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Grupos Misioneros

La formación para Grupos Misioneros de los Misioneros Javerianos está diseñada para acompañar y fortalecer el compromiso de quienes desean vivir y compartir la dimensión misionera de su fe. Esta propuesta formativa es un espacio de reflexión, crecimiento espiritual y preparación para el anuncio del Evangelio, en sintonía con el mandato misionero de Cristo. 

A través de materiales específicos, dinámicas de grupo y una profunda espiritualidad misionera, esta formación busca:

  • Profundizar en el sentido de la misión ad gentes, entendida como el envío a los lugares más necesitados del anuncio de Jesús.
  • Fomentar una espiritualidad de comunión, que permita vivir con alegría y entrega la llamada misionera.
  • Desarrollar herramientas prácticas para el testimonio cristiano en contextos multiculturales y desafiantes.

Esta formación está especialmente orientada a quienes integran grupos misioneros y desean vivir con mayor intensidad su compromiso con la evangelización, ya sea en sus comunidades locales o en territorios de misión. Es una oportunidad para descubrir el rostro misionero de la Iglesia y para responder con generosidad al llamado a ser testigos del amor de Dios en el mundo.

P. Carlos Collantes Díez sx

Fichas

1. Venid y Vereis


Jn 1, 35-39

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: 'He aquí el cordero de Dios.' Los dos discípulos le oyeron hablar así y Siguieron a Jesús.

Jesús se volvió, y al ver que les seguía les dice: '¿Qué buscáis?'. Ellos le respondieron: 'Rabí -que quiere decir maestro- ¿Dónde vives?' Les respondió: 'Venid y lo veréis'. Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día. 

Empezamos con la figura de Juan. Sin dudas era un hombre particular, además de su forma singular de vivir, tenía una mirada especial. Con su mirada profunda se fija en Jesús y descubre que es alguien muy especial… En realidad le estaba esperando. En un primer momento nos fijamos en su mirada… Nosotros en la ciudad miramos en todas las direcciones: en los coches que pasan, en la ropa de la gente... Quizás estamos como perdidos, mirando por aquí o por allá, donde hay más colores o luces o más movida. Nuestros ojos reflejan nuestra vida, nuestra búsqueda: quizás no tenemos la mirada fija, vivimos al día, buscamos la solución inmediata a los problemas, para seguir adelante sin muchas reflexiones, no existe un sentido global que unifica todas nuestras actividades, vivimos momentos aislados, sin conexión. Y esto nos deja insatisfechos. Tal vez pueda servirnos el ejemplo del jugador de ajedrez: El campeón antes de mover una pieza ve a donde quiere ir, ve los particulares hasta la última movida que quisiera hacer par dar el mate. El inexperto, al contrario, se preocupa solo de la movida inmediata, piensa brevemente en cómo comer la pieza más fácil, pero no piensa en la partida.

Por eso nos llama la atención las personas que saben mirar, que saben lo que quieren y a dónde van, que viven serenas, nada les distrae de su objetivo… como la mirada del hermano Roger, la de madre Teresa u otras personas serenas y al mismo tiempo sólidas como una roca.

Por eso nos llama la atención las personas que saben mirar, que saben lo que quieren y a dónde van, que viven serenas, nada les distrae de su objetivo… como la mirada del hermano Roger, la de madre Teresa u otras personas serenas y al mismo tiempo sólidas como una roca.

Cuando nos acercamos a estas personas, pueden surgirnos muchas preguntas: ¿En qué fijan su atención? ¿Cómo es que sus miradas reflejan tanta serenidad? ¿Qué tienen? ¿Cuál es su secreto?

Juan, sin muchas palabras, una vez que nuestros ojos se han fijado en Jesús, como los de sus discípulos, dice “Este es el Cordero de Dios”. Jesús es el enviado de Dios. Sabemos cómo los Israelitas esperaban con ansia al Mesías, que era quien los podía guiar. No estaban satisfecho con la vida que se les presentaba delante (un poco como los jóvenes de hoy que no quieren ser adultos, no es éste su ideal, ven a los adultos y su vida no les parece demasiado atractiva…). Jesús es una persona extraordinaria, aquel que ha transformado la vida de tantas personas que nos llaman la atención.

No necesitan más palabras, los dos discípulos se dan cuenta de que el secreto está en Jesús, por lo tanto se dirigen a él directamente, abandonando a Juan. Quieren relacionarse con Jesús, intuyen que él puede dar un sentido nuevo a sus vidas, puede dar sabor a su existencia.

Cuando se acercan, Jesús les pregunta “¿qué buscáis?”.

¡Qué raro! Jesús no parece estar preocupado por tener dos seguidores más, esas son nuestras preocupaciones: “que haya mucha gente que nos siga”. Jesús quiere conocer sus motivaciones. A Jesús no le interesa el número… mira en lo profundo y pregunta “¿qué buscáis?”... ¿Tú mirada está verdaderamente fija en Jesús o en otros asuntos como la muchedumbre que lo sigue después de la multiplicación de los panes… en realidad, no les interesa nada de Jesús, sólo querían llenar su estómago?

