La pequeña semilla de la misión en Marruecos
La pequeña semilla de la misión en Marruecos
«Si nosotras no estuviéramos aquí, no habría Iglesia aquí»
La experiencia misionera en Marruecos enseña ante todo que la misión no coincide necesariamente con hacer grandes cosas.
Marruecos es un país musulmán casi por completo: el proselitismo —es decir, la actividad para convencer a alguien de que cambie de religión— está prohibido por la ley, y los cristianos son un número muy pequeño, formado por extranjeros. En un contexto así puede parecer que la Iglesia tenga pocas posibilidades de generar frutos.
Y sin embargo, a una religiosa misionera, ante la pregunta sobre qué hacían concretamente en Marruecos y por qué estaban allí, le salió esta respuesta: «Si nosotras no estuviéramos aquí, aunque sea con la simple presencia, no habría Iglesia aquí». La frase sintetiza el sentido de la experiencia: estar, rezar, construir relaciones de respeto, confianza y fraternidad es ya una forma auténtica de misión.
Una Eucaristía celebrada en una casa musulmana
Un signo concreto de esta presencia fue la celebración de la Eucaristía en una pequeña capilla conservada dentro de una casa habitada hoy por una familia musulmana. La casa había sido habitada en el pasado por las religiosas, que después tuvieron que dejarla por falta de fuerzas: las hermanas se habían quedado demasiado pocas y demasiado ancianas para permanecer allí. Sin embargo, la familia que vive en ella ha conservado la capilla y permite todavía a los cristianos que visitan aquel lugar de montaña utilizarla.
Celebramos sentados en el suelo sobre las alfombras, usando como altar una mesita minúscula. Fue muy significativo celebrar la Eucaristía precisamente en una casa musulmana: un espacio cristiano custodiado por personas que no son cristianas.
El belén que transformó una herida
En aquella capilla las religiosas preparaban cada Navidad un belén e invitaban a la gente del lugar a contemplarlo. Un muchacho permaneció durante una hora ante la escena de Jesús nacido en una gruta: en aquel nacimiento pobrísimo reconocía algo de su propia historia, de la que se avergonzaba. El belén había transformado así una herida en una ocasión de encuentro y de esperanza.
La gota de vino y los nueve huevos
Durante la Misa, después de la consagración, una pequeña gota de vino salió del cáliz, que tenía un orificio, y lentamente se fue extendiendo sobre el mantel. Me pareció la imagen de dos comparaciones usadas por Jesús en el Evangelio: el grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, que se convierte en un árbol en cuyas ramas los pájaros hacen el nido, y la pizca de levadura que hace fermentar toda la masa. Algo minúsculo que puede producir frutos mucho más grandes. También la presencia cristiana en Marruecos es así: pequeña y escondida, pero confiada a la posibilidad de que Dios la haga crecer.
Debajo de la mesita que hacía de altar había además nueve huevos puestos por una gallina: otro pequeño signo, casi una confirmación concreta de aquel Evangelio. Aquella capilla era realmente como el árbol de la parábola, donde los pájaros encuentran sitio para el nido.
Fatima Zahra: un dolor convertido en vocación
La misma dinámica la encontré en Fatima Zahra, una mujer musulmana que nunca se casó y que ha sufrido por ello, sobre todo en una sociedad en la que el matrimonio representa una gran forma de realización humana.
Después de conocer a las Franciscanas Misioneras de María, una congregación de religiosas que organizaba campamentos de verano para niños y jóvenes de familias seminómadas —familias que durante una parte del año se desplazan con sus animales—, descubrió que una mujer podía elegir una vida distinta, dedicada al servicio. El dolor de no haber encontrado marido se transformó así en una vocación, aun permaneciendo ella musulmana. Hoy Fatima Zahra continúa con gran dedicación la obra de las religiosas, que ya no están presentes en aquel lugar. ¡Qué hermosa su generosidad!
Con los niños: juegos, cantos y un «gracias»
Con los niños experimentamos una forma sencilla e inmediata de encuentro: juegos, cantos, agua compartida, abrazos y sonrisas. Nos pedían que repitiéramos las cancioncillas y los juegos que les habíamos enseñado y progresivamente se encariñaban con nosotros.
Me impresionó particularmente el «shukran» —«gracias», en árabe— de un niño al que había dado agua, y la dulzura de las niñas más pequeñas, que trataban de comunicarse con gestos y pedían incluso ponerse nuestras gafas de sol.
Al mismo tiempo vimos la convivencia, ya en los niños, del bien y del mal: dulzura e inocencia junto a la capacidad de pelearse y golpearse. Es una pequeña imagen de la condición humana, en la que —como en la parábola evangélica del trigo y la cizaña, que crecen juntos en el mismo campo— estamos llamados a confiarnos a la misericordia de Dios.
La vida cotidiana: pobreza y hospitalidad
La vida cotidiana nos puso frente a una realidad muy distinta de la nuestra: condiciones higiénicas precarias, casas sencillas, animales que circulan libremente, comidas compartidas del mismo plato y servicios esenciales a menudo muy pobres. Y sin embargo encontramos una gran capacidad de acoger. Cada día nos ofrecían té, galletas, cacahuetes y otras cosas.
En las casas y en las aldeas más pobres vimos una vida basada sobre todo en la ganadería y en la agricultura, mientras que en las ciudades emergía una realidad más moderna. Esta distancia entre los distintos contextos hizo emerger cuán grandes son las necesidades culturales, educativas, higiénicas, relacionales y ecológicas de las que podría partir un proyecto misionero.
