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Ángel De La Victoria León, SX 29 Octubre 2025 540

LLAMADOS A LA SANTIDAD


Estamos en el mes de los difuntos pero solemos olvidar que antes de celebrar y recordar a nuestros queridos difuntos celebramos el día de todos los santos, el día de la santidad. Muchos piensan que la santidad es un ideal lejano a la mayoría de nosotros y reservado solo para unos pocos. Pero están confundidos pues la santidad está al alcance de cada uno de nosotros, la podemos encontrar en nuestra vida cotidiana y Jesús también nos invita a perseguirla: “Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” Mt 5,48.

La santidad es profundamente humana, encarnada en nuestras relaciones, en nuestra capacidad de amar, de servir, de abrirnos al otro.

No se trata de una perfección inalcanzable sino de un camino que todos podemos recorrer, paso a paso, con humildad y con el corazón abierto.

La santidad en la vida diaria

Ser santo no significa apartarse del mundo o vivir en una burbuja alejada de los problemas y sufrimientos de los demás. Al contrario, la verdadera santidad se manifiesta en la acción, en el compromiso con los más desfavorecidos, marginados y aquellos que muchas veces son invisibles para la sociedad. Jesús mismo nos mostró este camino cuando extendió su mano a los enfermos, a los pobres, a los pecadores. Siguiendo su ejemplo, estamos llamados a manifestar la presencia de Dios en el mundo a través de actos concretos de amor y de justicia.

La santidad en medio de un mundo convulso

Pero ¿cómo lograremos vivir la santidad en un mundo tan lleno de divisiones, conflictos y desigualdades? La respuesta está en el diálogo y en la comprensión. Un corazón santo es un corazón que escucha, que acoge, que no juzga ni discrimina. Estamos llamados a mirar al prójimo con los ojos de Dios, viendo en cada persona una dignidad inalienable, una chispa divina que merece respeto y amor. La santidad se construye cuando, lejos de imponer, estamos dispuestos a tender puentes, a dialogar con aquellos que piensan, sienten y viven de manera diferente a nosotros.

La santidad nos acerca a los otros

El amor de Dios no discrimina, no excluye. Y así también debe ser nuestro amor. La santidad no consiste en elevarnos por encima de los demás, sino en descender para acompañar, para ser cercanos, para estar al servicio. Es en este servicio desinteresado donde mejor se refleja la presencia de Dios entre nosotros. Cuando cuidamos al enfermo, alimentamos al hambriento, consolamos al que sufre, es Cristo mismo quien actúa a través de nosotros. En estos gestos sencillos, pero poderosos, se hace visible el Reino de Dios aquí en la tierra.

Testigos de la santidad

Seamos testigos de la santidad que no teme ensuciarse las manos, que se involucra en las luchas por la justicia, que defiende la dignidad de todos los seres humanos, especialmente de los más frágiles. No hay mayor manifestación de la presencia de Dios que una vida vivida en el amor, en la misericordia y en el servicio a los demás. Que en cada uno de nosotros el mundo pueda ver un reflejo de ese amor divino que lo transforma todo.

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