El éxodo en san Pablo



CRISTO = MESÍAS (christos)

Hay muchas palabras clave en el vocabulario paulino. Mi intención es presentar algunas de ellas para asomarnos a la experiencia de Pablo tras su encuentro con Jesucristo. Y antes que nada creo que es importante hacer una referencia a la palabra Cristo.

En lo que sigue voy a usar la expresión Jesús mesías o mesías Jesús (en lugar de Jesucristo o Cristo Jesús) con la intención de dejar constancia del profundo espíritu mesiánico que vive Pablo. Lo cierto es que hay una labor milenaria de traducción y comentario, que coincide con la historia de la Iglesia que ha eliminado, literalmente, el mesianismo de las cartas de Pablo. Es una labor seguramente inconsciente. De todos modos, una institución mesiánica se haya ciertamente ante una tarea paradójica, pues no le permitiría acomodarse en el seno de una sociedad estructuralmente injusta.

El mesías tenía un marcado signo político. Era un escogido por Dios (christos es traducción directa del hebreo masiah, que significa, el ungido) para traer por fin la justicia y la dignidad al pueblo judío haciendo así por fin posible su felicidad. Implicaba el final del orden social establecido. Sobre todo los más pobres o los que más sufrían, tenían en la venida del mesías sus esperanzas de liberación. Habitualmente se consideraba que sería un rey justo y poderoso que lideraría al pueblo camino de su plenitud. De ahí los títulos de Señor o Rey con los que también se conoce al mesías Jesús.

Algunas otras palabras usadas por Pablo tampoco se traducen sustituyéndose por un calco, del griego al latín y de ahí a otras lenguas. Aunque al principio se era muy consciente del significado impactante de estas palabras, con el tiempo, inevitablemente, han ido perdiendo su contenido inicial. Algunas de estas palabras son:

De christos, Cristo (inicialmente no era una palabra en mayúscula)

De apostolos, apóstol.

De euaggelion, evangelio

De ekklesía, iglesia


DEBILIDAD (asthenéia)

Voy a continuar este recorrido con otra palabra: debilidad. No podemos saber cómo fue el encuentro de Pablo con el mesías. Pero los relatos que nos han llegado hablan, entre otras cosas más o menos extraordinarias, tal vez metafóricas, de una caída. Cuando se dirigía a Damasco en persecución de los discípulos de Jesús para apresarlos, Pablo se cae. En esa caída descubre al mesías. Y no de cualquier manera. Lo descubre crucificado, donde no puede moverse y carente de todo. Donde ya ni puede hablar o curar ni hacer nada. Incluso su rostro está desfigurado, irreconocible. Donde alguien había exclamado “Ahí está el hombre”, Pablo viene a exclamar: “Ahí está el mesías”.

El anuncio de que el mesías ha muerto en la cruz trastoca la lógica mesiánica del judaísmo. El mesías cuelga excluido de la comunidad, como un maldito. Incluso hay que bajarle al atardecer para evitar que la tierra se impurifique.

Y no solo el judaísmo. Todo un mundo de valores se pone en juego. Sin ir más lejos los del imperio romano. También los de la actualidad. Pero, para Pablo, la salvación del hombre no se logra mediante la grandeza. Tampoco con la fuerza de voluntad. Un judío, por ejemplo, podía acercarse a Dios en la medida en que fuese un fiel y esforzado cumplidor de la ley. Y sin embargo, el mesías está clavado por la ley en la cruz. En adelante, los valores cristianos han de pasar por el ojo de aguja de la cruz. Se ha producido una radical inversión de valores.

1 Cor 1, 27 “Dios ha escogido a lo débil de este mundo para confundir a los fuertes… ha elegido a lo que no es nada, para rebajar a lo que es”

El bien de la humanidad no se consigue por la fuerza. En el extremo, muchas guerras se han justificado en función de un fin. No es este el camino del mesías crucificado.

Pablo estaba deseoso de superar el nivel normal de piedad. El celo con que perseguía la herejía de los discípulos de Jesús era una muestra de su voluntad de pureza. Mientras se encuentra con el mesías crucificado, se descubre él también débil. Como dije, se cae.

