Se diría que todo había ido sobre ruedas y que la visita a
China había resultado un éxito rotundo. No fue así. Mucho entusiasmo, mucha
alegría, sin duda. Pero no todo se había solucionado, Durante el viaje de
regreso, el obispo Conforti confió al P. Bonardi: "Este es el fracaso más
grande de mi vida ".
Conforti había encontrado que las relaciones entre los
misioneros javerianos no eran todo los fraternas que él deseaba. Las enormes
dificultades económicas por las que pasaba la misión habían exasperado los ánimos
y dividido a los hermanos, Habían surgido
tensiones entre jóvenes y ancianos
misioneros. Conforti exhortó, aconsejó e intentó dar soluciones a los
problemas encontrados. La administración del Instituto Javeriano en Parma y la
de la misión tuvieron que separarse y distinguir claramente para evitar nuevos
conflictos y malentendidos.
Pero hubo otro hecho, aún más
grave, que apenó profundamente a Conforti. Con el alma radiante y fresco el
recuerdo de sus hijos en China, les dirigió una carta circular en enero de
1929, como resumen de sus impresiones de la reciente visita, encomendando a
todos la unión fraterna entre sí y con su superior eclesiástico Mons. Luis
Calza. Mientras dicha circular, rebosante de afecto y agradecimiento, surcaba el
océano, se cruzó con un "memorial", proveniente de China, fechado el
mes de enero y dirigido a la Dirección General del Instituto que criticaba lo
hecho por Conforti. Venía firmado por tres misioneros javerianos, uno de ellos
era Mons. Calza, el obispo de la misión y uno de los primeros discípulos de
Conforti.
Esta fue, tal vez, la espina más
dolorosa que atravesó su corazón de padre. Las demás procedían
ordinariamente de fuera, mientras que ésta venía de sus propios hijos. Mons.
Conforti, con el alma dolorida, respondió así a Mons. Calza:
“He
leído atentamente el memorial. Aunque he intentado interpretarlo en el mejor de
los modos, siento tener que expresarle la impresión profundamente penosa que ha
producido en mí la des- confianza por la que está penetrado, desde el
principio al final, hacia la Dirección General de nuestro Instituto.
Desconfianza que llega hasta la amenaza de recurrir a la Santa Sede en caso de
que nuestro próximo Capítulo General perjudicara los derechos de esta misión.
Aparte
de la duda que ya suena a ofensa, tengo que asegurarle, desde este momento, que
nada establecerá el próximo Capitulo que pueda, aún en lo más mínimo, estar
en oposición con las normas de la Santa Sede.
Este
documento expresa además, la opinión de que el resultado de mi visita a China
ha sido nulo. Me doy perfecta cuenta de que no me queda más que confiar únicamente
en Aquel que dispone de mentes y corazones, y que puede hacer lo que nosotros,
pobres hombres, no podemos más que desear".
Mons. Calza se apresuró a escribir una carta de
explicaciones y excusas que Conforti aceptó, cerrando y olvidando el caso. En
su corazón de padre deseó profundamente que jamás volviera a suceder algo que
turbara la paz y la armonía de su familia misionera, cuyos miembros "deben
formar en Cristo un solo corazón y una sola alma ".
No se volvió a hablar más del lamentable episodio, y sólo
a Mons. Calza se le escapó una vez la expresión: "Pero, ¡qué me
hicieron firmar!". Para el Fundador "todo queda sepultado para
siempre en el olvido y no sea recordado sino como una lección que diga que la
caridad no acaba nunca. La caridad ha triunfado ".
Guido María Conforti no habló con nadie del episodio. Pero,
tal vez aludía a eso cuando alguien le oyó murmurar en los últimos días de
su vida: "Tampoco mis hijos me han entendido ".