La celebración de "la Cena", el Jueves Santo, no difiere de la eucaristía de los demás días del año. Pero tiene un valor ejemplar. Al recordar lo que el Señor hizo en la última Cena con sus discípulos, se añade "hoy". Mañana, en efecto, será el día dedicado a la Pasión. Pero esta manera de hablar tiene un sentido absolutamente general. Cada vez que la Iglesia celebra la eucaristía y los otros sacramentos, de los que es fuente, se renueva para nosotros, hoy, por obra del Espíritu, la obra de Dios, que Cristo realizó de una vez para siempre. Lo que Jesús hizo un día es siempre actual y nuevo, aunque se repita indefinidamente. Efectivamente, en cada celebración litúrgica, y especialmente en cada eucaristía, acontece para nosotros aquí y ahora la salvación que Dios realiza desde el principio. Cristo está presente. Actúa por medio de signos eficaces y por el poder del Espíritu. La vida de Jesús en tres días. Esto es el triduo pascual: la vida de Jesús, sus palabras, sus signos, su enseñanza, su consuelo, su esperanza, su oración… condensados en una misma celebración con tres partes. Son muchos los elementos que se hacen presentes en cada uno de los días, en cada una de las celebraciones. Hoy, Jueves Santo, recordamos la institución de la eucaristía, el mandato del amor fraterno y la institución del ministerio sacerdotal. Pero no debemos perder la perspectiva de la entrega en la cruz, la muerte de Cristo y el triunfo de la vida en su resurrección que celebramos los otros días, y completan el sentido del día de hoy. El Jueves Santo sabe a testamento. Nos trae gestos y palabras de Jesús que llevan a lo esencial, a una invitación a hacer memoria de lo vivido, pero, sobre todo, a vivir cada día haciendo memoria, realizando cada cristiano la entrega que Jesús hizo por nosotros.