Los discípulos preguntan a Jesús: “¿Dónde vives?” No se interesan por una doctrina, por una receta, por algo material, su interés se centra en una persona, en su vida, en Jesús ¿Qué es lo que nos interesa cuando conocemos o nos encontramos con una persona especial? ¿Conocerlo en profundidad? Lo que les interesa es cómo vive Jesús, qué estilo de vida lleva… Se interesan por él.

“Eran las 4 de la tarde”. Es un encuentro que va a marcar sus vidas para siempre. Cuando encuentras una persona significativa, que te impacta, cuando tienes una experiencia fuerte... te acuerdas bien de los detalles, de las circunstancias… Podemos preguntarnos: ¿cómo encontrar a Jesús en nuestra vida? Queremos seguir los caminos de los profetas que prepararon la llegada de Jesús. Si seguimos sus caminos quizás nos ayuden a encontrar a Jesús de una forma nueva.

PREGUNTAS

  • ¿Quien o qué te ha conducido a dirigirte a Jesús en tu historia personal, esta experiencia ha sido positiva o negativa?
  • Ahora Jesús se fija en ti y te pregunta “¿Qué buscas?” Trata de contestar desde lo profundo de ti mismo. 
  • Cuando Jesús dice “venid y veréis”, te invita a seguirlo, ¿Qué miedos surgen en ti y qué expectativas tienes?

ESTAR CON ÉL Y ENVIARLOS A PREDICAR (Mc. 3,13-15):

Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyo doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar, con el poder de expulsar demonios.

2. Eres tu el que ha de venir...?


“Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: ‘¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’.

Jesús les respondió: ‘Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Noticia; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!”

Lo que Juan oye de Jesús parece desilusionarle. Está en la cárcel, las dudas y una cierta decepción comienzan a insinuarse en su espíritu, y desde allí envía a Jesús una delegación con una pregunta inquietante: ¿Eres tú el que tenía que venir? No olvidemos que para Juan el preparar el camino a Jesús había dado sentido a su vida. ¿Y si ese Jesús de quien oía tantas cosas, no era el Mesías esperado? ¿Habría creído y trabajado en vano? El creía en “el Señor que viene con fuerza” (Is. 40,10), el juez tremendo “que llega como un fuego” para purificarlo todo. Juan tenía una cierta imagen de aquel que debía ser enviado por Dios para salvar a su pueblo: habla de tiempo de trilla, de recolección, de intervención severa, de condena del pecado. Anuncia el día de la venganza, de la justicia de Dios. Jesús era el héroe. (Mt. 3, 1-12)

Jesús se comporta de manera un tanto imprevista: es misericordioso, acoge a los pecadores y come con ellos, ofrece el perdón ¿demasiado fácilmente?, habla de dejar que crezcan juntas la cizaña y la semilla, sin prisas por arrancar lo que parece “malo”, sin precipitarse a la hora de juzgar, habla de sembrar generosamente sin prejuicios, en toda clase de terrenos, Jesús actúa de forma “no violenta”. La imagen que Juan tiene del Mesías se tambalea…

También nosotros tenemos una determinada imagen de Dios, y de Jesús:

  • Muchos cristianos tienen una imagen incompleta y desdibujada: Jesús es la segunda persona de la Santísima Trinidad. Es más o menos como Dios Padre, de modo que apenas lo distinguen en su relación afectiva. Hay quien se imagina a Jesús como el Dios todopoderoso.
  • Para otros, es un genio religioso, un profeta, una de las grandes personalidades de la historia, cuya doctrina es actual y cuya coherencia de vida y muerte todos admiramos, pero pertenece al pasado. Lo que importa no es Jesús, sino su doctrina y su ejemplo. No lo perciben presente.
  • Para algunos, Jesús es el amigo cercano, siempre presente que acompaña, quizás de forma discreta, un tanto callada, pero que siempre está ahí y con quien siempre se puede contar.

 

Y tú, ¿hay una necesidad de sentido en tu vida? ¿Qué o quién va dando sentido a tu vida cada día? ¿En qué o en quien esperas?

Ponte en relación directa con Él y dile: “Jesús, mi Señor” ¿Qué sientes? ¿Te brota de dentro esta expresión o te resulta artificial?

Jesús, en este texto, no da respuestas teóricas, su respuesta es su vida, lo que hace, ofrece signos que los discípulos de Juan descubren y ven.

La realidad que nos rodea está hecha de zonas de sombras y de luces, de claroscuros. Nuestro mismo yo también es así. Hay en nosotros zonas que conocemos bien, que nos agradan, en las que nos sentimos a gusto y otras menos conocidas o menos agradables: dudas, incertidumbres, conflictos, incoherencias...

Muchas veces pensamos como Juan que Dios tendría que intervenir con fuerza para cambiar el mundo, la historia, nuestra vida, ¿tendremos que esperar a otro?

Y Jesús te invita a tomar conciencia de esta realidad claroscura, a mirar a tu alrededor, a salir de ti mismo/a para ver y oír. Y a la vez te remite a lo más interno de ti mismo/a. Pero, sobre todo, como a los discípulos, nos invita a ver y oír con los ojos y oídos de Dios, es decir, nos invita a acoger la vida y la historia; tu vida y tu historia de forma serena :

  • lo que ves a tu alrededor
  • los valores que intentas vivir, tus cualidades
  • tus propios límites, incoherencias
  • tus relaciones personales
  • las acciones de Dios en tu vida
  • las personas que hacen el bien
  • las relaciones justas en el mundo

Este pasaje es también un pasaje de futuro, de esperanza. Jesús te invita a hacer posible que esta esperanza sea real y vivida cada vez por más personas, a que los demás vean lo positivo que hay en la vida, que vean mediante tu vida que puede haber algo por lo que seguir viviendo y luchando.

