Cristo lo es todo para todos
En el proyecto de vida de los Misioneros Javerianos hay una frase que a alguno le parece fuera de lugar. Decimos: "La oración es la primera actividad del misionero". No es extraño que en el proyecto de vida de una comunidad cristiana se hable de la oración, lo que puede parecer fuera de lugar es que se afirme que la oración, para un misionero, sea la primera actividad.
Si se hiciese una encuesta entre la gente muchos dirían, seguramente, que la primera actividad del misionero es el anuncio del Evangelio, o el trabajo para ayudar a los demás, o el estar con los pobres. De hecho, se piensa mucho en el misionero como aquel que va corriendo de un lado a otro, haciendo cosas, organizando... Y se piensa poco en su estar solo, cara a cara, con Dios.
Quien nos ha seguido con la lectura de estas páginas, habrá notado que hemos hablado de la misión como de un don recibido de Dios y obra del Espíritu Santo. Siendo así, no es difícil pensar que sólo en la unión con Dios el misionero javeriano puede ser fiel a la tarea que el Señor le ha confiado. "Nuestro fundador, Guido María Conforti, ha descrito al misionero javeriano como aquel que, en la acción, se mantiene en constante unión con Cristo, en el cual se inspira continuamente".
Ciertamente nuestra vocación nos lleva por los caminos del mundo, hace de nosotros constantes anunciadores del Amor de Dios a los hombres, nos pone en contacto con la gente y con sus problemas. No somos, por tanto, monjes dedicados exclusivamente a la oración. Sin embargo, el fundamento de nuestra vocación es la contemplación de Cristo, que lo es "todo para todos". La experiencia de su amor, realizada en la oración, nos empuja hacia los hermanos.
Conforti nos exhortaba a "tener siempre delante de nuestros ojos a Cristo, configurando nuestra vida a la de El para que nuestras obras fueran manifestación de su amor a todos". Este "continuo contemplar a Cristo" y gustar de su amor surge de la oración. "Por eso los javerianos pedimos a Dios el don del espíritu de oración, que es capacidad de transformar nuestro trabajo en oración continua". Sin el espíritu de oración que nos mantiene en constante unión con el Espíritu de Dios, autor verdadero de la misión, nuestro correr sería inútil.
Es por ello que decimos: "La oración es la primera actividad del misionero, sostén de su fidelidad y de su tarea apostólica. A ejemplo del Señor, que con frecuencia se retiraba a orar al Padre, constatamos la necesidad de dar amplios espacios a la oración individual, a la reflexión y a la contemplación para evitar el riego de correr en vano". Es Cristo quien nos mueve en nuestra tarea. Nuestro ideal es llegar a poder decir como S. Pablo: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí".
En la oración tomamos conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas y en la vida de aquellos a quienes somos enviados a servir. En ella reavivamos la experiencia del Amor que Dios tiene a los hombres y que es la base de nuestra vocación. Contemplamos a Cristo que nos envía a anunciar el Evangelio al mundo entero. Orando imitamos a Jesús que, de su "estar con el Padre", sacaba la motivación de su Misión.
La oración del misionero, como toda oración cristiana, está fundada en la escucha de la Palabra de Aquel que nos llama y nos envía. "Conscientes de que la Palabra de Dios suscita la fe y convoca a la Iglesia, -decimos en nuestro proyecto de vida- sentimos la necesidad de escucharla, meditarla y acompañarla de la oración, tanto personal como comunitaria, para convertirnos a la manera de pensar y de actuar de Dios, para anunciar esta Palabra con franqueza y para leer con los hermanos, entre los cuales trabajamos, los designios de Dios en los acontecimientos de su historia".
La oración misionera es la búsqueda de la continua conversión a la manera de ser de Dios para identificarse con Él, descubrir su proyecto y colaborar en su realización.