EL DON DE SÍ MISMO POR EL EVANGELIO, VEINTE AÑOS DE MISIÓN EN COLOMBIA
Quisiera comenzar a escribir unas líneas sobre mi experiencia después de 20 años en Colombia con estas palabras evangélicas: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa” (Mt 10,42). La razón es sencilla: me siento afortunado de haber vivido en Colombia, la primera misión que recibí después de mi ordenación sacerdotal. Tan pronto como llegué a Colombia, comencé a trabajar en Buenaventura, una ciudad que me recuerda a Douala, en Camerún, mi país de origen.
La parroquia comunión de pequeñas comunidades
En Buenaventura trabajé en la parroquia confiada a los misioneros javerianos. Un trabajo muy intenso, pero también placentero. El enfoque pastoral fue la creación y acompañamiento de pequeñas comunidades de base.
Los resultados no se hicieron esperar. Por eso mi conclusión personal es que una parroquia con comunidades pequeñas tiene un dinamismo que no se ve en otras realidades. Además, la pastoral de las pequeñas comunidades permite vivir lo que hoy llamamos sinodalidad: una Iglesia ministerial donde todo el Pueblo de Dios está plenamente implicado en la construcción del Reino de Dios. En Buenaventura pasé 13 años de mi vida misionera, fue mi primer amor.
He dado toda mi juventud
Yo bromeaba a menudo con los amigos de Buenaventura diciéndoles: “Con vosotros desperdicié los años más preciosos de mi juventud; llegué joven y guapo y ahora me voy viejo y barrigón”. Bromas aparte, me lo pasé genial allí en Buenaventura. Desgraciadamente, debido a la reducción del número de javerianos, tuvimos que confiar la parroquia hace cuatro años a la diócesis.
De Buenaventura me enviaron a otra comunidad: Medellín. Es la ciudad de la eterna primavera donde tenemos una casa de formación. Desgraciadamente de nuevo, durante los cuatro años que pasé en Medellín no tuve la suerte de recibir jóvenes deseosos de convertirse en misioneros javerianos. Nuestro trabajo de animación vocacional no ha dado los frutos que todos esperábamos. Después de Medellín, me destinaron a Bogotá. Aquí los javerianos se encargan de la animación de una parroquia. Esta fue la experiencia más corta de mi servicio pastoral. Duró poco más de un año y medio.
Nuevos caminos de misión
Ahora mis superiores me han pedido que deje todo para comenzar una nueva etapa en Roma. Sentí una cierta decepción dentro de mí, porque estaba convencido de que mi primer amor también debía ser el último y me imaginaba que podría permanecer allí hasta mi último aliento, tal como lo hicieron nuestros primeros misioneros. Sin embargo, en esta nueva etapa sé que Dios tiene preparadas cosas buenas, necesarias para mí, para mi vida y, poco a poco, quiero abrirme a la gracia de Dios.
Concluyo reconociendo que mi “recompensa” es la satisfacción de haber hecho todo con amor; de haber vivido junto a personas de gran fe. No hay mayor recompensa que sentir la satisfacción de haber hecho lo que, como javeriano, fui llamado a hacer: entregarme por completo al Evangelio. A veces me pregunto ¿qué le he ofrecido a la gente? De lo que estoy seguro es que he recibido mucho más de lo que he dado. Por ello al final sólo me queda agradecer a Dios y a todas las personas que colaboran en la viña del Señor.
