Ya no os llamo siervos, os llamo amigos
Continuamos celebrando la plenitud del amor de Dios por la humanidad, expresado y comunicado a nosotros en su Hijo, muerto y resucitado. La liturgia de este domingo nos invita a ahondar en este gran don del cual nace el mandato de Jesús de amar a los hermanos.
Seguramente pocas palabras son tan usadas como la palabra «amor». La escuchamos en canciones, en conversaciones… Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. Sin embargo, la palabra es la misma. Sin pretender tener la última palabra, hay que decir que el amor en sentido cristiano no tiene nada o casi nada que ver con la idea de amor que normalmente se utiliza. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad, sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».
Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone una exigencia -«mandamiento»- de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar como él, movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo.
Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre.
– El amor cristiano no es un “sentimiento” del corazón, es acción, es una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice, cumpliendo su voluntad?
– ¿Vivo mi amor dando lo mejor de mí mismo/a, mi vida?
Gracias, Señor, por tu elección, por contar conmigo en la misión de extender tu Reino. Gracias porque me das fuerza, en medio de las pocas fuerzas con que a veces me encuentro. Gracias porque me infundes alegría, en medio del pesimismo que a veces me domina.
Ayúdame a saber ver el camino por el que me llamas, y a ser fiel a tu llamada. Ayúdame a saber dar consistencia a mi vida. Haz de mí una persona que ama, y un signo auténtico de tu amor para las personas que me rodean.
COMENTARIOS:
- Miguel Ángel Munárriz: Abbá. La única forma de creer en Abbá es a través de la fe que nos merezca Jesús.
- José Luis Sicre: Dios nos ha amado. Amémonos unos a otros. Jesús podría haber dicho: «Amadme como yo os he amado». Pero no piensa en él, piensa en nosotros. «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros…»
- José Antonio Pagola: Del miedo al amor. No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor».
- Magda Bennasar: Declaración de amistad-amor insuperable. Somos elegidos a reproducir el modo de amor que hay entre el Abba y Jesús. Y ese amor mutuo crea comunidad.
- Fidel Aizpurúa: Nadie tiene amor más grande. Resulta fácil amar al Dios lejano; otra cosa es amar al prójimo –próximo, a la persona que me complica.