  • ¿Ves la acción positiva de Dios en tu vida?
  • ¿Y en la vida de los demás?
  • ¿En el mundo?
  • ¿En qué momentos?
  • ¿Cómo vives tu vida para que sea motivo de esperanza para los otros?

Para el Trabajo en Grupo:

  • Compartir lo que hemos estado reflexionando.
  • ¿Cómo podemos crecer como grupo en esperanza?
3. Jesús acoge a los últimos


Lc. 2, 1ss

“Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.”

Jn.12,47:

“...porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.”

Lc.15,1:

“Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces les dijo esta parábola: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido." Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión”

Lc 7,36ss

Al contemplar el misterio de la Navidad descubrimos las preferencias y las opciones del Dios de Jesús:

  • Nace fuera de su tierra, es extranjero.
  • No tiene casa donde nacer.
  • Los primeros que le visitan son los pastores.
  • Tiene que huir, porque es perseguido.

El Dios que viene a salvarnos a todos lo hace en la sencillez / humildad de un niño indefenso, sin poder y que va a vivir en un pueblo conquistado y reducido a provincia romana; es un Dios que se sitúa en el lugar de los últimos de nuestra tierra. Lo contrario de esa imagen de una religión institucionalizada o aliada con el poder, incluso justificadora de una sociedad injusta. Para que los últimos no sean olvidados, para salvarnos a TODOS, el Dios Padre misericordioso envía a su Hijo a “acampar” entre los últimos. Puedes leer y contemplar Lc. 2,1-20 y Mt 2,1-23.

Para Jesús los últimos están caracterizados por una doble línea:

Los últimos son los pecadores, los publicanos, las prostitutas, los sencillos, los pequeños, los que ejercen profesiones despreciadas. Los últimos son las personas difamadas, las que gozan de baja reputación y estima, los ignorantes a quienes su ignorancia religiosa y su comportamiento moral les cerraba -según la convicción de los piadosos / fariseos- la puerta de acceso a la salvación. Los últimos son los despreciados de la sociedad, los que son menos que los otros y para quienes la religión oficial no era una esperanza, sino una condenación, una carga.

Los últimos son también para Jesús los que tienen una necesidad real, los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los forasteros, los enfermos, los encarcelados, los que lloran o están agobiados por un peso. Son los pobres que están bajo algún tipo de opresión real.

Cuando Jesús anuncia el Reino, los últimos aparecen como sus preferidos y destinatarios privilegiados de su acción, en esta acción se manifiesta con más claridad la cercanía de Dios y la proximidad de su Reino. En la Biblia, pobre no es sólo el que no tiene, sino, sobre todo, el que es victima del hecho de que otros tengan: el maltratado, el que no tiene defensa. Dios se manifiesta como el defensor de esta categoría de personas. Y el reinado de Dios podemos entenderlo como “una situación humana en la cual el hombre no esta sometido a ningún otro poder que no sea el del amor, por eso es un reinado de libertad, de vida, de fraternidad, de justicia y de paz”.

Todo punto de vista es la vista de un punto, cambiando de punto se cambia también la vista que el punto determina. Existen diversos lugares sociales, lugares en donde nos situamos y cada lugar nos da una determinada imagen o visión de la realidad. No es lo mismo ver Pamplona desde su centro histórico que desde su periferia. En el centro ciertas contradicciones se nos escapan, en la periferia son más evidentes. Vivimos en un mundo en el cual los poderosos han usurpado los derechos fundamentales de los pobres: se les ha quitado el pan y la palabra, y no queremos escucharlos porque nos resultan demasiado incómodos.

Acoger a los últimos implica escuchar aquello que los pobres de hoy quieren decirnos. Son ellos nuestros maestros y doctores, quienes nos ayudan a comprender la realidad. Lo cual significa que tenemos que aprender a ver la realidad con sus ojos, y ello nos exige una cierta purificación. Si nuestra manera de mirar el mundo, tanto el de los ricos como el de los pobres cambia, cambiará también nuestra realidad. La periferia, los márgenes lanzan un reto al centro: millones llaman a la puerta y piden sobre todo una cosa: ser considerados personas. Mirar la realidad con sus ojos, purificarnos, abandonar nuestro lenguaje, nuestros prejuicios, para aprender su lenguaje, su realidad es todo un desafío para nosotros.

Hay otro aspecto que es complementario de esta acogida de Jesús: El no condena, cura y salva, perdona, hace descubrir el amor real de Dios por las personas, potencia lo que hay de positivo, las cualidades, la apertura al cambio, la oportunidad de futuro de las personas. Fíjate en las parábolas de la misericordia en Lc. 15. Es el Dios de la acogida, no de la exclusión, del racismo, de los guetos . Dios nos da la oportunidad de tener en nuestras manos las de todos, la oportunidad de vivir la fraternidad efectiva, de ser artífices de nuestra historia.

