Como el Padre me ha enviado, yo os envío

Los Misioneros Javerianos dedicamos toda nuestra vida a anunciar el Evangelio del Amor allí donde aún no es conocido. "Como el Padre me ha enviado, también yo os envío" (Juan 20, 21). Estas palabras de Jesús resumen lo que en nuestro interior sentimos más profundamente: Como Javier, somos misioneros porque Cristo, en su amor, nos envía al mundo. Somos Misioneros por un don del Espíritu. Es Él quien nos hace sentir el amor de Cristo y nos apremia a la misión. El reconocimiento de este don por la Iglesia nos hace continuadores de la misión que Cristo confió a sus apóstoles.

En nuestras comunidades intentamos ser fieles a Cristo viviendo la misión como Él la vivió. Así, "fieles a las preferencias de Cristo nos dirigimos en particular, entre los no cristianos, a los destinatarios privilegiados del Reino de Dios: los pobres, los débiles, los marginados por la sociedad, las víctimas de la opresión y de la injusticia". "El Instituto de los Misioneros Javerianos se pone al total servicio del Reino de Dios en la Iglesia. Nuestra misión nos exige proclamar el Reino allí donde aún no está reconocido, denunciar cuanto se opone al mismo, mostrarlo ya presente en los signos y colaborar a su venida entre nosotros".

La misión de Cristo fue anunciar el Reino de Dios, hacerlo presente entre los hombres e indicar los signos de su presencia. Este Reino, que es gracia y salvación para todos los hombres, constituye el motivo de nuestra misión. Como Cristo, los Javerianos anunciamos el Reino de Dios a los grupos humanos que aún no lo conocen. Ser misioneros, para nosotros, significa también denunciar todas aquellas situaciones de nuestro mundo que se oponen al proyecto de Dios: la pobreza, la injusticia, la marginación... Con nuestras vidas queremos ser testigos de este Reino ya presente entre los pueblos. Con nuestro amor intentamos ser signos vivos del Reino. Y con nuestra acción deseamos colaborar a su instauración en nuestro mundo. "Para el advenimiento de este Reino en la historia humana, nos ponemos a su lado, en marcha para convertirnos juntos en hombres libres, operadores de justicia y de paz, en la expectativa operante de que Dios sea todo en todos".

"En la Iglesia y por el Reino de Dios, recibimos del Espíritu el don de asumir, como tarea propia y exclusiva, el cometido de la evangelización de los no cristianos". La vocación misionera, que Cristo confió a toda su Iglesia y que debe ser común a todos los bautizados, nosotros, los Misioneros Javerianos, queremos vivirla en modo exclusivo, la subrayamos, para que todos los miembros de la Iglesia mantengan siempre la tensión de anunciar el Evangelio a los que aún no lo conocen.

Nuestra dedicación a la misión es, por tanto, exclusiva y se manifiesta cuando, "`por nuestro carisma específico, somos enviados a poblaciones y grupos humanos no cristianos, fuera de nuestro ambiente, cultura e iglesia de origen". Por ello, "nos comprometemos a dedicar toda nuestra vida a la actividad apostólica..., a ir efectivamente a la misión y a trabajar con total dedicación por la evangelización de los no cristianos". Nuestro fundador, Guido María Conforti, así lo expresaba: "hacia las misiones entre los no cristianos, los Javerianos hacen converger toda su obra y excluyen cualquier otra finalidad por noble y santa que sea".

Es por esto que los Misioneros Javerianos, en nuestros países de origen, no poseemos ni parroquias, ni colegios, ni más estructuras que las estrictamente necesarias para el servicio a la misión. Todas nuestras fuerzas convergen hacia las misiones, allí se encuentran la mayoría de los Misioneros Javerianos.

Para nosotros el ir a los países no cristianos para anunciarles el Evangelio, no es "una actividad más", sino que es nuestra "actividad única y exclusiva". A las misiones nos dedicamos de por vida. Entregamos a la misión todo nuestro ser y toda nuestra actividad. El hecho de marchar a las misiones lo vivimos "como acontecimiento pascual de una vida que se abandona y de una nueva vida que empieza, es por sí mismo parte del misterio de salvación para el mundo" y es continuación de la Pascua.

El marcharse a misiones es lanzarse hacia algo nuevo, dejar lo conocido y abrazar lo desconocido, es ponerse en la dinámica de Abrahán que, fiándose de Dios, abandona su pueblo para encontrar otra tierra, otra familia. Es continuar el gesto de Pablo y de Bernabé que se alejan de su comunidad, de cultura judía, para anunciar el Evangelio a otros pueblos y ser así signos de fraternidad universal.