El IV Domingo de Cuaresma nos invita a contemplar el relato del ciego de nacimiento. “Ver” y “creer” son para el evangelio según San Juan, y para toda vida cristiana, condiciones esenciales para el seguimiento de Jesús y el discipulado. En consecuencia, el primer desafío será aprender a ver la realidad, la historia y la persona como las ve Dios, ya que “el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1Sam 16,7). El segundo desafío será aprender a no perder la fe en la realidad, la historia y la persona, comprometiendose con ellas, es decir, viviendo “como hijos de la luz” (cf. Ef 5,8). Hemos de situarnos dentro de este Evangelio: con nuestras cegueras y oscuridades ante Jesús Luz del mundo. La gran diferencia entre el ciego y los fariseos estaba en que el primero reconocía su ceguera sin más, y por eso acogió la Luz, mientras que los segundos decían que veían y por eso permanecían en su oscuridad, en su pecado. No les bastaba a ellos con estar en la sinagoga, como no nos basta a nosotros con estar en la Iglesia, si no caminamos como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor. Los fariseos sabían muchas cosas de Dios, pero no sabían a lo que sabe Dios; ellos pensaban que veían las cosas en su justa medida –la suya –, pero ésta no coincidía con la de los ojos de Dios. Este es nuestro reto.