La misión en Jesús y en san Pablo



Este aspecto está desarrollado aquí muy brevemente porque será motivo de mayor profundización durante la convivencia en Madrid de diciembre. Es un preámbulo necesario al tema de las actitudes misioneras.

La misión nace de la Trinidad. El Padre envía a Jesús, que se abaja hasta nosotros y se hace uno de tantos para elevarnos hasta Dios (cf. Filipenses 2, 6-11) y llevar a su plenitud la historia y la humanidad.

Porque Jesús tiene una misión reúne a una comunidad de discípulos y llama a doce de ellos. La misión precede a la comunidad, y la comunidad está llamada a continuar la misión.

San Pablo cambia su vida cuando se encuentra con Jesús. Ese encuentro, personal, va completado por una formación y profundización en comunidad. San Pablo se sabe llamado por Dios para evangelizar y a eso dedicará el resto de su vida, sin miedo a nada, ni siquiera a la muerte. Su estrategia misionera le lleva a visitar todas las ciudades relevantes de un amplio territorio hasta llegar a Roma, capital del imperio, donde muere.

En las ciudades él anuncia el Evangelio, ya sea haciéndose presente en los lugares de oración de los judíos, ya sea hablando en público como en Atenas, ya sea por el contacto personal. Cuando hay personas que responden al anuncio, San Pablo las organiza en comunidades que van a ser semilla de evangelización. A veces son comunidades pequeñas en enormes ciudades (se calcula que en Corinto vivía un millón de personas, pero los cristianos de la comunidad no pasaban de cincuenta). No importa el número, sino la calidad de esa presencia. San Pablo se siente padre de esas comunidades que él funda y se expresa con cariño, pero no se ata a ellas, sigue su misión de primer anuncio. Eso sí, desde la distancia, y sobre todo cuando percibe problemas en esas comunidades, envía sus cartas, que son siempre cartas a la comunidad (menos la de Filemón, que trata un caso particular. Las de Timoteo y Tito se cree que no fueron escritas directamente por San Pablo).

La misión de San Pablo es una misión en colaboración. En sus cartas menciona más de cien nombres de colaboradores, entre los cuales hay bastantes mujeres con cargos de responsabilidad en sus comunidades.


ACTITUDES MISIONERAS


1) Encuentro con Jesús, y a través de él con la Trinidad

San Pablo se encuentra con Jesús, y Jesús Resucitado. Por él se siente enviado.

Fe alegre y confiada.

Vamos a lugares con grandes necesidades materiales, pero hay otra necesidad que no podemos olvidar y es la necesidad de Dios, de dar sentido a la existencia, de no sentirnos solos en el planeta. En este sentido, sorpresa porque en Chad nos llaman a los misioneros “los hombres de Dios” y lo que más nos piden es que les hagamos conocer el Evangelio.

Mito de los orígenes: Dios estaba pegadísimo a las personas, casi aplastándonos, y nos saciaba toda necesidad, hasta que a una muchacha se le ocurrió cocinar y para ello molió el cereal en el mortero. A cada golpe de bastón Dios se iba alejando… y desapareció. La consecuencia es que ya no vemos a Dios y que tenemos que trabajar para ganarnos el pan. Entre Dios y las personas hay espíritus y antepasados, caprichosos a la hora de hacer el bien o el mal. Por eso las oraciones y los sacrificios raramente van dirigidos a Dios (que es bueno, pero se ha alejado) y sí a los espíritus intermedios, por miedo. El Evangelio presenta una teología bien distinta y liberadora: Dios no está tan lejos porque se ha hecho uno de tantos; no nos aplasta sino que su presencia nos eleva y nos hace crecer; no estamos expensas de caprichosos espíritus; nuestra oración es por alabanza, acción de gracias y petición, pero no por miedo.

Experiencia de Myriam en un hospital de Tánger: necesidad de la oración para presentar al Señor a todos esos enfermos a los que las fuerzas humanas ya no logran sanar.