Rom 6, 6 “Con el mesías fue crucificado algo de nosotros, el hombre viejo, a fin de que fuera destruido lo que de nuestro cuerpo estaba esclavizado al pecado…”

2 Cor 12, 7-9 “Para que no me enorgullezca a causa de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, por un ángel de Satanás, para que me abofeteara. Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mi, pero me respondió: Te basta mi gracia; el poder de Dios actúa mejor donde hay debilidad”

Pablo tenía una dolencia o una dificultad. No algo querido por Dios, pues el origen es malo (Satanás). Hay muchas especulaciones sobre que tipo de problema podría ser. Lo cierto es que no lo sabemos con seguridad. Pero sí parece ser que le impedía tener cierta credibilidad a la hora de comunicar la buena noticia. El evangelio no era anunciado por alguien con especiales capacidades. Esta dificultad seguro que no le era indiferente a Pablo, que muchas veces trata de reclamar para sí su dignidad para el apostolado. Finalmente no tiene más remedio que reconocerse débil.

1 Cor 15, 9 “No soy digno de ser llamado apóstol…”

Pero por eso mismo, el mesías le llama a serlo.

Además era una persona con enormes contrates, capaz de la dureza más abrupta hasta la ternura más maternal. Tendente al orgullo y a la cólera, aunque pronto al arrepentimiento. Todo esto también lo reconoce como parte de su debilidad. De hecho muestra una capacidad de introspección desconocida para la época en que vive:

Rom 7, 18-19 “Bien conozco que nada de bueno hay en mi, quiero decir, en mi carne. Pues aunque hallo en mí la voluntad para hacer el bien, no hallo cómo cumplirla, por cuanto no hago el bien que quiero; antes el mal que no quiero”


PABLO, ESCLAVO (Paulos, doulos)

El encuentro con el mesías conmueve el corazón de Pablo. Le transforma tan profundamente que a partir de ese momento se cambia de nombre, lo que nos da una idea de su particular éxodo: abandono de su antiguo ser para ponerse en manos del mesías, sin apegarse a nada, ni a sí mismo.

Y no es cualquier cambio. Se despoja del soberbio nombre bíblico-palestinense, Sha`ul, que subrayaba el origen de la familia, de la tribu de Benjamín, para tener a cambio un nombre latino muy poco usual.

Los esclavos en el Imperio Romano no tenían un verdadero nombre, sino que recibían uno por parte de su amo, a su capricho. Muchas veces eran apodos que hacían referencia a algún aspecto físico del siervo. Y Pablo, de hecho, significa pequeño, de poca estatura. Como él mismo dice:

1 Cor 15, 9 “el más pequeño de los apóstoles”

Pablo, por otro lado, no duda en presentarse a sí mismo como siervo del mesías:

Rom 1, 1 “Pablo, esclavo del mesías Jesús…”

Subrayando así su total dependencia y sumisión. Además, se hace referencia a la inversión del orden jurídico establecido que supone el acontecimiento mesiánico, que vuelve del revés la ley:

1 Cor 7, 20-22 “Cada uno permanezca en la vocación a la que ha sido llamado. ¿Fuiste llamado esclavo? No te preocupes, pero si puedes convertirte en libre haz uso de ello. El que ha sido llamado como esclavo es un hombre libre del Señor. Igualmente, el que ha sido llamado como libre, es esclavo del mesías”


AMOR

El amor ocupa en Pablo un lugar central. Un amor profundamente encarnado en el otro. Sorprende la abreviación extrema del doble mandamiento de Jesús, que seguramente pertenecía a los recuerdos más hondos de la comunidad y que sin duda conocía Pablo.

Rom 13, 9 “todos los mandamientos se resumen en esta palabra: Amarás al prójimo como a ti mismo”

El “Amarás a Dios sobre todas las cosas” desaparece. El centro deja de ser Dios para ser el prójimo.

También es impresionante el himno lírico sobre el amor que podemos leer en el capítulo 13 de la carta a los Corintios. Lo habitual es leer mal el texto y suponer que permanecen la fe, la esperanza y el amor. Pero no es cierto ¿Cómo ha de permanecer la esperanza? Cuando se vea cara a cara no se necesitará esperanza alguna. Y fe quiere decir que voy andando en tinieblas. La fe es siempre pequeña, nada más contradictorio que una fe segura que se base en creencias rígidas e incuestionables.

¿Qué quiere decir amor? Amor quiere decir que yo no tengo mi centro en mi mismo. Me hace falta el otro. No puedo sin el otro. El amor es la confesión de que soy alguien que necesita. El punto capital es nuevamente la debilidad:

2 Cor “Tu fuerza llega a plenitud en tu debilidad”

El amor nos fortalece y no al revés. No se logra amor por la fuerza de voluntad. No es posesión sino apertura. No es un logro ni tiene motivos (en el momento que encontramos motivos para amar, el amor decae en interés). El amor no es un sacrificio, sino una alegría. En él encontramos la ocasión de realizar obras buenas con independencia de la ley. No es lo mismo cocinar solo para uno mismo, que para varios a los que queremos.

