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Antonio Fernández Del Amor 23 Diciembre 2024 1471

NAVIDAD, TIEMPO PRIVILEGIADO DE ENCUENTRO Y DE MISIÓN


La Navidad, tiempo fuerte para celebrar que Dios se hace carne en Jesús de Nazaret. Este misterio sigue marcando nuestro ser cristiano aunque quizás convenga no dejarnos engañar por las luces y el insaciable afán de consumo.

     La Navidad es la confirmación de la esperanza. Es el anhelo de lo divino que al fin se ve colmado en la persona de Jesús. Desde el carisma javeriano, la Navidad posee tres rasgos que pueden ser vividos en estas fechas:

1) La Acogida

     « José marchó de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, al pueblo de David, que se llama Belén para ser inscrito con María, su esposa, que estaba encinta. Pero cuando estaban allí, se cumplieron los días de que ella pariera, y parió a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le puso en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,4-7). Los cristianos tenemos que aprender que la acogida del forastero, del que salió de su tierra, del que llega a nuestra casa, es el sello del evangelio. La inmigración sigue siendo una cuestión fundamental; y la voz de los cristianos tiene que elevarse para evitar la tragedia cotidiana en nuestras costas.

2) Hacer del mundo una familia

«Y cuando lo cumplieron todo según la Ley del Señor, se volvieron a Nazaret, la ciudad donde vivían. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él» (Lc 2,39-40). La Navidad nos enseña que todos somos hijos de un mismo Dios; que el Dios-hecho-carne une lo humano y lo divino para que no haya distinción de razas, credos, lenguas ni visados. Sintamos que el otro no es un enemigo sino que comparte la fraternidad universal en Cristo.

3) Misión

«Los pastores se dijeron unos a otros: Vamos, pues, a Belén, y veamos eso que dicen que ha pasado; lo que el Señor nos ha dado a conocer. Fueron de prisa y encontraron a María y a José y al niño puesto en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer las palabras que les habían dicho sobre ese niño. Y todos los que lo oyeron, se maravillaron de lo que les contaban los pastores» (Lc 2,15-18). La Navidad nos impulsa a la misión, a llevar la buena nueva de Jesús a quienes no lo conocen, sobre todo con gestos de ternura.

Que este tiempo de preparación de Navidad pueda servirnos para experimentar la acogida, la construcción de un mundo que pueda ser considerado familia y la misión de la buena noticia del Dios que se hace uno de nosotros. Ojalá que en tantos rincones del planeta y de España (con la reciente y catastrófica DANA) ningún niño pueda levantarse el día de Reyes y sentirse como el protagonista del poema de Miguel Hernández.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría…

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería…

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

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