Skip to main content
Robertus Kardi 10 Julio 2025 2018

Un campamento urbano con corazón misionero


Un verano diferente en San Miguel Arcángel

Desde el lunes 30 de junio hasta el domingo 6 de julio, Alex, Francis y yo tuvimos la gracia de participar en un campamento urbano en la Parroquia de San Miguel Arcángel, en Madrid. Fue una semana intensa, llena de fe y vida, en la que descubrimos la fuerza de caminar juntos como comunidad.

Los participantes eran niños, adolescentes y jóvenes de los grupos parroquiales, acompañados por sus monitores, que eran los jóvenes catequistas de la misma parroquia. Ver a tantos jóvenes implicados en el acompañamiento de los más pequeños es un signo de esperanza para la Iglesia y un ejemplo de que la fe, cuando se vive con alegría y entrega generosa, se contagia.

El párroco, P. Miguel Ángel, estaba presente en todas las actividades. Es un sacerdote cercano, sencillo y alegre, siempre disponible para escuchar y acompañar. Es un hombre de Dios que sabe estar con su gente, que conoce a sus ovejas y camina con ellas en el día a día. Su cercanía, su sonrisa y su testimonio de vida entregada a Dios y a la Iglesia hablaban más que cualquier catequesis. Es bonito ver a un párroco que no solo organiza, sino que vive y comparte la fe con su comunidad, siendo un verdadero padre, hermano y amigo para todos.

Un campamento con acento misionero

Cada verano, la parroquia organiza varios campamentos, y uno de ellos es este campamento urbano, realizado en la misma parroquia. Es una forma de seguir acompañando y formando a los jóvenes también durante los meses de verano, ofreciéndoles un espacio para profundizar en su relación con Dios y en su compromiso con la comunidad, y evitando que se desconecten de su vida de fe. Es una oportunidad para vivir la fe de una manera más cercana, alegre y concreta, a través de juegos, dinámicas, catequesis, oración y servicio.

Este año, como nos comentó el P. Miguel Ángel, el campamento fue especial porque se puso un énfasis importante en el aspecto misionero, contando con nuestra presencia. La misión no era un tema añadido al campamento, sino que fue el corazón (que le daba sentido y vida) de todo lo que se hacía. Los niños y jóvenes iban comprendiendo cada vez más que la Iglesia nace de la misión y existe para evangelizar, y que todos somos misioneros desde el Bautismo. Tuvimos la oportunidad de compartir nuestro testimonio misionero en las catequesis, en los momentos de oración y en la Eucaristía, transmitiendo que la misión nace de un encuentro vivo con Jesús, un encuentro que transforma la vida y ensancha el corazón.

El campamento de la experiencia: servir, orar y compartir

Estuvimos sobre todo con el grupo de adolescentes y jóvenes, que vivieron lo que se llama “campamento de experiencia”. Fue una semana diferente para ellos, porque no era un campamento solo de encuentros de oración y catequesis, de juegos o actividades recreativas, sino también de servicio.

Durante esta semana del campamento, estos jóvenes servían preparando los bocadillos para los niños y todos los participantes del campamento, colocando mesas y sillas para las comidas, fregando los platos, limpiando las mesas y dejando todo listo para el día siguiente. Pequeños gestos, aparentemente sencillos, pero que enseñan la grandeza del amor que se hace concreto en el servicio diario.

Esta experiencia se vivió siempre en un clima de oración. Cada jornada comenzaba rezando juntos los laudes a las ocho de la mañana y, a las diez, celebrábamos la Eucaristía. La oración era el motor que sostenía toda la jornada. Y como misioneros, destacamos mucho la importancia de la oración en la misión. No hay misión sin oración, porque es en la oración donde escuchamos la voz de Aquel que nos envía. Ha sido muy bonito ver cómo, día tras día, estos adolescentes y jóvenes iban experimentando cada vez más la alegría de servir y la belleza de rezar juntos.

Durante el campamento, reflexionamos con ellos sobre el servicio, el ocio, la oración y la misión. Fue un espacio para profundizar que el servicio no solo implica ayudar a los demás, sino también abrir el corazón con generosidad y humildad. Esta experiencia les ofreció a estos adolescentes y jóvenes el profundo sentido del servicio, enseñándoles que el verdadero servicio nace del amor y del deseo sincero de hacer el bien sin esperar nada a cambio. Además, el campamento les brindó momentos de alegría, mostrando que el ocio vivido con fe es fundamental para renovar las fuerzas y mantener el equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu. En la oración, experimentaron un encuentro personal con Dios que les fortaleció y los animó a ser testigos vivos de la misión en su vida cotidiana, siendo luz y esperanza para quienes les rodean.  

Amigos de la Cruz: Francisco Javier y Guido María Conforti

Durante esta semana del campamento, además de las actividades y reflexiones, tuvimos la oportunidad de descubrir y conocer más de cerca la vida de dos santos que fueron verdaderos amigos de la Cruz: San Francisco Javier, patrón de los misioneros javerianos, y San Guido María Conforti, fundador de la Congregación. Para ellos, ser amigos de la Cruz no significaba buscar el dolor por el dolor, sino amar, abrazar y vivir el misterio del Crucificado, descubriendo en Él la fuente de la vida, la raíz de su vocación misionera y la alegría más profunda para vivir la misión de Dios.

San Francisco Javier contemplaba a Jesús sonriente en la cruz. Es un detalle que puede sorprendernos, pero para Javier esa sonrisa significaba el amor más grande: un amor que no se resigna ante el dolor, sino que lo transforma en vida y salvación para todos nosotros. Esa mirada de Jesús en la Cruz fue para Javier el centro de su vida misionera. Allí encontró su fuerza cuando se sentía cansado, su consuelo en la soledad de los viajes, y la alegría que sostenía su misión. Jesús crucificado era todo para él, y eso se reflejaba en cómo hacía de Jesús el centro de toda su misión.

Para San Guido María Conforti, la Cruz también era su escuela de vida y misión. Él mismo decía: “Le miraba y Él me miraba, y parecía que me decía tantas cosas.” No necesitaba largas oraciones, discursos o grandes signos. Bastaba detenerse ante la Cruz, dejarse mirar por Jesús y mirar su amor infinito. En esas miradas silenciosas, Guido descubría el amor infinito de Cristo que se entrega hasta el extremo por cada uno de nosotros, su llamada personal a la misión sintiendo que Jesús le pedía compartir ese amor con todos (especialmente con los que todavía no le conocen), el consuelo y la fuerza para sus sufrimientos y fragilidades físicas y, sobre todo, el sentido de su vida entera que era vivir con Cristo, por Cristo y para Cristo.

Ambos santos nos enseñan que ser misionero no consiste solo en hacer muchas cosas, sino, sobre todo, en vivir desde la Cruz de Cristo, donde todo encuentra su sentido. Es allí donde nace la verdadera alegría misionera: sentirse amado hasta el extremo y enviado a amar sin límites.

En este campamento profundizamos en este misterio, recordando que el encuentro con Jesús Crucificado es el corazón de toda vocación misionera. Sin esa mirada de amor, la misión puede convertirse en una carga pesada; pero con ella, se transforma en alegría, entrega confiada y vida plena. ¡Que Jesús sea siempre conocido y amado por todos!

Robertus Kardi, SX

¿Te ha gustado este artículo?

compártelo