2 Cor 9, 7 “Dios ama al que da con alegría”

Cabría decir que, una vez el reino de Dios esté ya aquí y todos hayamos resucitado ¿Para qué me hará falta el amor? ¡Ya seremos perfectos entonces! El quid de Pablo es que, incluso perfectos, yo no soy yo, sino que nosotros somos nosotros. O sea, que nuestro carácter de necesitados permanecerá incluso cuando seamos perfectos. La fe y la esperanza pasarán. Permanece el amor

Carne (sarx) suele tener resonancias negativas en Pablo. Acostumbra a designar las manifestaciones externas del ser humano, sometido a la ambigüedad del mundo. En cambio todo cambia cuando se habla del cuerpo (soma), la persona en su corporeidad entera, que se encuentra ubicada en un nexo de relaciones y reciprocidades amorosas que denomina Cuerpo de Cristo. Por medio el amor, la carne, que es débil, pasa a denominarse cuerpo, que así se haya redimido o en plenitud.

Si Dios no fuese débil y capaz de participar en el sufrimiento del mundo, sería también incapaz de amar (como dice el teólogo Moltmann). Sería como el dios de los filósofos griegos, una pura abstracción. El Dios necesitado puede, por tanto, ser un dios cómplice, un amigo, lo cual no deja de ser un misterio maravilloso.


LA ORACIÓN

La oración en Pablo es continua (1 Tes 2, 9 “de noche y de día” ). Constantemente da gracias y pide al Señor.

Y cuando pide lo hace con vehemencia. A veces casi parece que sostiene un combate con Dios, como queriendo forzarle a dar. Lo cierto es que pedir es ante todo, reconocerse necesitado y débil. Es huir de toda autosuficiencia.

La oración es para Pablo un gemido, que recuerda a los tiempos en que el pueblo se hallaba esclavizado en Egipto. Dios se hizo presente tras escuchar sus lamentos. Dios por tanto, hace notar su presencia de forma privilegiada en la oración de petición.

Rom 8, 22-23 “Todo lo creado gime y se angustia dolorosamente hasta ahora… También nosotros, que tenemos las primicias del espíritu gemimos en nuestro interior, aguardando la plena revelación acogida en el estado de hijos de Dios y la redención de nuestro cuerpo”

La naturaleza gime bajo la caducidad y la insignificancia. Por la oración se ha de entender, en parte, cosa distinta a los cantos de júbilo. La oración sucede en todo lugar donde se grita y el cielo se pone tormentoso. Tal es la experiencia de Pablo en la oración de la comunidad.

Cuando ni siquiera tenemos fuerzas para articular palabras o no sabemos lo que nos pasa, el Espíritu ora por nosotros:

Rom 8, 26-27 “…El Espíritu mismo ruega por nosotros con gemidos que no se pueden expresar. Dios sondea nuestros corazones y escucha los anhelos del Espíritu…”

La misma cruz es, de este modo, una oración callada. Detrás de todo sufrimiento, los cristianos ven como se alza una oración hacia el Señor.


APÓSTOL (apostolos)

Apóstol significa enviado, mensajero. En la antigüedad tenía una personalidad jurídica muy definida. El mensajero toma el lugar del que manda el mensaje. Si era el mensajero de un rey, se le recibe con honores de rey. Su identidad queda, por decirlo así, al margen. Pablo, al reclamar para sí el título de apóstol, quiere decir que no se representa a él, sino al mesías.

En el tiempo mesiánico, el apóstol toma el lugar del profeta. El profeta anuncia un tiempo que está por venir. El apóstol habla cuando el mesías ya ha llegado. Su tiempo es el presente, no el futuro. En el tiempo mesiánico la profecía debe callar:

Zac 13, 2-4 “En aquel día haré desaparecer del país a los profetas y a los espíritus impuros. Y si alguno osa aún hacer de profeta, su padre y su madre le dirán: morirás porque profetizas mentiras en nombre del Señor… En aquel tiempo, todos los profetas se avergonzarán de las visiones que anuncian”


SEPARADO (aphorisménos)

