nota que está abierto a la cultura circundante pues conoce bastante el griego (aunque no tanto como para que el pensamiento griego le influencie decisivamente). Al inicio de su vida ha tenido comportamientos agresivos hacia los cristianos y él mismo se autodenomina “perseguidor”. Esta actitud cambia tras su experiencia de conversión, acaecida hacia el año 35. A partir de ese momento transforma su nombre por el de Pablo y pasa por tres periodos:

1) Recibida la formación cristiana, se integra en la comunidad ya existente de Antioquía de Siria.

2) La misma comunidad de Antioquia lo envía en misión a los paganos.

3) Como misionero autónomo da vida a numerosas comunidades en Asia Menor y en Grecia, hasta que es detenido y llevado a Roma, donde morirá de forma violenta hacia el año 60-62.

Pero, antes de seguir adelante, ¿qué ocurre para que se convierta?


LA CONVERSIÓN

Pablo no describe su conversión de forma biográfica, sino dándole su sentido profundo. Su conversión es el paso de la confianza en sí mismo al encuentro con Cristo, Hijo de Dios y mediador de la salvación para todos. La renuncia de Pablo a sus raíces, de las que se enorgullecía tanto, no se debe a un amor místico por la privación, sino al descubrimiento de Cristo. Antes de ese momento Pablo buscaba cumplir la Ley judía para llegar a la justicia, pero cuando se encuentra con Cristo descubre a la vez su limitación y la centralidad de la gracia de Dios. Se siente atrapado por el amor de Cristo, llevado al extremo en una cruz, y lo que para Pablo era ganancia se convierte en pérdida. Ya no está en el centro de su vida el esfuerzo por la perfección sino la atracción que en él ejerce la cruz de Cristo.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos describe hasta tres veces la conversión de Pablo (capítulos 9, 22 y 26) ¿Por qué esta insistencia? Porque es un momento clave para comprender quién es Pablo, pero también porque al parecer tras su muerte fue muy discutida la aportación de Pablo por los judaizantes y este recalcar su conversión ayuda a darle autoridad a su persona. En todo caso, aunque Lucas nos relate tres veces ese momento nos queda siempre la impresión de que lo esencial, que es el proceso interior de Pablo, no se nos explica.


ANTROPOLOGÍA Y TEOLOGÍA DE PABLO

Pablo ve a la persona como sujeto en relación con Dios, con los otros y con el mundo, animado por el Espíritu. El don recibido del amor de Cristo, que da su vida en cruz por nosotros, se vuelve tarea apremiante: requiere nuestra participación consciente en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, un continuo morir al mal para vivir a Dios en la gracia y el amor. Toda persona se vuelve preciosísima al ser “un hermano por el que Cristo ha muerto” (1 Cor 8,11), y así también Pablo está dispuesto a morir por él.

En realidad, la vida es una carrera en la cual hemos sido atrapados por Cristo. Pablo cree haber corrido bien esa carrera y haber llegado a la meta, en espera del premio que el Señor le dará (2 Tim 4,6-8).

Pablo no puede desligar su teología de la misión y de la atención pastoral: su teología está en función de ambas, es incluso una forma concreta de su acción misionera y pastoral. Pablo es un teólogo “en movimiento”, no es sistemático ni un teólogo de laboratorio porque él elabora su teología según las situaciones que encuentra y ante las que tiene que dar una respuesta. Por eso, no sólo es importante saber bien lo que quiere decir en cada texto, sino que nos interesa saber qué está haciendo Pablo cuando formula sus afirmaciones. En ese sentido su teología ni es perfecta ni completa, saca fuera de contexto frases de la Escritura o las emplea de forma inapropiada. El tema de la mujer es un buen ejemplo de ello: no resulta claro, a veces parece contradecirse y no haber incorporado plenamente la novedad del Evangelio. Y es que este tema es polémico en su tiempo, y lo sigue siendo entre los estudiosos del contexto de Pablo. Parece que el mismo Pablo provoca tal polémica en su momento con su la afirmación de la igual dignidad de la mujer y del hombre en Cristo Jesús (Gal 4,28) que en sus siguientes cartas silencia este binomio de la igualdad hombre-mujer ante las presiones y críticas recibidas.


LA PALABRA DE LA CRUZ

Pablo está fascinado por la cruz de Cristo. Ve el camino que ha llevado a Jesús hasta ese punto y lo ha seguido. Así, dice: “Cristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí” (Gal 2,20b). Y añade: “He sido crucificado con Cristo y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20a). Ve con alegría que su camino de apóstol se configura con el de Cristo.

Para Pablo, la muerte en cruz de Cristo no es una experiencia dolorista, y tampoco un modelo de resignación, sino sabiduría y potencia de Dios, aunque a nuestros ojos resulte locura y debilidad. Esto lo dice Pablo en 1 Cor 1,18-24 en un contexto polémico con otros predicadores cristianos de elocuentes palabras pero que no presentaban la cruz de Cristo.