Para el Trabajo personal:

  • Ponte a la escucha, en disposición interior de silencio.
  • Contempla los diferentes pasajes, o quédate con uno de ellos: ¿Qué imagen de Jesús te es novedosa? ¿Cuál es el Dios que vive Jesús en su vida?
  • ¿Qué significado tiene esta Palabra en mi vida? ¿Qué me dice? ¿De qué me habla?
  • Rezo con el texto que brota de mi vida, y ante la manifestación de Dios, me postro, adoro.
  • Trato de discernir cuál es la voluntad de Dios para mí hoy.
4. Joven rico


Mt. 19, 16ss

“En esto se le acercó uno y le dijo: « Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna ? » El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno.

Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos .» «¿Cuáles?» le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. » le dice el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta ?» Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto , anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres , y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme .» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido , porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible .»”
A la pregunta del joven "¿Qué debo hacer de bueno?", Jesús da una respuesta en dos tiempos: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que posees”. El "si quieres" parece que, efectivamente, expresa un consejo, una invitación y no un mandato, y el adjetivo "perfecto" parece señalar algo de más. En el judaísmo "bueno" Y “perfecto" eran sustancialmente sinónimos, equivalían. Aquí Mateo con su "Si quieres ser perfecto" no indica un camino para algunos, sino el camino de todos; todos los cristianos deben, si quieren adoptar el seguimiento, entrar por el camino del desprendimiento, del des-centramiento de si y de la libertad interior.

Cuando un joven corre a preguntar qué tiene que hacer para alcanzar como herencia la vida eterna, podemos ver en ello todo un símbolo de libertad, un tomarse la vida en serio, quizás la expresión de una cierta insatisfacción, de una inquietud profunda, de un anhelo de ser mas. Es un engaño frecuente confundir la libertad con mantener el mayor número de posibilidades. A veces preferimos guardarnos las espaldas, prisioneros de un cierto miedo a definirnos. He ahí un joven que ha querido vivir la aventura de la libertad, y en la única línea que la ensancha, en el horizonte de la vida, y de aquella vida que no se agota, la misma que proporciona permanencia y espacio infinito a la libertad, la de Dios.

Jesús pone a prueba la autenticidad de sus deseos, de sus inquietudes, de su búsqueda. La libertad que busca no puede ser flor de un día, entusiasmo pasajero, espuma pasajera de un momento piadoso. A veces soñamos con grandes ideales en momentos de efervescencia, entusiasmo. La aventura de la libertad puede haberse iniciado en tales circunstancias; pero exige un proceso, paciencia, perseverancia, la consistencia de unos valores asumidos e integrados personalmente, fidelidad cotidiana. A esto los antiguos llamaban virtud.
La libertad puede ser vivida en profundidad y plenitud cuando Alguien interviene en nuestra vida, Alguien que tiene la pretensión de llamarnos a la aventura de seguirle y su palabra entra, a partir de ese momento, en nuestro proyecto de libertad.

El joven no siguió a Jesús porque tenía muchos bienes. No estaba liberado de sus riquezas, estaba apegado a ellas. Y explicándolo así nos quedarnos tranquilos, suponiendo que no tuvo el coraje de hacer un acto de renuncia. Pero a través del diálogo que sigue entre Jesús y sus discípulos, el Evangelio nos revela que cabalmente ahí reside el drama de toda libertad, cuando no conoce otro espacio de realización más que su deseo, aunque este sea altamente moral y religioso.

"Entonces, ¿quién se podrá salvar?". Es una pregunta que se refiere a la actitud del hombre frente a presencia de Dios, y no solamente a la dificultad del rico frente a la necesidad del desprendimiento. El hombre, rico o pobre, no puede salvarse él mismo. Sólo el amor de Dios puede salvarle.

La aventura de la libertad no ha sido dada primordialmente a una aristocracia de pretendidos virtuosos, de voluntaristas perfectos, sino a Pedro y a cuantos como él viven la libertad a la luz del encuentro con Alguien. El joven rico vivía su libertad en el marco del propio yo. Pedro, sin embargo, más entusiasta y menos voluntarioso, conocía su libertad personal sólo en contacto con la palabra y la persona de Jesús. Este seguimiento al que todos estamos llamados implica optar por la radicalidad del amor como dinámica de la propia vida, como fuerza que nos motiva y empuja, y esto según las preferencias evangélicas a favor de los pobres. No es cumplir al pie de la letra la llamada a venderlo todo, es vivir la libertad, el desapego, el compartir: tú eres algo más que tus bienes, que lo que posees, libérate de lo que te ata para seguir a Jesús; con Dios es posible vivir esta libertad. Tenemos un buen ejemplo en Abraham, modelo de peregrinos siempre en camino.

Por Jesús sabemos -¡El que nos liberó para la libertad! (Gal. 3,5)- que la libertad no es miedo contra nada, sino vocación de Todo.
...no nos exime de la lucha por el Reino y su justicia, y ¿cómo no?, con consecuencias de enfrentamientos dolorosos, personales, sociales.

