Entró… vio y creyó
¡Ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya!
El Domingo de Resurrección es la celebración con mayor densidad divina, es decir, donde Dios se hace más patente pues realiza su gran gesta: vencer al mal y a la muerte. Hermano, hermana…si hay alguna verdad de fe que haya que sostener sin titubeos es esta: Dios vence la muerte y al mal; y por consiguiente, estamos llamados a llegar a la Vida. La Pascua, la Vida, la Resurrección, solo pueden ser entendidos desde el amor, y no un amor cualquiera, sino un amor universal, un amor a todos, un amor que lo transciende todo, que llega más allá de nuestros límites.
Esa es nuestra misión: AMAR. En esto consiste el Evangelio, la evangelización, el seguimiento de Jesús, en vivir en el amor, un amor que en primer lugar hemos recibido de Dios, él nos amó primero, y que luego nosotros podemos vivir con los otros, amando a los otros. A esto nos debe llevar todo el misterio de Dios: la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección, la Pascua, nos llevan al Amor, a vivir en el amor.
La CONFIANZA es una palabra humilde, sencilla, natural, pero es al mismo tiempo una de las más esenciales para vivir. Sin confianza no hay amor, no hay fe, no hay vida. Sin confianza caminamos solos, aislados en una especie de túnel construido con nuestros problemas, nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes. A veces se olvida que Pascua es, antes que nada, la fiesta de la confianza. Ahora sabemos en manos de quién estamos. Nuestra vida, creada por Dios con amor infinito, no se pierde en la muerte. Todos estamos englobados en el misterio de la resurrección de Cristo. No hay nadie que no esté incluido en ese destino último de vida plena. En el fondo, todos nuestros miedos y angustias brotan de la angustia ante la muerte. Tenemos miedo al dolor, a la vejez, la desgracia, la incertidumbre, la soledad. Nos agarramos a todo lo que nos pueda dar algo de seguridad, consistencia o felicidad. Proyectamos sobre los otros nuestra angustia tratando de sobresalir y dominar, luchando por tener «algo» o ser «alguien».
La fiesta de Pascua nos invita a reemplazar la angustia de la muerte por la certeza de la resurrección. Si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra. Podemos vivir con CONFIANZA Y ESPERANZA. Podemos esperar más allá de la muerte. Podemos avanzar sin caer en la tristeza de la vejez, sin hundimos en la soledad y el pesimismo, sin agarrarnos al consumismo, a la droga, al erotismo y a tantas formas de olvido y evasión. Vivir desde esta confianza no es dejar de ser lúcido. Sentimos en nuestra propia carne la fragilidad, el sufrimiento y la enfermedad. La muerte parece amenazamos por todas partes. El hambre y el horror de la guerra destruyen a poblaciones enteras. Siguen la tortura, el exterminio y la crueldad. La confianza en la victoria final de la vida no nos vuelve insensibles. Al contrario, nos hace sufrir y compartir con más profundidad las desgracias y sufrimientos de la gente. Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, pero, por eso precisamente, nos enfrentamos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida.
COMENTARIOS:
- Miguel Ángel Munárriz: La fe en el resucitado. ¿Hasta qué punto creo en Él?
- José Luis Sicre: Tres reacciones ante la resurrección de Jesús. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones, muy distintas, de María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado.
- Enrique Martínez Lozano: ¿Alegría o temor? Tras el silencio que impone la muerte, no encuentro mejor metáfora para hablar de ella que la del río que desemboca en el mar.
- José Antonio Pagola: ¿Dónde buscar al que vive? La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos.
- Mª Luisa Paret: Jesús tenía que resucitar triunfante de la muerte. La muerte, la losa quitada del sepulcro, ha sido transformada en vida, las vendas y el sudario enrollado en un sitio aparte.
- Fidel Aizpurúa: Vio los lienzos en el suelo y el sudario aparte. La fe en la resurrección no es tanto creer que Jesús salió de un sepulcro, sino tomar una opción por la vida, la misma que hizo el Nazareno.
