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Adriano Cunha Lima 04 Marzo 2021 2613

La Carta Testamento tiene el efecto de un despertador


La Carta Testamento, más que un texto a estudiar, es una persona a encontrar. En ella, puedo contemplar al Fundador y a nuestros primeros hermanos, no sólo al momento de la aprobación de nuestras Constituciones, sino desde los primeros pasos de nuestra Familia Misionera. La Carta Testamento es este desborde de alegría, de gratitud y de abandono total al Sagrado Corazón de Jesús, porque es el resultado de un trabajo largo, arduo, de confrontación, de discernimiento, de escucha y de resistencia que caracterizó la elaboración de nuestras Constituciones.

Al leerla, me siento como si estuviera sentado al lado del Fundador, y lo escucho pronunciar cada palabra… escogida, meditada, amada. Él tomó suficiente tiempo para redactarla. Él quería que ella diese gusto y ritmo a nuestros reglamentos y a la acción misionera de cada javeriano. Pese al hecho de que fuese escrita a todo el Instituto, por ella encuentro personalmente al Fundador y sé que él me habla, me forma y me corrige. Noto ante todo su gran deseo de particularidad, propio a él, para que los fundamentos del carisma javeriano fuesen inscritos en mí.

Al escucharlo, sé que él no busca solamente transmitirme su experiencia carismática, sino que quiere que yo haga parte, que sea junto con mis hermanos “una tesela” (una pequeña pieza) de un gran mosaico que forma su corazón al momento en que el Espíritu le empujó a la fundación.

Él quiere que cada javeriano no sólo sea «miembro» del Instituto, sino que por el don de su vida y por su misión - tan discreta y pequeña que sea-, sea el «corazón». Él nos hereda por este Testamento la responsabilidad de ser la expresión y la realización actual de la Misión que nos ha sido confiada por el Espíritu.

En este sentido, yo que estoy medio adormentado, la Carta Testamento me sirve de despertador, me sacude e invita a levantarme y a dar pasos. Últimamente, ella me jala las orejas recordándome tres cosas:

Me he consagrado a la misión…

En Brasil, tenemos la bella costumbre de llamar nuestra Profesión Religiosa «Consagración Misionera», y creo que esto le agrada al Fundador. Sabemos cómo él luchó para conseguir la «Misión ad gentes» como fin único y exclusivo de nuestro Instituto, y cómo insertó de modo discreto el cuarto voto (el primero en realidad) a la fórmula de nuestra Profesión, que luego fue obligado a quitar. Al inicio de la Carta Testamento, Conforti exalta nuestra vocación misionera como la más noble, la más grande puesto que se asemeja a la de Cristo y a la de los Apóstoles.

Sin embargo, siento que algunos javerianos de mi generación, incluyéndome, tenemos la tendencia de una misión temporal, contamos los años para regresar a la «casa». Buscamos astucias para incluir nuestros propios proyectos en el término «misión» y tener la conciencia tranquila. Si en el pasado el Fundador justificaría la importancia del trabajo de aquellos que se quedaban en el propio país para la formación y las necesidades del Instituto, hoy él estaría buscando medios para interpelar sobre la esencia misma de nuestra vocación: la misión ad gentes, ad extra, ad vitam. 

En este año jubilar, que yo pueda renovar lo que había dicho en mi consagración misionera «consagro por voto, por siempre, mi vida a la acción apostólica de la Sociedad de San Francisco Javier».

por Cristo

En la Carta Testamento hay dos frases que, según yo, permiten al Fundador de mostrarnos que los votos religiosos no son un montonal de leyes, más bien un seguimiento de aquel que nos ha llamado a permanecer en Él, son expresión de nuestra creciente pertenencia a Cristo, consagrado y enviado del Padre. La primera es la de San Pablo a los Colosenses: «vosotros habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» Col3,3; y la segunda, una bella frase de Conforti: «…que nuestras acciones exteriores sean la manifestación de la vida interior de Cristo en nosotros» LT 7. Al leer los párrafos sobre los votos y la vida espiritual me doy cuenta que el Fundador me dice que no existe una Consagración Religiosa sin una amistad íntima con Cristo, sin deseo de caminar con Él.

Así, siento que tiene todo su valor esta lista de prácticas espirituales que el Fundador nos propone y que a veces abandonamos al término del noviciado.

Es cierto que hay cosas que ya no son de la espiritualidad de nuestro tiempo. Sin embargo, no puedo ser discípulo amigo de Jesús sin una profunda escucha de su Palabra, que se afianza cuando se dedica tiempo a la meditación y al estudio. Es imposible para mí una conversión continúa si no examino mi conciencia y no me dejo encontrar por Cristo en mi apostolado, si no lo tengo como compañero de camino y de misión.

En este año de gracia, agradezco al Señor por haberme permitido conocer y vivir con hermanos verdaderamente consagrados a Dios, «contemplativos en acción». Cada uno a su manera, no siempre tan piadosa, pero ciertamente amigos de Dios anunciando a los demás a aquel que han encontrado, a Cristo, a quién siguen con amor y devoción.

como Javeriano

Empleando una fórmula de Benedicto XVI, yo llamo «valores no-negociables» al trinomio: espíritu de fe viva, obediencia generosa y amor intenso hacia nuestra familia religiosa. El Fundador, resumiendo todo aquello que había escrito, expresa su deseo de que el coeficiente de estas tres características debe distinguir al javeriano. El trinomio, según el Fundador, debe ser visible en cada uno de nosotros. Él sabe, sin embargo, que es un camino que tenemos que recorrer y que exige esfuerzo y compromiso, y de ello dependen la vida de nuestro Instituto y los frutos de nuestro apostolado.

Estas tres características son «valores no-negociables», sobre todo para mí. Ellas deben ser el fundamento y el horizonte de mi proyecto personal de vida y de misión. Ellas deben ser como un termómetro seguro con el cual puedo evaluar mi seguimiento de Cristo como Misionero Javeriano.

Este trinomio javeriano es también «valores no-negociables» en el acompañamiento de las vocaciones javerianas: la buena fe de un joven que cree verdaderamente a su llamado; su deseo de dejarse guiar por Dios con libertad; y su deseo de donarse para el crecimiento del Reino, con un amor por la Iglesia y por la evangelización, son signos esenciales de una vocación misionera. 

Y, por último, el trinomio es también «valores no-negociables» para una buena vida comunitaria y para una misión hecha en «Familia». En la interculturalidad de nuestros miembros, nos es necesaria una base común, una «esencia», capaz de unirnos sin uniformizarnos y de hacernos trabajar juntos aprovechando las ventajas de nuestras diferencias. Mi hermano no necesita ser como yo para ser un buen javeriano, pero él me necesita, como yo lo necesito, para realizar bien nuestra Misión.

Y para terminar esta pequeña reflexión, agradezco al Señor por haberme llamado a ser parte de esta Familia Misionera, y exclamo como San Guido: «el Señor no podía ser más bueno con nosotros». Que en este año jubilar cada uno se sienta interpelado a crecer en el conocimiento de nuestra Familia, de su carisma y de su misión.

Feliz año de gracia.

Adriano Cunha Lima sx, misionero brasileño en Chad

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