El signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero porque Jesús no lo puso en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.
Primero Jesús nos habla de un horizonte hacia lo alto. “Amarás al Señor tu Dios…” Es verdad que hay muchas responsabilidades, necesidades y problemas en nuestra vida. A veces demasiados, y a veces como si nos estiraran en todas las direcciones… Sin embargo, en medio de ese aparente desorden, existe un punto firme, central, que pone en la proporción todo lo demás: «…con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.»
En segundo lugar, tenemos el horizonte alrededor de nosotros, con todos aquellos hombres y mujeres que encontramos a nuestro lado. Cristo nos invita a amarlo también en nuestros hermanos y hermanas, buscando el bien de ellos como si fuera nuestro propio bien. ¿Amamos más nuestro interés, o la necesidad del otro? «Amarás a tu prójimo como a ti mismo…»
El que ama de verdad siente la alegría del otro como propia, se entristece por la tristeza de su hermano. Al igual que Jesús, que construyó el Reino de los cielos amando a su Padre sobre todas las cosas y amándonos hasta el extremo, dándose totalmente a nuestra salvación. El amor por una persona, y también por el Señor, se demuestra no con las palabras, sino con los hechos; y también “cumplir los mandamientos” se debe entender en sentido existencial, de modo que toda la vida se vea implicada.
Ser cristianos no significa principalmente pertenecer a una cierta cultura o adherir a una cierta doctrina, sino más bien vincular la propia vida, en cada uno de sus aspectos, a la persona de Jesús y, a través de Él, al Padre.
José Luis Sicre: Aprenda a salvarse en treinta segundos. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente. Sin amor al prójimo y preocupación por los más pobres, no se puede amar a Dios.