XXXII Domingo del tiempo ordinario año C
El evangelio nos habla de las vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo, las necias tomaron sus lámparas, pero no se proveyeron del aceite, en cambio las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas, luego se quedaron todas dormidas.
Una perícopa evangélica propia de Mateo, que nos invita a mantener abierta la esperanza más allá de nuestra realidad, a veces tan humana que se descubre frágil y se queda dormida, pues va más allá de nuestras fuerzas, sin embargo, nos pone en alerta y nos invita a esperar con lo necesario. Y, ¿qué es lo necesario? Esa sería la pregunta que va iluminando nuestro camino de fe, de misión y de deseo de encuentro con Jesús. Lo importante es estar preparados para la venida del Esposo que se hace esperar.
Recuerdo en Chad, una joven voluntaria francesa, ella había dado dos años de su vida a la misión antes de empezar a ganar un salario como fisioterapeuta. Allí había encontrado una niña que no podía caminar, era necesaria la aceptación de su padre para ser operada, pero este se negaba por las razones que fueren, la joven impotente se había puesto en cólera contra el padre, luego se arrepentía, pues me decía “yo he venido aquí por amor, no para gritarle a la gente, no sé qué me ha pasado y porqué me he sobresaltado tanto”. Yo le decía, el amor enciende en nuestro corazón esa llama que da luz y que permite entregarse del todo, sin el amor la entrega no es verdadera y tampoco existe ese fuego interior que supera las barreras que nos impiden ser como Jesús que pasó haciendo el bien.
Quiero imaginarme como el aceite en las alcuzas es ese amor, sin el cual, es imposible encender la lámpara que ilumina; quiero imaginarme lo imposible que es compartir el propio amor, lo más que puedo es contagiar ese amor, y aprovechar del mismo para iluminar el camino que lleva a Jesús. Ella, la joven francesa, tenía su alcuza que era el amor, lo que le permitía encender la lámpara, el hombre, padre de la niña no llevaba su alcuza, es decir, no llevaba ese amor que podía iluminar y contemplar el rostro de su hija, la cual deseaba caminar.
Señor Jesús, ayúdanos a hacer brotar en nosotros ese amor que tú has depositado en nuestro corazón, ayúdanos a cultivarlo, incluso cuando nos quedamos dormidos para poder despertarnos e iluminar el camino que nos lleva a ti.