VIVIR UN AMOR SOLIDARIO
El Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos ayuda a descubrir nuevamente una dimensión particular de la conversión: la alegría. Quien se convierte y se acerca al Señor experimenta la alegría. El profeta Sofonías nos dice hoy: "Alégrate hija de Sión", dirigido a Jerusalén; y el apóstol Pablo exhorta así a los cristianos filipenses: "Alegraos siempre en el Señor". Hoy se necesita valentía para hablar de alegría, ¡se necesita sobre todo fe! El mundo se ve acosado por muchos problemas, el futuro gravado por incógnitas y temores. Y sin embargo el cristiano es una persona alegre, y su alegría no es algo superficial y efímero, sino profunda y estable, porque es un don del Señor que llena la vida. Nuestra alegría deriva de la certeza que "el Señor está cerca". Está cerca con su ternura, su misericordia, su perdón y su amor.
Sin embargo, conviene recordar que en toda civilización hay fuerzas que generan vida, verdad y justicia, y fuerzas que provocan muerte, mentira e indignidad. No siempre es fácil detectarlo, pero en la raíz de todo impulso de vida está siempre el amor. Por eso, cuando en una sociedad se ahoga el amor, se está ahogando al mismo tiempo la dinámica que lleva al crecimiento humano y a la expansión de la vida. De ahí la importancia de cuidar socialmente el amor y de luchar contra todo aquello que puede destruirlo. Una forma de matar de raíz el amor es la manipulación de las personas. En la sociedad actual se proclaman en voz alta los derechos de la persona, pero luego los individuos son sacrificados al rendimiento, la utilidad o el desarrollo del bienestar. Cada vez hay más personas que viven una no libertad "confortable, cómoda, razonable, democrática". Se vive bien, pero sin conocer la verdadera libertad ni el amor. Otro riesgo para el amor es el funcionalismo. En la sociedad de la eficacia lo importante no son las personas, sino la función que ejercen. El individuo queda fácilmente reducido a una pieza del engranaje: en el trabajo es un empleado; en el consumo, un cliente; en la política, un voto; en el hospital, un número de cama... En esta sociedad, las cosas funcionan; las relaciones entre las personas mueren. Otro modo frecuente de ahogar el amor es la indiferencia. El funcionamiento de la sociedad moderna concentra a los individuos en sus propios intereses. Los demás son una "abstracción". Se publican estudios y estadísticas tras los cuales se oculta el sufrimiento de las personas concretas. No es fácil sentirnos responsables. Es la administración pública la que se ha de ocupar de esos problemas. ¿Qué podemos hacer cada uno? Frente a tantas formas de desamor, el Bautista sugiere una postura clara: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo". ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir más lo que tenemos con aquellos que viven en necesidad.
COMENTARIOS:
- Dominicos
- José Luis Sicre: Alegría, conversión, buena nueva. El evangelio termina hablando de la Buena Noticia; y las buenas noticias siempre producen alegría.
- José Antonio Pagola: ¿Nos atreveremos a compartir? Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo.
- Dolores Aleixandre: Sofonías. Versión 2.0. En la alegría del reencuentro está todo el secreto del Adviento, más allá de coronas de muérdago, velitas de colores y casullas moradas.
