Heme aquí, para hacer tu voluntad
Los Misioneros Javerianos entregamos nuestras vidas a la misión para la realización del proyecto de salvación de la humanidad. Somos conscientes que este proyecto no es nuestro sino de Dios. Así pues, una de las características fundamentales de nuestra espiritualidad es la disponibilidad total a los designios de Dios, la obediencia a su voluntad, ya que la misión es, ante todo, suya.
Sin esta obediencia correríamos el peligro de gastar inútilmente nuestras vidas o, como dice San Pablo, de "correr en vano". En nuestro proyecto de vida decimos: "Cristo vino al mundo no para hacer su voluntad sino para cumplir el querer de Aquel que le había enviado. Cristo nos invita a ponernos con Él al servicio de la voluntad del Padre. Los Misioneros Javerianos, escogidos para proclamar el Evangelio, nos hacemos dóciles a la acción del Espíritu que nos concede el don de poder asumir la obediencia al Padre como norma de nuestra vida y de nuestro servicio misionero".
El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Cristo estas palabras: "Aquí estoy yo para realizar tu designio, Dios mío". Esto es lo que Cristo hizo en su vida y lo que, por el bautismo, estamos llamados a hacer los cristianos, mandados a anunciar al mundo su Evangelio. La disponibilidad-obediencia al Padre nos concede una gran libertad de espíritu. El proyecto del Padre es que toda persona se realice plenamente en comunión con Él y con los hermanos; los demás proyectos pasan a un segundo plano, son "realidades humanas", y de ellos, origen de tantas esclavitudes, somos liberados.
El no buscar un designio personal, sino la voluntad de Dios, hace de nosotros hombres libres para la misión. Esta libertad, este "estar siempre disponibles", es un don del Espíritu, que hemos recibido. Difícilmente el hombre puede liberarse de la búsqueda de sus intereses personales, sin que Dios se lo conceda.
Los Misioneros Javerianos queremos que toda nuestra vida sea una constante fidelidad a este don y, al mismo tiempo, acción de gracias a Dios que nos concede poder hacer de su proyecto de salvación la norma de nuestra vida, entregándonos totalmente al servicio de la misión. Acoger este don significa concretamente para nosotros estar en "constante atención a la complejidad de las situaciones en que trabajamos y, al mismo tiempo, nos pide total disponibilidad de mente y de corazón para adecuar nuestra acción a las diversas exigencias de tiempos y lugares".
Pero, ¿dónde y cómo encontrar la voluntad de Dios? Creemos que, sobre todo, es en la comunidad reunida en el nombre del Señor. Así lo reconocemos en nuestro proyecto de vida: "El lugar privilegiado de la búsqueda de la voluntad de Dios es la comunidad reunida en la escucha de su Palabra, en la lectura de los acontecimientos y en la oración". Los sucesos de cada día son indicaciones de la voluntad de Dios cuando se leen a la luz de su Palabra. Y en este trabajo de lectura y discernimiento asume, para nosotros, un papel muy importante la comunidad.
Ya los primeros cristianos, lo leemos en los Hechos de los Apóstoles, se reunían para conocer lo que debían hacer. Así lo ha hecho la Iglesia en todos los tiempos y lugares, y así queremos que sea en nuestras comunidades, pequeñas iglesias de enviados al mundo para anunciar el Evangelio. Este reunirnos en comunidad para buscar y discernir la voluntad de Dios exige, además de la disponibilidad, la estima recíproca, el diálogo fraterno y la colaboración activa, gozosa y generosa de todos. Son valores en los que los Misioneros Javerianos intentamos, día a día, crecer juntos.
Creemos que es la comunidad javeriana, en comunión con toda la Iglesia, la que está mandada a anunciar el Amor de Dios y a colaborar a que su Reino crezca entre los hombres y mujeres de nuestro mundo. El misionero javeriano, como miembro de esta comunidad, está unido a la Iglesia, depositaria de la Misión de Jesús, y realiza su vocación misionera dispuesto a asumir las tareas y las líneas de acción que se han discernido en la Iglesia, comunidad guiada por el Espíritu.
Los Misioneros Javerianos, con el voto de obediencia, ofreciendo voluntariamente a Dios el derecho de disponer libremente del curso de nuestra vida, aceptamos el don del Espíritu de Dios que nos hace libres para la misión.