El Evangelio de este domingo, nos presenta la crítica más implacable de Jesús a la indiferencia ante el sufrimiento del hermano. Echado en el portal de la mansión del rico, yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres. Al rico no se le juzga por explotador. Simplemente ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Su pecado es la indiferencia. También en nuestra sociedad está creciendo la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Actualmente nos enfrentamos a la tragedia de los refugiados e inmigrantes que reclaman el derecho a una vida digna y en paz. No son «personajes» de una parábola. Están aquí con sus angustias, necesidades y esperanzas. Podemos comenzar por aprovechar cualquier ocasión para tratar con alguno de ellos de manera amistosa y distendida, y conocer de cerca su mundo de problemas y aspiraciones. Qué fácil es descubrir que todos somos hijos e hijas de la misma Tierra y del mismo Dios.
José Luis Sicre: Los zapatos de Susana. Lo que denuncia la parábola es la forma exquisita de vestir (púrpura y lino)y de comer (banqueteaba espléndidamente todos los días), sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo.