Japón en el siglo XVI

"Oh gentes del Japón, cuidados de vosotros, que adoráis por dioses a la criaturas que Dios hizo para servicio de los hombres". Así veía Anjiro a sus compatriotas después de recibir el bautismo en Goa bajo el nombre de Paulo de Santa Fe.

Un país aislado

Japón era una civilización propia, de raíces milenarias, asentada en un inmenso archipiélago y protegida del contacto con el exterior por el mar; se relacionaba preferentemente con China, aunque de forma irregular desde 1523.

Anarquía feudal

Vivía en la anarquía política y militar desde 1467. Existía un emperador, pero su autoridad era nominal ya que delegaba el gobierno efectivo en un shogun, un canciller o valido que, a mediados del siglo XVI, tampoco gobernaba todo el territorio japonés. De hecho, el poder se encontraba fragmentado en manos de los señores feudales, los daimyos. Había más de doscientos, pero tan sólo una veintena era de primer rango.
La anarquía feudal debilitaba a Japón y le mantenía en la impotencia, si bien favoreció el comercio exterior y la difusión del cristianismo. Los daimyos del litoral meridional querían comerciar con los portugueses, que habían llegado casualmente a Japón en 1543, y aceptaban la presencia de misioneros. Cuando surgían divergencias con un daimyo, otro se apresuraba a sustituirle para beneficiarse de las relaciones comerciales y de las nuevas armas que traían los portugueses.

Pueblo culto

Era, por otra parte, una civilización culta. Antes de llegar, Javier manifestaba: "Dícenme que es gente muy deseosa de saber". Las religiones budista y sintoísta disponían de grandes monasterios, donde los bonzos se erigían en maestros religiosos e intelectuales.

Jesuitas predicando
en Japón