VIVIR LA VIDA COMO VOCACIÓN
El periodo de cuarentena que me ha tocado vivir me ha hecho reflexionar sobre cuánto sea vulnerable la vida. Sobre todo, hasta que punto somos imprescindibles unos para otros. Y recordaba que, la primera llamada que hemos recibido es para la vida. Nos llamó a vivir. Esta es nuestra primera vocación. Tenemos, por lo tanto, una primera vocación a la vida. El creador nos ha llamado a la existencia y nos concede este precioso regalo. Estamos llamados a ser buenos administradores de esa vida que se nos ha dado como un don y a contribuir a la creación continua del mundo. Cuidando la vida uno del otro. Y en este periodo de confinamiento, sin casi creerlo aún, nuestra vida se ha transformada. Es otra. Tuvimos que cerrar nuestra casa, los proyectos de animación misionera, los encuentros, las actividades. De pronto, mira por donde, resulta que todo cambia de ritmo. Y no por unos días solo, la cosa fue a más, y llegaron las incertidumbres.
Para empeorar la situación, recibíamos noticias, casi que semanal, de la muerte de nuestros hermanos en Italia. Desde el día 29 de febrero hasta hoy, los Xaverianos observaban desolados y desconcertados la "masacre silenciosa" de 19 misioneros, muertos a causa del coronavirus. 18 en Casa Madre, en Italia. Y 1 en la comunidad Madrid, en España. Estos fueron días difíciles para nuestra congregación. Esta realidad nos dejó totalmente conmocionados y tristes. Siempre nos recordaremos con gran afecto del patrimonio de vida que ellos representan para nuestra familia Xaveriana.
En España, tuvimos que pasar por el dolor de la pérdida de un hermano de comunidad. GianCarlo Anzanello, italiano, de 85 años. Estuvo en misión en Colombia durante 30 años y en España por 19 años. Fue una experiencia muy difícil no poder visitarlo en el hospital, los días que estuvo hospitalizado. Recibíamos noticias suyas a través del capellán del hospital. Y nos angustiaba cada vez más, cuando recibíamos noticias negativas sobre su lucha por sobrevivir. Pasamos casi dos semanas con la esperanza de que nuestro hermano volviera a casa y eso no sucedió. No resistió! Era muy difícil no poder decir adiós a una persona tan querida y estimada. Pues, en ese momento, la ciudad de Madrid era el epicentro del coronavirus y nadie podía ir a verlo. Fue muy difícil para nosotros. Que Dios le reciba con un abrazo lleno de misericordia y alegría, porque toda la vida de GianCarlo, fue entregada al proyecto de Dios. A la misión. Una persona enamorada de Jesús y de las personas.
En medio de toda esta perplejidad y silencio, me preguntaba: ¿para qué nos sucede esto? Tal vez el miedo a la muerte que generó esta pandemia alrededor del mundo sea la mejor manera de aprender a vivir. A lo mejor esto nos sirve para volvernos más humanos. Una ocasión para crecer en la amistad con Dios. Quizás nos recuerda que no tenemos el control de todo y que dependemos unos de otros. A lo mejor es un tiempo nuevo que nos he dado, para preguntarnos a qué punto estamos con nuestra vida. ¿Mi vida es significativa? ¿La estoy compartiendo con alguien? ¿Es don? Si la respuesta es no, algo falta. Pues, en estos meses, en que viví en primera persona, el virus, me di cuenta de cuánto, somos vulnerables e imprescindibles unos para los otros. La servicialidad, la disponibilidad, el espíritu de familia, triunfó en nuestra comunidad. Pero también, hemos recibido sorprendentes gestos de ayuda de mucha gente de fuera de casa. Personas que no nos conocen. Independientemente del momento vital y existencial que nos encontremos, invito a retomar este momento con gratuidad. Y en la medida de lo posible, ayudémonos unos a otros, sobre todo a los jóvenes que están en búsqueda. Pensando en todo lo que pasó en este periodo raro, me hago esta pregunta: ¿Qué hemos aprendido con el coronavirus?
Creo que el coronavirus nos ha enseñado muchas cosas, por ejemplo: que se puede vivir con mucho menos. Con muchísimo menos. Por eso hay que saber priorizar las cosas que creemos sean importantes: la salud, la familia, los amigos, la fe, la vida interior. Hemos podido aprovechar de la cuarentena para disfrutar de lo que casi nunca podemos hacer: leer, rezar, educarse al silencio, estar a solas con uno mismo. Un día no podremos hacerlo y ya no habrá vuelta atrás. Y ninguna red social, ninguna plataforma, ninguna web podrá, por más eficaz y relevante que sea, sustituir una mirada a los ojos, una palmada en las espaldas, la convivencia en la diversidad, las sonrisas, un abrazo.
Este intenso período de encierro que tuve que vivir fue también una ocasión para crecer en la amistad con Jesús. Para confirmar mi confianza y esperanza en su Palabra. Tuve miedo, especialmente cuando llegaban noticias de los hermanos Xaverianos fallecidos de Italia. Pero en ningún momento dudé de la presencia consoladora y misericordiosa de Cristo. Sentí y sigo experimentando sus manos protectoras. Somos muy afortunados y agradecidos de tener a Jesús como Padre, de saber que podemos contar con Él. Que podemos experimentar Su perdón y Su amor. Si estás atravesando o has pasado por esta realidad de confinamiento, recuerdas que no estás solo.
El coronavirus también fue una oportunidad para reflexionar sobre nosotros, los seres humanos. Para que una sociedad funcione, todos somos necesarios. De repente, profesionales olvidados como los trasportistas, los panaderos, limpiadores o sanitarios se hicieron imprescindibles. Pero, además, debemos reflexionar seriamente sobre nuestra actuación en el mundo: el planeta estaría mejor sin nosotros. Gracias al encerramiento, hemos visto cómo el planeta ha bajado drásticamente la contaminación del aire y de los mares. Los animales regresaron al su hábitat natural. Y creo que debemos establecer otro tipo de relación con el ecosistema y con las demás especies. El planeta no nos pertenece. ¡Es un regalo de Dios! A nosotros nos toca cuidar con respecto y responsabilidad. A nuestro regreso a las calles, deberíamos contemplar más el cielo, respirar más profundamente, mirar más a los ojos, cuidar y respetar todo lo que nos rodea. Pues, todo está interconectado y todos nosotros somos parte de ese gran ecosistema. Lo que suceda aquí, generará algo allá. El cuidado al medioambiente de ahora en adelante debe ser considerado una prioridad. Esta crisis reveló que todos somos vulnerables al coronavirus, para eso las fronteras, los muros no existen. La rápida expansión de la enfermedad nos reveló que todos somos migrantes. Desde siempre hemos caminado en el mundo, somos nómadas y seguiremos siéndolo. Construir muros nunca será suficiente para destruir los sueños de nadie. Tal vez la respuesta está en la solidaridad, otra de las grandes lecciones que nos deja esta pandemia. Ser solidario es también nuestra vocación. Cuantos de nosotros hemos recibido un gesto de solidaridad en este periodo de cuarentena. Por lo tanto, dediquemos más tiempo para la reflexión y oración y preguntémonos. ¿En qué momento del proceso vocacional de vida nos encontramos? Ahora que estamos superando el virus y volviendo poquito a poco a la normalidad. Podemos dialogar con el Señor sobre la pregunta: ¿Cómo va lo nuestro? ¿Cómo y a qué me llamas en la vida cotidiana?
Ivanildo de Sousa Quaresma sx