Nuestras Constituciones dicen que la oración es la primera actividad de los misioneros javerianos.


2) Abajamiento

Los occidentales tenemos un complejo de superioridad y creemos tener la solución a todo. Sin embargo, cuando llegamos a otra cultura nos toca ser como niños: aprender a hablar en otra lengua, aprender a comer (y comer y beber lo que ellos comen no siempre es evidente), aprender sus referencias culturales… Así lo hizo Jesús (“se hizo uno de tantos”) y también San Pablo (“me he hecho todo a todos”).

Necesaria inculturación para que el Evangelio no sea un cuerpo extraño y ajeno. Desde una consideración de nuestra cultura como la mejor no somos misioneros ni enviados por Dios, que “de rico que era se hizo pobre” para salvarnos.


3) Amistad y cariño

Y una cosa importante en otras culturas y que merece un capítulo aparte es el tiempo. Para nosotros, el tiempo está para hacer cosas; en otros lugares el tiempo está para ganar amigos. Por eso hay menos “eficacia” y más lazos sociales tejidos.

No nos aprecian por lo mucho que hacemos, sino por el tiempo que les dedicamos y la calidad de nuestro trato, lo que sin duda son signos de aprecio.

Anécdota: cuentan las personas de un lugar que había un misionero muy trabajador, que se desvivía por ellos y continuamente iba y venía con el coche, construía edificios y llevaba adelante proyectos… “pero no nos quiere porque no se para a estar un rato con nosotros”.

En este sentido, mucha atención a cuestiones concretas como el sacar fotos a las personas y el dar o repartir dinero por las dependencias y falsas amistades que puede crear. Profundizaremos este punto en otra de nuestras reuniones.


4) Misión en comunidad y comunidades para la misión

Jesús es enviado por el Padre y nosotros somos enviados por la Iglesia. Eso supone que en nuestra partida y en nuestra estancia en misión implicamos a los nuestros, nuestras comunidades o parroquias.

Además, en misión trabajamos en equipo y en comunión con una Iglesia local. Allí recogemos los frutos del trabajo de misioneros que nos han precedido, trabajamos en colaboración con otros y preparamos el terreno para quienes nos sustituirán.

La misión no es obra de navegantes solitarios. Por tanto, fuera todo protagonismo o personalismo.

Y por eso es muy importante la buena convivencia entre nosotros para mostrar nuestra vivencia misionera comunitaria, sobre todo en culturas donde los lazos sociales son muy fuertes y captan en seguida las posibles divisiones.


5) Desapego

Para la libertad, Cristo nos ha liberado. La misión nos hace libres ante personas y situaciones y favorece que las personas que encontremos sean más libres. “Amar a una persona es decirle: “Tú eres libre”.”

Frase de San Francisco Javier en Japón, cuando peor pintaban las cosas porque no lograba cantidades de bautismos como en India: “Yo pensaba que había venido a misión para ser útil a Dios, y ahora percibo con extrema claridad el don que Dios me ha hecho enviándome a estos lugares, libre de todo apego, para dedicarme únicamente a su voluntad”.

El criterio de los misioneros no puede ser ni la gratificación ni el éxito. De hecho, en la historia la misión ha avanzado gracias a evidentes fracasos: la expulsión de los cristianos de las sinagogas judías en tiempos de los apóstoles, la persecución y dispersión de las familias cristianas en Japón durante 300 años, la expulsión de los misioneros javerianos de China…

El momento peor para los misioneros son las despedidas, y sin duda las más difíciles no son las despedidas de nuestros familiares y amigos cuando vamos a la misión, sino las despedidas en misión cuando volvemos. También aquí tenemos que aprender el desapego y la confianza en Dios, en quien reencontramos todas esas personas y situaciones.

[Texto de la reflexión propuesta por Antxon en el encuentro que tuvo lugar el 02/11/2008 en Murcia]