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Ivanildo Quaresma 02 Septiembre 2020 2019

CORRECCIÓN FRATERNA


El mensaje del evangelio de hoy lo hemos vivido todos en alguna ocasión. Personalmente, hemos recibido en numerosas ocasiones comentarios sobre nuestro comportamiento, y hemos compartido nuestra percepción con otro sobre su comportamiento. Algunas veces ha sido de persona a persona, y otras veces habrá sido en grupo. En todas las ocasiones, como dice Jesús, es bueno aceptar las críticas y saber expresarlas hacia los otros; haciéndolo, todos salimos ganando. Aun así, muchas veces nos pasa que vivimos la crítica del otro más como un ataque que como una ayuda. Tenemos que fijarnos en las palabras de Jesús para entender que es todo por nuestro bien. Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús no está pensando en celebraciones masivas, aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos. Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo. Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva. Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano. Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia. Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad.

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