Con su visión de la cruz de Cristo, Pablo supera cuatro peligros:

1) La cruz como ley antigua, como sufrimiento inevitable. No es así en Pablo, pues cuando Pablo menciona la cruz lo hace siempre en referencia a la cruz de Cristo.

2) La exaltación de la cruz como positiva, deseable. Para Pablo, lo que da sentido a la cruz es el amor de Cristo llevado al extremo.

3) La consideración de la cruz como trámite para la resurrección esperada. Pablo no minusvalora el drama del Calvario.

4) La cruz como signo de potencia y de victoria en la sociedad humana. Para Pablo, si la cruz supone una victoria, lo es como máxima expresión del amor de Dios por la humanidad.

El mismo Pablo, portador de este mensaje de la cruz, se presenta débil y tembloroso ante el mundo para que así resulte más evidente la fuerza de Dios.

Esa debilidad que Pablo afirma no significa dejarse llevar por al pereza o la ignorancia, o incluso la dejadez. No, busca los mejores medios para anunciar el Evangelio, a tiempo y a destiempo, pero como en una muerte: la fe no es el resultado de nuestras estrategias sino un don de Dios.


EL APÓSTOL Y PRISIONERO POR CRISTO

Pablo se siente esclavo de Cristo, incluso prisionero suyo, y su ser evangelizador no es por tanto una opción cualquiera sino un imperativo interior al que no puede escapar. Libre como es, Pablo se hace esclavo de todos.

Pablo es apóstol también para su propia evangelización, para participar él también de los dones de Cristo.

Mientras hay otros “super-apóstoles” que se hacen mantener o al menos retribuir por la comunidad, Pablo prefiere trabajar con sus manos (teje tiendas de lona) para no ser un peso para nadie. Aunque reconoce que tendría derecho a una remuneración material, prefiere no recibirla para no poner obstáculos al Evangelio. Para Pablo su ganancia son las mismas personas que evangeliza y el mismo hecho de predicar gratis el Evangelio.

Pablo habla en su carta a los Romanos del apostolado como de una liturgia: el apostolado es como una eucaristía celebrada en el mundo, que transforma a las personas en ofrenda agradable a Dios. En el fondo, para Pablo toda vida cristiana es esa liturgia.

Pablo vive la misión como una oportunidad para generar vida nueva. Hacer nacer la vida es satisfactorio, pero a la vez conlleva sufrimientos. A la vez, Pablo se reconoce generado, renacido por el apostolado de otros con él y por las comunidades que encuentra.

Conocemos a Pablo como “el apóstol de los gentiles” porque hace la opción de anunciar a Jesús fuera de los ambientes judíos, sobre todo cuando los cristianos empiezan a ser mal recibidos en los ambientes judíos. En el concilio de Jerusalén (hacia el año 49) es quien con más vehemencia defiende la admisión de las personas de cultura griega en la Iglesia sin necesidad de que pasen por los ritos judíos. Su aportación y la buena aceptación del Evangelio fuera de los ambientes judíos resultan claves para que toda la Iglesia acepte esta orientación y se abra a otras culturas.


COMUNIDADES Y COLABORADORES

Pablo trabaja en la evangelización junto a muchos colaboradores. Con el que forma equipo primero es con Bernabé, y después viaja con Silas. Aparecen otros muchos nombres de colaboradores y colaboradoras en sus cartas (mención especial merecen Priscila y Aquila). En todo caso, Pablo es consciente de que su misión es una misión en Iglesia. Aunque a veces tenga que estar solo físicamente, sabe que entre todos construyen sobre el cimiento que es Cristo. También Pablo, por su carácter un tanto explosivo, se gana adversarios. Pero Pablo señala como sus más grandes adversarios aquellos que viven como enemigos de la cruz de Cristo.

La consecuencia lógica del Evangelio acogido es que surjan comunidades cristianas. Pablo no sólo las organiza, sino que también las visita o, desde la distancia, envía cartas para acompañar su crecimiento. Se siente padre-madre de esas comunidades, algunas fundadas por él. Esa relación es recíproca: se ofrece, reza por las comunidades, y a la vez recibe de ellas sustento y pide oraciones. Pero no hay dependencia, es una relación en el Señor. Esas comunidades que han recibido a Jesús tienen la obligación (otra vez el imperativo interior) de devolver a Jesús al mundo, no pueden encerrarse en sí mismas. Pablo no se siente “atado” por las comunidades que él ha fundado: sigue su camino, viendo nuevas posibilidades de anunciar a Jesús allí donde aún no es conocido.

Pablo utiliza la imagen del cuerpo, una imagen ya presente en el mundo greco-romano pero que Pablo adapta a su fe añadiendo que la comunidad no sólo es un cuerpo, sino que se trata del cuerpo de Cristo.