Tras las huellas de Javier
"Desde su conversión hasta el último día de su existencia, San Francisco Javier creció continuamente en su caridad y fue esta caridad la que consumió su vida a los 42 años. Nos hablan de ello sus incansables trabajos para hacer que nuestro Señor Jesucristo fuese conocido y amado y su continua ansia hacia cosas siempre mejores. Para llegar a ello, dejó su patria, emprendió largos viajes por tierra y mar y recorrió palmo a palmo enormes regiones anunciando a todos la Buena Noticia ".
Era el año 1899. El Seminario para las Misiones Extranjeras de Conforti apenas había cumplido tres años de edad, tenía ya unos 30 alumnos, pero la mayoría de ellos eran aún muy jóvenes y necesitaban muchos años de preparación.
El personal que Guido tenía a disposición para las tareas de su seminario misionero era muy escaso, y los medios económicos brillaban por su ausencia. Pero no dudó ni un instante en ofrecer sus primeros misioneros a la misión de CHINA, respondiendo a una urgente llamada del que luego sería mártir, el obispo franciscano Mons. Fogola.
El 4 de marzo de 1899, los primeros misioneros javerianos, el padre Cayo Rastelli y el diácono Eduardo Manini, recibieron de la mano del obispo de Parma, Mons. Magani, y en presencia de Guido M. Conforti, el crucifijo del envío misionero. Aquel mismo día, los dos primeros javerianos emprendieron un viaje que duró dos meses hasta llegar ala ciudad china de Tai- Yuan-Fu, meta de su viaje. Los Misioneros Javerianos habían empezado a volar.
Todo parecía indicar un futuro prometedor a la obra de Conforti. Pero Dios no le ahorró las dificultades. El padre Rastelli murió en China el día 28 de febrero de 1901, a consecuencia de las penalidades sufridas durante la persecución desatada por los "Bóxers", rebeldes chinos que persiguieron todo lo que sabía a europeo. El diácono Manini, agotado por los sufrimientos de la persecución, tuvo que regresar a Italia.
Terminaba así, con el fracaso y el martirio la primera expedición de los Misioneros Javerianos. Fueron momentos muy duros para Guido, que veía peligrar su joven fundación misionera.