Para la Reflexión personal:

  • ¿Qué te dice Jesús con este pasaje? ¿Cómo te habla a tu vida diaria?
  • ¿Eres capaz de poner tu vida en manos de Dios, y solo en Dios?
  • ¿Qué significado tiene esta Palabra en mi vida? ¿Qué me dice? ¿De qué me habla?
  • ¿Qué te esclaviza para no seguir auténticamente a Jesús?
  • ¿Qué significa para ti ser libre de verdad?
5. Zaqueo


Lc.19,1ss:

“Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.

Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban diciendo: Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador. Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.”

Jericó era una meta obligatoria para ir a Jerusalén, un centro comercial muy importante en el imperio romano, bien comunicado con los países sudorientales. Era, por lo tanto, un lugar adecuado para cobrar los impuestos y asegurar, de este modo, la prosperidad de los recaudadores, los cuales, sirviéndose de lo recaudado, aumentaban sus riquezas personales.

Zaqueo era uno de los jefes de estos recaudadores y quizás uno de lo más corruptos, con tanta riqueza que suscitaba envidia y rabia entre los habitantes de Jericó. Un hombre que podría encarnar el ideal de una sociedad como la nuestra... alguien que ha alcanzado la "happiness" americana, el ideal que promete nuestro mundo desarrollado, el bienestar individual. ¿Qué más podía esperar Zaqueo?

Sin embargo aquel ideal, tan perseguido por el mundo que le rodea, no le satisface. Tal vez se sienta decepcionado, no es lo que esperaba, no resulta ser la buena noticia divulgada por la sociedad romana... es otra mentira, otro engaño. No se siente feliz.

Por eso quiere ver a Jesús, un hombre diferente, con un mensaje singular. No sabemos quien le habrá hablado de Jesús, ni cómo. Tal vez más de uno, las distintas opiniones (es un charlatán, un profeta, un curandero, un gran orador, habla con autoridad) le han movido a conocerlo de cerca. ¿Qué tiene este Jesús de especial?

Pero la suya es más que una curiosidad, su búsqueda se vuelve ansiosa, hasta el punto de perder la reputación, y de pasar de lo "que dice la gente". Nos imaginamos aquel hombre que se abre paso entre la muchedumbre para ver a Jesús... que corre como un loco para adelantarlo... que se sube como un niño a un árbol. No le preocupa su imagen su reputación, su dignidad, ni lo que la gente pueda pensar de él... está dispuesto a todo con tal de ver a Jesús.

Es esta inquietud tan fuerte, este deseo tan grande que le permiten encontrarse con Jesús. Hay que ponerse en camino. Zaqueo nos enseña la importancia de buscar a Jesús de manera decidida, de quererle ver, la importancia de manifestar y vivir un interés profundo por él. En la fe, hay un movimiento humano necesario : la curiosidad, el deseo, el interés por Jesús, por su palabra, por su persona, por su reino. Jesús lo mira y le habla. ¡Quién sabe la confusión interior que sintió Zaqueo! Me está hablando justo a mí. ¿Y por qué a mí... no ve cuánta gente hay alrededor, por qué me escoge exactamente a mí? ¿No sabe lo que soy, lo que hago? Sin duda no sabe lo malo que soy.

Pero al mismo tiempo, ¡qué felicidad el sentirse escogido! Y Zaqueo baja con alegría, no se siente condenado, al contrario se siente valorizado, aceptado, en definitiva se siente amado. Jesús entra en la vida de este hombre y lo hace poniendo todo patas arriba, la vida de Zaqueo da un vuelco total, inesperado, como inesperado fue el encuentro, inesperada la mirada de Jesús. Jesús quiere ir a casa de Zaqueo y se auto-invita. ¡Menuda sorpresa! Algo inimaginable. Esta invitación no entraba en los planes de Zaqueo, se conformaba con menos, con verle pasar... de lejos. Pero, oídas las palabras de Jesús, baja todo contento del árbol y se lleva a Jesús a su casa. ¿Qué significó aquel encuentro para Zaqueo? Todo. A partir de ese momento hay un antes y un después. De alguna manera Zaqueo baja de la higuera convertido porque aceptó sin titubeos la palabra de Jesús, y le abrió su casa, su corazón y su bolsillo comprometiéndose a arreglar cuantas injusticias hubiera cometido. Quizás como Zaqueo buscamos a Jesús, pero a medias y de lejos... ¡anda que si se para y me mira como a Zaqueo! ¿Tenemos miedo de la profundidad del encuentro con él a solas? Quizás también entre en nuestra vida y lo ponga todo patas arriba... Zaqueo experimenta que Jesús es como aquel padre de la parábola que tenía dos hijos, uno de ellos -el pequeño- se marchó con una parte de los bienes del padre. Y gasta toda aquella riqueza que el padre había ganado con tanto sudor, sacrificio y trabajo. Aquel padre cuando lo ve volver corre a su encuentro, lo abraza y hace fiesta. No le importa absolutamente nada lo que el hijo ha perdido; lo que él sabe es que su hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Jesús manifiesta aquel amor tan grande, tan gratuito e incondicional.

Zaqueo, frente a las acusaciones como las hechas por el hijo mayor de la parábola, se pone de pie dispuesto a actuar: La mitad de los bienes se lo da a los pobres y cuatro veces más a quien ha engañado.

