Hay que conseguir desarmarse.
Yo me afané en esa guerra. Durante años y años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.
Ya no le tengo miedo a nada, porque «el amor ahuyenta el miedo».
Aplaqué la pretensión de imponerme, de justificarme a costa de los demás. Ya no estoy en alerta, celosamente aferrado a mis riquezas.
Acojo y comparto.
No me aferro a mis ideas, a mis proyectos. Si me proponen otros mejores, los acepto con buen ánimo. O no mejores, más buenos.
Lo sabéis, he renunciado al comparativo… Lo que es bueno, verdadero, real, dondequiera que sea, es lo mejor para mí.
Por eso, ya no tengo miedo. Cuando no se posee nada, ya no se tiene miedo. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» […]
Pero si nos desarmamos, si nos despojamos, si nos abrimos al Dios-hombre que hace nuevas todas las cosas, entonces él transforma nuestro pasado ruin y nos restituye a un tiempo nuevo donde todo es posible.
Para re flexionar y orar.
Filipenses 4, 8 y Romanos 12, 1-2 Tened en cuenta y acoged todo lo noble, amable, lo bueno, lo perfecto…
“Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro”. (S Juan Bosco)
“Si tú juzgas a la gente no tienes tiempo para amarla” (Madre Teresa)
“El silencio no es la ausencia de ruido sino de ego. El ruido del ego es el murmullo continuo de lo que hay que conseguir o que defender. El silencio, en cambio, es el acallamiento de ese murmullo, un estado de apertura y de agradecimiento ante una Presencia que está permanentemente en todo y a la que se llega por medio de la autopresencia… la vida se nos está dando continuamente como don, mucho antes de que pretendamos conseguir algo” (Entrevista a Javier Melloni sj)