Tras las huellas de Javier
Los Misioneros Javerianos tomamos nuestro nombre de S. Francisco Javier, que es nuestro modelo y patrono. De este gran misionero navarro decimos en nuestro proyecto de vida: "En virtud de nuestra vocación misionera tenemos un vínculo especial con nuestro patrón S. Francisco Javier, que trabajó y sufrió por la difusión del Reino de Dios". De Javier admiramos y deseamos imitar su incansable celo por difundir el Evangelio, su unión constante con el Señor a quien contemplaba presente en todo y en todos, su entrega total en nombre del Evangelio a los pobres y a los pequeños.
Quien visita el Castillo de Javier, fortaleza militar en la que nació Francisco, queda impresionado por el gran Crucifijo que se encuentra en una capillita al lado de la puerta de entrada. Se trata del "Cristo Sonriente de Javier". Cada vez que el joven Francisco entraba o salía de su casa pasaba frente a la imagen del Señor en la Cruz. Al pie de aquel Crucifijo la familia de Javier se reunía para rezar. No es exagerado afirmar que toda la niñez y la adolescencia de Francisco se desarrollaron bajo la mirada dulce de aquella imagen del Cristo. Francisco Javier guardó el rostro sereno de aquel Crucifijo muy profundamente en su corazón. Si plantó la Cruz de Cristo en los países más alejados de Oriente, fue porque esta Cruz la llevaba él mismo plantada, desde su adolescencia, en su corazón de carne.
Los Misioneros Javerianos encontramos el origen de nuestra vocación misionera en la misma contemplación del Crucifijo, expresión máxima del amor de Dios. Los brazos abiertos de Cristo son los brazos de Dios que quiere abrazar a toda la humanidad. El rostro sereno de Cristo en la Cruz nos indica aquellos pueblos que esperan que alguien les anuncie el Amor de Dios. Como Javier, deseamos que la Cruz esté plantada en nuestro corazón de carne para poder plantarla en todos los pueblos.
Francisco Javier fue el hombre de los grandes sueños y de los grandes deseos. Joven estudiante en París soñaba y deseaba ardientemente devolver, con su inteligencia y sus estudios, la gloria a su familia. Deseaba, imitando a su padre, ser útil a su patria y a la Iglesia. Cuando descubrió el amor de Cristo y tomó conciencia de aquel Crucifijo que llevaba impreso en su corazón, toda su fogosidad, su ímpetu, sus sueños y sus deseos no tuvieron otra finalidad que la de servir a Dios. Javier se puso totalmente a disposición del Señor para anunciarle a quienes no lo conocían. Ningún peligro pudo frenar su ímpetu. Ningún obstáculo detuvo su continuo caminar y navegar para que el Evangelio llegase hasta los confines de la tierra.
Esta entrega total a la Misión es lo que los Misioneros Javerianos admiramos en Francisco Javier. Como él, deseamos poner todas nuestras energías, entusiasmo y fuerzas al servicio del Evangelio. Y así, con la intercesión de Javier, consagramos toda nuestra vida a anunciar la Cruz de Cristo a todos los pueblos.
Francisco Javier, el noble navarro, se humilló hasta hacerse siervo de los más pobres. En Italia se consagró a cuidar a los enfermos más abandonados. Durante su viaje a la India renunció a todos los privilegios que tenía como Nuncio del Papa, viajó entre los enfermos pobres a los que dedicaba todos los cuidados, por ellos mendigaba entre la tripulación y les repartía con gusto su misma comida. En la India, en las Molucas y en el Japón, fueron los pobres los destinatarios de sus cuidados y de sus preocupaciones. No dudó en enfrentarse a las autoridades para defender los derechos de los oprimidos. Porque "Cristo quiere ser servido en los pobres".
Así deseamos ser los Misioneros Javerianos. Nuestra misión quiere ser descubrir a Cristo en los pobres y servirle sirviéndoles a ellos. Viviendo con ellos, denunciamos la injusticia que crea tanta pobreza en nuestro mundo. Y, como Javier, en nuestra acción misionera "privilegiamos a los pobres ya que ellos son los destinatarios de la Buena Noticia del Evangelio".