“Amor con amor se paga”, dice el refrán. Uno que se siente amado y amado gratuitamente como Zaqueo, ama a su vez. O como dice un escritor latinoamericano: “Es para mí una cosa inexplicable el porqué se siente uno capaz de ser bueno al sentirse amado.”

Es una experiencia que cada uno de nosotros puede hacer. Cuando una persona te quiere de verdad notas cómo cambia tu vida, sientes que te invade una fuerza para hacer el bien. Y cuanto más el amor de la persona es grande, más te sientes capaz de ser bueno.

Tal vez la sabiduría del sacramento, del signo de la reconciliación sea justamente eso. Un signo concreto de que Jesús te ama pese a todo lo que ha pasado o has hecho. Él sacerdote en nombre del Padre, te dice vete en paz, y entonces estás seguro de que Dios te ama. No te inquietes, porque El te ama, y tú puedes amar. Necesitamos oír aquellas palabras para poder amar, para amar con valentía como Zaqueo, para recuperar la alegría de sentirnos amados, para oír : “conviene que hoy me quede en tu casa”... para oír : “Hoy la salvación ha llegado en esta casa”.

Para la Reflexión personal:

  • Zaqueo tenía ansia de encontrarse con Jesús: ¿Y tú? ¿Cuál es el árbol que te permite ver a Jesús, encontrarte con su mirada?
  • ¿Has tenido alguna experiencia concreta donde has experimentado la “mirada” de Jesús? ¿Qué ha cambiado en tu vida? ¿Qué estás dispuesto a perder (o a ganar) para encontrarte de verdad con Jesús?
  • La experiencia de Zaqueo es la de sentirse, no condenado, sino amado, lo cual le llena de alegría: ¿Te sientes feliz de ser seguidor de Jesús? ¿ O vives tu condición de discípulo con temor con inquietud, viendo que no estás a la altura?
  • ¿Qué profundidad tiene tu relación con Jesús... o con los demás?
6. Un servicio como el de Jesús


Jn 13, 1-15:

“Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? Jesús le respondió: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde. Le dice Pedro: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Le dice Simón Pedro: Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza. Jesús le dice: El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: No estáis limpios todos. Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”

Conocemos a Jesús caminando con Él y dejándonos contagiar por el estilo de vida que vive y propone. No se consigue ser discípulo de la noche a la mañana. Es todo un proceso que se realiza junto a Él, por lo que lo más importante es caminar, no quedarse parado, ya que sólo el que camina, encuentra.

Jesús siente que su muerte está cercana por eso cuanto dice y hace cobra una fuerza especial. Manifiesta a sus amigos su yo más íntimo y profundo, les revela el sentido escondido de su vida y de su muerte y lo que debe quedar grabado para siempre en los corazones de todos sus discípulos. Las comidas en las que Jesús participaba eran momentos de re- velación. Comía con los pecadores para manifestar la misericordia de Dios. Con sus amigos come por última vez, para manifestar que su muerte es un gesto de servicio profundo a toda la humanidad. Y durante esta comida pascual va a realizar un signo contrario a la mentalidad, al sentido común, a la cultura de su tiempo: el maestro se pone a lavar los pies a sus discípulos. A ningún hombre libre en su sano juicio se le habría ocurrido hacer algo parecido, era un trabajo de esclavos. Este gesto es signo de un amor desconcertante, un signo profético: Jesús actúa como esclavo (Fil.2,7), poniéndose a nuestra entera disposición, en nuestras manos, con todas las consecuencias. La lógica de la encarnación continúa en su pasión y muerte. Jesús nos muestra a un Dios que se pone a nuestro servicio, nos revela quién y cómo es Dios... Un Dios cercano, a nuestro alcance.

Pedro interviene, se resiste, no entiende cómo su maestro puede humillarse de esta manera; esta resistencia refleja una oposición más profunda: Pedro no acepta el camino de la cruz, rechaza esta perspectiva para Jesús y para sí mismo (Mt. 16, 21-26). Pedro intuye lo que este gesto de servicio de su maestro encierra: él le debe todo a Jesús. Es Jesús quien le salva y se resiste. Preferimos salvarnos a nosotros mismos con nuestro esfuerzo, nuestra bondad, nuestra justicia. A Pedro le cuesta aceptar a ese Jesús tan “extraño” que se pone a su servicio, no comprende la cruz, le escandaliza, le cuesta reconocer que él también tiene necesidad de ser servido. ¿Se trata quizá de una resistencia a aceptar que le debemos algo a alguien, porque esto nos coloca en una cierta situación de deuda, de dependencia que no nos gusta? ¿Nos cuesta tener que decir “gracias” a alguien? Por otra parte, a veces puede resultarnos más fácil darnos, podemos sentir la necesidad de “hacer el bien”, quizás así los demás -pensamos- nos querrán más y nos aceptarán mejor. Me siento bien mientras me siento útil, cuando ayudo, cuando los demás pueden llorar sus penas en mi hombro.

Jesús nos descubre a un Dios servidor, que envía a su hijo porque conoce nuestra necesidad de ser salvados, conoce también nuestros miedos a ser tocados, lavados, nuestra necesidad de ser reconocidos y amados por dentro, tal y como somos. “Tener parte con Él”, ser su amigo, vivir su causa significa abrir nuestro interior, nuestros límites, sufrimientos, ansias... sentirnos escuchados y comprendidos, aprender a ser queridos por nosotros mismos, por lo que somos y no por la ayuda que prestamos, por lo que hacemos.

