Débil con los débiles
Los Misioneros Javerianos, en nuestra tarea apostólica, nos esforzamos por seguir el camino de Cristo que "se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos". San Pablo, hablando de su acción misionera, dice: "Soy libre y, sin embargo, me he puesto al servicio de todos. Con los judíos me he hecho judío, con los que no tienen ley me he considerado como uno sin ley, con los débiles me he hecho débil. Y todo lo hago por el Evangelio".
Hemos comentado hasta ahora cómo la Misión es Anuncio de la Buena Noticia, es Testimonio con la propia vida del Amor de Dios y es también Diálogo con los creyentes de otras religiones. Pero todo esto no es posible si la Misión no es también SOLIDARIDAD con los hombres y mujeres a los que somos enviados. Esta solidaridad nos exige asumir las mismas condiciones de vida de aquellos a quienes anunciamos el Evangelio, como Cristo que hizo suyas las condiciones concretas de los hombres con los que convivió.
El Concilio Vaticano II pide al misionero "renunciar a sí mismo y a todo lo que tiene para hacerse todo para todos". Juan Pablo II dice que el misionero debe vivir "en la pobreza, que lo deja libre para el Evangelio, en el desapego de personas y bienes del propio ambiente, para hacerse así hermano de aquellos a quienes ha sido enviado".
Nuestra vocación lleva implícita una exigencia de renuncia que, nacida del amor e impregnada de amor, es manifestación del Amor de Cristo hacia los más pobres. Los Misioneros Javerianos, en nuestro proyecto de vida, expresamos esta exigencia diciendo: "La misión nos pide comunión de vida y de destino con los hermanos a los que somos enviados hasta compartir sus problemas y su camino de liberación". Desde este punto de vista, nuestra vocación misionera se puede resumir como "un vivir el amor que nos empuja a caminar por el mundo, al lado de los pobres, haciendo que ningún sufrimiento humano nos sea indiferente".
Es esta búsqueda de solidaridad la que hace que estemos presentes allí donde es más dramática la situación de los hombres. Compartimos con "los últimos" sus problemas, y Dios nos concede poder permanecer fieles incluso cuando nuestra vida se ve amenazada.
Una consecuencia de nuestra solidaridad con los pobres es trabajar por una mayor justicia en el mundo. "Actuar a favor de la justicia y participar en la transformación del mundo son para nosotros, los Javerianos, dimensión integrante de la predicación del Evangelio". Y así, "ante las graves violaciones de los derechos humanos que se producen, vengan de donde vengan, debemos saberlas denunciar con firmeza". Esto significa, en concreto, unirnos a la condición de los pobres y afligidos, consagrarnos a ellos, compartir sus gozos y dolores, sufrir con ellos y hacernos sus portavoces.
El misionero, como toda la Iglesia, debe participar en los esfuerzos de aquellos que, luchando contra el hambre, la ignorancia y las enfermedades, pretenden crear mejores condiciones de vida y, así, fortalecer la paz en el mundo. Y esto debe hacerlo como Cristo: sin reivindicar para sí mismo ningún reconocimiento, ningún protagonismo, ninguna autoridad que no sea la de servir, con la ayuda de Dios, a los hombres.
Una solidaridad tan radical, ¿es posible? Sí, lo es en la medida en que el Espíritu de Dios nos hace capaces de ello. Es Él quien nos hace el don de poder seguir el camino de Cristo. A nosotros se nos pide sólo "constante atención a la complejidad de las situaciones en las que trabajamos y disponibilidad de mente y de corazón, para adecuar nuestra acción a las diversas exigencias de tiempos y lugares".