Al servicio de la Iglesia
Vivía por entonces en Parma una religiosa, que todos consideraban santa, Ana María Adorni, ésta aconsejó al joven Guido: "Ve a rezar al santuario de Fontanellato, porque Nuestra Señora te devolverá la salud y llegarás a ser padre y pastor". Y así fue. Guido atribuyó siempre a la intercesión de Nuestra Señora el haber recuperado la salud y el haber podido cumplir sus sueños misioneros.
En otoño de 1888 Conforti fue ordenado sacerdote y celebró su Primera Misa en la recogida intimidad del Santuario de Fontanellato, acompañado por los familiares más cercanos y por algunos amigos. Aquel día Guido escribió en su diario:
“No puedo vivir sólo para mí mismo. Con el pretexto de vivir para Dios, no tengo el derecho de abstenerme de vivir para mis hermanos, porque la señal por la que Dios reconoce a quien vive para Él es la caridad, es decir, la vida entregada por los demás"
En los primeros años de sacerdocio, Guido, aunque deseaba un trabajo en alguna parroquia rural, fue llamado a desarrollar su actividad en el Seminario Diocesano, como formador, y en las oficinas del Obispado, como colaborador de su obispo.
Antes de ser ordenado, ya había sido nombrado vicerrector y profesor en el Seminario. Sin arrinconar ni olvidar su "sueño misionero", Guido se dedicó, con todo amor y empeño, a los encargos recibidos por obediencia.
Pero las cosas no quedaron ahí. Su obispo confiaba ciegamente en él y así, una tras otra, fueron cayendo sobre sus espaldas diversas tareas que le fueron comprometiendo, cada vez más, al servicio de la Iglesia local. En pocos años fue nombrado Canónigo de la Catedral. Archidiácono del Capítulo, Director de la Obra para la Propagación de la Fe, Superior del Colegio Teológico y Vicario General de la Diócesis de Parma. Parecía que su proyecto misionero iba a desaparecer para siempre ocupado como estaba en las tare- as al servicio de su iglesia local.
Pero, a pesar de los ministerios que su obispo le iba confiando, Guido María Conforti estaba decidido a dedicar su sacerdocio, sus fuerzas, sus pertenencias y toda su vida a la que tenía como “la más santa de las causas": la causa misionera.
Tras años de paciente espera, el 9 de marzo de 1894, escribió una carta al Cardenal Prefecto de la Propagación de la Fe exponiéndole su proyecto de poner en marcha un instituto para las misiones extranjeras.
"Desde mi juventud he sentido siempre y con gran fuerza la pasión de dedicarme a las misiones extranjeras. Ya que por razones enteramente independientes de mí, no he podido secundar esta santa inclinación, he pensado desde hace años fundar yo mismo un seminario destinado a esta nobilísima causa.
Este propósito nunca ha disminuido en mí, ni con el paso del tiempo ni con los cambios de las circunstancias. Por el contrario se ha hecho siempre más fuerte y, aconsejado por piadosas e iluminadas personas, lo creo inspirado por Dios.
Me atrevo a esperar de Vuestra Eminencia una palabra de aliento para ponerme enseguida a la obra. Me sacrificaré entera- mente y pondré todos mis bienes a disposición para alcanzar esta santa empresa ".
Tenía veintinueve años cuando, en la calle "Borgo León d'Oro" en la ciudad de Parma, Guido adquiría una casa que pudiese servir para acoger a los primeros aspirantes a misioneros. Así, Conforti, que no podía ser misionero, se convertiría en padre de misioneros.
El permiso otorgado a Guido María Conforti para fundar un Seminario para las Misiones Extranjeras fue firmado el 1 de noviembre de 1895. El 15 del mismo mes, Conforti acogía en la casa de Borgo León d'Oro a los primeros aspirantes. La comunidad estaba compuesta por 17 jóvenes a los que se añadieron otros cuatro en los días siguientes. Algunos días después, el 24 de noviembre, entraba en la comunidad, recién ordenado sacerdote, el P. Caio Rastelli.
El 3 de diciembre de 1895, con la presencia del obispo diocesano, se inauguró oficialmente el Seminario para las Misiones Extranjeras. Empezó aquel día el camino de los Misioneros Javerianos.