De aquí nace nuestra misión: cuando nos sentimos “lavados” por el amor del Padre en Jesús, aprendemos a salir de nosotros mismos/as, de nuestros miedos interiores más profundos, reconocemos con alegría que este amor gratuito e incondicional es lo que nos hacer “ser”, y lo que nos define como “don para los demás”; si lo acogemos podemos vivir una actitud de disponibilidad recíproca. Por eso Jesús concluye (Jn.13, 17): “felices vosotros si, sabiendo esto, lo cumplís”. Contemplar a Jesús servidor nos hace capaces de ponernos en actitud de servicio alegre, sencillo, libre. Vivir el servicio nace de una experiencia y actitud contemplativas: tiene su origen en la disponibilidad radical de Jesús que se pone a nuestro servicio, de su disponibilidad nace la nuestra.

Es un servicio, ante todo, humilde. Este gesto de Jesús es un gesto de siervo, de quien hace las tareas más humildes, que incluso le pueden no gustar. A veces nos encontramos en los campos de trabajo con personas dispuestas a trabajar en apoyo escolar, con ancianos... pero que tienen dificultad para fregar los platos en la casa, a limpiar los baños o a barrer. El servicio de Jesús resume los servicios más humildes e incómodos que nos prestamos mutuamente. Los que se descubren lavados son capaces de ponerse al servicio de los otros, no porque los trabajos son humildes o importantes, sino porque los otros son importantes.

El servicio es una actitud existencial que compromete toda la vida, no podemos reducirlo a algunos actos aislados, es signo y expresión de un amor total, generoso, desinteresado, vivido hasta el final, incluso cuando nos hace sufrir y no experimentamos ninguna gratificación.

Podemos completar esta reflexión con el texto de Mc.9, 33-37. Los discípulos se preguntan quien es el primero. Como respuesta Jesús abraza a un niño, que ocupaba un puesto muy bajo en la sociedad y que no gozaba de demasiada consideración. Con este gesto Jesús expresa acogida, cariño, valoración de lo pequeño, de lo que no cuenta, Jesús llega a identificarse con los últimos. Servir es descubrir y acoger la grandeza de ser personas en el servicio preferente a los más pequeños, a los que son víctimas en una sociedad de privilegios y exclusiones.

Para la Reflexión personal:

  • Lee despacio el texto del lavatorio de los pies, párate en las frases que te llegan a lo profundo de ti, reza con ellas.
  • Repasando tu vida, mira cuándo te has dejado lavar los pies, y cuándo no. ¿Cómo te has sentido? ¿Te ha ayudado a crecer?
  • ¿Qué miedos encuentras al ponerte en las manos de otra persona? ¿Y al ponerte al servicio de los demás?
  • ¿Cómo realizas tu vida como actitud de servicio? ¿En qué casos y situaciones concretas te sientes servidor/a de los demás? ¿Qué servicios te cuestan más? ¿Por qué?
7. Como seguimos a Jesús


Lucas 14, 25-33

“Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran diciendo: “este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”

Todas las religiones tienen un conjunto de ritos y de normas. Ritos con los que se celebra la vida en su relación con el Misterio y normas que orientan el comportamiento de los humanos. Entre nosotros, no es infrecuente encontrar a cristianos “ritualistas” que ponen el acento, y a veces reducen la fe cristiana a la celebración de “ritos” desentendiéndose de la vida cotidiana, una religión vivida sin conexión con la realidad de cada día. Hay quienes “cumplen” por si acaso, como si el cristianismo fuera una póliza de seguros del más allá. Otros ponen el acento en el cumplimiento de los mandamientos, y no es que el cristianismo no tenga una dimensión ética, pero... se quedan ahí, son voluntaristas, a veces rígidos y viven su fe con una cierta angustia.

Con cierta frecuencia, Jesús utiliza un lenguaje duro y sin embargo es un seductor, es un inconformista atractivo, un “incordio” que llena de paz y hace libre a quien de verdad le sigue. ¿Qué pretende Jesús o que quiere decirnos en este texto evangélico? Parece claro: que ser discípulo suyo es un valor absoluto, por encima de todo: del dinero, de otros amores legítimos, por encima de uno mismo. Quien no esté dispuesto a correr su mismo destino no puede ser discípulo suyo.

Ser discípulo de Jesús no es una tarea fácil. Así lo resaltan estas dos pequeñas parábolas. En ambos casos se trata de empresas difíciles y que, por ello mismo, no se pueden afrontar a la ligera. Ser discípulo de Jesús no es una imposición, Jesús invita, no obliga, informa, advierte de forma tal que quien quiera ser su discípulo lo pueda ser con conocimiento de causa... y de consecuencias. Supone hacer de este hecho el valor número uno dentro de la escala de valores; por encima de lazos familiares, por encima de uno mismo, por encima del dinero, a riesgo de la propia vida. Ser discípulo de Jesús no es un juego, sino más bien una tarea seria, arriesgada, dura, pero magnifica, es una buena noticia, capaz de llenar nuestra vida de sentido, lo mejor que podía pasarnos. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona, y el creyente debe saber subordinarlo todo al seguimiento incondicional de Jesús.

