Con el corazón en China

Además del apremio pastoral por su diócesis, Mons. Conforti fue, en primera persona, promotor incansable de un profundo despertar misionero de la Iglesia Italiana. Acompañó el nacimiento de la Unión Misional del Clero, de la cual fue el primer presidente durante diez años, estando fuera de toda duda que dicha Unión fue uno de los principales factores del despertar misionero de nuestro tiempo.

El cuidado de la Diócesis de Parma no le hizo olvidar a todos aquellos que aún no conocían a Cristo y su Evangelio. Escribía personal- mente a todos sus hijos misioneros que estaban en China, se preocupaba de su situación, buscaba los medios económicos necesarios para sus necesidades y para sus obras, y, sobre todo, continuaba en su trabajo de buscar y formar a nuevos javerianos que aumentasen un día a los que ya estaban en misión. Leemos en una carta a sus misioneros:

"En espíritu me encuentro con vosotros. Tengo siempre delante de mis ojos las fotos de vuestras residencias, y si las personas pudieran seguir el pensamiento, me veríais a menudo y por largo rato en vuestra compañía. Pero el Amor de Cristo no conoce distancias y en Él estoy en medio de vosotros con el corazón ".

La situación de China dejaba mucho que desear y los misioneros de Conforti sufrían las consecuencias de un país a la deriva: guerras continuas entre los señores feudales; bandas armadas que recorrían el país saqueando, destruyendo y matando; hambre y miseria para el pueblo. Pero la misión de los javerianos continuaba y poco a poco crecía. En el año 1912 el javeriano Luís Calza fue nombrado obispo de aquella misión que contaba ya con 12 parroquias, 4.000 cristianos, 6.200 catecúmenos y, lo más importante, con 73 catequistas. Los misioneros javerianos presentes en China ya eran 14. La pequeña semilla crecía.

A Conforti no le faltaron los dolores: en julio del 1908 moría en China el javeriano P. Vicente Dagnino, con solo 24 años de edad, víctima de la viruela, contraída asistiendo a los enfermos. Poco después murió también el P. Conrado di Natale, víctima de lo que entonces se llamaban "las fiebres".

"Llegarán tiempos mejores para esta misión, al invierno de las tribulaciones le siguen la primavera de las flores y el verano de los frutos", -escribía Conforti a sus misioneros de China.

Los años de la Guerra Mundial, 1914- 1918, fueron de enormes dificultades para los javerianos. El Instituto carecía de medios eco- nómicos para hacer frente alas necesidades de los misioneros. Conforti esperaba, rezaba, sostenía con todas sus fuerzas a la joven congregación misionera. Les había escrito:

"La pobreza se vive en nuestro Instituto en toda su extensión. No creo que exista en la ciudad de Parma un instituto que lo esté pasando peor que nosotros. Es una prueba del Señor y esperamos superarla. Quisiera poder mandar millones para ayudar a los misioneros de China, pero sólo puedo pagar los gastos del viaje de los nuevos misioneros. Al escribir esto me sangra el corazón. Pero espero contra toda evidencia y pienso que Dios no nos abandonará pues la causa por la cual trabajamos es suya ".

Corría el año 1927 cuando Conforti decidió que debía visitar a sus hijos misioneros que trabajaban en China desde hacía ya más de veinte años. Con ellos mantenía continuo contacto por carta, cuidaba su preparación y, no sin dificultades, les mandaba lo necesario para sostener económicamente aquella misión. Guido siempre había tenido el deseo de viajar a China para visitarles en el campo de trabajo. Pero, en aquellos tiempos, un viaje hasta China no era cosa fácil.

Finalmente, el día 21 de septiembre de 1928, tras celebrar la Eucaristía ante Ntra. Sra. de La Guardia, zarpó de Marsella, en un barco de vapor francés, rumbo a Oriente. El 23 de octubre, tras un mes de navegación, el barco entró en el maravilloso golfo de Hong- Kong, y tres días después llegó al suspirado puerto de Shangai.

Fue a esperarle Mons. Calza, primer obispo javeriano en China, el cual le acompañó por la grandiosa ciudad de Shangai, construida a la europea y con el aspecto de una gran metrópoli. La primera impresión que Mons. Conforti tuvo de China fue la de "un pueblo con un futuro prometedor y que en un tiempo no muy lejano tendrá una influencia decisiva en el equilibrio mundial".

"Mi permanencia en China -escribió después- ha sido sólo de un mes y medio. Durante este tiempo he podido darme cuenta de las numerosas cualidades de sus gentes. Tal vez, entre los pueblos de la Tierra, China es el más disponible al Evangelio, sobre todo en las regiones del interior del país. Se nota por todas partes que, donde llega el trabajo del misionero, florece la vida cristiana y social. ¡Si fuese mayor el número de misioneros y catequistas!"

Tras visitar a sus misioneros y compartir tantas jornadas con el pueblo chino, llegó la hora del regreso. Conforti quiso celebrar con sus misioneros la fiesta de S. Francisco Javier el 3 de Diciembre; fue su adiós antes de partir para Europa. Durante el viaje de vuelta, se detuvo en Pekín, invitado por el Delegado Apostólico, desde donde, antes de dejar definitivamente China, escribió a Mons. Calza:

"Regreso admirado por todo lo bueno que nuestros misioneros han sabido hacer en beneficio del pueblo chino ".

El regreso fue por tierra, atravesando la Unión Soviética. Fueron días interminables, horas casi eternas en el tren transiberiano. Jornadas grises como de un continuo crepúsculo, escuálidas estepas sumergidas en el silencio, abedules cubiertos por un manto de nieve e inmensos campos nevados semejantes al mar en calma. Conforti llegó a Parma el 28 de diciembre después de haber recorrido 34.000 kilómetros.

Durante una solemne celebración de acción de gracias en la catedral de Parma, Guido Conforti dijo:

"He tenido la oportunidad de saludar personalmente a nuestros misioneros: he recorrido los caminos fatigosos que ellos anda;' he experimentado todos los medios de transporte que ellos usan; me he alojado en sus humildes residencias y me he sentado en sus humildes mesas; pero, sobre todo, me he dado cuenta de las dificultades que encuentran en el ejercicio de su apostolado, así como del bien grande que ellos hacen en China, Nunca podré olvidar ni la bondad con que siempre me rodearon, ni los ejemplos de virtud con los que me han edificado ".