Una tarde en la tienda de los pastores nómadas
Entre los momentos más intensos está la experiencia en la tienda de una familia de pastores nómadas. Después de aproximadamente una hora de camino llegamos a una zona montañosa donde vivían pequeños núcleos familiares con sus animales. Una mujer nos acogió con té, pan y mermelada, a pesar de su pobreza. Una tormenta de viento y lluvia nos obligó después a permanecer en la tienda. Solo se oían los balidos de las cabras, el viento y la lluvia, hasta que llegó el silencio. Aquella pobreza y aquella soledad tenían algo profundamente espiritual.
En el corazón de la crisis migratoria
La segunda parte del viaje nos llevó a los lugares que en aquellos días estaban en el centro de las crónicas mundiales. En Fnideq, ciudad marroquí que se encuentra a pocos kilómetros de Ceuta —enclave español al norte de Marruecos y, por tanto, puerta de entrada a Europa—, la migración dejó de ser una noticia y se convirtió en una realidad hecha de rostros e historias.
Encontramos a una mujer cuyos cuatro hijos de cinco habían emigrado a Ceuta y que había vivido con angustia los momentos más críticos de la crisis. Vimos así que detrás de la palabra «migrante» hay familias, madres, hijos y personas con deseos y sufrimientos concretos.
El espejismo contado por las redes sociales
Comprendimos también el fuerte papel de las redes sociales, capaces de mostrar el mundo rico como una tierra prometida y de alimentar deseos que no siempre corresponden a la realidad. Quien parte puede encontrarse en condiciones muy distintas de las imaginadas y, a veces, puede llegar a fingir en las redes que está bien, alimentando a su vez el deseo de partir de quien se ha quedado.
En este contexto encontramos a migrantes heridos y llevamos ropa y bienes necesarios. La Iglesia puede ofrecer una respuesta concreta a través de la caridad, sin transformarla en proselitismo: acoger, curar, acompañar y defender la dignidad de la persona.
Rezar junto a los sufíes
También el encuentro con los sufíes — los musulmanes que pertenecen a la tradición mística del islam, la que privilegia la oración interior y la experiencia directa de Dios— y la oración por la paz me ayudaron a comprender que la misión pasa por el reconocimiento del bien presente en el otro.
Un sacerdote que vivió y murió en Marruecos estaba convencido de que cada persona estaba de algún modo ya «cristificada», es decir, ya tocada por Cristo y por su salvación, porque Cristo murió por cada uno. Entrando en una mezquita mientras un musulmán rezaba, me salió espontáneo rezar interiormente el Padrenuestro. Percibí así que la fe cristiana no me impedía reconocer la búsqueda de Dios del otro, sino que me invitaba a captar las semejanzas.
Los caramelos: un pequeño ejercicio de justicia
También el episodio de los caramelos se convirtió para mí en una pequeña parábola. Una pareja de padres pobres, con dos niños, nos pedía limosna; decidimos compartir con ellos algunas palabras y dar caramelos a los niños. El mayor de los dos cogió todos los caramelos, provocando los gritos y el llanto de protesta del otro.
Ante el conflicto, el padre Dieudonné —uno de los hermanos que estaban conmigo en este viaje— distribuyó los caramelos uno a uno, permitiendo a ambos elegir e impidiendo que el mayor lo cogiera todo. Lo que parecía un simple juego se convirtió en un pequeño ejercicio de justicia y de paz. Es la misma lógica con la que rezamos junto a los sufíes: la paz no solo se proclama, sino que se construye a través de acciones concretas.
Jesús en el islam: una puerta para el diálogo
También la concepción musulmana de Cristo me ayudó a comprender la importancia del diálogo. Para los musulmanes Jesús está vivo y fue elevado por Dios al cielo; cristianos, musulmanes y judíos comparten además, aunque de modos distintos, la espera del Mesías. En un contexto semejante el diálogo requiere sobre todo respeto, escucha y capacidad de construir relaciones.
Aceptar la propia aparente inutilidad
El misionero debe aceptar también su propia aparente inutilidad. No podemos pretender ver enseguida los frutos de nuestro trabajo. Si un pollito necesita tres semanas para nacer y un pato cuatro, ¿cuánto tiempo puede necesitar una persona o una comunidad para madurar un corazón nuevo? Cada realidad tiene su propio tiempo, que es también el tiempo de Dios.
Podemos cantar una canción juntos, jugar, dar agua a un niño, escuchar una historia, entrar en una tienda, compartir una comida, rezar por la paz, llevar un vestido a una persona herida. Así se da inicio a la misión.
Sembrar sin pretender ver el árbol
Queda la imagen de la pequeña semilla: una gota de vino que se extiende, nueve huevos escondidos bajo un altar, un niño que dice «shukran», una mujer musulmana que transforma un sufrimiento en vocación, una familia que custodia una capilla cristiana, un té ofrecido en una tienda pobrísima, una oración compartida con personas de otra religión.
Son pequeños signos, pero capaces de revelar algo mucho más grande. La misión, quizá, consiste precisamente en sembrar sin pretender ver inmediatamente el árbol. A nosotros nos corresponde estar, rezar, amar y dar testimonio; será después el Espíritu Santo, en el tiempo de Dios, quien haga crecer la semilla.
Raffaele Esposito, Salerno, Italia
