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Robertus Kardi 05 Septiembre 2025 1062

“ Quien no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío ”


En este domingo (Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, C), el Evangelio nos presenta palabras de Jesús que, a primera vista, pueden parecernos muy duras. Nos dice que, para seguirlo, tenemos que estar dispuestos a dejarlo todo: padre, madre, hermanos, hermanas, incluso nuestra propia vida. Dice: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.”  ¿Qué quiere decir Jesús con esto? ¿De verdad nos está pidiendo que dejemos a nuestra familia y nuestras cosas para ser discípulos suyos?

Lo primero que hay que entender es que Jesús no está despreciando a la familia ni a los bienes. Lo que Él está haciendo es mostrar con claridad la seriedad del seguimiento cristiano (ser discípulo de Jesús). Seguir a Jesús no es un pasatiempo ni una opción más entre muchas. Es un camino de entrega total y generosa, un compromiso que toca lo más profundo de nuestro corazón.

Jesús pone ejemplos muy concretos. Dice que antes de construir una torre, uno se sienta a calcular si tiene con qué terminarla. O que un rey, antes de ir a la guerra, se pregunta si su ejército puede vencer. ¿Por qué estos ejemplos? Porque nos quiere hacer pensar: ¿Sabemos realmente lo que implica ser sus discípulos? ¿Estamos dispuestos a asumir el costo del amor cristiano?

El mensaje central del Evangelio de este domingo es que el seguimiento de Cristo requiere libertad interior. Y esa libertad solo se alcanza cuando no estamos atados, ni siquiera a las cosas más queridas. No se trata de dejar de amar a los nuestros, sino de amar más y mejor, desde Dios. Se trata de poner a Dios en el centro, para que desde Él aprendamos a amar con libertad, sin egoísmos, sin condiciones.

Jesús nos llama este domingo a renunciar a lo que nos impide avanzar en el camino del Evangelio. A veces pueden ser bienes materiales que nos distraen o nos esclavizan. Otras veces puede ser nuestro orgullo, nuestras seguridades humanas, incluso nuestro miedo al cambio o a perder el control. Renunciar no es perder, es ganar libertad para amar más y mejor.

Ser discípulo de Jesús es un don maravilloso, pero también una responsabilidad exigente. No se puede seguir al Señor a medias ni con el corazón dividido. Él nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo, a vivir nuestra fe con coherencia, con valentía y con un amor generoso. Ser cristiano no es solo llevar el nombre de Cristo, sino dejar que Él transforme nuestra vida desde dentro, y hacer de cada gesto, cada palabra y cada decisión, un reflejo de su amor.

 

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