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Ivanildo Quaresma 20 Noviembre 2020 5291

EN EL ATARDECER DE NUESTRAS VIDAS SEREMOS JUZGADOS EN EL AMOR


Estamos en el último domingo del año litúrgico, y celebramos, Jesucristo Rey del Universo. Este Rey que conmemoramos no es, para nada, lo que son los reyes y líderes de nuestro mundo… Es un rey sencillo y pacífico Y por ello nos resulta extraño escuchar el mensaje de un rey que no admite que le rindan honores, sino que pretende que sus seguidores le imiten yéndose, en su nombre, a los lugares más desfavorecidos, donde existe el sufrimiento y la pobreza. Donde hay hermanos que enferman y pasan hambre. Rey sencillo y amoroso, como debemos ser nosotros, olvidando el brillo del prestigio o el poder del dinero. Es hora de hacer balance de nuestro curso vital. Por si hay que rectificar. La solemnidad litúrgica de Cristo Rey nos vuelve a situar en la edificación y compromiso personal y comunitario por el Reino de Dios, reino de paz y justicia, reino de compasión y de solidaridad, reino de consuelo y escucha, reino de remangarse sin miedo a contagios ni manchas. Pero si esto no afecta a nuestro estilo de vida con cosas concretas será sólo una ilusión: el control de nuestros gastos, el tiempo que dedicamos a ayudar, escuchar, perdonar, curar, los amigos fracasados que nadie aguanta. Seamos sinceros. La caridad de nuestra vida es lo que mejor habla de nosotrosMillones de personas llegan a la puerta de nuestra Iglesia, a Cáritas, a Manos Unidas, en multitud de voluntariados y obras benéficas. Nadie que tiene hambre o necesidad acude a las sedes de los partidos políticos, por muy buena que pueda ser su labor. También multitud de organizaciones no religiosas ayudan a los débiles, aun con sus respectivas burocracias y profesionalización de la solidaridad. Pero el cristiano no se acerca al que sufre sólo porque pide cosas, sino por lo que cada persona es: cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis. El ser humano tiene día a día muchas tentaciones para desesperarse, dejar de luchar o abandonarse a la suerte de los seductores vicios que el consumismo ya acepta como normales: alcohol, drogas, etc. La muerte se presenta como enemiga de nuestro tiempo y de nuestra felicidad. Por eso, el mundo se empeña en alejarla de la vida diaria, disimulando sus signos o banalizando su vacío. Nunca podremos huir de la pregunta sobre nuestro ser, porque la muerte nos pregunta por cómo estamos viviendo aquí y ahora. La parábola de Jesús nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿estoy haciendo algo por alguien?, ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda?, ¿qué hago para que reine un poco más de justicia, solidaridad y amistad entre nosotros?, ¿qué más podría hacer? La última y decisiva enseñanza de Jesús es esta: el reino de Dios es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. Esto es lo esencial y definitivo. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa que el amor es la única verdad, y que Dios reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás. Pues, en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor.

 

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