“ No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre ”
En este domingo (Domingo XXXII de Tiempo Ordinario, C), celebramos la fiesta de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa, el obispo de Roma, y, por tanto, la iglesia madre de todas las iglesias del mundo. Al celebrar su dedicación, no estamos recordando solo un edificio de piedra, sino lo que ese edificio representa: la Iglesia viva, formada por todos nosotros, los creyentes, piedras vivas unidas en Cristo.
El evangelio que escuchamos de este domingo (cfr. Juan 2, 13-22) nos habla de Jesús entrando en el templo de Jerusalén y expulsando a los vendedores y cambistas. Jesús se indigna al ver cómo la casa de su Padre, lugar de encuentro con Dios, lugar de oración, se ha convertido en un mercado y en interés personal. Y cuando le preguntan con qué autoridad actúa así, responde con una revelación profunda: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. San Juan nos aclara que Jesús hablaba del templo de su cuerpo.
Con estas palabras, Jesús nos haba de algo importante y profundo: el verdadero templo de Dios ya no está hecho de piedra, sino que es Él mismo, su cuerpo entregado y resucitado. Y, por la fe y el bautismo, nosotros también formamos parte de ese templo. San Pablo lo afirma con claridad: “Vosotros sois templo del Espíritu Santo”. Es decir, cada corazón creyente es un lugar donde habita Dios.
En este domingo, al celebrar esta fiesta, la Iglesia nos invita a mirar más allá de las paredes de nuestras parroquias y basílicas. Son lugares santos, sí, porque allí nos reunimos como comunidad, allí escuchamos la Palabra y celebramos los sacramentos. Pero lo verdaderamente santo es la comunidad que se reúne, el cuerpo vivo de Cristo que somos todos. De poco serviría tener templos hermosos si no cuidamos el templo interior de nuestra vida, si no nos esforzamos por construir comunidades (parroquias, grupos, familias…) donde reine el amor, el perdón, la justicia y la paz… No somos perfectos, pero somos casa de Dios, llamada a ser un lugar donde todos puedan encontrar acogida, fe y esperanza. La dedicación de un templo nos recuerda que lo importante no son las paredes, sino los corazones que oran dentro; no son los adornos, sino las personas que aman y sirven.
Por eso, esta fiesta es una buena ocasión para preguntarnos: ¿Cómo está el templo de mi corazón? ¿Hay en mí espacio para Dios o lo he llenado de ruido, prisas y cosas sin valor? ¿Cuidamos nuestra comunidad como un verdadero templo, donde cada uno se siente acogido y amado?... Jesús hoy también quiere “purificar” nuestros templos interiores, no con látigos, sino con su Palabra y su misericordia. Él quiere liberarnos de lo que nos aparta del Padre y devolvernos la alegría de ser su casa viva.