Pablo usa esta palabra muchas veces para referirse a si mismo. A veces se traduce como elegido, pero no es así. El usa la esta palabra: “separado”. Por ejemplo en la presentación de la carta a los romanos:

Rom 1, 1 “Pablo, esclavo de Jesús mesías, llamado apóstol, separado para el evangelio de Dios”

(Por cierto comienza así la única carta dirigida a una comunidad que él no había fundado y a la que aún no conoce. Su estilo, más sosegado, se diferencia notablemente del estilo efusivo y apasionado que utiliza en otras cartas. Es sin duda la que tiene un contenido doctrinal más amplio, salpicado de multitud de citas del antiguo testamento. Continuando con la presentación de esta carta, se refiere a al Hijo de Dios, descendiente de David, poderoso, con la intención de que todos los hombres alaben su nombre. En ninguna otra carta es tan explícito: El emperador no es la ley, si no el clavado por la ley en la cruz. Es toda una declaración de guerra al Imperio Romano en una época en la que el culto a los césares legitimaba el orden imperial. Y escribe a Roma, precisamente allí, esta carta, destinada a ser leída públicamente en la comunidad y sin saber en manos de quien caerá, y que puede leer cualquier censor (y los censores no son tontos) Es por tanto una carga política, puro material explosivo)

En cierto modo, al caracterizarse a sí mismo como separado, Pablo emplea un juego de palabras. En la carta a los Filipenses se presenta de esta forma:

Flp 3, 6 “Circuncidado al octavo día, de la estirpe de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos. En cuanto a la ley, Fariseo”

Fariseo, etimológicamente viene de separación. Los que se separan. Los fariseos, aún siendo laicos, se obligaban a seguir escrupulosamente las reglas de pureza sacerdotal para distinguirse. Se separaban en este sentido. Por otro lado, los judíos ven en la ley algo así como un muro que les impide contaminarse, mezclarse con los gentiles. En Roma también la ley produce una separación entre hombres libres y esclavos o entre hombre y mujer. Hoy podríamos distinguir, por ejemplo a los españoles de los extranjeros, según la ley.

En Pablo se produce una anulación de la ley:

Gal 3, 28 “No hay ya judío ni no judío, no hay siervo ni libre, no hay varón ni mujer”

Por cierto, parece ser que lo que más costaba de asumir era la no distinción entre hombre y mujer. Pablo, pues, se separa de lo que separa. Les dice a los cristianos judaizantes:

Gal 2, 14 “¿Por qué queréis obligar a los gentiles a vivir como los judíos?”

Y a los pagano-cristianos:

2 Cor 6, 17 “Salid de en medio de esta gente y separaos”

Pero esta separación no ha sido sencilla para Pablo. El encuentro con el mesías supone un abandono de su anterior vida. Abandono de lo que conoce y le ha dado seguridad hasta ahora: de su gente, de su cultura, de sus tradiciones, incluso de sus creencias… Hay que pensar lo que supone esto. Todo un éxodo cultural. En una situación semejante se hallan los misioneros que viajan hacia otros lugares, abandonando sus puntos de referencia culturales.

Y precisamente Pablo estaba profundamente comprometido con el judaísmo. Casi se adivina la hondura de su sentimiento cuando dice:

Gal 1, 15 “El que me ha separado en el seno de mi madre y me ha llamado…”

Pablo siente angustia. Algo en su interior le pide separarse del amor del mesías, que tanto sufrimiento le causa:

Rom 8, 35 “¿Quién nos separará del amor del mesías? ¿Las pruebas o la angustia, la persecución o el hambre, los peligros y la espada?”

Y a continuación conjura a todos los poderes celestiales o terrenales a una sola cosa: separarle del amor de Dios en el rostro de Jesucristo. A veces, lo que le tienta a separarse, es precisamente el amor que siente por sus hermanos de raza:

Rom 9, 2-3 “Yo siento siempre mi corazón muy triste y dolorido. Hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado del mesías en bien de mis hermanos por la sangre”

Pero el Dios justiciero y omnipotente del antiguo testamento en el que creía ha cambiado. Ha mudado su rostro por el del mesías Jesús. Ya quedó mencionado el éxodo de Pablo en cuanto a su identidad en el cambio de nombre. También su éxodo cultural y religioso es inevitable. Para entender en profundidad a Pablo, no debemos olvidar cómo se ve él mismo: separado de entre los judíos para ser apóstol de los paganos.

[Texto de la reflexión propuesta por David en el encuentro que tuvo lugar en Madrid el 12/12/2008]