Los grandes creyentes cristianos, todos se han sentido seducidos por el Misterio de Dios que atrapa, han tomado la decisión de vivir todo desde la relación con Dios, y a todos esa experiencia les ha hecho profundamente humanos, han ganado en sensibilidad, en personalidad. Nos han manifestado con su vida la enorme “suerte” que tuvieron decidiéndose, porque ganaron en humanidad, ganaron en profundidad y sintieron la grandeza del Misterio de la vida que se hace presente en Alguien tan misteriosamente sencillo, sorprendente y humano como Jesús. La capacidad seductora de Jesús es tan grande que quien la siente consigue vivir como una persona libre, con profundas convicciones, sin ataduras a cumplimientos y normas.

Para nosotros la fe comporta una referencia obligada a la persona, al mensaje y a la causa de Jesús en quien Dios se nos manifiesta de forma incomparable y definitiva. Por ello es fundamentalmente una adhesión confiada, completa e incondicional a ese Dios que se manifiesta en Jesús. La fe moviliza y afecta a todo nuestro ser (mente, corazón, sentimientos, acción, criterios, mentalidad...). Fe es vivir abiertos a Dios en todas y cada una de las situaciones de la existencia. Se trata de una fe que genera esperanza, se vive en el horizonte de una esperanza activa que se expresa en el amor real al prójimo, en la urgencia de hacerse prójimo. La fe, porque es relación de confianza en Alguien, se cultiva como la amistad, como el amor, como la esperanza. Y se cultiva y se hace fuerte en las asperezas de la vida, en los imprevistos, se curte en la intemperie, en las dificultades, en la desnudez del camino. Fe es ponernos en las manos de Dios, nosotros que queremos controlar nuestra vida.

En este evangelio encontramos una exigencia de totalidad, que afecta a todos los aspectos de la vida y los centra en torno a una experiencia básica de conversión y de seguimiento en torno a la persona de Jesús. Lo que define al cristiano es la opción definitiva por Cristo y su Evangelio, opción que le hace distinto en sus criterios y conductas. Y seguir a Jesús tiene un “precio”: la entrega total y plena disponibilidad ante Dios... por encima de todo apego y miedo. No es posible seguir a Jesús desde la tibieza, la vacilación, las medias tintas, o a ratos, por momentos, según y como. Jesús, siempre claro y franco, a quien quiere seguirle de verdad, le habla de exigencias radicales que es preciso interiorizar y asumir como signo de pertenencia e identidad nuevas. El discípulo no se pertenece, pertenece a Jesús, y esto hace de él o de ella un hombre, una mujer nueva. Jesús nos convoca a una nueva familia de hijos y hermanos, a una nueva condición solo posible desde la ruptura de un mundo viejo y caduco y desde las exigencias del amor fraterno.

Seguir a Jesús es asumir un proyecto cristiano de vida y organizarlo todo desde el evangelio. Hoy se habla de priorizar en la vida, de ordenarla, de dirigirla. ¿Cómo establecer prioridades en nuestra vida, cómo unificar nuestro propio corazón desde esta experiencia radical de seguimiento fraterno y solidario?

El proyecto cristiano no es solo un pensamiento, sino algo en lo que nos jugamos y comprometemos nuestra vida. Por eso, tenemos que asumirlo de forma consciente y coherente, porque tenemos que encarnarlo en la realidad cotidiana. El proyecto cristiano es un proyecto de totalidad y de radicalidad ¡Con cuanta frecuencia nos encontramos con cristianos a medias!, nosotros mismos quizás. Instalados en la veleidad, en la inestabilidad, en dejar el tiempo pasar. La vida cristiana debe expresar la voluntad de lanzarse hasta el fondo, de llegar hasta el final. El proyecto cristiano interiorizado significa partir del realismo y de la audacia para adecuar nuestras fuerzas a la altura y grandeza de los ideales. ¿De qué realismo y audacia hablamos? ¿Jesús fue realista? Audaz, sin duda. Se trata del realismo y de la audacia que se fundamentan y se alimentan en el Espíritu, que es como el Viento, que sopla donde quiere y como quiere y que hace libres a quienes se dejan inspirar y conducir por El.

Seguir a Jesús, dejarse conducir por el Espíritu configura nuestra vida entera: nuestra mente, nuestro corazón, nuestros afectos, nuestros sentimientos. Crea en nosotros una mentalidad, una forma de ser características, nos sugiere valores e ideales que inspiran nuestro actuar cotidiano. Por eso la fe es vida que crece y se desarrolla cada día en nosotros.

Para la Reflexión personal:

  • ¿Cómo estás viviendo tu cristianismo: de forma ritualista, moralista o... convencido, gozoso...?
  • ¿Puedes decir que los criterios de Jesús son los tuyos?
  • En tu seguimiento de Jesús ¿cuáles son tus dificultades en el seguimiento de Jesús? ¿A qué estas apegado? ¿Cuáles son tus ataduras?
  • ¿Qué significa para ti ser realista? ¿Y para Jesús qué puede significar?