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Carlos González García 11 Octubre 2026 11

La vida consagrada en medio de las tienieblas


LA VIDA CONSAGRADA EN MEDIO DE LAS TINIEBLAS

Agradecemos a la revista VIDA RELIGIOSA y al periodista y escritor Carlos González García, que nos han permitido reproducir parte del artículo que éste último escribió en el número de enero 2026 presentando a tres religiosos que viven su vocación en situaciones límite. Nosotros reproducimos solo la primera parte en donde habla de nuestro compañero, misionero javeriano, PAS­TOR GONZÁLEZ, originario de México y misionero en República Democrática del Congo.

En las entrañas de la guerra, donde el dolor parece tener la última palabra, Dios no permanece en silencio. Allí, entre las ruinas, la metralla y el miedo, Cristo se hace presente a través de corazones consagrados que han elegido quedarse, amar y entregar hasta la última gota de su sangre. Su vida, frágil y valiente, se convierte en carne viva de esperanza para quienes resisten cada día.

La guerra conserva un sonido pro­pio: el de la tierra que tiembla, el del miedo que no duerme, el del corazón humano llevado hasta el lí­mite. En medio de ese estruendo, hay presencias que empuñan el arma del amor para sostener un poco la vida. Allí, donde todo parece perdido, Dios continúa pronunciado su Palabra des­de la piel sufriente de quienes han de­cidido hacer, de su vocación, una epifanía silenciosa y profundamente fiel.

MI AMOR SE DA HASTA DAR LA VIDA

«Estuve secuestrado en la selva, quemaron tres pueblos donde estaba y he vivido experiencias muy fuertes para mí. Aquí es imposible no ver el rostro de Cristo; hay muchísimas, mu­chísimas más víctimas que verdugos, y el Señor nos habla y nos pide verlo en cada uno de ellos». El padre Pas­tor González llegó a la República De­mocrática del Congo hace diecisiete años no para explicar un dolor inconcebible, sino para habitarlo. La providencia tomó sus ojos compasivos para colmar de paz cada grieta que roza sus manos, cada herida que arrenda su alma, cada soledad que llama a su puerta: «Si aun en medio de esta guerra, viéramos al otro como Dios lo ve, dejaríamos de juzgar, quitaríamos tantos estereotipos, perdonaríamos sin condición y viviríamos el amor, la alegría y la sencillez». Desde la localidad de Kitutu, el territorio de Mwenga (provincia de Sud Kivu) que anida a diario, el misionero javeriano de 47 años nacido en México se dedica al cuidado pastoral de su pueblo, plenamente convencido de que la mirada de Dios solo puede escribirse entre acordes de «misericordia sin medida». Por ello, reconoce que su amor «se da hasta dar la vida», porque desde que comenzó a fiarse de Él su alma se ha convertido en una fuente silenciosa de esperanza. Su alegría y su paz hablan por él, y no son fruto de una ingenuidad mal entendida, sino de un presencia serena que desarma y sostiene: «Me cuesta mucho trabajo hablar de un Dios frágil, porque esa fragilidad es nuestra fuerza, es otra lógica; y sí, lo que el mundo puede decir que es débil, como es ver a un Cristo en la Cruz, a un Dios discreto en la Eucaristía o a un Dios que se hace presente incluso en el sufrimiento, para el mundo sí es una fragilidad, pero cuanto más vivimos esta realidad, más comprendemos que es la verdadera fuerza, el motor de cambio y el camino que verdaderamente puede salvar este mundo». «Jesús sigue crucificado en los hermanos asesinados o violentados»

EL SEÑOR SUFRE, LLORA, CURA, SE REFUGIA Y CAMINA CON NOSOTROS

Este sacerdote misionero de palabra amable y sonrisa entrañable no trae respuestas fáciles ni discursos grandilocuentes. Conserva algo difícil de explicar: una alegría serena que se convierte en un testimonio vivo de que Dios no abandona la tierra que más ama… «Este pueblo no deja de sufrir y, sin embargo, el Señor sufre, llora, cura, se refugia y camina con nosotros; su mirada está colmada de compasión y de desafío, porque nos invita a transformar esta realidad y nos envía —a mí como misionero y a todos como pueblo de Dios— a anunciar el Evangelio y a cambiarla sin miedo. Y tras un breve instante de quietud, pongo en sus manos la duda que me aflige: «¿Y cómo te mira Dios cuando nadie más te ve?». Y el religioso no duda, consciente de que el Padre le contempla con un corazón que le sostiene, suave y firme, en medio del dolor del mundo… «Los ojos con los que me mira Dios están tristes por el dolor, pero también están llenos de esperanza. Porque este pueblo, viviendo tanta violencia, maldad y sufrimiento, sigue cantando, bailando, riendo y confiando; y es por Dios, pues sólo Él consigue que el corazón humano aquí pueda seguir adelante».

VALE LA PENA ARRIESGAR LA VIDA POR AMOR

En esa morada africana poblada por tanto sufrimiento, la pasión de Cristo no es memoria litúrgica, sino un acontecimiento vivo que se renueva cada día. «Jesús sigue crucificado aquí en tantos hermanos que son asesinados, desaparecidos o violentados», revela el javeriano. Tras 27 años como religioso-misionero y 18 como sacerdote, Pastor descubre que el Evangelio no se recuerda, se comparte; no se contempla desde lejos, se habita en la entrega cotidiana: «Ser testigo en lugares de dificultad o de guerra no es fácil, la situación que estoy viviendo de sufrimiento aumenta cada día, pero lo acepto con alegría porque forma parte de mi misión». Escuchar al misionero supone experimentar que Cristo sigue latiendo en cada gesto de amor ofrecido hasta el extremo. Me habla de soldados, de grupos rebeldes, de pánico constante, de violaciones, de muertes que acontecen casi a diario... Pero su sonrisa no se apaga; es como la sombra de un Dios que habita en el dolor, una presencia tranquila que derrama ternura en medio del horror, recordando que incluso en la herida más profunda, la Luz sigue palpitando donde queda una esperanza por abrazar… «Sin duda alguna, desvela, vale la pena arriesgar la vida por amor si se puede salvar solamente una vida».

SACRAMENTO DE LA PRESENCIA FIEL DE DIOS

Pastor, y tantos consagrados que como él viven una misma fidelidad a Dios, que han elegido permanecer, compartiendo misión, vocación y promesa: allí donde la guerra desfigura al ser humano, la vida consagrada permanece como sacramento de la presencia fiel de Dios, cuidando al más débil cuando todo parece perdido. En ellos, la fe no se predica; se entrega, se gasta, se derrama. Sus vidas son un canto de kénosis, cruz y pascua. Y así, en la madrugada más oscura, el Evangelio vuelve a hacerse rostro en el Crucificado y Resucitado, por ternura, por pasión. Y todo queda dicho, cuando el amor decide quedarse para siempre.

Carlos González García, PERIODISTA Y ESCRITOR

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