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Robertus Kardi 05 Septiembre 2024 282

“Ábrete ”


El Evangelio de este domingo (Marcos 7, 31-37) nos habla de Jesús sanando a un hombre sordomudo. En este relato, Jesús se encuentra en la región de Decápolis, cuando le traen a un hombre que es sordo y tiene dificultad para hablar. Las personas le piden a Jesús que imponga las manos sobre él. Jesús, en un acto de compasión, lo aparta de la multitud, lo toma en privado, toca sus oídos y su lengua, y después, mirando al cielo, suspira profundamente diciendo: “Effetá”, que significa “Ábrete”. Inmediatamente, los oídos del hombre se abren y su lengua se desata, permitiéndole escuchar y hablar con claridad.

El primer detalle importante en este relato es que Jesús aparta al hombre de la multitud para sanarlo. Esto nos recuerda que, aunque la fe se vive en comunidad, nuestra relación con Cristo también es profundamente personal. A menudo, Dios nos invita a tener un encuentro íntimo con Él, donde nuestras necesidades y heridas más profundas puedan ser atendidas sin distracciones. Este gesto de llevar al hombre sordomudo aparte es una invitación para que todos nosotros también busquemos momentos de retiro en nuestra vida espiritual, momentos de oración en los que podamos estar a solas con Dios, abriéndole nuestras dificultades, heridas y deseos.

Cuando Jesús dice “Effetá”, que significa “Ábrete”, está haciendo más que solo abrir los oídos y la boca del hombre. Este mandato es una llamada a la apertura espiritual. El hombre no solo recupera su capacidad física para oír y hablar, sino que también recibe una transformación interna. Este milagro nos invita a preguntarnos: ¿Qué partes de nuestra vida están cerradas? ¿Hay algo en nuestro corazón que necesita ser abierto a la gracia de Dios?

Muchas veces, estamos cerrados al amor, al perdón, a la compasión, o incluso a la escucha de la Palabra de Dios. El “Effetá” de Jesús es una llamada constante a abrirnos a su amor, a dejar que Él sane no solo nuestras enfermedades físicas o dificultades, sino también nuestras heridas espirituales, nuestras dudas, y nuestros miedos.

En este pasaje, vemos cómo Jesús actúa con un profundo sentido de compasión y ternura. Él no hace un espectáculo de este milagro, sino que lo realiza en privado y con un gesto de cercanía: toca los oídos y la lengua del hombre, demostrando que la sanación de Dios no es algo distante o abstracto, sino que es un acto tangible, cercano, humano. Nos recuerda que Dios no es indiferente a nuestras necesidades, Él quiere tocarnos de manera personal y cercana. En nuestra vida diaria, podemos sentir la cercanía de Dios en esos momentos en que sentimos consuelo, en que experimentamos su presencia a través de un acto de bondad, de un amigo, o en la paz interior que encontramos en la oración. Cada uno de nosotros está invitado a vivir el “Effetá” en nuestro corazón, abriéndonos a su gracia para poder escuchar y proclamar su amor con claridad y convicción en nuestro día a día.

 

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