Dar la vida por los demás

Un aspecto fundamental de la espiritualidad javeriana consiste en vivir la misión como TESTIMONIO, como vida entregada hasta aceptar, si es necesario, el martirio.

El Superior General así comentó la situación de las misioneras javerianas secuestradas en Sierra Leona:

El 25 de enero, durante un ataque de los rebeldes al poblado de Kambia, fueron secuestradas las siete hermanas javerianas presentes en aquella misión. Los secuestradores las pasearon por el poblado, como si de un botín de guerra se tratase. Luego fueron conducidas hacia un destino desconocido después de una larga marcha a través de la selva.

Este hecho, junto con la situación de peligro en la que estamos viviendo los Misioneros Javerianos en otras partes del mundo, está incidiendo de un modo inesperado en la celebración de los cien años de la fundación de nuestra familia. Es un suceso que nos recuerda que la vocación misionera comporta, aunque no siempre la exige, la entrega de la propia vida. Entrega que está inscrita en nuestra vocación como una posibilidad siempre presente. La realización concreta de nuestra vocación no puede nunca contradecir su característica de olvido de sí mismo, que es el único modo de afirmar, ante el mundo, la prioridad del Evangelio y de Cristo.

Estas hermanas, secuestradas y con un futuro incierto, están viviendo ahora la misión sin el apoyo de realidades humanas. La están viviendo en la fe, desnuda de toda seguridad, y en la entrega de sí mismas.

La lección que nos viene de este suceso, nos la han dictado las mismas hermanas, quienes pocos días antes y conscientes del agravarse de la situación, escribieron: "En este momento de inestabilidad política y de guerrilla asumimos, una vez más, la misión que se nos ha confiado. Sentimos la inseguridad y la duda. Reconocemos que el SI dicho a Dios y a nuestros hermanos de Sierra Leona, en estos momentos es un sí pronunciado en la fe, como lo fue el sí de Abrahán que marchó sin saber adonde le conducía Dios".

Hoy, nuestras hermanas son un testimonio profético para todos nosotros. Nos recuerdan que lo esencial de nuestra espiritualidad es la entrega de nuestras vidas confiando en el Señor.

Pocos meses después de este secuestro, el 30 de Septiembre, tres misioneros, dos javerianos y una misionera seglar, fueron asesinados en Burundi. El mismo Superior General nos escribió:

Nuestro fundador, Guido M. Conforti, nos había advertido de la posibilidad, que él llamaba "gracia", de que el misionero concluya su vida con la entrega total de sí mismo en el martirio. Nos había hecho comprender que hay un lazo muy estrecho entre nuestra consagración total a la misión y la posible conclusión violenta de nuestras vidas.

Recordemos que fue en el encuentro con Cristo Crucificado donde nació la vocación y el espíritu misionero de Conforti. Así, en la contemplación del Crucifijo nació nuestra familia misionera. Este encuentro con Cristo, asesinado en la Cruz, se nos propone, cien años después, como el motivo fundamental de nuestra vocación y lo hace en la muerte violenta de estos hermanos.

Nuestros hermanos habían logrado, con su presencia y su trabajo, que en aquel lugar conviviesen, en paz, Hutu y Tutzi sin dificultades. Los asesinos no deseaban los lazos de convivencia que allí se habían tejido. Asesinando a nuestros misioneros han querido matar la paz que ellos habían construido. Los han asesinado no porque fuesen enemigos de alguien, sino porque eran amigos de la paz.

Su muerte es una amenaza a todos los misioneros javerianos presentes en aquel país por su solidaridad con los perseguidos. Pero no se puede anunciar el Evangelio sin esta solidaridad. Ellos han sido solidarios hasta el punto de mezclar su sangre con la tierra de Burundi y de estar ahora, como semillas, plantados en el corazón de aquel país. Sabían el riesgo que corrían permaneciendo en sus puestos. Conscientemente decidieron permanecer fieles a su misión.

El amor hacia Cristo y hacia los hermanos fue el motivo de su decisión, y esta decisión hace de ellos unos mártires, sea cual fuere la intención de sus asesinos. Recordemos que el martirio no podemos descartarlo del horizonte de nuestra vocación misionera. Es una eventualidad siempre presente, una "desgracia" que exalta la cualidad de la vocación y que expresa la fuerza del Evangelio y la vitalidad de los misioneros que lo anuncian.